Tajante, polémico y con un alto perfil. Asegura que el peronismo de izquierda no existe, que son cartón pintado y que por algo Perón los echó de la Plaza. La historia de Juan De Stéfano, un dirigente todo terreno y ex preso político que se define entre dos pasiones: Racing y el peronismo.

Por Jorge Britos y Christian Pidalá

Pantalón hasta el ombligo, chomba blanca, medias grises, pantuflas marrones, sentado con las piernas cruzadas en el sillón de la biblioteca, Juan De Stéfano le pide a su mujer Beatriz un vaso de agua. Mueve los dedos haciendo una especie de conteo, saca de su bolsillo una pastilla y la coloca sobre la mesa ratona.

—Dale mujer, ya me pasé media hora— grita el ex presidente de Racing.

La biblioteca es la primera sala de su casa. Es pequeña, lo suficiente para tres sillones individuales, una mesa baja y un estante repleto de libros, algunas fotos y unos pocos recuerdos. Es el único espacio que él mismo se encarga de limpiar y cuidar.

De Stéfano vive en Sarandí, sobre la calle Estrada, a cuatro cuadras de la cancha de Arsenal. Su casa es antigua, con rejas pequeñas. Lo último que le agregó fueron algunas trabas en la puerta de entrada, después de que en abril de 2014 tres hombres lo asaltaron y golpearon con saña. El episodio llegó a los noticieros nacionales. Adrián, su hijo, contó entonces que sus padres no tenían una suma considerable de dinero.

—Recorrí medio mundo —cuenta Juan De Stéfano—, y vivo acá porque jamás robé una moneda. No tengo nada, ésto es todo de mi señora.

Al rato, como la esposa no le trae el agua, va hacia la cocina. Beatriz se disculpa diciéndole que se olvidó. Él no le responde.

En la biblioteca hay más de cien libros, todos muy bien cuidados. Tiene gustos variados. Hay ejemplares de Nietzsche, Foucault, Rousseau, García Márquez y hasta de Pablo Neruda. Cuando estuvo preso en la Unidad 9, entre 1976 y 1978, lo único que lo hacía sentir libre era la lectura. A la mujer sólo le pedía que le llevara algún libro. A los compañeros, que le recomendaran algún escritor.

De Stéfano se define como autodidacta. Abandonó el colegio en sexto grado. En su adolescencia, decidió estudiar por las suyas: comenzó a leer libros de historia, literatura, filosofía, de todo tipo. Aún conserva ese espíritu. Nunca le gustó ser estudiante ni mucho menos recibir órdenes. Más bien le gusta darlas.

Toma la pastilla, agarra el vaso de agua y luego lo vuelve a colocar en la mesa. Se levanta, se acerca a la biblioteca y abre un estante. “Esto es una reliquia”, dice mientras saca una pequeña libreta del Sindicato de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). En el lomo tiene su nombre y los sellos de Augusto Timoteo Vándor —Secretario General de la UOM entre 1958 y 1969— y Rosendo García —Secretario Adjunto de la UOM—. Con ese documento, en 1958, Juan De Stéfano se afilió al sindicato.

Su carrera como dirigente gremial comenzó en la fábrica de electrodomésticos SIAM a los 22. Su inclinación por las cuestiones políticas y colectivas se la debe a una sola persona: Juan Domingo Perón. De su pasión por el peronismo nacen sus otras pasiones personales, como la lectura.

—Para gobernar hay que preparase, y Perón sí que se había preparado— dice. Y mira la foto del general que tiene en un cuadro encima de la biblioteca.

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De stéfano color

En 1945, cuando Perón llegó al poder, De Stéfano tenía diez años. Su familia era pobre. El papá era un italiano socialista, el hermano mayor ya se decía peronista.

– Todos fuimos peronistas a partir del ´45: mi familia y el país.

– Le gusta debatir sobre política y peronismo. ¿Con su padre que no era peronista también?

– Tuve una infancia maravillosa gracias a mis padres y a una Argentina bárbara. Perón en diez años cambió la historia. Mi viejo era ferroviario, un laburador. Reconocía que gran parte de sus derechos los tenía por Perón. Por mi viejo me di cuenta que el general imitó al fascismo italiano.

