Por el sur

Cada 21 de junio, en el inicio del solsticio de invierno, se celebra el Wiñoy Tripantu, el año nuevo mapuche. En esta crónica ganadora del segundo premio de la segunda edición del Concurso de Crónica Patagónica, Pablo Pezzoni relata la celebración en un año pandémico que une a cuatro hermanxs: uno sobre la margen norte del lago Correntoso, en Neuquén, y tres a la orilla del Gutiérrez, en Río Negro. Todxs abrazadxs por el recuerdo de sus ancestros.

Por el sur

18/06/2021

Por Pablo Pezzoni

A la memoria de Evangelista “Capataz” Quintupuray y Marita Quintupuray quienes recientemente regresaron al territorio en compañía de los futakechenien.

Leticia se despierta el sábado temprano por la mañana. Tan temprano que las nubes que durante esta época del año suelen acurrucarse a media altura entre los cerros, recién comienzan a despegarse de la superficie del Nahuel Huapi. Se las puede observar a baja altura frente a los cerros Catedral, López y Capilla. Cumpliendo con un ritual diario y habitual que no implica premura alguna, Leticia se siente, por un lado, ansiosa y, por el otro, melancólica. Desde el segundo piso de su modesto departamento con vista al lago ubicado en el alto barilochense observa el espectáculo. “No sólo los más ricos tienen buenas vistas”, se repite. Reflexiona sobre las circunstancias de la pandemia y la forma en que han condicionado a las celebraciones de los pueblos originarios de la región.

Acerca de realidades adversas, su abuelo -el ya difunto don Kintupuray- se atrevió a relatarle a sus nietos cómo solía ser la vida cuando vivía en el lof, allá lejos, a orillas del lago Correntoso que se encuentra a mitad de camino entre Villa La Angostura y San Martín de los Andes. Generalmente sus relatos estaban cargados de nostalgia y un poco de rencor. El anciano solía terminar sus charlas sobre el pasado hundido en la tristeza. Sólo eso. Acostumbraba descargar un poco de bronca antes de soltar una lágrima que hacía las veces de punto final para sus tardes.

Todas esas cuestiones circulan en la mente de Leticia mientras mantiene la mirada fija en el lago y piensa en lo que hay un poco más allá de él. La pava interrumpe sus pensamientos silbando con fuerza. Hace mucho que encendió esa hornalla. La falta de presión del gas de red a las puertas del invierno le ha dado, de todas formas, el tiempo suficiente como para planificar la jornada. Es un día especial.

***

En la zona del Correntoso, sobre la cabecera norte del lago, Lautaro Kintupuray enciende la calefacción. Hubiera querido levantarse antes, pero, a veces, el frío del campo se mete en los huesos de tal forma que hay tomarse un tiempo extra para juntar fuerzas.

Como sea, para él es un placer despertar todos los días allí, rodeado de la naturaleza y de las fuerzas que la rigen. Retornar al territorio fue su decisión y han pasado unos cuantos años desde aquel momento cuando, cansado de su vida -ajena a la cosmovisión mapuche-, solicitó permiso a la comunidad para instalarse en el lof.

Ahora, una ruka no del todo convencional lo abriga amistosamente por las noches. La vivienda tiene dos entradas: una para los turistas y otra para los más afines. Esta última apunta hacia donde sale el Sol por las mañanas. Si bien su ruka se encuentra al costado de la llamada Ruta de los Siete Lagos, el pavimento de ese camino es apenas una pequeña mancha entre todo el verde que lo rodea.

La que no permanece ajena al tránsito de la zona es su casa de artesanías. El viajero que se dirija desde Villa La Angostura hacia San Martín se encontrará, en determinado punto, con el lago Correntoso a su derecha y la casa de Lautaro Kintupuray a la izquierda. Imposible no verla. Es la única construcción que interrumpe el bosque, aunque interrumpir no es una palabra que le guste usar a él. “Más bien, digamos que el bosque abraza a mi ruka”, dice.

Lautaro es un artista. Dentro de su tienda hay una gran variedad de instrumentos de percusión y viento. Kultrunes, pifilkas, trutrukas y ñorkines, entre otros. Se respira la cultura mapuche allí dentro. Lautaro lo sabe, aunque no presume de ello.

