Quique Antequera, el otro dueño

Acaba de ser detenido Enrique ‘Quique’ Antequera, uno de los fundadores de La Salada. Antequera nunca fue socio de Jorge Castillo, sino su vecino y competidor. Lo que sí compartían era la causa judicial. Ambos era investigado por la administración fraudulenta y pago de coimas por miles de puestos en la feria, en una causa que podría salpicar a  jueces, fiscales, policías y políticos.  Aquí presentamos cinco escenas del libro Sangre Salada, de nuestro editor Sebastián Hacher, para entender quién el nuevo detenido.

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Antequera es uno de los fundadores de La Salada

En la fundación de La Salada, todos recuerdan a Quique Antequera como un comerciante textil que había perdido todo con la hiperinflación. Quique sabía que era más ren table viajar en avión hasta Santa Cruz de la Sierra y traer camisas de contrabando que fabricarlas. A eso se dedicaba

Quique y Gonzalo Rojas Paz, el fundador de La Salada, se habían conocido en la feria de los lunes en el Puente 12. Los dos tenían la misma edad: 26 años. Gonzalo lo llevaba a todas las negociaciones a las que iba, a pesar de que era un tipo callado. O quizás, opinaban algunos, lo invitaba por eso.

–Yo soy boliviano, tú eres argentino –le dijo al principio de la relación–. ¿Por qué no trabajamos juntos? Siempre hace falta un argentino para firmar los papeles.

Algunos meses después del inicio de ese pacto, mientras miraban una pileta rodeada por árboles y parrillas que pensaban alquilar, Quique rompió su habitual silencio.

–¿Da para venir acá? –preguntó–. Esto es tierra de nadie.

El lugar estaba en plena decadencia. Los dueños de las piletas intentaban cualquier cosa para atraer al público, pero el rumor de que el agua salada producía infecciones, la contaminación del Riachuelo –que pasaba a unos metros de allí– y lo agreste del barrio se habían conjurado contra ellos.

(…)Allí fundaron Urkupiña, la primera de las ferias que formaron La Salada. Quique Antequera se convirtió en uno de los socios: siempre, le dijeron, hacía falta un argentino para firmar los papeles.

(…)Los primeros meses, Quique y Gonzalo alquilaron el predio. Enseguida entendieron que el negocio podía crecer y lo compraron. En total lo pagaron 210.000 pesos y armaron una escritura a nombre de Urkupiña Sociedad Anónima. La mayoría de las acciones se las repartieron entre Gonzalo, Quique y Mary. El resto fue a parar a los poco más de quinientos socios que aportaron dinero. Ninguno de los fundadores había cumplido los 27.

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quique-presoYa estuvo preso por no pagar lo que la policía quería

En 1999 llegó Vicente D., el jefe más audaz que haya conocido la comisaría de Puente La Noria. Su primera medida fue lanzarse contra los puestos de La Salada que se armaban en la calle. La Ribera era todavía una feria tímida, ocasional, y él se encargaba de arrinconar a los pioneros hasta no dejarles otra opción que pagar lo que él pidiera. En La Salada, el monto del impuesto informal es igual al poder de fuego que demuestra el cobrador.

Urkupiña pagaba un impuesto informal para infringir la ley de marcas, otro para vender ropa de contrabando y otro más para no ser molestados por los cobradores de impuestos. Pero el comisario quería más. Cada vez que rodeaba La Ribera, esa misma fuerza que desplegaba en la calle se reconcentraba y los amenazaba a ellos.

Un lunes, D. apareció en la administración. Era una casita con techo a dos aguas al fondo del estacionamiento. La reepción tenía un mostrador de almacén de pueblo y detrás estaba la cocina donde se reunían los jefes. Contra una pared, descansa- ban dos vírgenes de Urkupiña idénticas, ambas con sus vestidos de esta.

En el lugar estaba Mary. Era la única que había llegado.

–Quiero un millón de dólares -le dijo un día Mary, una de las dueñas.

La cuenta que hacía era descabellada, pero real. En Urkupiña acababan de levantar doscientos puestos nuevos, y se vendían a 10.000 pesos cada uno. En total, dos millones de pesos.

–Es fácil: mitad para ustedes, mitad para mí –repitió cuando llegaron Quique y Rojas Paz–. Si no me pagan, les empiezo a hacer operativos todos los días. No van a poder trabajar más.

–Andate a la concha de tu madre –fue la respuesta de Quique.

D. sonrió. No era un tipo de rendirse fácil.

Como primera medida, abrió una investigación por asociación ilícita, falsificación de marca y extorsión. El expediente cayó en el juzgado No 2 de Lo- mas de Zamora. El instructor era el secretario Walter Donato, un ex policía bonaerense que se había volcado al derecho. También intentó enviar emisarios para convencerlos de que lo mejor era aceptar su oferta. (…)

A fines de 2001 todos fueron detenidos.

