Rocinha

DETRÁS DE LOS TIROS QUE NO SE DISPARARON

La guerra que no fue

3 notas de Eric Nepomuceno, desde Río de Janeiro, para Pág12.

Foto tomada de Veja.com.br

El operativo militar duró menos de cuatro horas, y al final no se disparó un solo tiro. Cuando el domingo amaneció, con sol y brisa suave, la más emblemática de las favelas de la zona sur de Río, la Rocinha, un conglomerado habitado por unas 80 mil personas –hay quien dice que pasan de 100 mil–, cayó pacíficamente en manos de la policía. Otras dos favelas vecinas, Vidigal y Chácara do Céu, también cayeron en silencio, aunque allí sí hubo obstáculos: antes de huir, los narcotraficantes que controlaban esos cerros dejaron las callejuelas cubiertas de aceite de motor, lo que hizo que los blindados resbalasen sin lograr subir las cuestas. Nada que los tanques de la marina de guerra no lograsen superar sin más problemas.

Al final de la tarde de ayer, lo que se hacía era la complicada contabilidad de aprehensiones. Al menos 34 motos y ocho automóviles robados estaban en manos de los narcos. Además fueron incautadas 13 armas de grueso calibre y unos 112 kilos de marihuana, todo escondido en toneles enterrados. Si se piensa en el número de hombres armados (por lo menos 200) que formaban el bando de “Nem”, detenido en los primeros minutos del jueves, y en la cantidad de droga traficada semanalmente en la Rocinha, lo que se encontró es absolutamente insignificante.

Una vez más, el aviso de que una favela sería ocupada por un grueso contingente de las fuerzas de seguridad sirvió de alerta para que los narcotraficantes abandonasen la zona. A diferencia de todas las demás ocupaciones, en el caso de la Rocinha se detuvieron no sólo a los jefazos del cerro sino también a otros cabezas de pandilla que habían buscado refugio en las callejuelas empinadas luego de haber perdido sus propios reductos. Además de Antonio Francisco Bonfim Lopes, el “Nem”, jefe máximo de la Rocinha, fueron detenidos, mientras intentaban escapar escoltados por policías civiles y militares, líderes de pandillas de otros dos cerros ocupados anteriormente por las fuerzas de seguridad, poniendo en indiscutible evidencia el grado de corrupción que alcanza a la policía de Río. Aun así, y pese a la importancia de las detenciones, ayer no hubo más detenciones de relieve.

El operativo militar ha sido impresionante. Poco después de las cinco de la mañana de ayer, cuatro helicópteros –todos artillados, siendo dos de ellos blindados y con equipos que permitían visión nocturna– empezaron a sobrevolar los cerros de San Conrado y Gávea, dos de los barrios más elegantes de la ciudad. Ya desde el mediodía del sábado, un bloqueo silenció todos los teléfonos celulares de San Conrado. A eso de las cinco y media las tropas empezaron a subir el cerro. No hay datos precisos, pero las informaciones goteadas indican que alrededor de dos mil hombres, entre tropas y batallones de elite, policía civil, policía militar, bomberos e infantes de la marina, se unieron para invadir y ocupar las tres favelas. La absoluta falta de resistencia llegó a sorprender a los mismos responsables por ese inmenso aparato, que al final logró toda la parafernalia prevista –levantar la bandera brasileña en lo alto del cerro, como si se tratase de salvar a la patria– sin encontrar otro percance que la bizarra visión de vehículos blindados resbalando sin lograr salir de su sitio.

Rocinha, la favela emblema, mayor puesto distribuidor de drogas de la zona sur de Río, ayer se adormeció en paz luego de por lo menos dos décadas de yugo de los narcos. Por la soleada tarde de domingo, grupos de turistas extranjeros circulaban por las callejuelas y por los callejones sin salida, tropezando con tropas fuertemente armadas y con sonrientes moradores de la favela. Todo un espectáculo. Hoy empieza un nuevo día y una supuesta nueva realidad empieza a ser construida, de a poco. No hay plazo para la retirada de las tropas armadas de la Rocinha. Una Unidad de Policía Pacificadora (UPP) será instalada en el cerro. Y luego se verá qué pasa.

