“Que se quemen los reos”: crónica de la desolación después del fuego

Por Daniel Valencia Caravantes – Elfaro.net

Quique y Coli

Coli subió hasta la cuarta cama de la litera, se acostó boca arriba y comenzó a presionar con las piernas, a dar patadas con las plantas de los pies contra la lámina que le impedía escapar del infierno. Antes de subir, le había dicho a su amigo Quique que aguantara, que abriría el techo de su celda y luego regresaría para sacarlo de ahí. El problema era que Coli dormía en la celda 5, ubicada enfrente de la celda 6. El problema era que los separaban dos rejas de hierro, cerradas con candado. El problema era que solo uno de los dos tenía verdaderas posibilidades de sobrevivir, porque en la celda 6, donde inició el fuego y donde dormía Quique, las llamas estaban a punto de consumirlo todo.

No se dijeron nada, solo se miraron a los ojos. Muy adentro sabían que era mejor así. ¿Qué podían haberse dicho? Si a Quique las llamas ya estaban lamiéndole la diminuta espalda, y Coli sabía que por más que intentara doblar los barrotes de su propia celda, ubicada frente a la de Quique, jamás lo conseguiría. Lo único que lograba era que su cabeza rapada sudara cada vez más, mientras el fuego se esparcía hasta la celda 10, que ya ardía como el infierno, y ahora lanzaba lengüetazos hacia los barrotes desde donde Coli miraba a los ojos, quizá por última vez, de su amigo. Cuando Coli desapareció en medio del hoyo que había en el techo, Quique cerró los ojos, apretó los barrotes de su celda y sintió que iba a morir.

* * *

Quique y Coli se habían conocido hacía muchos años, luego de que Coli desertara de la Policía -para lucrarse con el tráfico de drogas- en 2002. Coli cayó en 2006, y Quique -por robo- ingresó a la Granja-Penal de Comayagua en 2007. El reclusorio está ubicado a 90 kilómetros al noroeste de Tegucigalpa, la capital del país más violento del mundo. Decir que dentro de la prisión Quique y Coli eran los mejores de los mejores amigos quizá no sea del todo cierto. Pero es significativo que pasado el incendio, a Coli se le empañen los ojos cuando recuerda esa escena trágica: Quique vencido, aferrado a los barrotes, con el naranja y amarillo de las llamas al fondo, a punto de tragárselo. En el penal, Quique y Coli se las arreglaban igual que el resto de presidiarios. En las cárceles de Honduras, como en las de El Salvador o Guatemala, se sobrevive si se tienen buenas relaciones con los carceleros, si se consiguen privilegios derivados de la buena conducta o dinero para pasarla. Un reo vale lo que vale cada centavo que carga consigo, y en Comayagua esta regla también se cumplía.

Para tener un celular al alcance, por ejemplo, se necesitaban 500 lempiras (26 dólares). Dormir en litera se ganaba con el tiempo o el respeto, dormir en el suelo era para los más nuevos o los menos afortunados. En todas las celdas había conectores, extensiones y cables de televisores o de cargadores de celular. Si no fuera porque Comayagua tenía un sistema de rehabilitación “modelo”, esta cárcel sería como cualquier otra: una donde se compran voluntades, se sufren muchas carencias y donde los derechos de los reos le importan solo a los reos. El sistema de rehabilitación, por el otro lado, consistía en tener los siete días de la semana mano de obra barata para que regentaran una porqueriza, una granja pollera y un invernadero. En medio de esas paredes, y del día a día de ese presidio, de ese estira y encoge, dos viejos conocidos se hicieron muy buenos amigos. Quizá no los mejores de toda la granja-penal, pero es significativo que a Coli, de 36 años, le afecte recordar que su amigo estuvo a punto de morir, y que Quique, de 40, conmovido por su amigo, le diga que no se preocupe, que nada podía hacer por él.

-Mejor agradezcamos que podemos contar la historia, y que vamos a seguir viéndonos la cara.

* * *

La colcha en la que se había envuelto ya se había desintegrado: Quique moría parapetado en el suelo, junto a la reja. En su celda ya nadie gritaba, el olor a carne quemada era el de su propia carne, quemándose, y aquello que no alcanzaba a distinguir bien eran los gritos en las celdas 7, 8, 9 y 10. Él no lo sabía, pero Coli ya se había brincado del techo hacia una pulpería (una tienda) que otro reo tenía en un corredor contiguo a las celdas. Quique no lo recuerda, pero en el momento en que los reos comenzaron a abrir los techos de las celdas, y a escapar del fuego brincando entre las láminas, y luego entre los muros, los guardias de la prisión dispararon al aire una y otra vez, previniendo una fuga.

Quique no lo supo al principio, pero el que llegó con una banca de madera a romper el candado de su celda no era ningún guardia, sino otro reo.

Quique todavía no entiende cómo es que los guardias dejaron que se quemaran vivos.

Héctor y Jhony

Adentro de esos cuatro módulos se respira un olor que penetra hondo, pero al cabo de un rato el olfato se acostumbra. Tres días después del incendio en Comayagua, en medio de uno de esos módulos, uno de los sobrevivientes toma un huevo y lo coloca en un cartón. Luego otro, y otro y otro. Unas 400 gallinas ponedoras cacarean a su alrededor.