Hoy comienza el solsticio de invierno y se acerca la celebración del Wiñoy Tripantu. Esta vez será en compañía de menos personas, aunque hay muchos Kintupuray en Villa La Angostura y San Carlos de Bariloche. “Los mapuche estamos en todos lados porque somos de todos lados”, piensa. Recuerda con pesar una pregunta que le realizaran: “¿Es cierto que su gente mató a todos los Tehuelches?” En Lautaro prevalece la celebración de la vida y la renovación por sobre la búsqueda de revanchas.

La tienda va a estar cerrada al público visitante. Aun así, el cartel con su nombre permanecerá sobre el costado de la ruta para que todos puedan verlo. Hoy más que nunca.

El cartel reza: “Artesanías de un pueblo vivo”.

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El día avanza. En Bariloche circulan muchas publicaciones sobre la celebraciones mapuche. Leticia no necesita de estas noticias circunstanciales y un tanto superfluas para comprender qué implica el hecho de que hoy tendrá lugar la noche más larga. Para los mapuche es la noche ideal, aunque el contexto no sea el más adecuado.

“El abuelo estaría orgulloso”, se recuerda. Solía decirles que parte de su cultura estaba perdida para siempre. Que había sido silenciada a golpes de puño y desprecio.

“Somos herederos de un saber atrasado”, les decía a sus nietas mientras su único nieto, el menor de todos, jugaba alrededor de la mesa rectangular un tanto desnivelada y cubierta por un mantel gastado. “Acostúmbrense a eso porque, por más que se resistan…”. De tanto en tanto, usaba su bastón para remover un poco las cenizas del fogón que daba calor a esa única habitación que era, al mismo tiempo, toda la vivienda. La pobreza era, según él, un designio ineludible.

Leticia, en cambio, recuerda un pasado de grandeza. Una historia recuperada y revalorizada. Así que, más que pensar en qué hacer, el meollo de la cuestión es cómo hacerlo. La ciudad está en cuarentena y los caminos interprovinciales permanecen cerrados salvo indicación especial. La posibilidad de manejar hasta Neuquén y celebrar el Wiñoy Tripantu como cada año ya fue descartada vía WhatsApp tras muchas idas y vueltas con la familia de Villa La Angostura.

Bariloche se dice intercultural. Leticia cree que eso debería haber habilitado una posibilidad de realizar la ceremonia, pero las cosas no han seguido ese camino.

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Después de recalentar y almorzar lo que quedó de la pankutra de la noche anterior -una variante de sopa de verduras con trozos de masa hecha con harina-, Lautaro visita el rewe por milésima vez. Está a menos de un kilómetro de su casa. Camina con libertad el tramo de ruta que debe cubrir hasta llegar a la entrada que se encuentra a la derecha. El camino de tierra que nace allí es un trazado de una mano que se dirige, en diagonal, hacia la costa del lago Correntoso. Quiere asegurarse de que las cañas reparen correctamente al cunito que alberga a la gente durante las reuniones. También, en importante que el techo no gotee mucho. De todas formas, hoy no lo van a utilizar por completo. Recoge más leña y separa la viruta que van a esparcir por el suelo del interior. Por la tarde llegarán otros peñi. Unos tres o cuatro más. Se ha decidido preservar la salud de los mayores en virtud de que el virus podría afectarlos más que a cualquiera.

La gran cuestión a resolver antes de este día había sido qué hacer y cómo hacerlo. El semblante del logko se agrava mientras piensa en tres mujeres valiosas para él.

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Ya pasado el mediodía, las hermanas de Leticia se suman a los preparativos. Las tres están acomodando todo para pasar la noche juntas -en compañía de sus hijos- antes de partir por la madrugada. Este año, la ceremonia va a ser más breve. Una rogativa, ofrendas a la mapu y, si la orilla del lago lo permite, un chapuzón en el agua.

Nada más.

Nada menos.

Trabajan apretujadas mientras hablan animadamente frente a la mesada corta que hay en ese departamento. Mantienen la ventana abierta a pesar del frío que entra porque saben que, de lo contrario, los olores se van a acurrucar en las esquinas de ese techo bajo por un largo tiempo. Inés no deja de lucir su pañuelo verde en la muñeca derecha aun cuando este se moja o mancha cada vez que mete sus manos en la olla que está lavando. Ya compartieron una polenta que, como diría más de uno, pasó susto. Los más pequeños devoraron todo lo que había en sus platos y, ahora, están en la habitación peleándose por quién juega con la Play. Los desplazados tendrán que conformarse con el Free Fire online.