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Cómo  se convirtió en el dueño de Urkupiña

El el 17 de noviembre de 2001 Gonzalo Rojas Paz apareció colgado de un estante de un metro y medio de altura en la cárcel de Ezeiza. Al momento de morir tenía 33 años.
La causa fue caratulada como suicidio.

Los organismos de derechos humanos tomaron el caso como un ejemplo más de una oleada de extrañas muertes que recorría las cárceles federales. Los medios de comunicación le dedicaron una o dos líneas en artículos sobre la situación carcelaria. Un mes después, el país entero colapsó, y ya nadie recordó el asunto.

Mary pasó un año detenida; Quique, un año y medio. Santiago estuvo dos años y ocho meses, y Maguila casi tres. Cuando salieron, Quique había dejado de ser el argentino que firmaba los papeles: en adelante sería uno de los nuevos dueños de La Salada.

 

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Una postal de Quique en la feria

En Urkupiña, los puesteros entran y acomodan sus cosas en la oscuridad. A veces usan vinchas con linterna para aprovechar las dos manos y acomodar todo rápido, como podrían haber he- cho sus paisanos en las minas de Potosí. Otros, más precarios, entrecierran los ojos e intentan guiarse en las sombras. Un grupo de hombres controla que el tropel avance de forma ordenada. Entre todos sobresale uno de campera aviadora y gorro deportivo. Es apenas un poco más alto que el común de la gente, pero tiene algo que lo destaca: es Quique Antequera. Detrás suyo hay dos gigantes vestidos con equipos de fútbol tan nuevos como iguales. Ninguno de los dos disimula que es guardaespaldas, y que la persona a la que cuidan es al que todos llaman Número Uno.

Una hora después de que abra la feria, Antequera caminará por el estacionamiento hacia el fondo, donde está la administración.

A diestra y siniestra, estacionados en un ángulo de 45 grados casi perfecto, habrá dos centenares de micros de larga distancia, la mayoría de dos pisos. Quique pasará entre ellos justo por el centro, seguido por su corte, como una verdadera diva del conurbano en un teatro de revistas gigante.

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Su opinión sobre la ropa de marca falsificada resumida en una anécdota

El empresario tenía los derechos exclusivos para vender ropa y mochilas con estampados de Casi Ángeles, la serie de televisión preferida por las preadolescentes argentinas. Las remeras, bolsos escolares y conjuntos deportivos se ofrecían en los centros comerciales a precios altos, acordes con la campaña publicitaria que habían tenido. En La Salada salían diez veces menos que en los shoppings: centenares de talleristas le ponían el logo de Casi Ángeles a cualquier prenda para niños. Algunas eran imitación de las originales, pero la mayoría eran inventos cuyo único objetivo era aprovechar el furor por la serie televisiva.

El dueño de la concesión lo sabía y opinó que eso atentaba contra su negocio. Hizo una denuncia por fraude marcario y fue con su abogado a recorrer los pasillos de La Salada para notificar a los feriantes que estaban cometiendo un delito. Quique Antequera, el administrador de Urkupiña, los acompañó por los pasillos para que repartieran las cartas documento sin que nadie los sacara a piedrazos. Mientras visitaban los puestos, el rostro del empresario se ensombreció.

–Esos de ahí –dijo señalando a algunos de los infractores– son del taller que trabaja para nosotros.
Quique le respondió con una carcajada. Meses después contó la anécdota durante una charla con periodistas. El objetivo era demostrar que los feriantes que falsificaban ropa de marca eran los mismos que trabajaban en negro para las grandes empresas.

En esa entrevista, Antequera dijo:

–Estamos incentivando a los feriantes para que tengan marcas propias y dejen de hacer réplicas o productos alternativos. Pero hay algo que es real: en La Salada, la gente no pudiente consigue ropa Adidas o Reebok y aunque sean imitaciones que duran poco, las pueden tener. ¿Qué ofrecen las grandes corporaciones? Nada: vienen a llevarse la plata del país, ¿y qué le brindan al pueblo? Le venden una publicidad de unas zapatillas de 800 pesos que nadie que gane 1300 por mes puede comprar. Y acá, el pueblo accede a esa ilusión. El que compra sabe que es un producto alternativo, sabe lo que está comprando. No hay engaño ni competencia desleal. Nuestro público y el que compra los productos originales es totalmente distinto.

 

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Bonus track: para qué tantas fotos

Reconstruir el devenir político de Antequera es una tarea imposible: su pertenencia fue de Margarita Stolbizer al sciolismo pasando por todo el arco político. En los últimos meses se acercó al Pro. Si en la faceta pública intentaba sacarse fotos con cuanto político pudiera, en la privada su preocupación era otra: soñaba con tener un puesto político que le diera o fueros o contactos. Su mayor miedo era volver a caer preso. Antequera nunca ahorró en solventar campañas políticas de sus eventuales aliados. Esos mismos políticos que ahora lo verán como una mancha venenosa.

Sebastián Hacher
Sebastián Hacher

Periodista.

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