Tiroteo en El iguana: crónica de balas y rock en Monterrey

 

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Por Alma Vigil, elbarrioantiguo.com

Una pareja de jóvenes permanece junto a la ventana principal del Café Iguana. Entre la plática y la cerveza, se besan y se ríen. De pronto advierten la llegada intempestiva de una camioneta por la calle Diego de Montemayor. De su interior se bajan cuatro hombres. Tres llevan armas cortas y uno carga un cuerno de chivo. Todo sucede muy rápido: el comando desata un tiroteo en la entrada del bar. “Fue un ruido impresionante”, recuerda Tess, la joven que estaba con su novio en la ventana. Lo que a ella le pareció una balacera eterna, duró menos de cinco minutos, de acuerdo con otros testimonios recopilados sobre lo que sucedió aquella noche.

Se trató de una ráfaga de plomo en la entrada principal, donde se hallaban los encargados de seguridad, Pablo César Martínez y Fermín Gerardo Sánchez, mejor conocidos como Pablote y El Enano por los asiduos del epicentro del rock en Monterrey.

La música de fondo de la sala principal siguió sonando durante un par de minutos, en los que la mayoría de los asistentes se tiraron al piso, entre la oscuridad y una nube de polvo y pólvora que dejó la balacera en la que fallecieron Pablote y el Enano.

Cuando la música dejó de oírse, en medio del silencio, alguien gritó: “Vámonos a la verga, hay un chingo de muertos”. Tess y su novio salieron por la entrada principal junto con otro grupo.Vieron a los cuatro hombres que murieron a causa del ataque, tirados en la banqueta. Con cuidado, saltaron por encima del ensangrentado cuerpo de Pablote y huyeron del lugar.

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A principios de 2013, pintaron de nuevo la fachada verde olivo del Café Iguana. Pero aún no han sido resanados los 42 impactos de bala que permanecen allí desde la noche del 22 de mayo del 2011, cuando ocurrió el ataque que ocasionó el cierre del lugar.

Para resanar un balazo, explica un experimentado albañil del centro de la ciudad, primero hay que limpiar el área del impacto y remover los pequeños pedazos restantes de metal. Luego se prepara con agua una mezcla de cemento y arena del número cinco. Ésta se aplica con una llana, una herramienta que tiene una superficie plana y lisa para  aplastar el amasijo sobre el sitio del impacto. Con dos pasadas es suficiente para resanar un balazo en la pared. Luego hay que esperar a que el material haya fraguado y, con una esponja fina o una pieza de hielo seco de alta densidad, se talla hasta conseguir el acabado poroso de las paredes en los exteriores. Si es en el interior, la mejor opción es hacerlo con yeso. Pero en el interior del Café Iguana sólo quedó un impacto de bala, que tampoco ha sido resanado.

El negocio de resanar balazos creció en Monterrey luego de que a finales de 2006, el ex presidente Felipe Calderón, tras su cuestionada elección, declarara un estado de guerra en contra del narcotráfico en México. Para curar las heridas de bala en las paredes de la capital de Nuevo León, los albañiles cobran alrededor de 200 pesos por impacto resarcido. Algunos de estos obreros regiomontanos pueden ser de los pocos pobres beneficiados con la guerra librada en Monterrey.

El tiroteo que ocurrió frente al Café Iguana no fue un caso aislado. En El Barrio Antiguo, el seis de diciembre de 2010, mataron de dos balazos en la nuca al propietario del San Pedro Night Club, ubicado en Morelos y Dr. Coss; el seis de mayo de 2011, acribillaron a un hombre afuera del Monasterio Antiguo, en la esquina de Padre Mier y Dr. Coss.

Sumadas a la serie de secuestros, extorsiones y peleas ocurridas en El Barrio Antiguo, estas agresiones hicieron que muchos de los negocios aledaños fueran cerrando sus puertas entre 2007 y 2012.

