Inventamos el feminismo popular sin saberlo

Entre piquetes, ollas populares y cuidados, las mujeres, lesbianas y trans de la crisis de 2001 crearon una forma de militancia que definió la identidad del feminismo argentino. Lo hicieron sin marco teórico mientras respondían al hambre y a la violencia de género por igual con la certeza de que la organización era la única salida.

Inventamos el feminismo popular sin saberlo

Por Jesica Rivero
16/12/2021

—Pasé de ser una tira piedra a Secretaria Adjunta de un sindicato como la UTEP.

Norma Morales es referenta del Movimiento Somos Barrios de Pie y cuando dice UTEP habla de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular, la organización social que, sin reconocimiento gremial, pelea por las condiciones de trabajo de los sectores más precarizados del país. En los 90 llegó a Buenos Aires desde Salta con el sueño de construir una familia. El 2001 hizo que ese deseo mutara: comenzó a soñar con otrxs. Para ella, como para muchas, la desolación de los hogares sin trabajo y con maridos en shock cambió cuando la crisis las llevó a la organización y la militancia.

—Un grupo de jóvenes locxs golpeó un día la puerta de mi casa. Me dijeron que se podían hacer compras comunitarias para abaratar costos. Ese fue el comienzo de todo— cuenta 20 años después— Tenemos que recuperar la experiencia del 2001 porque nos forjó como feministas populares.

El fuego de la palmera en Plaza de Mayo el 20 de diciembre de 2001 fue la síntesis de la furia acumulada durante años. Como tantas otras veces, la plaza albergó los gritos de broncas y deudas, de sueños rotos y esperanzas abiertas. Las Madres y Abuelas, propietarias indiscutidas de ese espacio porteño, también fueron la síntesis de los rostros de las invisibles, las hartas, las desocupadas, las golpeadas. Las que se organizaron.

Norma fue una de las feministas que nacieron en la crisis. Sin marco teórico, entre piquetes, ollas y crianzas, fueron el semillero del feminismo popular. Seis meses después de las revueltas de diciembre de 2001, estuvo en la represión del Puente Pueyrredón el 26 de junio de 2002. Los asesinatos de Maxi y Dario la marcaron y hoy sabe que esos días cortando las calles, siendo “tira piedras” como lxs bautizaron los medios, fueron fundamentales para las organizaciones populares de hoy.

El 2001 fue para una generación el cierre de una etapa y el nacimiento de otra. Ya nada fue igual. Los recuerdos de las militantes feministas de hoy muestran que 20 años atrás las mujeres, lesbianas, travestis y trans también eran protagonistas de la historia. Tanto como lo fueron durante la pandemia gestionando los cuidados, en la resistencia al macrismo, en la visibilizacion de las identidades no binarias, en la creación del Ni Una Menos o en la conquista del Aborto Legal. Entonces, si fueron protagonistas ¿están justamente contadas? ¿Qué podemos ver esta vez que en ese entonces no vimos?¿Podemos pensar lo vivido durante la pandemia, sobre todo en los sectores populares, desvinculado de lo que pasaba en los barrios en aquella época? Y sobre todo, ¿quiénes éramos nosotras y nosotres? ¿Víctimas o protagonistas?

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Betina Juárez fue una de esas mujeres que salió a buscar soluciones colectivas. Era vecina de Dock Sud y en 2000 tenía 44 años cuando cruzó el riachuelo para ser parte de un comedor en La Boca. El gatillo fácil la había golpeado de cerca y sentía que tenía que hacer algo con la violencia policial e institucional que desde los 90 no paraba de crecer.

—Un día me llamó la atención ver a tres pibes haciendo fuego en una vereda. Picaban cebolla y ponían la olla. Les pregunté qué hacían y me dijeron que preparaban comida para los chicos que no tenían para comer. Al ver que llegaba más y más gente me ofrecí para ayudar.

Ese fue el comienzo de la militancia. Inquieta, poco después Betina propuso ir al Docke. Empezó con tres vecinas y un puñado de pibes y pibas estudiantes del CBC de Avellaneda. Organizaban el “mangueo” para las ollas populares y las copas de leche que crecían sin parar.

—No teníamos nada y entre todas igual lo resolviamos. A mi la vida me cambió con el trabajo solidario y la militancia con otres. Me hizo feliz.

El estallido del 2001 la encontró organizada y siendo parte de la fundación del Movimiento Barrios de Pie. En los comedores notaron otro problema: las compañeras iban golpeadas. Formaron la Red de Mujeres Solidarias y generaron espacios de escucha colectiva. Así llegaron a los Encuentros Nacionales de Mujeres y a la formación de redes de promotoras barriales de género.

Betina también se metió en la lucha por los Derechos Humanos y contra la violencia institucional. Se peleó con comisarios y fiscales por las denuncias de madres que contaban las torturas y malos tratos en las comisarías del conurbano. Hoy sigue militando, en el Docke, pero a los comedores le sumaron los Polos Productivos. Eso para ella es natural.

—Pese a la pobreza siempre pensamos en generar nuestra propia economía: la popular.

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Para Matías Cambiaggi, autor del libro Generación 2001, la aparición del movimiento piquetero fue “una marea insondable, horizonte infinito y con una particularidad importante: la participación protagónica de las mujeres”. Ellas fueron la columna vertebral del precariado insurgente y las “encargadas de sostener el trabajo social diario, reuniones organizativas o de convocar a las marchas”.

