Un relato propio

Pasado y presente de una hija de desaparecidos. Leticia Baibiene desarrolló un nuevo concepto sobre su identidad a partir de sus 30 años.

Por Julieta Ferrari y Julia Molina

En el fondo del consultorio una cortina blanca tapa el armario por el que se asoma una camilla. A un costado, en el suelo, hay un colchón cubierto por un pareo brasilero con algunos almohadones donde Leticia espera sentada con la espalda recta, las piernas cruzadas y las manos apoyadas en forma de pinza, haciendo la posición de loto. Contra la ventana esmerilada hay una repisa con fotos, estatuillas y velas. Abajo, en una maceta, pedazos de sahumerio consumidos se mezclan entre la tierra. Son las seis de la tarde y el paciente va a llegar en cualquier momento.

¡Toc–Toc! Detrás de la puerta un hombre de más de 60 años espera impaciente. Leticia lo recibe con una sonrisa.

– ¿Por qué estás acá? ¿A qué venís?

– Necesito hacer algo resolutivo. Tengo cáncer de hígado.

En una libreta anota los datos personales del señor. Profesión: policía de la Bonaerense con casi cuarenta años de servicio. Los ojos de Leticia se clavan en los de él. Seguramente recordó aquella fatídica noche del 26 de abril de 1977, la última vez que vio a sus papás. Logra contenerse y no le comparte su recuerdo. “¿Para qué?”, debe pensar mientras suspira.

La terapeuta le señala la camilla y lo invita a acostarse. De un estante saca un sobre violeta y lo abre: adentro, distintos tipos de cristales están guardados en bolsillos individuales que tienen etiquetas con nombres de órganos. Saca uno de donde se lee «hígado» y comienza por hacerle la apertura de corazón.

A los pocos días, Leticia dirá, suspirando:

– ¿Sabés lo difícil que fue para mí tener a un policía en mi camilla? Tiene más de 60 años… inmediatamente lo relacioné con la dictadura. Pero bueno, por algo tiene cáncer; es un dolor no expresado. Tal vez sólo hacía su trabajo, sólo seguía órdenes y nunca pudo vivir con eso. Cada persona que viene a mi consultorio, es por algo. Cuando curo a alguien, nos curamos los dos porque algo nos une para cruzarnos en esta vida.

relato color

***

«Abatieron a dos subversivos, arturo baibiene y alberto paira, en enfrentamiento». Diario La Nación. 27 de abril de 1977.

Un golpe seco, a mitad de la noche, derribó la puerta de la casa en la calle 10 n°2629 de Berisso. Treinta hombres, con medias de lycra en la cara, irrumpieron armados con escopetas y palos. Allí estaban Elba Leonor Ramírez Abella, de treinta años, con sus dos hijos: Leticia, de tres, y Ramón Baibiene, de uno.

–  ¿Acá vive Arturo Baibiene?

– Sí, pero está trabajando.

Los ojos negros de Leticia se clavaron en los de su hermano, como si una mirada fuese capaz de gritarle que se quedara quieto, que la presencia de los hombres era cosa seria. No se equivocaba: a su mamá le pusieron una funda de almohada en la cabeza.

Los hombres agarraron las manos de Elba y las llevaron atrás de la espalda. Con unos palos largos le empezaron a pegar y, en medio de la golpiza, ella logró llevar su metro cincuenta y cinco hasta el patio pero no logró estar parada mucho tiempo más. Leticia guardó para siempre esa imagen en su retina.

Por las ventanas indiscretas los vecinos asomaban sus rostros para ver a las personas armadas que rodeaban la casa de los Baibiene. Por la puerta del N° 2629 salió una parte de los hombres que empujaba a una mujer encapuchada hasta un auto. Luego llevaron a los dos nenes la casa de al lado.

En la esquina, había un abogado correntino de 31 años, morocho y con rulos, acompañado por un hombre rubio apodado “El Ruso” Paira. Cuando ambos vieron el operativo se dieron vuelta y se alejaron de la escena, pero un grito los delató: «¡Ese es Arturo!». Corrieron dos cuadras pero las balas los alcanzaron y lo único que se les ocurrió fue refugiarse en un cañaveral. Arturo Baibiene y Alberto Paira fueron capturados.

Los vecinos vieron cómo los llevaron a cuestas hasta la casa. De repente, de unos parlantes comenzó a sonar música a todo volumen, que parecía intentar acallar los gritos que murieron con el sonido de un disparo.

