Sin sosiego en Acapulco

Por David Espino. Para Cosecha Roja.-

 

Rigo puso la última pala en la bodega y soltó un suspiro. Miró a la pared para ver si el sol colaba sus rayos de las 6:00 de tarde. Comprobó que, en efecto, el tibio resplandor estaba en el lugar de siempre, a la misma hora. Sudaba mucho. Se quitó la playera y secó el sudor de su cara y el torso desnudo. Su hermano Josué lo esperaba afuera de la construcción donde trabajan de albañiles. También miraba intranquilo el cielo rojizo para tratar de adivinar la hora.

–Vámonos que no tarda en ponerse oscuro y ya nos quedamos solos –gritó desde el quicio de la puerta.

Rigo salió asintiendo con la cabeza, tomó una bolsa de plástico y echó la playera húmeda envuelta en un periódico del día. Martes 10 de abril, decía la data. Se dirigieron a paso rápido al paradero de camionetas alimentadoras de la colonia Coloso por una calle alterna de donde construyen las casas de beneficio social. Desde hace cinco años que trabajan en esta zona de Acapulco. Desde hace dos, cuando los  pistoleros al servicio de La Maña empezaron a deambular por el lugar, decidieron no cargar ni celulares ni relojes.

Esta vez tuvieron más motivos para caminar de prisa.

No les extrañó que en el paradero no hubiera más gente esperando. Es habitual ver a mujeres con uniformes del centro comercial cercano y a otros albañiles de las construcciones vecinas. Ahora no, salvo dos. La noche anterior, en la colonia Postal, donde viven ellos y muchos de los que toman el transporte aquí, hubo una balacera entre narcos y policías federales. Con los únicos dos compañeros que aún estaban se saludaron con movimientos de cabeza. Así lo hacen desde hace tiempo. Rigo recuerda desde cuándo y porqué. Dice que un día llegaron al lugar unas camionetas con chicos armados y sometieron a todos. Fue un sábado, día de paga. Les quitaron su ralla y les dieron cuernazos para que dejaran de decir que eran chingaderas, que eso no se hace con la gente pobre ni con los trabajadores jodidos.

–Nos chingaron y nos quitaron nuestra feria –me dice Rigo cuando platicamos en el patio de su casa, de tierra bruta. Sus dos hijos, de dos y tres años, corren por todo lados, barrigones y mecos, mocos secos verduscos se le pintan en el pecho desnudo y bajo la nariz.

Josué no habla, escucha encorvado la plática, la mirada clavada al suelo, sentado en el banco de tabla basta donde cabemos los tres.

–Desde esa vez –sigue Rigo– ya no más nos saludamos con la cabeza. Durante ese tiempo, a mediados del año pasado, las camionetas no querían llegar al lugar porque de pronto se llenó de malandros. Yo estaba animado para irme de aquí y todavía lo sigo pensando. Lucy, mi mujer, es la que me detiene. Me dice: “¿y para dónde nos vamos a ir, si aquí ya compramos este terrenito?”.

Lucy, una chica de apenas 27 años, delgada, está adentro de la casa de madera con techo de cartón, preparando limonada que después nos servirá en vasos de vidrio de veladora. Rigo no ha tenido dinero para iniciar una construcción de concreto, y tampoco se siente entusiasmado para hacerlo. Una, porque construir siempre es motivo para llamar la atención y otra, porque sigue teniendo un pie en el estribo. Dice en cambio que al menos levantará una barda porque en esta, la colonia Postal, en la periferia de Acapulco, los narcos andan sueltos y a cada rato hay muertos.

 

Ese martes 10, cuando Rigo y Josué salieron muy de mañana de su casa rumbo a la obra, en la calle no se comentaba nada más que la balacera, y no se hubieran dado por enterados de muchos detalles si no fuera porque en la camioneta en la que viajaron las mujeres mayores platicaban, con el Jesús en la boca, de lo ocurrido un día antes. La polvareda de la calle sin pavimentar se levantaba como neblina atrás del vehículo y se colaba entre ellos. Había momentos en que la plática salía de bocas que no se distinguían del todo y era cuando afloraban más detalles.

–Fue en la noche. Dicen que los federales siguieron a los malos desde por la colonia Zapata, que les hicieron el alto pero que no se quisieron parar y entonces empezó la balacera. Acá terminó, cuando chocaron contra una casa.

–Creo que allí ya no vive nadie –salió otra voz.

–Dicen que hubo como siete muertos –dijo otra más.

Y así fue. En parte.

En ese momento no sabían que ni siquiera había habido heridos y que los muertos en realidad no fueron producto de la balacera entre miembros de la Policía Federales y narcotraficantes, sino que eran trasladados para tirarlos en alguna zona visible con narcomensajes. El estilo que acuñaron los narcos para mandarse avisos entre ellos e infligir terror a sus contras.

No supieron tampoco que tres de los que trasladaban los cadáveres fueron capturados más tarde y el resto había logrado escapar entre los disparos.

Rigo y Josué sólo atinaban a mirarse. Con cara de espanto y curiosidad al mismo tiempo.