“Al final, mucho trabajar por nuestros derechos, pero acá estamos las tres lavando cacerolas”, dice Alejandra, mientras observa de manera cómplice a Leticia que se encuentra en el otro extremo de la mesada.

“Podría ser peor”, comenta Inés, desde su lugar en el medio, sin levantar la mirada, pero haciendo una mueca. “Pudimos haber nacido hombres y no servir ni para prender una hornalla”.

Mientras las tres se ríen del comentario, algo en sus rostros denuncia que no todo es tranquilidad. Parte de su mente está en otro lado. Allá en el lof hay un hombre joven, de mediana edad, que probablemente esté lidiando con los últimos detalles de una celebración.

“Hablando de derechos”, dice Leticia. “¿Ya sabemos adónde vamos a ir al final?”.

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En el rewe de la comunidad Kintupuray está todo dispuesto. Tienen comida suficiente y agua -no se toma nada de alcohol esta noche- más unos termos con bebida caliente. El tiempo es frío y las condiciones de humedad son ideales para que caiga nieve. Lautaro no necesita su teléfono celular para saberlo. Le alcanza con la experiencia. La nevada no se va a hacer esperar mucho más. El espacio para los fogones va a ser el mismo que el de todos los años. Uno para cocinar y el otro para dar calor durante la noche. A este último hay que cuidarlo, pero sin entrar al interior del círculo de piedras que lo delimita.

Sentado en el cunito en una silla de plástico típica de acto escolar mira hacia el rewe. Alrededor de él pudo ver huellas de un zorro que, al parecer, no tuvo el coraje de hacerle daño alguno la noche anterior. En un par de horas más, colocará allí cañas altas que sostendrán hojas de canelo y la wenu foye. Piensa en qué puede estar faltando. ¿Semillas?, ¿algún cuenco más?, ¿leña? Faltan sus hermanas. Esas mujeres junto a quienes tanto ha trabajado para recuperar su cultura. De pequeños, los cuatro solían escuchar a su abuelo mientras les contaba historias de la comunidad. Sobre cómo era la vida allí cuando don Kintupuray era pequeño y sobre todas las cosas que la tierra les ofrecía para vivir. Acerca de cómo fueron expulsados del lugar y cuánto sufrieron por ello. Ese hombre soñaba diariamente con su territorio al cual nunca más retornó. Tampoco vivió para ver a sus nietos regresar al Correntoso.

Lautaro desea que caiga una buena nevada. Según sus conocimientos, ese sería un buen augurio. Piensa que ojalá su abuelo ronde por ahí. Supervisando cada detalle. Procurando que nieve.

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Aun no cae la tarde, pero en Bariloche la cena pasa rápido; casi como un trámite. Las charlas son distintas a las de otros años y hay algo de ansiedad en el aire. El agua es la fuerza principal, entre tantas otras, para la comunidad Kintupuray. Desde tiempos ancestrales el lago Correntoso tuvo y tiene enorme influencia sobre la vida de los habitantes del lof quienes, habitualmente, cruzaban sus aguas rumbo al pueblo en wampos -grandes troncos de coihue ahuecados- u otra balsa improvisada. De esa manera, comercializaban e intercambiaban sus producciones tanto en la localidad como en otros lugares dentro del área de influencia del Correntoso. El agua no sólo calma la sed, sino que, además, favorece al intercambio y los encuentros…a los reencuentros, también.

Tener contacto con el agua es fundamental. Esas mujeres lo saben y no se van a rendir.

***

Ya casi es momento de ingresar al rewe, pero ahora para celebrar. Todos están vestidos para la ocasión esperando a que la mapu indique que se puede iniciar la ceremonia. El camino que separa el comienzo de la senda del lugar donde se halla el rewe es de unos doscientos metros de largo por cuatro de ancho. Hacia los costados, árboles pequeños se esfuerzan por zambullirse en el camino, pero los troncos más grandes no se lo permiten. Los mayores siempre saben más. Allí hay un camino que estos protegen.