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El paraíso está lejos

La idea es osada, sencilla y obvia: para terminar con el control de vastas áreas de la ciudad dominadas por pandillas de narcotraficantes, nada mejor que realizar una ocupación militar que expulse a los criminales, restablezca el orden y la ley, y luego facilite una serie de recursos hasta ahora inexistentes, con programas sociales bien estructurados, que van de la apertura de campos de deporte a puestos de salud y guarderías, además de otros instrumentos de rescate de la ciudadanía. En cada cerro ocupado se instala una Unidad de Policía Pacificadora, que convivirá con los habitantes dentro de las reglas mínimas de respeto mutuo, sin violencia, sin atentar contra la dignidad de las gentes y respetando los derechos básicos de cada uno. Una policía honesta, cuya acción será rigurosamente balizada por la ley.

Dicho así suena –al menos en las ciudades brasileñas– como algo muy cercano al paraíso. Existen en Río alrededor de mil favelas, habitadas en su totalidad por más de un millón de trabajadores. La mayor parte de ellas (52 por ciento) vive bajo el yugo de las “milicias”, es decir, pandillas paramilitares que se imponen a los moradores por la violencia absoluta. Otra parte, un 30 por ciento, vive bajo el yugo de las pandillas de narcotraficantes, cuya crueldad rivaliza con la de las “milicias”. En todas impera la omisión absoluta del Estado: sus moradores viven bajo el poder de un Estado paralelo, integrado por criminales de uno o de otro bando, es decir, la policía corrupta de las “milicias” o los bandos de narcotraficantes.

Hace poco más de dos años, el gobernador del estado de Río, un parlanchín de amistades raras y hábitos peculiares llamado Sergio Cabral, decidió implantar las UPP en los cerros de la ciudad. Con la de Rocinha van 19. Si uno observa el mapa de Río se dará cuenta de inmediato de que esas instalaciones policiales arman un cerco a los puntos principales que concentrarán actividades en el Mundial de 2014 y en los Juegos Olímpicos de 2016. Es la principal tarjeta de visitas de Cabral en sus aspiraciones políticas futuras, que no se sabe bien cuáles son pero seguramente serán muy ambiciosas. Pasado ese tiempo, la búsqueda de resultados concretos de la acción de las UPP muestra resultados más bien dudosos.

Para empezar, el tráfico de drogas no cesó, ni mucho menos. Sigue muy activo, y la mejor prueba de eso es que el precio de la cocaína y de la marihuana no subió. La novedad es la ausencia, en las callejuelas de las favelas, de muchachos fuertemente armados imponiendo su propia ley y su propia noción de orden. Otra novedad ha sido la valorización de los inmuebles vecinos a las favelas ocupadas, que en algunos casos llega a 40 por ciento en menos de año y medio. Todo lo demás no sucedió. Es decir, no hubo la instalación de instrumentos de rescate de ciudadanía, no hubo mejora en la colecta de basura, en la legalización de inmuebles, en la prestación de servicios básicos. Faltan puestos de salud, cuadras deportivas, guarderías. En una de las primeras favelas ocupadas se instaló Internet de alta velocidad inalámbrica, pero no hay computadoras en la escuela. Todo suena a vidriera vacía de contenido. Y para colmo volvió la gruesa corrupción de la policía. Se había anunciado que los contingentes destinados a las UPP serían formados por recién egresados de las academias de policía. De ser cierto, ya egresaron con todos los vicios que se intentó reprimir: en las UPP están los efectivos que reciben propina de las pandillas de narcotraficantes para que les dejen actuar en paz –eso sí, siempre que sin exhibir armas pesadas–, y para que pasen informaciones anticipadas de eventuales acciones de inspección. El paraíso sigue lejos, pero el infierno –siempre tan temido– ahora parece más suave.

De todo, una lección: entre la pantalla y la acción, a las clases medias les encanta la pantalla. Duermen en paz mientras sus inmuebles se valorizan, y en los cerros los habitantes pasan a ser atracción turística. Nada cambió de verdad, pero la vida se hizo más leve.

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NEM

Perfil del jefe de la banda de la Rocinha, detenido en el operativo del domingo en la favela, que en sus primeras declaraciones dijo que la mitad del dinero que ganaba era para el ‘arreglo’ con la policía.

Antonio Francisco Bonfim Lopes tiene 35 años. Es padre de siete hijos de tres mujeres distintas, dos de ellos adoptados. Cuando llegó a la prisión, lo primero que hizo ha sido llamar a su mamá. Pidió que le cuidara a los niños.

