Triple crimen: las huellas de la masacre policial

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Rosario Marina – Cosecha Roja.-

Esa noche Pedro y Ricardo comieron guiso de arroz. Alejandro no. Sólo tenía en el estómago 7up y galletitas. Estaba resfriado, quizás por eso decidió no comer. Dos horas después de la cena estaban muertos. Los investigadores dicen que los mataron entre la 1.30 y las 3.30 de la mañana.

Quién mató -y por qué- a los policías Alejandro Vatalaro y Ricardo Torres Barboza y al sargento Pedro Díaz buscará responder el fiscal Martín Chiorazzi en el juicio oral por el triple crimen en la Planta Transmisora del Ministerio de Seguridad de La Plata. Ante el Tribunal Oral en lo Criminal Nº2 de esa ciudad y durante casi dos meses declararán 300 testigos.

La primera en dar su testimonio fue Cintia Lemos, la mujer de Ricardo. Contó sobre la última tarde, del paseo a la plaza con él y su hijo, del último beso. A la noche, cuando él ya estaba en la planta hablaron por teléfono. Todo estaba bien. Cuando se despertó, prendió el televisor y se enteró: habían matado tres policías. “Salí corriendo, sentí en mi corazón que algo había pasado”.

Ricardo estaba sentado o acostado en un colchón que tenían tirado en el piso, cerca del hogar. Lo mataron las lesiones de las puñaladas en el pulmón. Pero un tiro que le fracturó las fosas cerebrales y le produjo contusión cerebral le aceleró la muerte.

Alejandro estaba sentado en una silla. Recibió la mayoría de sus lesiones del respaldo para arriba. A los dos los atacaron por atrás. Un disparo con el arma casi pegada a la cabeza, otro en el pecho y uno más en la muñeca. Los peritos creen que tenía la mano en el tórax. Sus heridas de arma blanca eran más pequeñas. Con un arma distinta de la que mató a sus compañeros.

Alejandro y Ricardo, policías recién recibidos, no sobrevivieron más de quince minutos. “Sin desplazarse el victimario hirió a Torres Barboza y a Vatalaro”, dijo la perito Nelva Curuchet. Díaz tuvo quince minutos más que ellos.

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Curuchet miró los cuerpos. La mañana del viernes 19 de octubre de 2007 fue hasta la Planta Transmisora en 7 y 630, Arana. Ya estaba de ambo, así que se puso la cofia y los botines y empezó a trabajar. Estuvo en el lugar desde las nueve hasta la una y media de la tarde; después fue a la morgue a seguir la revisación. Una de las primeras cosas que hizo fue levantar el cuerpo del sargento Díaz que estaba afuera. Había un helicóptero de C5N filmando.

Cuando subió apenas la remera de los dos chicos muertos, vio que estaban apuñalados. Le pidieron que contara cuántas heridas tenían, pero dijo que no, sin desvestirlos no podía. Lo determinó recién en la morgue: el oficial Alejandro Vatalaro tenía 36 heridas de arma blanca y tres de arma de fuego; el oficial Ricardo Torres Barboza diez heridas de arma blanca y dos de arma de fuego; y el sargento Pedro Díaz doce de arma blanca y dos de arma de fuego. Los tres eran miembros de la Policía Bonaerense y estaban custodiando el predio del Ministerio de Seguridad.

“Lo que pasa es que no sabían matar”, dijo, en el juicio, Curuchet sobre los asesinos. Y explicó que por su trabajo ha visto que sólo un disparo es suficiente, pero que en este caso “se ejerció más daño del que era necesario para matar”.

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“Nos encontramos con algo que nunca quisiera haber visto”

“Había mucha sangre, demasiada”

“Eran muy jóvenes”

“Una escena realmente trágica, tremenda”.

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Ricardo Torres Barboza estaba perfectamente uniformado. Hasta tenía los borceguíes puestos. Alejandro Vatalaro no. Se había sacado el calzado y lo había dejado al lado de la silla. Sus medias blancas relucían. Ni siquiera se mancharon de sangre, sólo tenía en un pie la marca de que lo habían pisado, y quien lo pisó tenía tierra en sus zapatos.