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Con sus compañeros de la fábrica de SIAM, De Stéfano discutía sobre política en los bares o en las esquinas. Le gustaba el debate de esa época, a toda hora y en especial con los radicales. Cuando se afilió a la UOM, Vandor lo obnubiló por su cintura como dirigente gremial.

Comenzó a imitarlo.

Comenzó a estrechar las manos con fuerza y mirando a los ojos.

Comenzó a exigir que no escriban su apellido Destéfano sin apóstrofe porque le molestaba.

Comenzó a introducirse en la disputa política y sindical: De Stéfano era un hombre persuasivo. Le gustaba tratar con los obreros, convencerlos y conducir las charlas hacia el lugar en donde él se sentía seguro.

Nunca olvidó de dónde venía. Cuanto más poder tenía, más recordaba que su carrera sindical había comenzado de abajo, siendo un peón y barriendo galpones en la fábrica de SIAM. Estar de ese lado, lo llevó a entender que los obreros necesitaban buen trato y sobre todo, dirigentes que los representaran.

Dice que el día más feliz de su vida fue cuando sus compañeros lo eligieron como Secretario de Metalúrgicos de Avellaneda, destacando su rol de líder.

De Stéfano, casi sin darse cuenta, fue adquiriendo un nombre dentro del sindicalismo peronista. A principios de 1970, inició una amistad con una figura fuerte dentro de la política del momento: Victorio Calabró, presidente de la zona norte y tesorero nacional de la UOMRA.

Su ascenso no se detuvo. En 1972, viajó con otros dirigentes gremiales a Madrid y conoció al mismísimo general Perón. Un año más tarde, con el justicialismo en el poder, se convirtió en miembro del consejo directivo de la CGT.

Además de autodidacta, De Stéfano se define como un buen observador. Aunque tiene una voz ronca que no pasa de ser percibida, le gusta el silencio porque le permite observar con mayor detenimiento.

– Observar es el paso anterior a la imitación – dice. Siempre intentó extraer lo mejor de los líderes sindicales que lo rodearon. Conocí dirigentes de la gran puta: Victorio Calabró es uno de ellos.

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A principios de los ´70, cuanto más cerca estaba el justicialismo de volver al poder, más fragmentado estaba el movimiento y más poder tenía la UOM. Dentro del sindicato, Calabró ya era el tesorero. En las elecciones de 1973, Calabró integró la fórmula para la gobernación bonaerense que venció el 11 de marzo de ese año. El candidato fue Oscar Raúl Bidegain. Se buscó una fórmula de “equilibrio” que reuniera a un representante de la izquierda del peronismo con un sindicalista ortodoxo, cercano a posiciones de derecha.

En enero de 1974, hubo un ataque del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) al Regimiento de Azul. Bidegain era azuleño. Perón lo culpó por lo sucedido. Según De Stéfano, el general fue quien echó al gobernador, dejándole el cargo a Calabró.

Con 39 años, De Stéfano se convirtió en el Secretario General de Calabró. Era su mano derecha, su hombre de confianza.

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En el libro Golpe Civil de Vicente Muleiro, se afirma que De Stéfano era hombre de Calabró; son ellos quienes gestan el golpe de estado desde la gobernación. Se dice además que salían a navegar al Río Paraná con Massera (comandante general de la armada en la dictadura de 1976), preparando el golpe de estado.

La Unidad 9 se inauguró el 21 de septiembre de 1960, resultó ideal entonces para albergar a presos comunes y políticos sometidos a torturas en el Terrorismo de Estado. Ideal no solo porque era una unidad nueva, sino también por su tamaño e infraestructura -de hecho, actualmente posee 18 pabellones-. La penitenciaría imitó a la de Córdoba e impartió muchísimas divisiones. Basadas en los grados de “peligrosidad” se estableció la siguiente fragmentación: “presos recuperables”, “presos posiblemente recuperables” y “presos irrecuperables”.

Las divisiones no sólo eran físicas, también ideológicas: aumentaban aún más las internas entre los peronistas.

Los “presos irrecuperables” se distribuían en los pabellones 1 y 2, en los llamados “pabellones de la muerte”. En el 1 fueron ubicados los principales dirigentes del peronismo de izquierda y Montoneros, mientras que en el 2 estaban los del Partido Revolucionario de los Trabajadores- Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP).