Es la primera vez desde la tragedia que a Jhony le autorizan salir del penal. Jhony no ha dormido bien. Dice que nadie ha dormido bien allá adentro. Apesta a carne quemada, y cuando cierran los ojos todos recuerdan lo que ocurrió la noche del 14 de febrero. “Nadie puede dormir. Hay unos que todavía se levantan gritando: ¡Abran, que me quemo, me quemo!”.

Jhony es uno de los reos que ha ganado privilegios a fuerza de buena conducta, según dice. Entró a Comayagua cuando tenía 20 años, en 1999. Lo condenaron por un asesinato. Este año cumple su decimotercer año preso.

Por trabajar en la granja ponedora recibe 1,600 lempiras al mes, un poco más de 84 dólares. Al mediodía del viernes 17, Jhony tiene una docena de cartones llenos. Este viernes, por la mañana, había respirado aire fresco por primera vez en tres días.

Jhony estaría mejor si en la pollera estuvieran todos los que ahí trabajaban, pero dos de sus compañeros murieron en la celda 7, en la noche del incendio. “Acabo de darme cuenta de que perdí a los dos compañeros con los que más platicaba aquí adentro”, dice.

Uno de ellos era “Ventura”. Le faltaban nueve meses para salir libre. El otro era “Ponce”.  Este todavía no estaba condenado. En Comayagua solo el 40% de los 852 reos tenía condena.

* * *

En la tarde del 14 de febrero, Jhony, Ventura, Ponce terminaban un partido de futbolito macho junto con otros reos antes de que el centinela los llamara para el encierro. Aunque era día del amor y la amistad, en la cárcel nadie celebró nada, excepto un reo que consiguió que los guardias dejaran entrar a su mujer, para que pasara la noche con él en la celda número 10. Horas más tarde, ese reo se salvaría de milagro, y su mujer moriría, hervida, adentro de una pila.

Los guardias llamaron al encierro a las 6 de la tarde, y como era costumbre, contaron uno por uno a los reos de la celda 1 a la 12. También se cercioraron de que los reos con privilegios se metieran en sus cuartos, ubicados contiguo a las celdas 6 y 5, cerca de la comandancia de guardia.

Jhony no recuerda a qué hora inició el incendio, porque cuando se despertó, el humo lo sofocaba y una llamarada se había metido por el techo de su cuarto, un diminuto espacio en donde solo cabía una cama y un taburete de madera. Jhony intentó alcanzar sus llaves y su celular, pero una lengua de fuego lo empujó hacia afuera, al patio que conducía hacia la hilera de celdas que se incendiaban.

Desde el patio, Jhony vio cómo el cuarto que estaba contiguo al suyo se desplomó por completo, y desde la celda 6 escuchó unos gritos: “¡Auxilio! ¡Fuego! ¡Guardia!”

Cuando Jhony escuchó esto, corrió hasta el portón de la comandancia de guardia, gritando para que los ayudaran, para que los dejaran salir. Por la ventana de la comandancia de guardia no se asomó ninguna cara ni tampoco se vio una tan sola sombra.

Lo normal, si todo hubiese sido normal esa noche, es que por el pasillo que divide las hileras de celdas, un guardia del penal hiciera rondas cada 30 minutos, y que un llavero (otro guardia) estuviera atento ante cualquier emergencia, desde la comandancia de guardia. La comandancia de guardia es la única entrada y salida que tiene el penal.

Aquella noche, sin embargo, y desde que inició el incendio en la celda 6, la celda en donde se quemaba Quique, ningún guardia hizo sus rondas, y el llavero había desaparecido de la comandancia. Cuando Jhony se percató de que nadie les ayudaría, corrió hasta el patio ubicado detrás de las celdas que se incendiaban. En ese patio había unas pilas, y cerca estaba el centinela de una de las cuatro torres que custodian el penal. En el patio también había otros que, como él, habían escapado de sus cuartos.

-¡Hey! Denos cancha para brincar por el muro. ¡No nos deje perder! –le gritó Jhony al guardia, pero el guardia le respondió moviendo la cabeza en señal de negación. Tres veces le rogó Jhony y las tres veces el guardia impidió que los reos se las arreglaran para trepar el muro que los alejaba de la zona del incendio.

* * *

En las celdas todavía se escuchaban gritos cuando Jhony y los otros reos refugiados en el primer patio del recinto se echaron agua los unos a los otros, y echaron agua en el piso del patio, para mitigar el calor. Cuando la torre de fuego ardía con más fuerza, estar parados adentro de la prisión era como si estuvieran parados, con los pies descalzos, encima de una plancha caliente.

Al cabo de unos minutos, los reos privilegiados, ilesos, vieron llegar al patio a otros compañeros que caminaban lento, como si estuvieran congelados. Al primero que vio Jhony fue a uno de sus excompañeros en la granja ponedora de huevos. Se llamaba Nery Padilla.

-Venía lento, con la calzoneta caída, medio desnudo. Le aventamos agua, y cuando le cayó en la cara, se la cayó un pedazo del cuero (cabelludo).

“¡Ay, Dios mío!”, murmuraba Nery Padilla, con el cuerpo desfigurado. “¡Ay, Dios mío!”.

Jhony se acercó a Nery para ayudarle, para vestirlo, para que no agonizara desnudo, y cuando terminó de ponerle una calzoneta jeans medio chamuscada, nadie más se le acercó a Nery.

-Cuando lo toqué se le caían los cueros del abdomen –recuerda Jhony.

Al rato llegó otro, también quemado. Ese sí venía completamente desnudo, irreconocible. Luego otro, y luego otro… en las celdas que se consumían ya nadie gritaba nada.

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