“Pocos conocen la dimensión de maldad de Pablo Escobar”: Andrés Parra

María Isabel Rueda, El Tiempo.-

¿Qué recuerda de la época de terror de Pablo Escobar?

Estaba en primaria, en el Colegio Campestre. Recuerdo un bombazo de Escobar en la 100 con 47, que hizo estallar todos los vidrios de mi cuarto. Salí con mi hermano, y eso era como una película de terror: un cráter y todos los carros destrozados.

¿Dónde estudió actuación? Este es su tercer papel como narco…

En el Teatro Libre de Bogotá hice la carrera completa de actuación. Tengo claro que no quiero hacer más papeles de narco.

¿Se asusta cuando le ofrecen el papel de Escobar?

Me da susto, pero también emoción y pereza. Implicaba adelgazarme, por ejemplo. Yo estaba pesando 110 kilos, y empecé a grabar con 93. Me tocó hacer ejercicio y dieta.

En los primeros capítulos Pablo Escobar siempre bajaba la mirada, y yo pensaba que usted era mal actor…

¿Sabe de donde saqué ese rasgo de su personalidad? De la famosa foto en Washington, en la que está con su hijo frente a la Casa Blanca. Él aparece mirando para el piso, y creo que Alonso Salazar en su libro hace la misma reflexión. Ahí se ve al hombre de pueblo, que se siente inferior, acomplejado, cerrado, desconfiado, y mira al suelo.

¿Y con datos como ese, empieza a armar el ‘cuaderno’?

Sí. Este ejercicio lo hago con todos mis personajes, y lo guardo. Algún día, cuando sea muy famoso, voy a vender todos mis cuadernos y a comprar una casa (risas). Es una especie de diario, en el que consigno todo lo que he investigado sobre el personaje. En el de Escobar está resumido La parábola de Pablo, el libro en el que se basa la serie. También tengo resúmenes y párrafos subrayados de otros textos, como El patrón, Mi hermano Pablo, el que escribió alias ‘Popeye’, y el de Virginia Vallejo (que, le confieso, se me dificultó mucho. Me pareció un libro tan raro). Me he visto todos los documentales que se han hecho sobre Escobar, y hago el mismo ejercicio: pausa y apunto. YouTube está lleno de videos.

A propósito de Virginia Vallejo, ¿cree que Escobar se enamoró de ella?

No. En cambio, creo que ella sí, y mucho. Él tenía muy claro qué hacía con cada una de sus amantes.

Para comprender la personalidad de Escobar, ¿habló con su familia?

No quise hacer eso. Ni con la familia ni con las víctimas. Porque, obviamente, las víctimas me iban a decir que era un monstruo, y la familia, que fue un santo. Entonces me basé en los periodistas.

Pues logró hacer un Escobar perfecto. Me dicen que usted le aporta cosas suyas al personaje, por fuera del libreto…

Todo el tiempo me meto, cambio los textos. Él era muy torpe para hablar. Pero me quedé con un hueco: no hay muchos datos sobre cómo era Escobar en casa, en familia. Obviamente, en la vida pública la gente se porta diferente a como lo hace en la intimidad.

Esa famosa frase, ‘si su abuela ya está muerta, la desentierro y se la vuelvo a matar’, con la que ahora muchos juegan como saludo en su celular, ¿se la inventó usted o es de Escobar?

Esa amenaza existe, la leí en uno de esos libros. Pero la composición puede venir de un invento mío, mezclando amenazas que él hizo, ya no sé. Tengo en el cuaderno todo lo que encontré, literalmente. Mire este ejemplo de una amenaza cierta que lanzó Escobar contra el entonces presidente César Gaviria: “Todo el que esté aliado a Gaviria, la orden es bala. Tenemos que crear un caos muy berraco, muy berraco, porque cuando haya una guerra civil muy berraca, nos llaman a paz”. Después de ese original, las improvisaciones sobran.

A veces un actor se involucra tanto en su personaje que termina creyendo que es él, como le pasó a un famoso Simón Bolívar colombiano. ¿A usted le ha pasado?

No. Tengo muy claro que cuando me quito la peluca de Pablo Escobar, de una regresa Andrés Parra.

Pues le confieso que yo le tenía mucho susto a que usted me llegara con la peluca de Escobar…

No, mi vida, nunca, nunca (risas).

¿Sufre ordenando las muertes de Escobar, así sea en la ficción?

No, yo no sufro. Tengo muy claro que quien da la orden de matar es Pablo, no Andrés. Sufro cuando veo los episodios al aire. Así me vine a enterar, por ejemplo, de que el hijo del exministro Lara Bonilla fue el que encontró el carro con su papá, cuando lo vi al aire. No lo sabía, y me dolió mucho.

¿Es cierto que cuando grabaron unos capítulos de la serie en EE. UU., unos policías se tomaron una foto con usted?

Cierto. Haciendo que me estaban esposando.

¿Cree que, después de todos estos años, subsiste el culto por la personalidad de Pablo Escobar?

Claro. El otro día me paró una viejita y me abrazó. Me dijo: “Pablo, nunca le pude dar las gracias por la ancheta que me mandó”. En Medellín hay un grueso de gente que le rinde culto, que tiene la foto de Escobar en la sala. A veces me da la sensación de que ellos se quieren obligar a creer que Pablo realmente está vivo en la serie.

