Un año sin María Emma: la sonrisa como estandarte

A un año del femicidio de María Emma Córdoba, estudiante de medicina de La Plata, la justicia sigue sin dar respuestas. Hay pruebas contundentes contra Ariel Báez, su vecino.
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«El día que decida graduarme de tus clases, querida vida, me voy a ir conforme de quién soy, ¡y habiéndote dado pelea! Vida que me tocaste, pone las piedras que quieras… porque descubrí algo más con qué ganarte… ¡Y es mi sonrisa!»
María Emma Córdoba
Por Julieta Ferrari/Fotos: Gentileza Ana Laura y familia Córdoba.

El sábado 8 de julio a las 10 de la mañana golpearon las palmas en la casa número 2444 en Los Hornos. «Pero la puta madre, si yo arreglé el timbre», pensó Horacio Córdoba y se asomó por la ventana.
–Un segundo– avisó y se vistió. Pensó que sería el correo: esperaba un telegrama de España. Cuando salió, vio a dos hombres junto a un auto particular.
– ¿Usted es el padre de María Emma? –preguntaron los policías vestidos de civil.
–Sí.
– ¿Vive en Punta Lara?
Horacio asintió
–Hubo un incendio y ella falleció.

***

A María le decían Alelí. La había apodado su abuela una tarde enojada.
–No sé qué cagada nos habíamos mandado, que le reprochó a mi viejo y le dijo ‘¡esta es una Alelí!’ –Jorge largó una carcajada en el comedor.

En la casa de Los Hornos, Victoria pone el agua en el termo naranja y renueva el mate.
Los Córdoba son cuatro: el papá, que es ingeniero y trabaja desde hace más de treinta años en la dirección de hidráulica; Horacio hijo es el mayor de tres hermanos, tiene 27 años y una bebé; Jorge es del medio y estudia ingeniería; Victoria, con 20 años, es la más chica y su hija se llama Ema.

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Con el mate dulce en la mano, el hermano mayor recuerda que, cuando su mamá estuvo internada en el Hospital Italiano tras ser operada de un tumor en el cerebro, María se dio cuenta de que quería ser médica. Fue entonces cuando preparó el ingreso en el instituto “La Alborada” de calle 58, y entró a medicina.

Con los años la carrera comenzó a gustarle cada vez más. Aspiraba a ser gerontóloga, pero tenía ideales de ser generalista para irse a un pueblo y trabajar ahí, con los que más necesidades tienen. También soñaba con ser médica sin fronteras. «Quería salvar vidas en Marte», contó Horacio, su hermano.

***

–El chabón este ¿no te acordás el nombre? – le preguntó un policía.
Son las 3 de la madrugada y Ana espera en la guardia del Hospital Cestino de Ensenada. Tiene 26 años y mide 1,65 de altura, el pelo largo y negro enredado, los ojos redondos y un arito en la nariz.

Está cansada. Tiene puesto sólo un pulóver, le duele el pecho y siente que la cabeza le está por explotar.

–No, no sé quién es… lo vimos un rato antes– en su cabeza recordó las palabras de María Emma –. Creo que se llamaba Ari.

***

–Esta es la familia original: María, mi esposa que no nos acompaña, Victoria, la menor, Horacio, que se llama igual que yo, y Jorge –El papá tomó un cuadro del estante–. Y éramos dos más. Yo, que sacaba la foto, y la nona que andaba por ahí.

La casa de Punta Lara era para los fines de semana. Mientras Horacio cortaba leña, la nona tejía en el living y los chicos jugaban en el parque. Pero los últimos dos años, en esa casa vivió María con Damián, su novio. Es amplia y tiene forma cuadrada. Está protegida por unas rejas blancas y una lona verde, que dan acceso al parque lleno de árboles.

La puerta principal está al costado y, al entrar, hay un recibidor con una escalera caracol. Hacia la derecha, María decoró la sala con un perchero artesanal, unos sillones y una mesa ratona junto al ventanal. A la izquierda, una reja separa el recibidor de la cocina, la misma reja que Matilda, la perra, trepaba cuando se quedaba sola, y corría junto a Cuba y Tom, en la planta alta. Sobre ella, un desayunador de madera con barras de metal separa la cocina del comedor donde está la heladera, la mesa, las sillas y un mueble de color amarillo. Una vez la mamá de Ana le había dicho que usara una cartulina de ese color porque servía para concentrarse. María no sólo pintó los muebles, sino que también compró una cuerina amarilla que usaba de mantel.

En la planta alta hay un sommier de dos plazas entre dos mesitas de luz. A la derecha está el ropero y, a la izquierda, dos ventanales que dan a la calle. Frente a la cama, la tele y un sillón.