Lo detuvieron en los primeros minutos de ayer, en el elegante barrio de Lagoa, en Río, acurrucado en el baúl de un Toyota Corolla negro. Ni él ni sus acompañantes –un abogado, un hombre cuya función no ha sido aclarada, y un motorista– ofrecieron resistencia. Lo que sí ofrecieron fue propina para escapar. Primero, 30 mil reales (unos 17 mil dólares). Frente a la impasibilidad de los policías, entendieron que la mano venía dura y aumentaron la oferta: un millón de reales (unos 570 mil dólares). Ni modo: al contrario de todo a lo que estaban acostumbrados, no hubo arreglo. Y por primera vez en la vida, Antonio Francisco Bonfim Lopes fue esposado, tirado en un coche de la policía y llevado a una comisaría. Ayer por la tarde fue conducido a una penitenciaría de seguridad. Bueno, eso de seguridad es un decir: allí adentro encontrará enemigos y desafectos. Su vida seguirá en riesgo, de la misma forma que vivió al borde del precipicio desde por lo menos los últimos siete años.

Si alguien pregunta en las favelas de Río por Antonio Francisco, lo más probable es que nadie sepa de quién se trata. Pero con mencionar su apodo –Nem– será suficiente para despertar temor y respeto. Hasta la noche del miércoles era el hombre que, al frente de un grupo de por lo menos 300 traficantes, controlaba la Rocinha, la favela-emblema de la ciudad, una comunidad de unas 80 mil personas. Desde que asumió, en 2005, el control del tráfico de drogas en la Rocinha, impuso un cambio radical en los métodos de relacionarse con la policía y la comunidad, mientras expandía el poder de sus negocios, que iban de la droga a casi todo. Hasta las sectas evangélicas que viven de extirpar el dinero de los fieles le pagaban su cuota de seguridad.

Antes de que todo eso ocurriese, en sus tiempos de ser Antonio Francisco y nada más, Nem fue funcionario modelo de una empresa de telecomunicaciones. Vivía en la Rocinha, pero sin tener contacto con el tráfico: era un habitante más. Cierto día, con un hijo muy enfermo, hizo lo que todos los vecinos hacían: recurrió a “Bem-te-vi”, el traficante con nombre de pajarito que controlaba la favela. Logró el dinero y un puesto en el círculo de confianza del jefazo. Antes de ser muerto por la policía, Bem-te-vi dejó a Nem un encargo: asesinar a su socio y asumir el negocio, y con el negocio, toda la comunidad.

Al cumplir el mandado, Nem introdujo novedades: pasó a cohibir robos y asaltos en las vecindades de la favela, compró policías corruptos, impuso una severa ley de orden y tranquilidad. Se hizo benefactor de los vecinos, promovía fiestas, distribuía dinero y medicinas, atendía a todos. Un hombre bueno y tranquilo. Que también destrozaba rivales y desobedientes, esparciendo cadáveres, distribuyendo pánico y horror.

Vivía en una mansión amplia, con sala de gimnasia, salón de fiestas, una terraza con vista al mar. A menos de 400 metros tenía su microondas, es decir, el lugar donde ponía dentro de una pila de llantas a los condenados a la muerte. Y prendía fuego, y se quedaba viéndolos quemarse vivos. Un sujeto efectivamente peculiar.

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LOS BANDOS

Por Leonardo Tarifeño, en Letras Libres.  Una nota publicada en enero de 2011 pero que arroja luz sobre los días de hoy en Río.

En Río de Janeiro hay más de mil favelas. Según el secretario de Seguridad Pública de la ciudad, José Mariano Beltrame, el narcotráfico opera en por lo menos 420. Entre 2006 y 2007 yo viví en Río, en el bohemio barrio de Lapa, y una vez allí tuve oportunidad de conocer bien las dos más célebres: Rocinha y Cidade de Deus. Lo que vi en ambos enclaves, que juntos reúnen unos 200 mil habitantes, es que los favelados no temen ni desprecian tanto a los delincuentes como a la policía y a las cámaras de la televisión. A la policía, porque cuando entra a sangre y fuego no distingue entre criminales e inocentes. Y a las cámaras televisivas, porque en general solo aparecen para mostrar el lado negativo del lugar, como si en sus rincones y callejuelas apenas hubiera cocaína, sicarios y armas a granel. A mí me consta que las favelas no son en absoluto fábricas de delincuentes. Cifras recientes respaldan esa afirmación: en el operativo de noviembre pasado en el Complexo do Alemão, O Globo y otros medios hablaron de 500 narcotraficantes refugiados en la cima del morro. Muchos de ellos provenían de una barriada vecina, la de Duque de Caxias, donde habían quemado coches antes de enfrentarse con la policía. La cantidad impresiona y, ciertamente, es propia de un ejército. Pero vista dentro de su contexto remite a una minoría, armada y peligrosa pero minoría al fin, ya que en el Alemão viven casi 250 mil personas. La acción militar, que convocó a 2,600 policías, helicópteros, tanques y elementos de la Armada y la Marina, atacó a la quinta parte del 1% de la población del Complexo, que une a trece favelas próximas al aeropuerto internacional.