Por eso la crítica de que la serie puede estar alimentando un mito urbano…

Los amores y los odios que despertaba Escobar siguen intactos. Por la serie no lo odian ni lo quieren más o menos. Pero aquí el personaje está acompañado del contexto, porque mucha gente no sabía quién era Rodrigo Lara Bonilla o Guillermo Cano, o lo que pasó con ellos. El colombiano raso cree saber quién fue Escobar, pero no es cierto. Y fuera del país, menos. Nadie sabe muy bien las dimensiones de la maldad del personaje, lo que hizo con esta sociedad.

¿A usted le ha cambiado la manera de pensar sobre Escobar?

Entiendo un poco mejor cómo es el país. Y concluyo que no sé hasta qué punto la lección se haya aprendido.

¿De dónde cree que le surgió ese gen de la maldad a Pablo Escobar? ¿De la mamá o del papá?

El gen lo trae, de repente, más el apellido Gaviria que Escobar. Su papá nunca tuvo una relevancia. En esa familia primaba un matriarcado, y la relación de Escobar con su mamá era muy intensa. Ella era la maestra. Pero, desde luego, Escobar tenía una facilidad genética para el crimen, desde robarse los exámenes del colegio hasta matar a un candidato presidencial.

¿En conclusión, Pablo Escobar nació malo o se hizo?

Nació malo y se cultivó como pocos. Pero el país le ayudó mucho.

¿Es cierto que la bomba que le pusieron a él y a su familia en su residencia del edificio Mónaco, en Medellín, es un hito que disparó sus rasgos criminales?

Eso es lo que él dice: “Yo antes de la bomba no era un santo. Pero malo, malo, me volvió ese atentado”.

¿Cree que el imperio de Escobar se hizo vulnerable cuando comenzó a hacer política?

Claro. Ahí se jodió. Él no se podía dar el lujo de tener una vida pública cuando era semejante criminal.

¿No es muy difícil encarnar a un hombre que tenía esa tremenda dicotomía, entre el frío asesino y el amante esposo y padre?

Al principio fue mi gran problema. Escobar es bastante estudiado por la psicología y la psiquiatría; incluso, compiten a ver qué corriente es capaz de descifrarlo mejor. Así que le pedí ayuda a un amigo psicólogo para entender eso. Pues mi amigo lo clasifica de antisocial, agresivo, sádico. Un tipo que se sale del sistema y crea sus propias normas de conducta. Entre otras: matar a Galán está bien, pero acompañar a los hijos a la cama, también. Serle infiel a su esposa está bien, pero tener hijos con otra, no. Son manes que crean sus propios códigos, por eso duermen bien y no hay culpa. Hay ausencia absoluta de asco, pudor, miedo, vergüenza. ¡Si se creía que era la segunda persona más importante del mundo, después del Papa! Se levantaba y preguntaba: “¿Qué han dicho hoy los periódicos de Reagan (expresidente de EE. UU.) y de mí?”, eso dice uno de sus primos. Tenía cuartos llenos de recortes, portadas de las revistas y caricaturas. Megalómano total.

¿Cuál fue el punto de quiebre del poderío de Escobar?

Pensaría que cuando ordenó el asesinato de los Moncada y los Galeano, en La Catedral. Había logrado venderle su propia cárcel al Gobierno. La serie no ha llegado hasta ahí, pero, precisamente, vengo de grabar el capítulo en el que les estoy cobrando la plata. El escabroso episodio de cómo los mataron en plena cárcel se volvió insostenible para el Estado. Ahí comienza la caída de su imperio.

Este papel quizás sea el de la vida de Andrés Parra. ¿Le tiene miedo a que quede tan caracterizado que no le ofrezcan otros papeles?

No. Estoy muy joven, tengo 34 años. Ese susto de que sea el fin de mi carrera no existe. Sí me da nostalgia que, difícilmente, me van a volver a encargar un personaje como este, inagotable en sus contrastes.

¿Qué opina su hijo, de 11 años, de verlo en el papel del ‘Patrón del mal’, ordenando matar al que se le atraviese?

Él ha estado en todo el proceso. Tiene ya un pedazo de país por cuenta de ver la serie. La escena del asesinato de Galán la vimos juntos. Tenía los ojos abiertos, muy sorprendido. Me hizo muchas preguntas, que si los escoltas sí tuvieron que ver y, por ejemplo, le cuesta mucho trabajo entender: “¿La policía, hijuepucha, donde estaba?”.

¿Cuando llega a su casa, se quita su peluca y duerme tranquilo?

Armando el personaje, aprendiendo cómo pensaba y cómo hablaba, no dormía tranquilo. Me soñaba todo el tiempo con Escobar. Un mes largo, todas las noches. Hoy ya no. Hace unos meses llegué al punto del piloto automático. Me prendo y soy Pablo Escobar. Me apago y soy Andrés Parra. Pero sí me ha pasado que cuando estoy prendido me llega una inspiración, una frase, y es como si él a veces me hablara. ¿Cuál es la explicación? Que hay tanta información que a veces digo cosas que no sé si leí o me inventé. Cuando matan a Guillermo Cano, Escobar llama a Gacha y le dice: “A partir de este momento la clase dirigente de este país tiene que entender que difícilmente alguno de ellos se vuelve a morir de viejo”. Digo esa vaina y me volteo y pregunto: ‘¿Esto de dónde salió?’ Lo mismo que cuando le digo a Santorini: “Vamos a ver si cuando Galán esté asomado por las ventanas del Palacio de Nariño y vea a los colombianos ahogados en su propia mierda no se va a sentar a negociar con ‘el Patrón’ “. Eso no está en el libreto en ninguna parte. Pero tranquilamente lo podría haber dicho Pablo Escobar. Tengo tanta información en la cabeza, que es como si el man me hablara.

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