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La decoración interior del Café Iguana consistía en máscaras autóctonas africanas y mexicanas dispuestas a lo largo de los muros. Un acuario, un Cristo de más de un metro de largo, mesas con pedazos de azulejos de colores, y el azul y rojo de las paredes creando formas tribales, eran también parte distintiva del lugar. El Café Iguana fue un importante foro para la música en vivo en el que se presentaron Apocalyptica, Anthrax, Sisters of Mercy, Misfits, Disolución Social, Marky Ramone, Panteón Rococó, Los Caligaris. Easy Star All Stars, Dread Mar I, Babasónicos, Gondwana y Rocken, el proyecto alterno de Gustavo Cerati entre otros. También se dió ahí la primera presentación en México de Brujería; Dj’s como Psychotic Micro, Menog y Protoculture y una lista kilométrica de artistas del mismo calibre se presentaron en este lugar, en el cual estuvo incluso Shakira, quien lo rentó para celebrar una fiesta privada durante una gira. En gran medida, junto con algunos otros foros que cerraron sus puertas poco tiempo después, el recinto de la calle Diego de Montemayor fue el corazón del rock en Monterrey.

El Café Iguana –explica Xardiel Padilla, director de La Rocka, el periódico rockero local por excelencia– fue el símbolo del auge de este género en Monterrey. Su cierre provocó que las tocadas se fueran esparciendo y adaptando en otros lugares más seguros y “sordeados” como patios, cantinas, casas, escuelas y bares de otros municipios.

Durante sus 20 años de existencia, el Café Iguana, situado en el número 927 de la calle Diego de Montemayor, albergó a más de 200 trabajadores.

 

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Rodrigo Ríos Rodríguez, conocido como Foni, es el dueño del Café Iguana. Es rockero desde que a los 12 años escuchó su primer disco de Pink Floyd, The Wall. Pero este metalero de 46 años, padre de una niña de cuatro años y de un niño de ocho, además de ser esposo de Norma Andrea de 36 años, es también un arquitecto confirmado. Con la cabeza rapada y la barba rasurada, se parece al skinhead Davey de la película Romper Stomper. Foni, cuyo apodo deriva de Funny Face debido a su sonrisa permanente, emprendió el proyecto del Café Iguana en 1991, con la idea de volverlo un centro cultural. Aunque al principio quiso vender cafés, los precios de las máquinas expendedoras de esta bebida lo asustaron tanto que finalmente sólo conservó el nombre original del proyecto. Nunca vendió una sola gota de café.

Pablo César Martínez, con su imponente altura y poderosa complexión, llegó a pedir trabajo al Café Iguana a los 18 años. Desde entonces fue el encargado de la seguridad del lugar, hasta convertirse en la mano derecha y amigo de Foni. A pesar de su apariencia ruda, tatuado y perforado, se salió siempre del estereotipo del cadenero prepotente, cuentan los que lo conocieron. Pablote pocas veces usó la fuerza para resolver algún problema. Entre las paredes del Café Iguana conoció al amor de su vida, una chica con la que tendría dos hijos, que ahora quedaron huérfanos de padre. Al momento del ataque, Pablote resguardaba la entrada del lugar, como cada noche desde 1993. Tenía 36 años cuando lo mataron.

El Enano –irónico apodo para un hombre de casi dos metros de altura- siempre fue serio, reservado y relajado. Nunca se lío a golpes con nadie. Durante diez años ayudó a Pablote a cuidar la entrada del Café Iguana. Usaba una barba prominente que resaltaba entre su cabello rizado y oscuro. Cuando lo mataron tenía 31 años, una esposa y una hija pequeña.

 

II

En el área de conciertos del Café Iguana, el fotógrafo Israel, especializado en foros rockeros, captura con su cámara al Dj regiomontano Redline, quien calienta el escenario, previo a la presentación del Dj de progressive house psicodélico, Juicybits, venido especialmente del Distrito Federal para festejar los 20 años de existencia del lugar. Israel no escuchó ningún balazo. Cuando estallaron las descargas automáticas, se encontraba en el escenario del fondo trabajando, y lo único que oyó fueron los beats progressive trance de Dj Redline, hasta que de repente vio una estampida de cerca de 50 personas correr y saltar la barrera que separaba al público del escenario. Cuando volteó y se percató de que Dj Redline había desaparecido, también corrió. Unas 80 personas, contando los 30 que ya estaban ahí, se refugiaron en los camerinos. Durante varios minutos no abrieron la puerta. Nadie sabía a bien qué había pasado. En el desvarío en el que estaban nadie hablaba. Todos prestaban atención al mínimo acontecimiento de su entorno y a lo que decían los empleados que se veían tan asustados e incrédulos como ellos. “Nos sentíamos seguros ahí, casi nadie hizo nada por irse hasta saber que no hubiera desmadre afuera”, rememora el fotógrafo. Unas 15 personas lo intentaron, pero regresaron despavoridos porque los sicarios volvieron por los cuerpos. Cargaron a Pablote y a dos cuerpos cuya identidad nadie reconoció: dos albañiles de Tlaxcala que eran clientes del Café Iguana, según indicó un noticiero local.