Un día después, el 27 de abril, el tío abuelo de los chicos, el abogado penalista Carlos Ramírez Abella, se enteró por los diarios que Arturo Baibiene había muerto. Lo primero que hizo fue dirigirse hasta el Regimiento 7 para obtener información sobre el cuerpo de Arturo. No consiguió nada, a pesar de que el artículo hablaba del accionar de las Fuerzas Militares. No se detuvo ante la falta de datos y fue hasta la Delegación de la Policía, donde se encontró con un subcomisario conocido.

– Doctor, le recomiendo que se vaya. Hay órdenes estrictas de detener a cualquier persona que se acerque a preguntar por Arturo Baibiene, a excepción de la madre o el padre.

– Deme tiempo, Subcomisario. La familia vive en Corrientes y tienen que viajar hasta acá.

– Se lo doy, pero váyase.

Carlos se dirigió a la comisaría de Berisso para saber qué había pasado con Leticia y Ramón, que desaparecieron de la casa de al lado después de que una mujer que se presentó como su abuela se los llevara. Cuatro días después, él e Ignacio Ramírez Abella, padre de Elba, recuperaron a los chicos.

– Si mi primita Julia no viene, yo no me voy.

El abuelo la miró extrañado.

– ¿Cuál?

– Aquella –dijo Leticia, con tres años, y señaló a un bebé rubio de seis meses. Era Julia Paira Pizá, hija de la “Negra” Pizá y del “Ruso” Paira, amigos de la familia.

Los cuerpos de Arturo Baibiene y de Alberto Paira jamás fueron regresados a la familia. Elba Leonor Ramírez Abella y la Negra Pizá continúan desaparecidas.

***

– Leticia ¿y tú crees que tu madre vive y va a volver?

– Tengo muchas esperanzas, pero por dentro mío… no sé —se limpia las lágrimas—. Hace ocho años que se la llevaron.

Era 1985 y una cámara filmaba a Leticia, de once años, en una plaza. La entrevista iba a ser emitida por el canal TVEspaña. El periodista le preguntó qué habría que hacer con las personas que torturaron y secuestraron a su mamá: «Para mí habría que ponerlos en la cárcel y que la Justicia decida».

Cada octubre, los deseos a la hora de apagar las velas de cumpleaños eran siempre los mismos: «Que aparezcan mis papás, que aparezcan mis papás, que aparezcan mis papás». Recién en 1998 iba a abandonar la esperanza.

Para eso faltaba mucho. Durante su infancia Leticia sentía la necesidad de contar su historia, no tanto por hacer memoria, sino para reafirmar que lo que vio fue real, que a su mamá se la llevaron a la fuerza una noche y que ella, su hija Leticia, no había sido abandonada.

Cuando veía un adulto, Leticia se le acercaba y le contaba lo que le había sucedido a su familia: «Seguro decían “uh, ahí viene la pesada”, porque pobres, yo los perseguía», recuerda ahora.

De chica tartamudeaba y sus abuelos la mandaron a un psicólogo. A partir de ahí siguió con una terapia fija durante casi veinte años. Ramón, en cambio, creció jugando a la Guerra de las Galaxias aunque eso no significaba desconocer la verdad. Los hermanos sabían que a sus papás se los llevaron por «pelear por un mundo mejor».

Era 1983 y Ramón estaba en tercer grado de primaria, en el curso a cargo de la Señorita Ofelia. Entre sus compañeros había dos chicos que sabían lo que era ser hijos de desaparecidos: Anita Ríos y Matías Moreno. Eso a Ofelia, a pesar de estar en democracia, no parecía importarle.

– ¡Los hijos de los tirabomba, al fondo!

«Supongo que creía que había una asociación ilícita de nosotros», pensó Ramón años más tarde.

La familia Ramírez Abella fue diezmada por la dictadura: dos tías y la madre de Ramón y Leticia habían sido secuestradas junto con sus parejas. Todos los primos se juntaban y entre ellos comentaban sus sentimientos: hacían catarsis sobre lo que significaba ser hijo de desaparecidos.

– Cuando era chiquita me costaba mucho ser feliz – cuenta Leticia-. Traicionaba a mi mamá si era feliz. Que apareciera mi mamá siempre fue una fantasía, pero cuando nació mi hija ahí sentí por primera vez la necesidad material de tener una mamá.

