Villa Soldati: mi gendarme favorito

Cosecha Roja.-

A las cinco y media de la tarde, con la luz invernal ya muy débil, Villa Soldati es un barrio con todas las letras. Madres con sus muchos hijos de la mano saliendo de la escuela, muchos hombres y señoras entradas en kilos con la bolsa del mandado, viviendas sin lujos y pibes con las llantas flúo, camperones Adidas, gorrita y chalina: nada fuera de lo común en el sur de la Capital Federal.
La calle Lafuente era, hace tres décadas, la más transitada de Soldati. Hoy la trajinan más peatones que autos: hay kioscos, pollerías, casas de Lotería y locutorios de una mano y la otra. La vía del ferrocarril Belgrano Sur es una frontera no escrita: las luces comerciales dan paso a las casas chatas, algunas con chapa y paredes sin revoque, que son la antesala de los colosales complejos habitacionales de Villa Soldati. Una casa blanca, con dos puertas y dos ventanas, se destaca del resto. Ni por lo sobria ni por lo decorosa, sino por las rejas afiladas, los anuncios de dos alarmas y un enorme alambre de púa en el techo del zaguán.
Detrás de los alambrados y las advertencias hay un consultorio odontológico. Santiago Mohamed, el dueño, está sentado en los sillones de la sala de espera, las paredes tapizadas con el título de la Universidad de Buenos Aires y otras especializaciones.
– Soldati es el barrio mal parido de la ciudad de Buenos Aires –dice-. La escupidera de Buenos Aires.

***

Y cuenta: Villa Soldatti y Villa Lugano nacieron en 1908, después de que José Soldati, un astuto empresario suizo, loteara las tierras que le había regalado el yerno del General Julio Roca y mandara a levantar dos estaciones de ferrocarril. Pero mientras Lugano se levantaba sobre suaves lomadas, ideales para el descanso de fin de semana, Soldati estaba en un pozo y padecía inundaciones. Esa decadencia contribuyó para que en 1936, cuando Buenos Aires empezó a generar más basura de la que absorbían las usinas incineradoras de Nueva Pompeya y Flores, se instalara un basural a cielo abierto –la quema- que llegó a ser el segundo más grande del mundo, después del de Nueva Delhi, en la India.
-Trescientas hectáreas de mierda, humo y olor. Eso –decreta el odontólogo-, atrajo cirujas y malvivientes.
Con una vida entera en Soldati, Mohamed es uno de esos hombres que pudo torcer el rumbo del lugar que habita. En 1976, durante la intervención militar de la dictadura en la ciudad, presidió la Junta Vecinal del barrio que dialogaba con el Brigadier Osvaldo Cacciatore, con quien forjó una cálida relación después de decirle, en una reunión en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, aquello de la escupidera porteña.

Un día de 1978, durente lo que parecía un diluvio, se cruzaron en una fiesta. Mohamed le deslizó un sobre en el bolsillo del saco. Esa tarde, condujo su auto por avenida Roca, rebalsada de bote a bote, seguido por las motos y escoltas del auto oficial. Faltaban las bocas de tormenta a lo largo de casi toda la avenida, pero Mohamed las conocía de memoria y las sorteó. El chofer del Brigadier quedó encajado en una de ellas.
– Al otro día, salió la ordenanza municipal prohibiendo el arrojo de basura en toda la ciudad de Buenos Aires. Y así fue la erradicación de la quema- cuenta.
La política urbanística de la dictadura apuntaba a invisibilizar los símbolos de pobreza: algunos teóricos lo califican como el intento de la “Ciudad Blanca”. Una de las iniciativas fue mudar el basural al Cinturón Ecológico del Ceamse, cerca de La Plata. La otra, más contundente, fue erradicar las villas de emergencia.
– Todas las que había en la zona se eliminaron.
De repente, las villas y sus habitantes dejaron de verse, de estar. También estaban desaparecidas. Santiago Mohamed no ahonda en el cómo, pero la historia lo ha hecho: guarniciones militares llegaban con las topadoras y tiraban abajo las casas, se llevaban los moradores en camiones de asalto y los arrojaban en otras provincias, acaso con los chapones de lo que habían sido sus casas, a la buena de Dios. A la mayoría de los extranjeros los deportaban.
Cuando volvió la democracia, lentamente, las villas miseria se volvieron a poblar.