El Enano, con su último aliento de vida alcanzó a esconderse detrás de un coche. Del cuerpo de Pablote ya nunca se supo nada. Horas después llegó el ejército y declaró la zona “segura”.

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Tras el ataque al Café Iguana, la mayoría de los bares y restaurantes que en medio de la guerra aún permanecían abiertos en El Barrio Antiguo, decidieron cerrar. Antes del acontecimiento ya lo habían hecho otros como El Garage, un antro alternativo-indie, que dejó de abrir sus puertas luego de que el 16 de junio del 2010, un comando entrara y secuestrara a dos chavos de los cuales oficialmente no se sabe nada hasta la fecha.

Además, durante 2010 y 2011 fueron clausurados otros sitios como el Ibex Rock Bar, El Riviera, el Café Negro, El Tinieblo y el Chills & Fever. El Wayése mudó al Tecnológico, antes de cerrar definitivamente.

 

En los años 80, el rock en Monterrey, al igual que en el resto de México, fue un género subterráneo. Luego de que el ex presidente Gustavo Díaz Ordaz prohibiera cualquier concentración juvenil en el país tras la matanza del 68 en Tlatelolco, el rock fue uno de los géneros más afectados. Lugares como el sótano del Hotel Monterrey en la calle Zaragoza, el Casablanca Rockandroll en Hidalgo, el Factores Mutuos sobre Aramberri, La Pared en 5 de Mayo, gimnasios, universidades, casas, patios y bodegas, fueron sedes de numerosas tocadas improvisadas durante toda una década.

Por eso, en los 90 en Monterrey –dice Homero Ontiveros, tecladista del grupo de ska Inspector- ocurrió un momento histórico muy particular. El público ansiaba otros sonidos y propuestas, cuando coincidieron muchas bandas de diferentes géneros como El Gran Silencio, Zurdok, Control Machete, Inspector, Cabrito Vudú y Plastilina Mosh en territorio regio. Todos estaban entrelazados y se toparon en distintas plataformas de El Barrio Antiguo.

Incluso surgieron en esa época medios de comunicación rockeros: en la televisión, Juan Ramón Palacios comenzó con Desvelados; en radio, Zoraida Rodríguez condujo el programa Siglo XX y nació la revista Lengua que después se convertiría en La Rocka. Casi al mismo tiempo emergieron el Café Iguana, La Tumba y el Skizzo. En el inicio de los noventa, estos tres lugares fueron los principales foros de rock en la ciudad.  Años más tarde el Skizzo se inclinaría por la electrónica y La Tumba por la trova, dejando al Café Iguana como el sitio más importante del rock en El Barrio Antiguo. Ahora, en el Centro ya casi no hay nada de aquella rica vida musical que se desató en los noventa. Sólo quedan abiertos el Mc Mullens e, irónicamente, La Tumba. Pero el rock subsiste en otros espacios, en barrios y casas que se han transformado en escenarios rockeros recientemente. Uno de ellos es La Cueva de Osos, un patio-bodega de la colonia San Jorge inaugurado el 14 de abril del 2012. Con su decoración de murales de artistas urbanos locales como Netoplasma, Ácaro y Smok y su poca iluminación fluorescente, resume la esencia del rock and roll. Desde su apertura es sede de toquines de bandas y dj’s nacionales y extranjeros. Además es foro para nuevas propuestas musicales que han surgido a pesar de la violencia en Monterrey, como Cremalleras, Dave Rata y Vegan Cannibal.