Lo más trabajoso, con el tiempo, fue elaborar su desaparición porque es el familiar quién tiene que decidir cuándo dejar de esperar la aparición, eso que en algún momento fue lo que más deseó en la vida.

Con la llegada de la democracia y la creación de entes que recopilaban testimonios como la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) los relatos comenzaron a surgir. Entre ellos estaba el de Patricia, que soltó el nombre de Elba.

La conoció en La Cacha, donde estuvo detenida desde abril de 1977 hasta junio de ese mismo año. Durante su tiempo ahí, compartió la colchoneta con ella; lo que más recordaba era su sonrisa y su energía.

A Leticia y a Ramón los cruzó en el Juicio por la Verdad, en 1998. Tenía algo para darles y no eran sólo las pequeñas grandes anécdotas del último lugar en que Elba había sido vista; poseía algo mucho más valioso.

Durante los días previos, Patricia buscó entre sus alhajas un par de aritos. Seguramente recordó la historia de cómo los consiguió: un día, en La Cacha, Elba le dio la idea de intercambiar los aritos con la promesa de que, aquella que resultara sobreviviente, se comprometería a dárselos a la familia. Sólo encontró uno.

– Cuando Patricia nos dio el arito, fue como si nos devolvieran el cuerpo de mi mamá.

***

Apenas se hundió en la crisis de los treinta, Leticia conoció un tipo de terapia alternativa conocida como frecuencia de brillos: un proceso que consiste en “activar portales energéticos de cada persona que están en el sistema nervioso y dentro de la médula espinal, mediante el cual se inicia un proceso de recuerdo consciente y se realiza una conexión con los dones de uno mismo. Así se da lugar a la curación física y emocional”.

Su abuela solía comparar todos los logros de su nieta con los de su hija, pero había un problema: a Elba la secuestraron a sus treinta años. El número significó, entonces, el comienzo de una vida sin recuerdos, sin equivalencias, sin su madre.

Decidió involucrarse en el mundo de las energías, algo lejano del ímpetu racional de los casi veinte años de psicoanálisis. Estaba escéptica porque, para ella, «la tenía re clara» con todo lo que pasaba en su psiquis. Por primera vez en su vida alguien la descolocó: «Dejá de presentarte así; vos no sos sólo hija de desaparecidos. Vos sos Leticia Baibiene».

Viajó a hacer un curso en Brasil. En el medio de la selva, en el silencio absoluto de la naturaleza, se dio cuenta que la frase «hija de desaparecidos» no significaba nada para su entorno. Nadie la comprendía ni a nivel lingüístico ni a nivel sociohistórico.

En esta nueva forma de vida logró generar una «conexión con su alma» y se permitió sentir todo aquello que alguna vez negó. Lloró: por odio, por amor, por felicidad, por rencor. «Es súper difícil para un hijo aceptar el odio, decir “loco, me abandonaste”. Odiar a un familiar porque está ocupando el lugar de tu mamá. Vos no sos mi mamá; yo quiero a mi mamá. Aceptar que sentirnos felices nos da culpa por estar bien sin ellos. Una vez que te permitís sentir todo eso, lo podés superar y correrte del lugar de víctima. Pero cuesta un montón».

Aprendió a manejar los sistemas energéticos, algo que nunca dejó de hacer hasta el presente.  

– El Hombre es de manual, es básico: todos tenemos la misma energía. No hay buenos y malos, todos somos ambos, duales. La gente que te lastimó y la que te hizo bien, forma parte de tu sistema y los tenemos que aceptar; a los militares, a los policías, a los asesinos de mis papás. Yo no los culpo. Yo no puedo juzgar a nadie, cada quien tiene su propio karma que solucionar.

***

– Señorita Baibiene, ¿a usted le han informado las penas por ley que sanciona el falso testimonio? Le pregunto formalmente si promete jurar por sus creencias a decir la verdad, lo que sepa, sobre lo que aquí sea preguntado. Usted fue citada a declarar como testigo en esta causa que se le sigue a las personas que yo le voy a nombrar ahora.

El juez Carlos Rozanski nombró a todos los acusados; entre ellos se encontraban Héctor Raúl Acuña, Roberto Armando Balmaceda, Gustavo Adolfo Cacivio y Miguel Osvaldo Etchecolatz.

– Necesitamos que nos diga si respecto de ellos les comprende la general de la ley, es decir, si usted, más allá de su condición de querellante y eventualmente de víctima de este acto, si usted tiene con ellos alguna relación de amistad, enemistad, acreedora, deudora, pariente, vecina, o algún otro impedimento para decir la verdad hoy.

