Esperanza Nieva era una activista por los derechos de las mujeres y de los pueblos originarios. Vino a Buenos Aires para la marcha del Bicentenario en mayo y en junio la asesinaron en su pueblo, Amaicha del Valle, en Tucumán. Tenía 81 años y las hipótesis van del robo a una respuesta a su activismo social. Era coplera, agricultora, chamana y mucho más. El pedido de justicia para su muerte se junta con un corte de ruta de la comunidad La Primavera, en Formosa, y con la historia de los pueblos originarios que siguen siendo marginados en la visión de la historia y en el espacio del presente.

Por Luciana Peker

Se llamaba Esperanza Nieva, tenía 81 años. “Esperanza se hacía su vino, cultivaba su huerta, era artesana, era sanadora y, por sobre todo, una luchadora de los derechos de su pueblo, el pueblo diaguita y todos los pueblos ancestrales. Y también por los derechos de la mujer, por el derecho a la dignidad de la mujer, ahí también ponía empeño, sabiendo que el maltrato no es prioritario de una sola cultura”, relata la página de Facebook “Justicia por Esperanza Nieva (Amaicha del Valle)”.

Esperanza era peligrosa, o era vulnerable, y por eso fue asesinada. Pero su asesinato no sólo fue un feminicidio, además fue un crimen más en una lista que no conforma ella sola de víctimas de pueblos originarios. “Esperanza Nieva era una hermana que toda la vida luchó por los derechos legítimos de su pueblo, como una autoridad política y filosófica perteneciente hoy a la larga lista de autoridades indígenas muertas por la impunidad legal y penal que tienen aquellos que usurpan, destruyen y contaminan el territorio milenario de los pueblos originarios. Pese a que los pueblos pelean por sus derechos reconociendo al estado argentino, siempre las leyes responden a intereses de la propiedad privada ante el derecho colectivo y preexistente de los pueblos originarios. Contra esto luchaba esta mujer, así como también luchaba Javier Chocobar, otro indígena asesinado –con pruebas hasta visuales de los culpables– pero en ambas causas no hay ningún imputado”, remarca el comunicador mapuche Calfu o como elige llamarse kajfvkura Antiñir, de la Confederación Mapuche de Neuquén, que ahora trabaja en Buenos Aires.

Esperanza Nieva vivía en su casa en Los Zazos, un barrio periférico a Amaicha del Valle, en Tucumán hasta que la mataron el 7 de junio de este año. No se sabe si en un robo o en un crimen político. La Justicia investiga. Y su pueblo la recuerda. “La mataron de manera brutal. Cuando llegó la policía hablaron de muerte natural, que la lavaran, que ordenaran la casa y derechito al cementerio. El poder que niega hasta el derecho a la duda. Hubo protestas. Era visible que Esperanza se había resistido, por los golpes y otros vejámenes de los que mejor no hablar”, dicen quienes defienden su memoria.

Cantaba coplas (que trajo a Buenos Aires apenas antes de morir como para que en el 25 de mayo también resuenen sus ecos norteños) que se escuchan como todavía abrigan los tejidos que hilaba, se beben los vinos que preparaba y se extrañan las curas ancestrales que resguardaba bajo su piel tajada y brillante como la tierra.

Tan fuerte y tan frágil.Vivía sola en una casa, apartada de la población, a siete kilómetros de Amaicha, en un lugar que no es una zona urbana. “Para robarle a una persona de esa edad no necesitas más que un susto, por eso se descartó al principio la hipótesis del robo, pero ahora no sabemos. Ella tenía mucha trayectoria política dentro de la comunidad indígena de Amaicha del Valle y fue integrante del consejo de ancianos (personas mayores que asesoran al cacique en base a su conocimiento ancestral) y en la marcha de los pueblos originarios a Buenos Aires, el 24 de mayo, estaba en la primera línea. Mirá que con 81 años leía mucho, que no es común en esta zona, era agricultora, artesana, coplera, sanadora, chamana, eso era Esperanza Nieva y por eso pedimos justicia”, relata Máxima Isabel Pastrana, dirigente de la comunidad indígena de Amaicha.

“La causa estuvo detenida y, por eso, se cambió de abogado. Ahora hay cuatro sospechosos que se les tomó el ADN para compararlo con pelos y otros rastros que se encontraron en la escena del crimen. Se enviaron las muestras a Buenos Aires para ver si se encuentra alguna relación. Eso estamos esperando ahora. Pero los tiempos de la Justicia no son los que una quisiera”, se lamenta Máxima.

Tenía fe pero también fuerza. “Ella reclamaba por los derechos de las mujeres indígenas, para que tengan acceso a la salud, a la educación, a los trabajos. A nosotros constantemente nos hostigan en los lugares donde trabajamos y ella se hacía eco de los reclamos de las mujeres”, dice la dirigente y subraya: “El mayor legado que nos dejó fue su convicción en la lucha por los pueblos originarios y la participación democrática”. Su esperanza de equidad no murió.

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