“Nosotros calculamos que (los asesinos) fueron tres personas”, dijo la perito en el juicio. El perito de policía científica Sergio Legorburu coincidió: “Eran mínimo tres agresores, por las huellas de pie calzado”. Los imputados también son tres: el ex policía Marcos Casetti, Mariano Filippi Medina, hijo de un ex agente del Servicio Penitenciario, y Fernando Maciel, hijo de un policía bonaerense que aún está prófugo. Por datos sobre su paradero hay recompensa pública de entre 20.000 y 70.000 pesos.

Por las heridas en los cuerpos los peritos pudieron determinar también que hubo tres armas: una de fuego y dos armas blancas. El mismo filo que hirió al sargento Díaz atravesó a Ricardo Torres Barboza. Los dos tenían una herida de 12 cm de profundidad en el tórax. 

Cuando los peritos se dieron cuenta de las heridas de arma blanca, se hizo un silencio. Esa cantidad de apuñaladas las ven en general en los crímenes pasionales. Quizás por eso la fiscal Leyla Aguilar consideró esa primera hipótesis. Leandro Colucci, empleado del Ministerio de Desarrollo Humano, fue el primer imputado. Lo creyeron culpable durante cuatro años hasta que lo liberaron. 

La siguiente hipótesis fue que en uno de los galpones había droga y querían robarla. En ese momento, uno de los compañeros de los chicos asesinados dijo a las autoridades judiciales: “los que trabajábamos en la planta no teníamos conocimiento de qué se guardaba”. El fiscal era Marcelo Romero y había varias personas detenidas, entre ellas barrabravas de Estudiantes y de Gimnasia. Meses después fueron liberados.

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En una Planta Transmisora hay antenas para comunicar todas las radios de la provincia de Buenos Aires. La ciudad de La Plata retransmite a las departamentales y éstas a las comisarías. Siempre están en las afueras y tienen la antena y una garita. Eso era lo que custodiaban los tres hombres. Y un galpón con un colectivo adentro y una puerta de la que ninguno tenía llave.

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Omar Sarramián era jefe en levantamiento de rastros. Ese día llegó solo, en su auto particular. Ya había casi treinta personas en el lugar. Primero inspeccionó el exterior y después se dividieron en dos grupos para colectar la evidencia. Vainas, rastros papilares, huellas de pie calzado, manchas semánticas, filamentos pilosos, proyectiles. Y un guante de jardinero, blanco con puntitos azules, con un fragmento de proyectil incrustado en la tela. Supo de un aromatizador de autos (o perfumero) pero no lo peritó él sino el otro grupo.

En el juicio habló de las huellas. Lo mismo que había escrito en el informe de 2007, que a la huella del perfumero se le había aplicado reactivo pululento porque no tenía vestigios de polvo ni humedad. Habló también de tiempos. Esa huella no tenía más de 12 horas, era fresca. “La impronta dactilar detectada en un perfumero marca “Glade” pertenece a Casetti”, dijo en el juicio.

El policía que ahora está imputado. Si era así, si no tenía más de 12 horas, esa huella ubicaba a Casetti en la escena del crimen después de las nueve de la noche, y ese no era su turno.

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Cuando la investigación pasó a la Fiscalía de Delitos Complejos, a cargo de Esteban Lombardo, Jorge Paolini y Victoria Huergo, apareció la tercera hipótesis: un atentado contra el Ministerio de Seguridad que tuviera impacto político. La prueba es un video que se toma de la cámara en una lapicera que ingresó un ex policía federal –Raúl Eduardo Barnes- a la unidad 9. Filma de incógnito a Casetti reconociendo que habían querido robar equipos de comunicaciones para hacer un atentado, e involucra a Filippi Medina y a Maciel en el plan. En noviembre de 2011 se pidió la elevación a juicio para Casetti. Al video se le sumaban las huellas dejadas en un llavero, testigos de identidad reservada que lo vieron y la desaparición de su pistola 9 milímetros con la que se habrían cometido los crímenes. La denunció como “sustraída” al día siguiente del asesinato.

“Este caso fue totalmente atípico, no daba la lógica de por qué tanta agresión”, explicó en el juicio el perito de policía científica Sergio Legorburu.