Esa tarde, al salir de la construcción tras la rutina de adivinar la hora por los rayos del sol, encontraron un clima más tenso que de lo de costumbre en el paradero de camionetas. No había mujeres y dos compañeros que no alcanzaron a irse en el último transporte les platicaron lo que ya se decía sobre la balacera de la noche anterior. Rigo asentía o negaba con la cabeza lo que le parecía falso, de acuerdo con la nota que había leído en el diario que terminó como envoltura de su playera sudada. Tres de los siete muertos hallados en la camioneta eran muchachos de unos 16 o 17 años y, del total, cinco eran taxistas. Rigo lo confirmó. Luego contaron casi a señas que en la camioneta se fueron casi todos y si ellos no alcanzaron a treparse es porque ya no hubo lugar ni para irse aunque sea como moscas.

Esperaron media hora la siguiente camioneta. Se fueron atrás, pegados como insectos; a medio camino bajó una señora con su marido y dos niños. Eran más de las 8:00 de la noche cuando llegaron a la colonia Postal y enfilaron rumbo a su casa. Caminaron de prisa por las calles solitarias con luces cetrinas. El andador que cruzan todos los días no está pavimentado y hay grandes tramos baldíos y sin alumbrado público. Saltaron un charco de aguas negras que las casas de arriba descargan a flor de suelo. Subieron una pequeña pendiente desde donde se ven los almendros del patio de su casa, iluminados por el foco grande que Rigo puso en la verja para divisar a cualquier extraño.

Cuando llegaron Lucy los esperaba con la cena lista. Los niños estaban absortos en la televisión. Hablaron de lo ocurrido en el tono de siempre: cuando hay asesinatos en su colonia, o en las colonias vecinas, Rigo le insiste a su mujer que salgan de Acapulco. Le recuerda la vez en que recibió amenazas por teléfono celular y cuando en la obra que está a su cargo hombres armados anduvieron preguntando por el maîtro de la construcción para exigirle que pagara una cuota para tener derecho de trabajar en la zona.

La discusión no llegó a nada. Josué tuvo que intervenir cuando vio que empezaban a gritarse.

El espanto de Rigo es fundado. Se asusta por sus hijos. Por el mayor de tres años que ya va al kínder. Por su mujer. Se ha sabido de casos en que los narcos entran a las casas a violar a las mujeres jóvenes, incluso matando al marido..

Desde finales de 2005 Acapulco está sumido en la violencia originada por la disputa entre bandas del narcotráfico. En Acapulco, centro económico y corazón de Guerrero, al sur de México, es donde se originaron los primeros enfrentamientos cruentos entre el narco y policías. En agosto de 2005 un comando levantó al jefe policial Julio López Soto y a su escolta Pedro Villela Aguilar. Al primero lo ejecutaron y al segundo lo dejaron vivo para que diera el mensaje de que los Z ya andaban acá para acabar con Los Pelones, otra banda de sicarios que en efecto fue exterminada. En enero de 2006, policías preventivos asesinaron a tres narcotraficantes en La Garita, la colonia que da entrada al Acapulco turístico por la avenida Farallón y tres meses después, en abril, las cabezas de dos de los policías participantes aparecieron cercenadas en el mismo sitio.

“Para que aprendan a respetar”, dejaron dicho en una cartulina junto con los restos.

A partir de allí la narcoviolencia se expandió por todo el estado. Chilpancingo, Iguala, Zihuatanejo, Ciudad Altamirano. Por todos lados. Según datos de la Secretaría de Seguridad Pública de Guerrero, de 2005 a mediados de 2011 ya habían ocurrido 7 mil 574 crímenes ligados con la lucha entre la mafia mexicana, y de ésta contra el Ejército o alguna corporación policiaca.

Sólo en febrero de 2012 ocurrieron 141 asesinatos en Guerrero. En Acapulco en los días llamados Santos, que fueron entre el jueves 5 y el domingo 8 de abril, con mucha afluencia turística, se contabilizaron 22. El lunes 9 durante una redada –endurecidas siempre en periodo vacacional–, policías federales divisaron una camioneta que les pareció sospechosa. Se frenaron casi en frente de ella y pidieron a los conductores que se pararan. En respuesta recibieron disparos y el rechinar de las llantas.

La persecución inició desde el bulevar Vicente Guerrero, en la entrada a la colonia Zapata y paró en la Postal, cuando los conductores chocaron contra una casa. Salieron echando disparos y abandonaron la camioneta. Al revisarla hallaron los siete cuerpos. En la cajuela había cuatro de los cadáveres apilados y otros tres en el asiento trasero. No se supo cuáles de ellos eran los taxistas ni cuáles los menores de edad. Al lado había dos mensajes: “Esto les va a pasar a todos los chaqueteros. Atentamente La Barredora y el Comando del Diablo”. Otro más estaba firmado por el cartel Nueva Generación de Jalisco y la gente de El Chapo Guzmán.

 

Rigo insiste que en Acapulco está muy cabrón. “De la chingada”. Cuenta un par de historias de asesinatos de gente que conoció de cerca. A una chava que trabajaba en la obra la mataron sólo por ser mujer de un dealer. Era amigable y buena onda. Cuando buscaron a su marido para ajustar algunas cuentas también la mataron a ella. Antes la violaron.

–Y ahora esto. Esas cosas no me dan sosiego –dice mientras pone el vaso sudado en el suelo, aún con un poco de limonada. En la tierra seca se forma un círculo húmedo que no tarda en evaporarse por el sol del medio día.

Rigo y Josué no fueron a trabajar. Este jueves él y su familia decidieron guardarse.

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