Esa marea insondable es mucho más que simples anécdotas. En la práctica y la metodología de esos espacios de cuidado comunitario está la semilla que durante la pandemia protegió y cuidó a los barrios populares. Hay un saber hacer, “un acumulado” como suelen decir las militantes.

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Cecilia Merchán es, para muches, simplemente La Checha. Es referenta de la Corriente La Colectiva y trabajó en distintas áreas de gobierno, sobre todo en políticas de género y diversidad. También fue diputada nacional. El recorrido militante la llevó a conocer territorios y realidades y a vivir “muchas vidas”. El 2001 la encontró en la ciudad donde nació.

Unos días antes del 19 y 20, Checha estaba en una de las tantas marchas y piquetes que encendían Córdoba Capital. Ella tenía a cargo la seguridad de su columna pero cuando avanzó la represión y hubo que ir a negociar con las fuerzas de seguridad un cese, los varones de su organización no la dejaron.

—“Checha dejá, tené cuidado”, me decían. Mis propios compañeros no me dejaban hacer lo que tenía que hacer, para lo que me habían elegido.

Para ella el 2001 dejó en claro la participación de las mujeres en los movimientos sociales.

—Como proceso ya se venía dando desde los 90, cuando empezamos a participar en todos los ámbitos: asambleas, piquetes, comedores, merenderos, universidades.

Ese lugar potente que tenían debía pujar para ser reconocido. Checha cree que, al ser tan masiva, la participación de mujeres, lesbianas, travestis y trans trajo también nuevas discusiones dentro de las organizaciones.

—Las violencias hacia las mujeres no se discutían en la sociedad y por supuesto tampoco en las organizaciones. Preparando la olla charlábamos sobre lo que nos pasaba y así, entre todas, fuimos visibilizando los problemas de nosotras además de la pobreza y el hambre.

Para Checha las leyes y derechos que se concretaron con la llegada de Nestor Kirchner recuperaron esa construcción. “Sin todas nosotras, sin toda esa fuerza de las mujeres del 2001 y las de antes también, no hubiera sido posible ese avance en materia de igualdad de géneros. Esas leyes nacieron mucho antes, a partir de todo lo que hicimos desde los sectores populares en los años previos”.

Checha es una de las entrevistadas en el libro “2001. No me arrepiento de este amor”, publicado por las editoriales Chirimbote y El Colectivo. En sus páginas se recuperan los relatos de mujeres y diversidades que protagonizaron aquella época. Para Nadia Fink, una de sus autoras, revisitar esa época con perspectiva de géneros abrió preguntas: “¿Qué no mirábamos en ese momento?¿Quiénes éramos nosotras en ese 2001? No para juzgar lo que se hizo, pero sí para decir qué no vimos y hoy es posible gracias al desarrollo del feminismo popular”.

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Graciela Gomez tenía 14 años cuando comenzó a militar en la década del 70 en Quilmes. El 2000 la encontró desilusionada con la inacción de su espacio, el Partido Justicialista, ante la situación que se vivía en los barrios.

—Fue doloroso, porque yo no reniego de mi identidad, la reivindico. Lo reparador fue que fuimos muches y fundamos otra organización, el Polo Social.

En esos años, aún sin saberse feministas, junto a otras compañeras impulsaron la creación del Departamento de Género en el nuevo partido. Lo hicieron más por necesidad que por formación: “Sabíamos cómo enfrentar el hambre pero no cómo resolver los golpes y la desigualdad de las mujeres”. Para ella, fue fundamental la intervención de Olga Hammar, una militante exiliada durante la ultima dictadura, que se dedico a formar espacios de lucha por la igualdad de género y la conciencia feminista en Argentina, Latinoamérica y Europa.

—Ella decía que el pan iba de la mano del derecho a vivir sin violencia.

En 2001 Graciela trabajaba como docente en la Villa Los Álamos, en Bernal. “Las que decidíamos cortar la calle y parar la olla éramos mujeres. Eso fue la sororidad para mí: no teníamos nada pero lo poco que había se compartía”.

Al Polo Social se sumaron las primeras compañeras travestis. Cuando en un plenario en una de las sedes de la Unión Obrera Metalúrgica entraron con sus tacos llamaron la atención de los varones. “¿Qué trajeron?”, le dijeron a Graciela. “La presencia de las militantes travestis era muy importante porque rompía esa idea tan patriarcal de lo binario pero sobre todo porque ellas exponían claramente otra lucha, la de la corrupción policial y los abusos del sistema prostituyente”.

Graciela es vicepresidenta del Polo Social a nivel nacional. Fue concejala y Secretaria de Igualdad de Trato y Oportunidades de Quilmes. Desde hace unos años colabora con la Unión De Clubes de Barrio, donde dio capacitaciones de Ley Micaela. Del 2001 recupera el valor de la solidaridad y el trabajo colectivo. “Esas dos cosas te forman y son invaluables. Esa fue nuestra ganancia”.

De Ushuaia a La Quiaca y de las montañas al mar, las voces de aquellas que fogoneaban la resistencia están más presentes que nunca. El 2001 es pura actualidad. Está vivo en un nosotras y nosotres colectivo. Aquel año el cuerpo fue uno y parió otra época, la de ser protagonistas.