Ricardo Barreda, el varón hostigado

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Marina Guerrier – Cosecha Roja.-

Cuando Ricardo Barreda mató a escopetazos a las mujeres de su familia, enterró con ellas cuatro relatos posibles sobre lo que sucedía adentro de esa casa. Solamente su versión de los hechos ocupó las primeras planas de los diarios, y terminó por convertirlo en una leyenda policial: Conchita Barreda, el hombre hostigado.

El 15 de noviembre de 1992, el odontólogo Barreda agarró una escopeta y mató a las cuatro mujeres con las que vivía: la esposa, la suegra y las dos hijas. Después tiró el arma en un arroyo en Punta Lara, fue a un albergue transitorio con su amante y volvió a la casa para denunciar el crimen. Cuando el subcomisario Ángel Petti le preguntó dónde estaba el arma, Barreda admitió el crimen. Ahí comenzó el relato. Contó que ellas no lo veían como a un hombre, que lo despreciaban, que le decían “Conchita” todo el tiempo y que un día simplemente estalló. Barreda había eliminado a los tiros a las mujeres que tanto mal le habían hecho.

En aquel momento la figura del “femicidio” no estaba elaborada ni penal, ni social, ni mediáticamente. Exactamente 20 años después, el 15 de noviembre de 2012, la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de ley para modificar el artículo 80 del Código Penal. Desde entonces se llamó “femicidio” al crimen de una mujer perpetrado por un hombre cuando mediara violencia de género, y se lo incorporó como figura agravante de un homicidio estableciendo la condena a prisión perpetua.

A mediados de 1995 Barreda fue sentenciado a la pena mayor. Aunque sus abogados aseguraron que el dentista estaba loco, los jueces probaron la materialidad de los hechos, sostuvieron que comprendía la criminalidad de sus actos y lo acusaron de cuádruple homicidio. El hombre no fue condenado a prisión perpetua por haber matado a cuatro mujeres, sino por haber cometido un homicidio simple (el de su suegra) y tres agravados por el vínculo (el de su esposa y sus dos hijas). Los cuatro fueron calificados por el modo que eligió para ejecutarlos.

Sin el marco legal del femicidio, ¿cómo explicó el periodismo los asesinatos de estas mujeres? Con la violencia sexista aún relegada al espacio doméstico y amparada en la falta de amor, ¿sobre quién recayó la condena pública? Más aún, ¿cuál fue el relato que terminó por convertirlo en un personaje burlesco y a la vez idolatrado? Sin dudas, la infamia es también una modalidad de fama y a sus crímenes Barreda le debe su publicidad.

Toda historia sobre un asesinato parte del desenlace: una muerte. Ese es el punto de ruptura, el motor narrativo del relato policial. Al no contar con toda la información porque de ella, en principio, solo se conoce su resultado se hace preciso imaginar causas y encontrar pistas que permitan reconstruir el orden cronológico en la historia de ese crimen. La teoría del maltrato que introdujo Barreda fue bienvenida por el periodismo porque le permitió avanzar sobre el caso con una hipótesis que parecía resolverlo.

Los diarios reprodujeron lo que el dentista contó acerca de la convivencia con las víctimas y, basados en sus dichos, construyeron antagónicamente la imagen del asesino como un hombre agobiado, al que ellas sometían e incluso llegaron a golpear. El de Barreda fue para el periodismo un episodio de locura súbita y el criminal, un sujeto enajenado que obró bajo el flujo de la emotividad de manera incontrolable. ¿El detonante? Su esposa le había dicho: ¡Andá Conchita, y arreglá la parra, y ojalá te caigas y te mates!  El resultado no podría haber sido otro: una escopeta, nueve tiros, cuatro mujeres muertas.

El periodismo fue benévolo con Barreda. En las crónicas policiales siempre se lo presentó como un integrado a la sociedad: profesional, proveniente de un sector acomodado de la clase media, jefe de familia, con un trabajo honesto. Incluso cuando él mismo confesó haber cometido los crímenes, la prensa insistió en denominarlo por su profesión, el odontólogo Barreda. Al referirse a alguien por su función simultáneamente se lo reviste con una carga de honestidad por el sentido positivo que se suele dar al trabajador, y más aún por el respeto que implica la actividad que Barreda realizaba como profesional de la salud. La elección de los términos no resultó fortuita.

Cuando se publicaron algunos aspectos cuestionables de la intimidad de Barreda -como las relaciones extramatrimoniales que mantuvo antes y después de cometer los crímenes- el énfasis continuó puesto en los problemas de su matrimonio. A Barreda se lo vinculó sentimentalmente con dos mujeres: María Mercedes Gustavino, a la que el periodismo presentó como una “muy amiga” del dentista”, y Beatriz Nilda Bono, “la presunta amante”.