Lautaro levanta la mirada y aguarda por el momento indicado. A lo lejos, observa el claro donde está, también, el cunito. Al fondo de esa imagen, el verde del bosque comienza a iluminarse con las luces del ocaso. Estas atraviesan las ramas de los árboles en diagonal recta hacia el suelo donde se han ubicado las cañas altas y los cuencos con las ofrendas. Como indicando que allí y en ese preciso momento es dónde y cuándo ha de comenzar todo.

Una lechuza levanta vuelo a mediana altura. Los integrantes del grupo avanzan en filas de dos. En total son seis personas. Suelen ser unas treinta así que, esta vez, hay que hacer más fuerza. Conforme caminan hacia el rewe suena el ñorkín. Otro de ellos golpea el kultrun que devuelve un sonido armonioso y rítmico. Todo en ese andar tiene un sentido especial. Las sonrisas de felicidad indican que ha llegado el momento. Hay que avanzar hacia el rewe y dar dos vueltas a su alrededor antes de acomodarse.

Es tiempo de ceremonia.

Comienza la renovación.

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Las tres Kintupuray viajan en dos autos. Uno es de Leticia y el otro de Inés. Ambos vehículos están igual de sucios y cargados de niños. Son más de las seis de la mañana y la parte más joven de la comitiva -vestida para la ocasión- está profundamente dormida en los asientos traseros.

Organizada la logística, salen a la ruta solitaria y oscura. La noche es fría al punto que, en algunas partes la helada que cae sobre el camino parece ser nieve. Son casi las siete de la mañana y todavía no hay pistas sobre el paradero del Sol. Esta es la noche más larga. La noche ideal. La indicada.

Hace frío. Mucho frío. El cielo está mitad estrellado, mitad cubierto por una capa de nubes poco densas. Si bien las nubes son nubes, para las conocedoras de cielos nocturnos las hay más espesas unas que otras.

El auto de Inés encabeza la marcha y el de Leticia va detrás. Parte de su ser está atento a la ruta y a las curvas que, de a ratos, se tornan tan pronunciadas como resbaladizas. La otra parte, divaga mientras evoca celebraciones pasadas a la orilla del lago Correntoso. Recuerda una ocasión especial cuando el grupo numeroso de concurrentes a la ceremonia se había acercado a la orilla del lago, haciendo sonar los instrumentos, mientras varios de sus integrantes -Leticia, entre ellos- se disponían a entrar al agua. Antes de hacerlo -en lo que pareció apenas una milésima de segundo- su cuerpo se paralizó. Frente a ella podía adivinar la sombra de los cerros que se encuentran en la otra orilla del lago. Por encima de estos, el cielo estaba poblado de estrellas. No había espacio en ese manto, usualmente oscuro, que no brillara con resplandores de todo tipo y tamaño. Al mismo tiempo, el espejo de agua que se encontraba bajo aquel millar de luces nocturnas, reflejaba a todas y cada una de esas estrellas. El agua calma -tan inmóvil que parecía imposible- replicaba en su superficie lo que pasaba en el cielo. Introducirse en el lago sólo podía tener dos consecuencias: interrumpir aquel espectáculo, o bien, convertirse en parte de él. Aquella madrugada, Leticia se fusionó con aquel cuadro experimentando un placer que pocas veces había vuelto a sentir. Se sintió agradecida por estar allí y ser parte de aquello. Por estar viva. Por ser mapuche.

Esta noche de 2020 el andar se hace lento. Hay hielo negro -grueso pero difícil de percibir- sobre el pavimento lo cual provoca que Inés maneje mucho más despacio de lo habitual. Su andar es proporcionalmente inverso a la bravura que despliega como defensora de los derechos de las mujeres.

No se encuentran con ningún control en ese tramo de la ruta. Parece un guiño, aunque tiene su lógica en esta gélida madrugada de domingo patagónico. Siguen avanzando por la ruta 40 en dirección a El Bolsón. No irán tan lejos de todas formas. Apenas unos kilómetros más hasta la orilla del lago Gutiérrez.

***

Está nevando.

El grupo abandona la calidez del cunito y, lentamente, se aleja del fogón que los protege. Por delante de ellos todo es blanco menos una delgada línea en el camino que va hacia el lago que no se ha cubierto del todo. Al parecer, la mapu les indica el rumbo hacia la orilla. Lautaro tiene una fantasía. Aquella línea delgada trazada desde el rewe hacia el Correntoso bien podría haber sido dibujada por un pequeño que arrastrara detrás de sí una caña…O quizás, por un anciano bonachón que, a modo de favor, les ha mostrado el camino abriendo un surco con su bastón.