Una fuente cercana a De Stéfano cuenta que hubo un trabajo de inteligencia interno para clasificar a los presos en esos pabellones. Un trabajo que, está seguro, contó con la colaboración de otros presos que se oficiaron de asesores de los militares. Entre esos presos, jura, se encontraba Juan De Stéfano.

Según De Stéfano, los pabellones de la muerte no existían. Los peronistas obreros eran los que más sufrían porque eran un grupo de resistencia muy fuerte.

Según la fuente cercana, De Stéfano estaba en el 10, pero luego fue a parar al 11, el llamado “pabellón de los privilegios”: tenían las celdas abiertas, mejores tratos y hasta tenían un televisor. En el 11 se encontraban todos los miembros de la CNU.

– Cuando me nombran a De Stéfano se me viene a la cabeza la ausencia de queridos compañeros – cuenta mientras busca información en el libro Golpe Civil de Vicente Muleiro-, Él y su gente son los responsables de su muerte porque ellos desde gobernación protegían a los de la CNU.

La Concentración Nacional Universitaria (CNU) fue una organización paramilitar y terrorista de ultraderecha que surge a fines de los sesenta en la Argentina. A Victorio Calabró, la CNU le cae como anillo al dedo para utilizarla dentro de su interna cruenta contra el sector de izquierda del peronismo.

Calabró se había soñado presidente de facto. Contaba con el apoyo de general Roberto Eduardo Viola (futuro presidente de facto de la nación). Calabró aprovechó el cargo para consolidar las relaciones con los golpistas del ‘76, con un claro objetivo: formar parte de ese nuevo orden. Tanto Calabró como quienes lo rodeaban sabían lo que se venía y también sabían que no querían ser víctimas de los militares.  

Pero a una facción de los militares Calabró nunca les cerró. Encontraron la excusa perfecta para perseguirlo gracias a un negocio que De Stéfano realizó desde gobernación junto con el empresario Juan Gramano.

Gramano manejaba una empresa de turismo que realizaba viajes a Bariloche, viajes financiados por el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Los militares descubrieron esto y lo definieron como una situación irregular. Los funcionarios de la Gobernación comenzaron a ser secuestrados e interrogados por los represores sobre las presuntas actividades delictivas de Calabró. Primero fue Gramano, en abril de 1976. En agosto, cayó Juan De Stéfano.

– El libro Golpe Civil de Vicente Muleiro cuenta con varios testimonios que hacen referencia a que el gobierno de Victorio Calabró gestó el Golpe de Estado…

– ¡Eso es una mentira y una infamia! Es una mentira de patas cortas porque todos los que fuimos parte del gobierno de Calabró estuvimos presos y torturados. Torturaron al Ministro de economía Ramón Miralles, al Ministro de obras públicas Alberto Liberman y al Director de Ceremonial Héctor Ballent. ¡Qué carajos teníamos de arreglo con los golpistas si nos quemaron en la tortura!

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De stéfano perón

– Siempre pensé que iba a salir – relata De Stéfano -, porque si vos lees la historia de la humanidad sabes que las sociedades no resisten a la opresión muchos años. Llega un día que la gente se levanta, se enoja de una forma o de otra y te derroca. Las dictaduras no son eternas. Yo soy fanaticamente peronista, conmigo no hay la menor posibilidad de doblegarme. Yo les decía a los torturadores que iba a estar tomando un whisky en la calle Corrientes y ellos iban a estar todos presos. Se los decía en la cara, uno por uno.

De Stéfano presumía lo que iba a suceder. Aun así eligió no salir del país, porque creía que no le debía nada a nadie. En agosto de 1976 fue secuestrado por fuerzas federales y del ejército. Lo metieron en el baúl de un coche y lo llevaron a la Coordinación Federal, sobre la calle Moreno, en la Ciudad de Buenos Aires. Luego lo trasladaron a la comisaría 22 en Barracas. Lo tenían atado y vendado. Lo interrogaron por negocios hechos en la provincia, por conexiones con Montoneros. Se defendió diciendo que no sabía nada, que nunca fue de izquierda.

Estuvo desaparecido diez días. Un comisario le avisó a su familia que estaba detenido y que lo llevarían a la Unidad 9. Así sucedió el 27 de agosto. Pasó entonces de estar desaparecido a ser detenido legal.

En las noches lo llevaban a centros clandestinos y lo torturaban. Fueron siete sesiones de tortura en total. Entre los represores que recuerda se encuentran Miguel Etchecolatz, Ramón Camps, Eros Tarela, el cura Christian Von Wernich y Norberto Cozzani.