Suponer que las favelas son sinónimo excluyente de crimen organizado es tan erróneo, o al menos ingenuo, como creer que en el combate al narcotráfico hay dos bandos. “La pregunta sobre qué debería hacer la policía de Río para vencer al tráfico de drogas implica una polaridad que no existe”, escribió Luiz Eduardo Soares, ex coordinador de Seguridad, Justicia y Ciudadanía en el estado de Río de Janeiro (1999-2000) y ex secretario nacional de Seguridad Pública (2003) en su blog. En palabras de Soares, “hoy la mayor prioridad es lograr que la policía deje de traficar y de asociarse con los delincuentes”. En la construcción de un sentido común basado en la (según Soares, falsa) polaridad “policías versus bandidos”, aquellos mass media tan temidos por los habitantes de Rocinha y Cidade de Deus criminalizan a los favelados e ignoran que la solución al problema multidimensional del narcotráfico depende, entre otras cosas, de una reforma policial capaz de refundar la institución. En ese relato de “buenos” que no son tales contra “malos” que en realidad no están solos, una victoria militar como la de fines de noviembre en Alemão supone el principio del fin del imperio criminal. Sin embargo, quedan latentes algunas preguntas incómodas: ¿qué se gana con tener más y más narcotraficantes presos, cuando los propios miembros del Comando Vermelho (los narcos detenidos en Alemão) han demostrado ya que, unidos a elementos del PCC (Primeiro Comando da Capital), pueden sembrar el terror en Río y São Paulo aun desde sus celdas? ¿Y cómo se piensa recuperar las otras 419 favelas donde actúan los criminales?

Una respuesta tentativa a algunos de estos interrogantes ha sido la creación de las UPP (Unidades de Policía Pacificadora), nuevo cuerpo policial que el gobierno carioca ya instaló en doce favelas. Las UPP cumplen una función mixta de servicio social y prevención del delito, pero en las últimas semanas comenzaron a usar porras y gas irritante. Ese aparente exceso en sus tareas habría sido el motivo detrás de la reacción beligerante de los narcos vecinos a Alemão, que días después ocasionó la consiguiente represión y victoria militar de la policía a finales de noviembre. A su manera, las UPP constituyen el primer intento del gobierno de izquierda a la hora de crear un modelo policial alternativo al desarrollado por la dictadura militar. En esa línea, Soares, el abogado André Batista y el ex policía Rodrigo Pimentel recuerdan en su libro Tropa de Elite que, una vez en el gobierno, la izquierda siente que la policía es un tabú (“como si definir y proponer un papel positivo para la policía fuese rendirse necesariamente a un discurso conservador”) y, en la acera de enfrente, la derecha “siempre se sintió confortable con la solución dictatorial: la seguridad pensada y estructurada en defensa del Estado, no de los ciudadanos”. Entre la falta de voluntad política de la izquierda y la “mano dura” ciega de la derecha habrían crecido la corrupción, la ineficiencia y la falta de legitimidad de quienes deberían hacer cumplir la ley. Es la historia que narra la películaTropa de Elite (2007, y basada en el libro antes citado) de José Padilha, donde los miembros de la BOPE (Batallón de Operaciones Policiales Especiales) advierten que, dentro de ese paisaje, la honestidad a rajatabla es imposible. La segunda parte de Tropa de Elite se estrenó en septiembre pasado y muestra que el enemigo no son los narcotraficantes favelados –como en la primera– sino las milicias parapoliciales. Con la mira puesta en el Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, da la impresión de que en las calles y las favelas de Río ya se vive una impredecible Tropa de Elite III. ~

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Compartimos también:

A crise no Rio e o pastiche midiático, un artículo muy interesante de Luiz Eduardo Soares, antropólogo y cientista político brasileño; profesor de la Universidad Estatal de Río de Janeiro y de la Universidad Cândido Mendes. Ex-secretario Nacional de Seguridad Pública.

Galería de fotos, Veja.com.br.

En el corazón de Rocinha, una crónica acerca de cómo es la vida en la favela más grande de Río de Janeiro publicada en diario Clarín en octubre de 2010.

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