– Nada me impide decir la verdad –contestó Leticia.

La sala de la exAmia donde hoy funciona el Tribunal Oral nº1 de La Plata, ubicada en 4 y 53, estaba llena. Ese día de febrero de 2014 se llevaba a cabo el Juicio por La Cacha.

Del lado derecho las madres con sus pañuelos blancos en la cabeza sentadas en primera fila. Más atrás, familiares y amigos. Del lado izquierdo, dos filas vacías separaban a los acusados por delitos de lesa humanidad del resto de los oyentes. Arriba, en los palcos, la prensa y los familiares de los asesinos observaban.

Los reflectores de la sala iluminaban el escenario de colores opacos. En el centro, un asiento de cuero viejo enfrentaba a los jueces. A paso lento, Leticia, de blanco, se sentó mientras acomodaba su collar rojo de semillas brasileras con un dije de la mano de Fátima, un amuleto de protección. Sonrió y rompió el silencio.

– Yo tenía tres años y medio. Sentimos un golpe fuerte en la puerta, un golpe que no era de un vecino. Fue como si el tiempo se hubiese detenido.

Elba Leonor Ramírez Abella fue vista por distintos sobrevivientes en el Centro Clandestino de Detención (CCD) La Cacha, nombrada así por la bruja Cachavacha de Hijitus: la misma que desaparecía gente.

El CCD quedaba en 191, 196, 47 y 52, en las antiguas inmediaciones de Radio Provincia de Buenos Aires, contigua al Penal de Olmos. La Cacha tenía una planta alta, una planta baja y un sótano. En la planta baja estaba el baño y el cuarto de los guardias donde tomaban mates y descansaban. En los demás pisos, estaban los secuestrados. Afuera una jauría de perros ladraba todas las noches; en un galpón, se llevaban a cabo las sesiones de tortura.

– Siempre había un interrogador de buenos modales, con una voz muy especial. Se llamaba El Francés. El Amarillo era más violento cuando no respondía las preguntas; al torturador le decían El Loco –contó Patricia, ex detenida en La Cacha.

En 1981 prendieron fuego el lugar para no dejar evidencias.

Patricia, que compartió el colchón con Elba en el CCD, la recuerda como una mujer alegre, con una sonrisa a pesar del horror. Pero no la llamaba por el nombre, sino por el apodo: Bichi.

– Cuando mi hermana y yo nos enteramos que se hizo llamar Bichi dijimos «ah, qué bárbaro». Después se lo dijimos a nuestro abuelo, a la familia, y todos estallaron en llanto. Bichi le decía mi papá: un hermoso homenaje de amor —declaró Ramón Baibiene.

En la sala todos escuchaban atentamente, como si la presencia de los acusados se hubiera desvanecido. La voz de Leticia, su historia, era lo único que importaba en ese momento.

– Cuando uno sabe la verdad, por más terrible que sea, uno lo tiene ahí: la mira, se aleja, vuelve, y hay un momento en donde uno la puede procesar. Pero no saber qué, es la angustia más terrible y más dolorosa. Saber debería ser un derecho para todos nosotros.

El lugar se llenó de aplausos y Leticia se quedó callada unos segundos.  

– Este juicio es para todos nosotros muy importante. Como un triunfo. Nunca pensamos que íbamos a llegar a tener un juicio con castigo. A mí no me contaron esto del miedo que sentí ese día. Y hoy poder estar acá, contando los que nos pasó, pudiendo ponerle nombres apellidos, caras, estar acá cerquita de estos…no sé cómo llamarlos…de estos seres, lo siento como un triunfo de 37 años de lucha.

Al terminar el testimonio, del banquillo de los acusados se levantó Héctor El Oso Acuña, ex penitenciario bonaerense, uno de los torturadores más crueles y temidos tanto por los guardias como por los secuestrados. Todavía tenía el cuerpo fornido, por el cual se había ganado el apodo. Su piel rosácea pareció enrojecerse aún más cuando les sonrió de manera perversa a las Madres y familiares mientras levantaba su mano derecha con los dedos en V: «¡Viva Perón!».

– ¡Hijo de puta! –gritó alguien en el público.

Unos ocho penitenciarios intentaron reducirlo pero la tarea parecía imposible. En el Tribunal una canción se hizo oír: como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar.

