Ser periodista en México: más traumático que cubrir una guerra

Laura Castellanos – El Universal.-

El pitazo llegó una noche a la redacción de un periódico en una localidad fronteriza del norte de México: el cadáver descuartizado de un joven se arrojó a la plaza central. El reportero recibió la orden de ir a cubrir la nota. Al llegar a la escena descubrió en una esquina el cuerpo segmentado, amontonado sobre un charco sangriento. Encima estaba la cabeza del adolescente. El reportero se acercó a observarla. Ya tenía años de cubrir la fuente policiaca y, según él, no lo alteraban las escenas macabras que reporteaba con regularidad. “Estoy acorazado”, solía decir. Pero esta vez constató que la víctima tendría la edad de su hijo. Se detuvo en sus ojos, en su mirada de terror congelada. Su vida se volvió un infierno.

No se podía quitar la mirada del muchacho de la mente, sufría pesadillas, no quería comer, sentía ataques de pánico, depresión, experimentaba miedo al salir de su casa y llamaba constantemente a su hijo para conocer su ubicación. Su angustia crecía cuando lo enviaban a cubrir balaceras y hechos de sangre. Con las semanas detectó que ocasionalmente lo seguían. Los síntomas se agudizaron cuando una tarde su editor recibió una amenaza telefónica para no publicar cierta información de un cártel. No se publicó. El reportero dice: “Silenciaron nuestra palabra, siento rabia y miedo”.

El periodista pidió no citar su nombre ni el de su diario. Ni siquiera su ciudad. Forma parte del grupo de comunicadores que experimenta daños emocionales por cubrir la fuente de seguridad en México en un contexto en el que se incrementa la violencia y los riesgos sobre su integridad y la de su familia.

Especialistas como el siquiatra Anthony Feinstein, de la Universidad de Toronto, y el sicólogo Rogelio Flores, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), afirman que dicha cobertura impacta de forma creciente la calidad de vida del gremio y su ejercicio de la libertad de expresión.

El reportero citado experimenta síntomas de estrés postraumático (EPT). Dicho cuadro quedó expuesto en los dos primeros estudios sicológicos sobre cobertura de prensa y narcotráfico en México: la tesis de doctorado en sicología de Flores titulada Estrés postraumático (EPT) en periodistas mexicanos que cubren noticias de narcotráfico, y el estudio de Feinstein Los periodistas mexicanos, una investigación de su salud emocional.

En 2011 Feinstein entrevistó a 104 periodistas mexicanos, de los cuales 62% cubren seguridad y 71.2% viven en zonas violentadas por la guerra contra las mafias de la droga. Del total, 38% reveló recibir amenazas de cárteles y 10% amenazas contra sus familias.

El autor del libro Los periodistas bajo fuego: los peligros psicológicos de cubrir la guerra, registró que ante tales amenazas 25% se autocensuró y dejó de escribir la nota que procesaba.

Flores entrevistó a 240 periodistas y fotógrafos de diversas fuentes radicados en 23 de los 32 estados del país, de los cuales 60% cubría de manera sistemática asuntos de narcotráfico.

Del grupo que reporteaba otras fuentes, 19.4% experimentó síntomas de EPT, porcentaje que se duplica en aquellos que cubren la fuente policiaca: “41% presentaba EPT, un porcentaje elevadísimo presentaba síntomas de ansiedad: 77%, 42% tenía síntomas depresivos, y 25% vivía con niveles de consumo dañino de alcohol”.

Flores y Feinstein coinciden en afirmar que los reporteros policiacos no aceptan tan fácilmente que sufren daños emocionales y por ende no buscan atención especializada.

Rogelio Flores piensa que si estos periodistas no reciben atención sicológica en etapas tempranas, sus síntomas de EPT se agudizarán e incluso pueden presentar ideas suicidas.

Lucha por sobrevivir

La madrugada del 15 de noviembre de 2011, El Siglo de Torreón sufrió dos ataques contra sus instalaciones: un carro estalló frente a la puerta principal y dispararon una ráfaga de balas. Dos años antes, también un arma de grueso calibre tiroteó el edificio.

El subdirector Javier de la Garza, dice que la creciente violencia contra la prensa los llevó a tener un protocolo de seguridad interno: “cuando hay un ataque todos nos ponemos muy asustados, pero tratamos de reafirmar nuestras medidas de seguridad para minimizar riesgos”.

Entre sus medidas para salvaguardar a los reporteros están: no van a la escena del crimen hasta que no esté asegurada por el Ejército o la policía, acuden acompañados a cubrir hechos de sangre, se reportan a la redacción cuando hacen coberturas de riesgo, informan sus agendas cotidianas, y en el edificio del diario tienen el acceso controlado.

De la Garza también tomó medidas editoriales: los homicidios generalmente no van en primera plana “porque son tantos”, no llevan marcador de víctimas entre cárteles contrarios, no hacer alarde de imágenes de víctimas sangrientas, porque “sabemos que ese es el mensaje que quieren mandar los criminales”. Sin embargo, De la Garza dice que dentro de su equipo no han hablado de sus afectaciones emocionales, pues “lo asumimos como una realidad pasajera”.

Daño mayor que a los corresponsales

Feinstein también descubrió que el cuadro sicológico de la fuente policiaca es más agudo que el experimentado por corresponsales de guerra. Comparó la muestra de 104 periodistas mexicanos con otra de 104 corresponsales de guerra extranjeros. Hizo un desglose de los síntomas de EPT y encontró, por ejemplo, que 15% de los primeros presentaban depresión en comparación con 10% de los segundos. También que 8.3% de los primeros experimentaban ansiedad y disfunción social en comparación con 4.2% del segundo grupo.

En su opinión, la prensa de los estados que cubre narcotráfico sufre más EPT que los corresponsales de guerra porque vive permanentemente en el terreno violentado. En cambio, los corresponsales de guerra ejercen un “periodismo de paracaidismo o de hotel”, pues pasan un promedio de seis semanas en el terreno de conflicto y regresan a sus casas.

Rogelio Flores encontró la mayor prevalencia de EPT en el gremio de fotógrafos: 54.2%, pues son quienes se ven obligados a observar con detenimiento las escenas de sangre, por lo que comúnmente “se blindan” emocionalmente y aparentan indolencia.

Por género, en los hombres periodistas fue mayor la prevalencia de EPT: 54%, que en las mujeres: 46%.

La representante de Reporteros sin Fronteras, Balbina Flores, piensa que el saldo de daños a la prensa mexicana en el contexto de la guerra contra la delincuencia organizada obliga a preguntarse en este momento: “¿Cómo romper los diques de silencio que ya hay en varios estados? ¿Cómo ejercer el periodismo en estas condiciones?”

Pero Flores va más allá: “no sé cuándo va a terminar esa guerra, pero cuando termine va a haber en el gremio un brote de síntomas postraumáticos enorme”.

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