Lautaro se siente sereno y reconfortado. Al mismo tiempo se pregunta si sus hermanas habrán podido llegar al lago. En la ciudad las restricciones son más fuertes. Siempre lo han sido.

***

El grupo de mujeres llega a la orilla del Gutiérrez. Habían pensado, al principio, en ir a la costa del Nahuel Huapi, pero esta se encuentra muy contaminada. Tanto por los desperdicios como por las luces del alumbrado público y las ventanas de los edificios cercanos que, desde su altura privilegiada, se posan como ojos curiosos sobre el ocasional visitante.

Se bajan de los autos después de interrumpir el sueño de todos los chicos. Inés es lapidaria: “¡Levántense, che!”. Leticia ensaya una breve canción que los despierte. Alejandra corta por lo sano y abre todas las puertas haciendo que el frío los despabile casi de inmediato.

Resulta muy fácil encontrar el caminito que lleva de la ruta a la orilla del lago. Es un tramo corto, de apenas dos o tres metros, muy conocido por todas. La familia suele reunirse allí para pasar algunas tardes de verano.

Hay estrellas en el cielo. Inés se maravilla. Alejandra no se asombra. El corazón de Leticia quiere estallar de emoción. Si bien en el lago hay poco movimiento, el sutil ir y venir del agua desde su centro hacia la orilla sugiere algo.

Vengan, invita.

Acérquense, propone.

Las estaba esperando, confiesa.

***

Durante la madrugada del 21 de junio de 2020, en la cabecera norte del lago Correntoso, seis personas ingresan al agua dando gritos de júbilo, pero sólo una de ellas permanece adentro más tiempo mientras el resto se seca con velocidad para volver a abrigarse. Algo le dice a Lautaro que se quede allí así que se acuesta en el agua haciendo la plancha. Piensa en el andar silencioso de un wampo mientras flota sobre la superficie del lago con sus brazos ligeramente extendidos. Desde esa posición, observa las pocas estrellas que se cuelan entre el rosado intenso del cielo cargado de nieve.

Piensa en los suyos. En los que aún están y en los que ya se convirtieron. Alguien le dice a su oído que el nuevo ciclo trae cosas buenas.

***

“¿Estará muy fría?”, pregunta Inés.

“¡Ay, dale! ¡No seas ridícula, querés!”, responde Alejandra.

Leticia no dice nada. Mira de manera intermitente hacia el lago y hacia el costado donde los chicos preparan las ofrendas que van a arrojar en unos minutos más. Pero ahora mismo es momento de entrar al agua. Duda de que alguna de las tres se zambulla del todo esta vez. Esta orilla del Gutiérrez es tan hermosa como pedregosa y los pies duelen, aunque el frío del agua los anestesie. Un resbalón puede terminar en torcedura de tobillo.

Las tres hermanas están tomadas de la mano. Inés cree que es para darse coraje. Alejandra piensa que o lo hacen todas o no lo hace ninguna. Leticia siente que es porque se aman.

Ninguna da el primer paso. De repente, Alejandra, que está en el medio, se resbala de forma aparatosa. En el afán por protegerse estira sus brazos hacia adelante olvidando que estos ya no le pertenecen. Están sujetos a los de sus hermanas que, con el impulso se caen hacia adelante llevándose consigo a la mayor de las Kintupuray. Se mojan por completo. Aunque empapadas, se toman su tiempo para incorporarse. A su manera, han tomado contacto con el lago.
“¿Quién me empujó?”, pregunta Alejandra entre risas.

“Che, que esto es serio”, se ataja Inés.

“Esto es hermoso”, concluye Leticia mientras mira al cielo y trata de adivinar qué estrella estará viendo su hermano en este momento.

Dentro de poco va a salir el Sol y la noche más larga se irá acortando hasta que, dentro de un año, el ciclo se vuelva a renovar. Todos aguardan unos instantes más. Sobre la margen norte del Correntoso. A la orilla del Gutiérrez. Un hombre. Tres mujeres. Conectados todos. Los pies en el agua. El corazón en la tierra.