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Flavio Torales los conocía a los dos. Había sido compañero de promoción de Ricardo y Alejandro. Casi siempre coincidían en las guardias, así que se hacían un alerta y charlaban con Ricky por Nextel. Esa noche, a las 2.03 o 2.04, Ricky lo llamó. Flavio no contestó. Estaba modulando con el móvil y no podía hablar. A eso de las ocho de la mañana le devolvió el llamado. Pero Ricky no le contestó. Flavio todavía no sabía que su amigo estaba muerto.

Uno o dos días después lo llamaron del número de Ricky. Era un policía de la comisaría 8va. Flavio desconfió y pidió el número para verificar que lo estuvieran llamando desde ahí. Y era cierto. Un taxista había encontrado el Nextel de Ricardo y lo había llevado a la comisaría más cercana.

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Eran cerca de las tres de la mañana. Ángel Mesa iba para su casa en 7bis entre 630 y 631. Escuchó los tiros, se asustó y empezó a correr. Tenía 16 años. Cuando llegó todos estaban durmiendo. Tembló durante dos horas. Había visto una camioneta blanca salir muy rápido del fondo, de ese lugar de policías que no sabe todavía qué es.

La camioneta era una Chevrolet blanca doble cabina. Era de policía, pero para los civiles no es identificable como tal. Apareció al otro día en 44 y 145, muy lejos de 7 y 630. Estaba la cartuchera de Vatalaro y había manchas semánticas en la puerta y en las manijas.

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Estaban de frente al televisor. Ricky en el colchón, Ale en la silla. Los sorprendieron de atrás.

Díaz escuchó tiros: algo pasaba en la guardia. Buscó rápido el arma. Revolvió el bolso, se le cayó la ropa. Dejó la cartuchera de su 9mm y fue a donde estaban los chicos. Se encontró con los asesinos. Peleó. Lo apuñalaron en el tórax. Disparó dos veces. Volvió al dormitorio. Uno de los agresores le tiró un fax que pegó en el dintel de la puerta. La cerró y sostuvo. Le dispararon dos veces. Salió, fue a la cocina. Ya tenía una herida de arma blanca en la cabeza, el labio cortado. Pero lo más grave era en el tórax: una herida de 12, otra de 16 y la más larga de 18 cm de profundidad. Eso fue lo que le provocó la muerte: una hemorragia en el pulmón.

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Los primeros cuarenta minutos del tercer día de juicio se mostró un video. Las primeras imágenes eran de un parque prolijo, muchos árboles, mucho verde. El predio de la Planta Transmisora del Ministerio de Seguridad en Arana tiene varias hectáreas. Después un portón caído que sale proyectado hacia el exterior. A la noche el predio es una boca de lobo. Recién se ve a una persona cuando está muy cerca de los vidrios de la guardia. Y ellos estaban de espaldas, con la tele prendida.

A Casetti el video le queda de costado. No mira todo el tiempo. Quizás porque se le cansa el cuello. Tiene puesta una chomba amarilla con un saco de vestir. Está rapado y tiene un tic: pestañea más de lo normal. El video no tiene audio, en la sala todos están en silencio. Tanto que se escucha la declaración de alguien en la sala de al lado.

En la filmación aparece un perfumero. Es de plástico transparente y violeta, y tiene una cara contenta en negro. La cámara se acerca. Hay una huella. Por las pericias que se hicieron en ese momento ya se sabe: es de Casetti.

Al principio, los peritos creyeron que los hombres sólo tenían heridas de arma de fuego. Disparos. Pero no. Cuando la médica les levantó la remera todos vieron las marcas. La ropa había absorbido parte de la sangre.

Ricky luchó, rompió un vidrio. Pedro también luchó: le arrancó los pelos al agresor. Alejandro no tuvo tiempo de nada.

En el colchón había pelos largos, castaño oscuro, que no compararon con los del personal policial que trabajaba ahí porque los policías tienen pelo corto. “El que tiene pelo largo es el que está prófugo, Maciel”, dijo a Cosecha Roja Ricardo Bianchi, abogado de la familia Díaz.

El libro de guardia estaba en la mesita. Con la 7up y el vaso. La tele, la chimenea, el colchón, las sillas. Todo en la guardia. Ahí pelearon, ahí murieron.

Foto: Mariano Amagno (Infojus Noticias)

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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