–Se me ocurrió decirle a María y a Damián: ‘métanse en esa casa, no pagan alquiler’; estuvieron ahí y cuando se separaron en junio, él se fue –explicó el papá.
Ahora la casa está bordeada por una cinta roja y blanca que dice Peligro. El lugar donde la mamá de María cocinaba y el comedor donde la nona tejía están llenas de escombros.

Todavía hay algunos objetos tapando las ventanas. El mueble, la mesa y las sillas permanecen amarillos entre las cenizas de lo que alguna vez fue el piso de la planta alta.

***

El celular de Ana sonó. Era un mensaje de María. “Me llamó un vecino y me dijo que lo perros están llorando. Me voy para casa”.

A su amiga la conoció en el trabajo de McDonalds de calle 47 y, desde entonces, se volvieron inseparables. Ana había comenzado a estudiar Educación Primaria y, si bien tenían carreras distintas, con María se juntaban a preparar finales entre mates y facturas.

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Esa noche María había quedado en que se iba a dormir a La Plata, pero ni bien salió de cursar del Cestino, donde realizaba las prácticas de medicina, se fue para Punta Lara.

Cuando Ana salió de cursar, pasó por su casa y agarró un par de cosas para pasar la noche en lo de su amiga.

Eran casi las nueve de la noche y llovía incesantemente. Desde lejos alcanzó a ver el 275, el del recorrido más largo que va hasta el centro de Ensenada, y se lo tomó.

El micro llegó a Punta Lara alrededor de las 10 y media de la noche. Cuando Ana bajó, María la esperaba con un envase de cerveza.

Se dirigieron hacia un kiosco ubicado en la esquina, antes del arroyo. No las atendieron. Entonces se fueron para otro que quedaba al cruzar el arroyo, a tres cuadras. Compraron la cerveza y unas papas y se fueron a la casa de María caminando bajo la lluvia. En el camino se lo cruzaron a Ariel, un vecino.

–Ella es Ana, mi amiga –dijo y la presentó al muchacho de 24 años de un metro ochenta. Él las acompañó unas cuadras y les contó que estaba enojado con su mujer. Luego se perdió entre las casas.

Cuando las chicas llegaron, colgaron las camperas en el perchero de madera y cocinaron unos fideos. Proyectaban planes de vivir juntas en esa casa: María Emma ya había planificado cómo se iban a disponer las camas y los escritorios para estudiar.

Pero Ariel volvió a aparecer.

Las chicas abrieron la puerta para que entren los perros y él, mientras preguntaba por el ex novio de María Emma, se metió en la casa con un arma en la mano.
– Ari, por favor, no nos hagas nada. Damián no está –le gritó María.
–Tranquila –dijo Ariel y comenzó a tapar las ventanas con lo que encontraba: el colchón del sommier, una mesa ratona. Después las llevó a la planta alta.

***

La causa está caratulada como “violación de domicilio, privación ilegal de la libertad agravada, abuso sexual gravemente ultrajante agravado por el empleo de arma, abuso sexual con acceso carnal agravado por el empleo de arma, tentativa de homicidio doblemente agravado con ensañamiento y mediando violencia de género, hurto y tenencia de estupefacientes con fines de comercialización”.

La fiscal Virginia Bravo solicitó la prisión preventiva del imputado el 19 de julio de 2017, a diez días del hecho. Si bien la defensa de Ariel Báez pidió la excarcelación, la fiscal aseguró que por la calificación por la cual está imputado y las circunstancias de este caso, no hay posibilidades de que se la otorguen. “No creo que exista un solo juez en el mundo que pueda considerar excarcelarlo”, declaró.

El resultado del cotejo de ADN encontrado en la ropa de Ariel Báez fue del 99,9 por ciento: Báez es el autor penalmente responsable. Pero la causa está a la espera del juicio.
Ahora la casa de Ariel Báez funciona como un centro cultural llamado “María Emma Córdoba”.

***

–¿Qué hago Ana?
–Nada, Emma, por favor, quedate quieta.
–Pero somos dos, Ana, él es uno.
–Sí, pero tiene un arma Emma, por favor, no te reveles.

Emma no le hizo caso. Se levantó despacio y, con la botella de cerveza en la mano, tomó fuerzas y se la intentó partir en la cabeza. Pero el hombre la interceptó y, con sus manos en el cuello, la tiró al piso. Las llevó a la planta alta.

– ¡Se quedan acá, no se muevan!

Ariel les gritó y antes de irse, comenzó a prender fuego la habitación. Empezó por la cama, donde había dejado a las chicas con las manos atadas en la espalda: a María con un cinturón y a Ana con un cable de joystick. Cuando bajó, María se desató.