***

-En los 90, en la época de Grosso, por la proliferación de las villas comienza a llegar la gente, pero no la gente bien, la gente rica -se exalta Santiago-: viene la mierda, lo de la provincia, de Bolivia y de Paraguay-.
La charla lleva un rato y ha descuidado sus inhibiciones.
– Todo lo que no se puede meter en otro lado lo meten en Soldati, con la excusa del progreso. Y el regalo más lindo que nos dejaron con las villas, es la delincuencia.
Mohamed habla de las grandes inundaciones de principios de siglo, el sumidero a cielo abierto, las villas miseria, la inmigración, la delincuencia. Una gran confabulación contra el barrio. Una sucesión de hitos eslabonados, causa y consecuencia, que explican que hoy, en su manzana, sólo queden tres casas sin saqueos. Así lo dice.
– En esas casas, viven dos tipos que venden drogas, y en la otra bolivianos. Las demás, las robaron tres y cuatro veces. Tanto que en un mes se vendieron dos propiedades y hay tres más a la venta.

***

El timbre del consultorio interrumpe la charla. Santiago Mohamed se disculpa para atender y vuelve, al rato, acompañado por un gendarme formoseño, de no mucho más de treinta años, morocho y bien dispuesto: una combinación de infancia pueblerina con educación castrense. Pidió que lo afectaran al Operativo Cinturón Sur porque duplicaba su salario a 8.000 pesos.
– ¿Vos si ves a un pibe que está en una actitud medio sospechosa, podés ir a agarrarlo e investigarlo?- pregunta el dentista, ávido por conocer su margen de maniobra.
-Lo primero que hay que tener en cuenta qué es una actitud sospechosa. Hay que hilar bien finito en ese aspecto, porque lo que es para un vecino actitud sospechosa puede que no lo sea para mí. Tenemos los derechos humanos que nos están pisando los talones.
Mohamed gesticula con suficiencia: “viste, es lo que yo te dije”, dice con su silencio.
– Una persona que no se viste bien –continúa el gendarme-, o no tiene una determinada línea de vestimenta uno puede llegar a presumir que puede ser… y más si se pone la capuchita… son presunciones que uno tiene. ¿Pero qué pasa? Uno se puede equivocar.
El cabo sostiene su gorra con las dos manos, delante de la cadera. Lleva el pelo al rape. Mohamed ya no sonríe. Su ángel de la guarda se sabe situado en una línea delgada: un vecino escandalizado por la delincuencia y un auditor externo, de no sabe bien qué lugar.
– Uno siempre trata de dirigirse acorde a la situación de forma respetuosa –sigue explicándose-. ¿Pero qué pasa? A veces, las situaciones son distintas. No es lo mismo que yo esté controlando acá enfrente de la casa a una persona con determinadas características, a que esté controlando a la una o dos de la mañana en un edificio del complejo Soldati, donde obviamente que no son bebés de pecho ahí, ni en la villa 1-11-14. Hay que tener otro tipo de actitud y trabajar de otra manera.
– ¿Ser más firmes?
– Exactamente. Si yo lo encuentro al señor, me disculpo y le pido su identificación. Acá y a esa hora. A las dos de la mañana, no les vas a estar diciendo a los pibes que se están paqueando ‘chicos, por favor’. No: contra la pared todo el mundo, y control.
Después expone la extraña teoría de la mediana necesidad.
– Si estás cometiendo un ilícito, Gendarmería te lo va a hacer sentir. ¿Te hiciste el duro? Va a responder y si resultas lesionado por algo, es en uso de la fuerza en base a la mediana necesidad. Pero de ir y abofetear uno porque sí, no. No vas a ver nunca a uno bajar del patrullero y dar un cachetazo de entrada. No sirve.
Mohamed no parece conforme con esto último.
– Nos mandan a la Gendarmería no para reprimir, sino para prevenir –se lamenta el odontólogo después de despedir al gendarme-. Porque si reprimen, pobrecitos, pierden todos los puestos de trabajo.

***

A Santiago Mohamed le robaron dos veces. La primera entraron por el techo cuando la casa estaba vacía. La segunda fue por el frente. Sonó la alarma y el ladrón escapó de apuro. Todavía quedan los lamparones de sangre seca que dejó por las púas del alambrado.

– Todos saben quiénes son los chorros –asegura-. Los chorros míos, por ejemplo: tengo uno acá al lado, y una parejita que duerme en la Plaza, que son drogadictos. Esos mismos de la plaza le robaron a la señora de acá al lado y a la otra señora, que los vio.
En el segundo asalto la división científica de Gendarmería llegó rápido para levantar las huellas. Mientras trabajaban, el odontólogo apartó a uno de ellos, y le hizo una propuesta. Alquilarle la habitación de servicio.
-Casi le regalo la habitación para que venga a vivir acá y se acaben los robos.
Los términos del trato son justos, dice: el formoseño evita la travesía diaria desde la piecita que ocupa en Berazategui, pleno conurbano bonaerense, y ahorra para la remesa familiar. A Santiago Mohamed, nacido y criado en la escupidera de Buenos Aires, parecen no alcanzarle la segunda alarma y los espirales de púa que coronan la fachada de su propiedad. A partir de mañana, cuando le entregue un juego de llaves, tendrá mil pesos extra por mes y un GI JOE para él en la piecita del fondo.

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