En San Pedro, municipio “blindado” por el ex alcalde Mauricio Fernández, que presume de su seguridad permanente, se mudaron y se crearon varios bares rockeros como el Nachos & Gangas, El Gómez Bar y el Sergio’s, una cantina adaptada para las tocadas. En abril de 2013 se mudó para allá el Antrópolis, ahora llamado Danzettería y se creó una copia del Café Iguana, también dirigida por Foni, en la calleBenito Juárez, en el Centro de San Pedro.

El Café Iguana de San Pedro, a diferencia del de El Barrio Antiguo, está compuesto por un único cuarto con capacidad para 120 personas. Pero las máscaras, la pecera, los azulejos en las mesas, las caguamas en bolsa de papel, las pizzas, el repertorio musical de Stone Temple Pilots, Depeche Mode, Caifanes, entre otros rasgos, siguen estando presentes en el sitio. Salvo que en el Café Iguana de San Pedro no hay ni un solo balazo en la fachada.

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III

En el patio del Café Iguana platica un par de amigos, en medio del sonido progressive trance que se entremezcla con la música roquera que suena en el resto del sitio.

Ella se toma una cerveza y fuma un cigarro; él quiere unas galletas y sale a la tienda El Paso, situada a unos cuantos metros del Café Iguana, en la esquina de las calles Diego de Montemayor y Morelos. Ella lo espera. Ese día el Café Iguana está tranquilo, aunque la velada forma parte de los festejos del 20 aniversario, durante los cuales, casi todas las noches han estado hasta reventar. A medianoche, Alejandra, la chica que toma su cerveza, oye una serie de detonaciones que atraviesan la música. Se queda paralizada, en estado de shock. Reacciona y se mueve hasta que ve a un grupo de personas corriendo entre el humo proveniente de la entrada principal. No hay gritos ni histeria. El único ruido que recuerda haber oído, además de los balazos, fue el de las botellas quebrándose con el movimiento de la gente. Sube de prisa por las escaleras ubicadas a un lado del escenario del patio y se esconde en la terraza. Otras 15 personas tienen la misma idea. Cuando se acaba la balacera, un chavo alterado, con lágrimas en los ojos, sube corriendo los escalones y les avisa que ya se fueron los atacantes, pero que mataron a Pablote. “Creo que fui la primera en salir del lugar”, dice Alejandra. Bajó de la terraza y salió por una puerta localizada junto a los baños que conectaban al Café Iguana con el Salón Morelos, otro bar también perteneciente a Foni. “Ahí también había personas tiradas en el piso, escondidas donde se pudiera”, relata.

Alejandra se fue directamente a su casa, mientras que su amigo, el de las galletas, permaneció en la tienda en el momento de la balacera. Estando a unos metros de la entrada del Café Iguana, vio los cuerpos inertes en el suelo…

***

Es mayo de 2013. Están por cumplirse dos años de aquella balacera y ahora el interior del Café Iguana luce sin movimiento. Foni reabrió este día para que lo recorran un grupo de cineastas, activistas y cronistas de El Barrio Antiguo. Durante mucho tiempo, le aterró la idea de visitar el local. Gruesas capas de polvo cubren todo: las paredes, las lámparas, las mesas, las tres barras, los dos escenarios y la terraza. Montones de hojas secas rosa pálido caídas del árbol de bugambilia del patio, y botellas de cerveza tiradas adornan el piso. En la segunda barra, a un lado de los baños, aún continúa la jarra para las propinas, aunque en su interior sólo hay más polvo. En el sanitario de mujeres todavía está el mismo papel en los despachadores desde la noche de la balacera. Sin embargo, también hay arreglos ligeros que se han hecho en los últimos meses: Foni decoró con azulejos multicolores unas mesas que solían ser de cemento, en el área de la pecera. Desde hace algunos meses, al interior del local, se ve un ligero vaivén de trabajadores. En junio reabrirá sólo una noche sus puertas para una función especial de cine documental, pero Foni espera poder rehabilitar completamente el sitio a partir de octubre.

Lo que no se tiene contemplado remozar son los balazos de la fachada, porque son un símbolo de lo que vivió la ciudad. Cuando reabra el Café Iguana, los 42 impactos incrustados en la pared verde olivo y en su marco, serán un símbolo doloroso del renacer de El Barrio Antiguo, y de que el rock tampoco ha muerto en Monterrey.

 

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