–Emma por favor, desatame
–Ari por favor, dejanos bajar

María empezó a correr por toda la habitación. El aire se había vuelto caliente y pesado, ya no había más oxígeno.

– ¡Cállense! ¡Cállense! ¡Les dije que no hablen!
– ¡Ari, por favor no podemos respirar!
– Bueno, está bien.

Cuando María bajó la escalera, Ariel la tiró al piso. Ana, que venía atrás, se quedó enganchada con el joystick en uno de los escalones.

– Dale, ¡bajá! –gritó Báez
– No puedo, estoy trabada.

El hombre la agarró del brazo y la revoleó. Ana sintió cómo su cabeza golpeó contra la pared y se quedó inmóvil, con las manos atadas en la espalda.
Ariel tomó la pala y se dirigió hacia Emma. Ana no quiso mirar.

***

Levantó la cabeza y esperó unos segundos para confirmar que Ariel se había ido. Sin ropa y con las manos atadas en la espalda, se acercó a Emma y vio que todavía respiraba. Tanteó el piso como pudo y agarró un vidrio roto con el que intentó cortar el cable, pero fue en vano. «Algo tiene que haber», pensó y miró a su alrededor. En eso vio una pala y un cuchillo: así cortó el cable.

Todavía sentía la fricción en sus muñecas. Tomó la pala y rompió el vidrio de la puerta que estaba cerrada con llave. Temblando de frío, miró por la ventana y vio luces de autos. Se puso un pulóver que encontró tirado y se asomó por la puerta:

– ¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Ayuda! – Ana volvió con Emma, le tocó el cuello, y se asomó otra vez –¡Ayúdenme, todavía está viva!

Miró la sala y vio un juego de llaves sobre el desayunador. “Alguna tiene que funcionar”, dijo e intentó abrir la puerta. Cuando lo logró, volvió hacia su amiga y se dio cuenta de que ya no tenía pulso.

No dudó. Corrió desesperada y vio que las luces provenían de los patrulleros de la policía.
–¡Por favor, la mató!

El fuego salía por las ventanas de la planta alta y Emma seguía adentro.

***

– ¿Reconocés esto? –le dijo el oficial, mientras le mostraba las fotos.
–Sí. Mi computadora, mi celular, ése el de Emma y esos documentos estaban en su mochila.
El policía cambió de foto.
–Ese es el arma con el que nos apuntaba –dijo Ana.
El oficial asintió con la cabeza y continuó.
–¿Sabes quién este flaco?
Ana asintió.
–Tiene el mismo calzón violeta.

***

María tenía el pelo castaño, los ojos color café y una gran sonrisa que iba con ella a todos lados. Achinaba los ojos y reía a carcajadas. Cuando llegaba a su casa de Los Hornos, saludaba a los gritos y con los brazos abiertos. El primero en recibirla era López, su perro callejero de color marrón y trompa blanca. “¡Hola amiguito!”. María lo agarraba de los cachetes y le levantaba las orejas: “¿No estarás vendiendo merca vos? Seguro la tenés por acá”.

En Los Hornos, su habitación está intacta. Tiene la puerta pintada a mano: sobre cuatro árboles que se unen del mismo centro de agua, dice “Sientan-vivan-piensen”. Las paredes están escritas con lapicera y fibrón. Su hermana se acercó y le sacó fotos con las frases más representivas. “Hablan de cómo era ella misma”.

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María encontraba en la escritura una forma de lucha. Pero también luchaba, marchaba y reclamaba por todas las chicas que habían sido privadas de su libertad. Si había algo de lo que estaba segura, era que siempre iba a estar dispuesta a dar pelea.

Cuando se enteró de que Sebastián Wagner le había quitado la vida a Micaela García en Gualeguay, María Emma le escribió: “Esperaba que te canses de defenderte y que pudieras salvarte… con todo el dolor del mundo, te digo hasta siempre”.

***

« ¡Soy lo que ves!
impertinente, insolente, insegura,
temerosa, para nada solitaria,
inquieta, sorda, estudiosa… Nerd!…
niña, soñadora al máx… llena de ilusiones!!! qué tarada, no?
andate de mi pieza entonces…
sueño con utopías que con esperanza
espero cumplir…dejame sola si te molesta
Yo puedo!
los pies los tengo para andar,
la boca para hablar,
los oídos para escuchar,
los ojos para ver,
el corazón para amar,
las manos para tantear
la razón para estrategias
¿No crees que pueda sola?»

Mientras lee a su hija, Horacio sonríe y suspira: “Esa era María”.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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