Estuvo en tres centros clandestinos: Puerto Vasco, Coti y Arana. Por lo general lo sacaban los lunes a la noche, vendado y atado. Lo devolvían los sábados porque los domingos venían las visitas.  

Dice que le preguntaban sobre la Gobernación y los funcionarios.

Quizás, dice, en algún momento hubo una interna muy fuerte entre el Gobierno Militar y el gobierno que presidía Calabró.

Dice que le quemaron las piernas y los genitales con una picana, pero que siempre supo que iba a salir.

En 1978 lo liberaron. Nunca volvió a tener miedo.

¿Qué hacías dentro de la unidad?

– Jugaba al ajedrez y leía mucho, aunque a veces me sacaban los libros. Leés todo el día, desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche cuando te cortan la luz. Por lo general en los recreos iba al patio a discutir con los compañeros de política. En su mayoría éramos todos gremialistas. Había peronistas de izquierda que solían ser los más defendidos por tener a muchos curas tercermundistas a su favor, hablo sobre todo de Montoneros y el ERP.

¿Por qué crees que te detuvieron?

– Supongo que me querían sacar información porque los regímenes totalitarios vacilan con que los van a derrocar. De ahí salen los servicios de inteligencia estúpidos, estos servicios que andan averiguando cosas de la gente.

¿Volviste alguna vez a la Unidad 9?

– Sí, me invitó el director. Visité el pabellón y la celda. Les regalé un televisor. Una vez llevé a un equipo de Racing a jugar un amistoso con los presos en la cancha.

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Es sábado. Son las 15:45. En dos horas juega Racing. De Stéfano está apurado porque en pocos minutos su hijo lo pasa a buscar para ir a la cancha. Es una de los planes que más le gustan. Se sigue volviendo loco en la tribuna. Es apasionado.

Nunca abandonó su fanatismo. En la Unidad 9 de alguna u otra manera se enteraba sobre la actualidad de Racing. Era una de las pocas alegrías que tenía allí dentro.

No tiene miedo de cruzarse con algún hincha que le recuerde sus años como presidente. Aunque admite que toda su vida anduvo con un revolver en el auto porque no tiene brazos muy largos para pelear.

– Si tengo que tirar una bomba la tiro, si tengo que disparar, disparo-, dice ahora De Stéfano, sentado mientras toma agua.

De Stéfano frecuenta el club desde que nació. Llegó a la comisión directiva gracias a su relación con Enrique Taddeo, que presidía Racing a principios de los ´80.

En 1984, Taddeo sabía que De Stéfano había sido un importante dirigente sindical. Creyó que tendría igual suerte como dirigente deportivo. Lo invitó a participar de la Comisión de Apoyo durante su gestión y debió de tratar con una deuda de 1.200.000 dólares.

De Stéfano nunca se soñó como presidente del club. Su ascenso se fue dando naturalmente. El hecho que más fuerza le dio fue haber contactado empresarios que invirtieran en Racing, formando así un equipo que logró el ascenso en 1985.

En 1987, arribó a la presidencia por vías democráticas. Jura que nunca mezcló lo gremial con lo deportivo. Como presidente solo se dedicó a Racing, a AFA y a FIFA. Su mandato fue totalmente personalista: elegía entrenadores sin consultar con la comisión directiva y compraba jugadores a su gusto. No le fue bien: los logros deportivos más destacados fueron un tercer puesto en el Apertura de 1993 y haber traído a Maradona como director técnico.

De Maradona tiene buenos recuerdos y dos camisetas firmadas. Una se la regaló a uno de sus nietos, la otra la tiene en su casa, bien guardada por Beatriz que se encarga de cuidar gran parte de los obsequios que recibe su marido.

Estuvo en el ojo de la tormenta en la elección que lo posicionó cuatro años más en el club: la oposición, encabezada por Osvaldo Otero, denunció que mucha gente había obtenido carnets gratis a cambio de votar al candidato oficialista. El Gráfico investigó el hecho y logró comprobarlo. Aldo Proietto, director de la revista en esa época, recibió la visita de De Stéfano, quien lo amenazó de muerte.  

