Violencia obstétrica: la comunidad del ataque de pánico

 

embarazoMiriam Maidana *- Cosecha Roja.-

“Malo, malo eres, no se daña a quien se quiere”

Si durante 10 años una mujer tuvo seis hijos, la última década transcurrió entre óleo calcáreo, pañales, teta al aire y panza llena. Donde vive Valeria, el óleo calcáreo se reemplaza por aceite o lo que haya. Los pañales se dejan rápido (son caros), la teta al aire es un clásico y la panza no adelgaza seguido.

Valeria tiene 38 semanas de embarazo. Los médicos piden la interconsulta porque ella dice tener “ataques de pánico” y solicita una cesárea. Hablando un poco descubrimos que los ataques de pánico son más bien “ataques de ira”: “me pongo violenta. Tengo miedo que el bebé no esté bien: me golpeé la panza con un ventilador, me dí la cabeza contra la pared”.

¿Esto no comenzó acá, verdad?

“Una vez más no por favor/ que estoy cansada y no puedo con el

 corazón…”

Valeria conoció a Pedro cuando tenía 17 y a los 18 años tuvo su primer bebé. Pedro changueaba, no quería un trabajo estable porque su vocación era otra. Boxeaba. Mal no le iba, pero bien tampoco. Y cuando “mal” comenzó a balancear para arriba, el enojo se descargaba en el cuerpo de Valeria. “Nunca me pegó en la panza, él sabía pegar sin dejar marcas”.

Cuando su quinto hijo murió en la panza a los siete meses de embarazo –porque Pedro ya pegaba donde fuera, la carrera de boxeador se había ido al diablo y las changas no se sostenían con vino y pastas- Valeria dijo basta. La unidad sanitaria le armó una red, Pedro se fue al Norte y ella comenzó un tratamiento para víctimas de violencia. También hizo algunos cursos y estuvo un par de años sola, “No quería ver un hombre al lado mío, ¿sabe? Porque yo sigo enferma: es como que el amor se me hubiera ido con él”.

Hace unos meses en un trabajo comunitario apareció Daniel. Un poco menor que Valeria, pero con ganas de familia: a los dos meses ya vivían juntos, a los tres el test dio positivo.

Daniel acompaña a Valeria aunque no entiende qué le pasa: por qué está tan nerviosa, por qué se la agarra con la panza. Valeria dice: “El me trata bien, eso me enerva.” Daniel, en su discurso, podría ser un hermano, un primo, un hijo más. No hay rasgo de deseo hacia él, de calentura, de amor. “Él quiere que me cuide, que esté tranquila, pero no es por mí: es su primer hijo. Solo eso le importa”.

Se arma la red: el jefe de obstetricia indica una ecografía urgente. En una hora ya está y los resultados indican que no hay daño en el bebé. A Valeria no le importa: “Quiero que me lo saquen con cesárea lo antes posible, hoy si es posible”.

Las rondas de pasillo y los intercambios de escucha dictaminan: no hay motivos para provocar una cesárea desde lo médico. Desde lo psicológico tampoco. Valeria necesita acompañamiento permanente, no estar sola, aprovechar que tiene una red familiar.

La ficha clínica de Valeria la historiza hospitalariamente: tuvo cuatro partos vía baja, su hijo anterior falleció en el vientre a los siete meses de embarazo, ella quedó internada porque los golpes de Pedro no dejaban marcas muy visibles pero sí internas y desde el hospital lo denunciaron. Lo no escrito es dicho: Pedro se fue al Norte, Valeria nunca firmó nada en contra de él pero sí hizo tratamiento.

El jefe de obstetricia, un médico con años y años de hospital público, habla con ella: le pide que espere hasta que su cuerpo contraccione, hasta que su hijo esté listo para abandonar la panza. Si está nerviosa, o con ataques de pánico, la cesárea es un tratamiento muy invasivo. Ha tenido sus hijos anteriores sin problemas. Y en caso sea necesario se hará la cesárea: como se hace con cualquier parturienta con dificultades.

Valeria no escucha una palabra: la obstétrica de la unidad sanitaria avala sus ataques de pánico, y no indica un sólo estudio por la autoagresión contra su panza. Valeria dice gracias, y se va por el pasillo con Daniel y su hija más pequeña (que no habla). La acompañamos a sacar un turno en alto riesgo para un seguimiento más firme.

A la tarde nos llaman de la Unidad Sanitaria: la obstétrica de allí quiere un informe. Va a cambiar a Valeria de Hospital. Ella, que también tuvo ataques de pánico, sabe lo que es eso.

“Voy a volverme como el fuego, voy a quemar tus puños de acero”

La autogresión de Valeria (sus golpes contra la pared, el ventilador contra la panza) no han sido escuchados, ni historizados: han quedado confundidos en ese espejo contemporáneo que es el ataque de pánico.

Porque lo que no se ha podido escuchar es algo que Valeria dice claramente.

Que no soporta que la traten bien.

Que el amor de ella se fue con Pedro: los golpes también, pero solo los de él.

 

*Psicoanalista

Notas:

  1. El trabajo con víctimas de violencia de género es mucho más amplio y abarcativo que el supuesto “bien común”: una falla habitual es centrar todo en el golpeador o violento. Muchas mujeres repiten el mismo esquema en parejas subsiguientes, o terminan –como en el caso de Valeria- ubicándose como violentas frente a sí mismas,  frente a sus hijos o nuevas parejas.
  2. La violencia de género atraviesa todos los estratos sociales: a veces no llega al golpe, pero los relatos sobre peleas constantes, denigración, maltrato verbal son desgarradores.
  3. Incluí este relato bajo Violencia obstétrica porque la médica de la Unidad Sanitaria no pudo escuchar la singularidad de Valeria y no pidió interconsulta, sino que “ordenó” avalar la demanda de su paciente sin tener en cuenta la escucha y el accionar de los otros profesionales (el jefe de obstetricia del Hospital Público actúo de inmediato: ecografía, lectura completa de la historia clínica, red con otros servicios, derivación a alto riesgo). Decidió cambiarla de Hospital valiéndose de ciertos “contactos”. Y, entiendo, porque no pudo separar la situación de sus propios ataques de pánico. Y allí los pacientes desaparecen: son objetos.
  4. El tema de Bebe, “Malo”, lo pueden escuchar acá: https://www.youtube.com/watch?v=FEOcRpYFTag
Miriam Maidana
Miriam Maidana

Psicoanalista, investigadora UBACyT en Consumos Problemáticos.

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