El 28 de octubre de 2014 el Tribunal Oral Nº1, dictó la sentencia:

Quince de los imputados fueron condenados a la pena de prisión perpetua y al pago de las costas del proceso por complicidad en el genocidio perpetrado durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983).

Otros dos a trece años de prisión, un imputado a la pena de doce años y cinco acusados fueron absueltos.

***

– ¿Sabés qué es esa culpa? Es culpa por haber vivido y tu papá no.

El reloj del consultorio marca las cinco y veinte de la tarde de un día de primavera. Leticia, de 43 años, tiene un pantalón holgado y una camisa del mismo color que la habitación: blanco. Sus ojos negros parecen transmitir una sonrisa aún cuando dice las frases más duras.

Está dirigiendo una constelación familiar de dos nuevas clientes de 22 años, llamadas Rocío y Luz. Ninguna de las dos jóvenes sabe bien qué es, pero la terapeuta les acaba de explicar que constelar significa “liberar las tensiones que vienen de generaciones pasadas, que están arraigadas en la historia familiar de cada persona”. Les repite que la persona que constela busca ponerse en contacto con la «conciencia de su alma».

Las tres mujeres están descalzas en el pequeño consultorio. Cuando se paran, Leticia deja en evidencia su metro cincuenta y cinco; con sus manos toma la espalda de una de ellas y la coloca en el centro de la habitación blanca: «Ella es la culpa. Ubicala donde quieras».

El cuerpo de Rocío deja de pertenecerle y su cabeza parece disociarse de él. Agarra a Luz por la espalda –que ahora es «la culpa»–, y sus piernas sienten la necesidad inexplicable de llevar a su amiga hasta al lado de la camilla. Están en paralelo pero con el cuerpo en distintas direcciones.

– Rocío, estás mirando al piso. Tomá —Leticia tira un almohadón al suelo—: ése es tu papá.

Otra vez, las piernas son las protagonistas de su cuerpo. Las rodillas le tiemblan y apenas puede mantenerse de pie pero no se da cuenta que a su amiga le está pasando lo mismo.

– ¿Me puedo sentar?

– Sí, hacé lo que sientas. ¿Vos, Luz, cómo te sentís?

– Igual. Me voy a sentar.

La mirada de Rocío está absorta en el almohadón verde que Leticia le puso enfrente. No entiende por qué representa a su papá.

– ¿Te das cuenta en dónde estás? En el piso. Ése es el lugar de los muertos y mirá, llevaste a todos con vos. Vos no te moriste. Tu papá sí.

En los ojos de Leticia, Rocío encuentra cierta familiaridad, como si ambas sintieran lo mismo. Pero dura poco, un dolor pesa en sus hombros. Se agarra el cuello e intenta masajearse.

– ¿Me puedo acostar? No aguanto más la espalda —dice Luz.

– Sí, hacé lo que sientas.

Un almohadón rojo cae sobre el verde.

– Pegale, sacá todo el dolor, todo el odio que te da que te haya dejado sola— se escucha de la voz de Leticia.

Sus puños se hunden con fuerza sobre él mientras desahoga un grito guardado. La joven intenta hacer lo mismo pero no le sale.

– Pero yo no tengo odio –explicó Rocío —. Son las condiciones de la vida.

– Bueno, está bárbaro que no sientas odio pero olvidate de las condiciones de la vida –le respondió Leticia —. Eras una chica de 16 años que se quedó sin papá. Pensá en todas las veces que quisiste que él te acompañara, todas las veces en que lo necesitaste. Sentí.

– Siento una angustia acá —dice Rocío mientras se toca la garganta—. Pero no la puedo sacar.

– Sacala que no aguanto más. Mirá como estoy — La mandíbula de Luz parece dislocarse de tanto temblar. Las dos amigas quiebran en llanto-.

Rocío agarra un pañuelo para secarse las lágrimas y se levanta con el almohadón verde entre sus brazos ante la mirada atenta de Leticia. Ambas sonríen.

– El almohadón tiene que quedar en el piso y vos acá. A los padres hay que dejarlos ir.

Foto: Eva Cabrera

 

*Esta crónica fue producida en el marco del Seminario de Grado “Contar el horror: las nuevas narrativas de la memoria”, dictado por los profesores y periodistas Laureano Barrera y Juan Manuel Mannarino durante el último cuatrimestre de 2016 en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata. El seminario se inscribe dentro del Taller de Producción Gráfica I, Cátedra II.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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