Pese a las polémicas que lo rodeaban, Juan continuó al frente de la institución hasta 1994. Meses antes de finalizar su ciclo, pasó siete horas detenido bajo la acusación de retener los aportes previsionales del club. Cuando dejó el sillón, Racing estaba muy endeudado.

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Beatriz es un poco más baja que su marido. Tiene canas, arrugas y una sonrisa contagiosa. Estuvo con Juan en los momentos más duros de su vida. Fue a visitarlo a la Unidad 9 hasta el día en que De Stéfano le pidió que dejara de hacerlo. Su aspecto se deterioraba gradualmente por las torturas frecuentes y la falta de alimentación.

Viven juntos desde hace más de cincuenta años. Según De Stéfano, siempre se llevaron bien. “Lo único que nos separa es que ella es de Independiente y yo de Racing: acá en Avellaneda son todos de Independiente”.

A Beatriz le encanta mostrar recuerdos, aunque a Juan lo incomode un poco. Cuando se enoja con ella la llama por su segundo nombre: Josefa. Beatriz odia que la llame así y mucho más en público.

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El único medio de comunicación que usa De Stéfano es el celular. No tiene mail ni mucho menos redes sociales. Es fácil ubicarlo pero difícil verlo personalmente. Todas las semanas promete viajar a La Plata por unos asuntos judiciales. El lunes dice que va a venir el jueves, el jueves que va a ir el martes de la otra semana, el martes el viernes, el viernes el lunes de la semana siguiente, y así.

Promete. Intimida en persona y por celular. Tiene una voz que impone una personalidad dura, rigurosa. Presta el celular a sus amigos cuando está en reuniones. Ellos atienden sus llamados como si fueran los secretarios.

Desde que dejó la presidencia de Racing en 1994, forma parte de una compañía de publicidad deportiva llamada VHS SPORTS. Allí es asesor de publicidad hace más de 20 años. Además, ayuda a su hijo Adrián que tiene una flota de camiones.

No le gusta tener tiempo libre.

Es muy sociable. Está siempre en reuniones. Se junta seguido con sus amigos, muchos de ellos, admite, fueron miembros de la CNU y los conoció en los años que estuvieron presos en el pabellón 11 de la Unidad 9. “Actualmente cuando voy a ciudad de La Plata me junto con los muchachos de la CNU a tomar un café en la confitería La París. No tengo ningún problema ni tampoco que esconderme”.

La CNU es responsable de numerosos asesinatos. ¿Qué piensa al respecto?

– Son todas mentiras, ellos estuvieron cinco años presos cuando vino el golpe. “Pipi” Pomáres (cabecilla de la CNU, encarcelado en el penal de Marcos Paz, investigado por la tortura y el asesinato de dos parejas en abril del ´76 en la localidad de Villa Elisa) está detenido injustamente en la actualidad. Yo declaré a favor de él porque lo acusan de un crimen que no cometió y está preso hace cuatro años.

 

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A De Stéfano le gusta ir a la cancha no solo por su fanatismo, también porque es un buen momento para compartir con su hijo y su único nieto varón. Tiene tres nietas más a las que por ahora no les gusta el fútbol.

Su hijo es peronista, como él. En la familia no se puede ser radical ni hincha de Independiente.

Si tiene un poco de plata que le sobra la gasta en regalos para sus nietos, o en libros.

Piensa que después del peronismo, todos los gobernantes fueron muchachos de barrio, ineptos e incapaces.

Piensa que a los militares hay que tenerlos arrinconados y no darles ninguna oportunidad de nada.

Tiene la conciencia tranquila: nunca hizo nada malo.

Nunca le van a dejar de gustar las reuniones y charlas peronistas.

Quiere a su mujer aunque a veces no se note.

—Lo fundamental es que el peronismo se acordó de los pobres. Cuando vos te pones del lado del más débil, del que más precisa, realmente enamorás por el simple hecho de abrazar la causa y nunca abandonarla.

De Stéfano se ríe en la despedida y promete atender los llamados.

Estrecha la mano fuerte, firme. Siempre mirando a los ojos.

 

*Esta crónica fue producida en el marco del Seminario de Grado “Contar el horror: las nuevas narrativas de la memoria”, dictado por los profesores y periodistas Laureano Barrera y Juan Manuel Mannarino durante el último cuatrimestre de 2016 en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. El seminario se inscribe dentro del Taller de Producción Gráfica I, Cátedra II.