Bono declaró como testigo. Cuando se enteró por el diario lo que pasó aquel día se sintió conmocionada porque no había notado nada raro en Barreda durante su encuentro. Sumisa a los medios, se cubrió el rostro cuando salió de la comisaría 1º de La Plata. Más atractiva fue la amiga parapsicóloga, “Pirucha” Gustavino. La mujer arrojó teorías explicativas acerca del rapto de locura en Barreda, y si bien tuvo que declarar ante el juez debido al vínculo que la unía con el acusado, la introducción de este nuevo personaje cobró valor principalmente como entretenimiento dramático.

Como sucede en otros casos, la narración periodística se desvió hacia acontecimientos que resultaron interesantes para el público pero que se alejaron del nudo problemático, de los principales hechos de la noticia. Sin embargo, fue la inclusión de situaciones y personajes de orden secundario lo que permitió sostener el relato cuando no había hechos suficientemente noticiables.

La investigación judicial determinó que el hombre había disparado a quemarropa y por la espalda, y en una misma secuencia había terminado con la vida de cuatro mujeres, dos de las cuales eran sus hijas. Pero cuando aún resultaba dificultoso para la prensa explicar el grado de violencia utilizado en el crimen, la versión de la doble vida resultó tierra fértil para especular acerca de posibles trastornos de personalidad en Barreda. El uso de metáforas simples como el estallido, el arrebato y la explosión para explicar la violencia criminal en Barreda fue la base sobre la que se configuró la interpretación periodística. Y también fue la estrategia de defensa del acusado.

Lo aberrante del caso fue el número de crímenes cometidos al mismo tiempo, y fundamentalmente, que entre las víctimas estuvieran las hijas. Sin embargo, la condena social fue compartida y recayó en gran parte sobre las mujeres victimadas por oponerse al mandato patriarcal. El caso activó un imaginario de temor, y adquirió un gran poder pedagógico: una vez más, a las mujeres se les sugirió obedecer la autoridad paterna. Y finalmente alcanzó fuerza ejemplar. Los destinos de esas mujeres  terminaron noticiados en las páginas policiales de los diarios.

El periodismo abordó el caso de manera particularizada, y al mismo tiempo desplazó posibles tratamientos en forma macro y estructural. Privatizó el análisis, lo desplegó hacia el espacio de la familia e hizo foco en aspectos de su personalidad: gustos, intereses, hechos cotidianos, vida laboral y familiar, que lo acercaron al lector medio y terminaron por “humanizarlo”. El caso Barreda fue fue configurado como unidad narrativa y, ensimismado en el impacto y la aberración, las responsabilidades terminaron depositadas en los protagonistas del relato.

Cuanto más aberrante es un crimen, mayor es su capacidad de acaparar la escena informativa. Un asesinato que se produce al interior de una familia y excede cualquier límite tolerable de violencia, se asegura el interés del público. El hecho y el protagonista se vuelven oscuramente atractivos, y es precisamente en esa zona de ambivalencia afectiva donde trabaja la crónica policial.

Así, Barreda alcanzó para los medios nacionales el status de “personalidad jerarquizada” e inició una serie noticiosa que se actualiza cada vez que protagoniza un nuevo episodio. Supimos de él en 2009 cuando obtuvo el beneficio de la prisión domiciliaria por su edad avanzada; y más adelante, cuando comenzó a gozar de su libertad condicional. También, que se mudó al barrio de Belgrano junto a su nueva pareja, Berta André, una maestra jubilada a la que conoció en la Unidad 9 de La Plata, y se comprometió a ocuparse de él. En enero de 2011, Barreda volvió a ser noticia cuando la prensa reveló que hacía salidas injustificadas: la justicia le revocó la prisión domiciliaria. En diciembre de 2014, volvió a prisión debido a que la convivencia con Berta era conflictiva. Y el 24 de julio pasado, trascendió que la mujer con la que había convivido durante seis años había muerto.

Ahora Barreda necesita fijar un nuevo domicilio en el que pueda ser controlado por el Patronato de Liberados para recuperar su libertad condicional. Porque la casa de La Plata que siempre reclamó como propia, la misma donde mató a las cuatro mujeres de su familia, fue expropiada. La legislatura bonaerense aprobó el 15 de noviembre de 2012 el embargo para que allí funcione un centro municipal de Prevención de la Violencia de Género. Justo dos décadas después de la masacre, el mismo día que se incorporó la figura del femicidio.

Ilustración: Adrián Ousi Varela

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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