Por Sebastián Hacher – Soy, Pag|12.-

Argentina.- El padre de Micaela, Marcos Bayer, también era policía, pero ella no lo conoció: lo mataron cuando su madre estaba embaraza de cuatro meses. Corría 1977 y el agente Bayer pasó a buscar a uno de sus compañeros que no tenía auto. Cuando llegó a la casa se encontró con un escenario dantesco: su compañero estaba en medio de un tiroteo. Marcos sacó su arma y se sumó el enfrentamiento. Le dieron once tiros. A Micaela le contaron que estuvo veintiún días internado, y que no murió por las heridas, sino por la infección que le causó el mercurio que recubría las balas. Tiene dos hermanos mayores, dos chicos de Lanús a los que les gustaba la mecánica y decidieron estudiar en un colegio industrial, ella prefirió siempre la oficina. Se sentía más delicada que ellos.

—Vos —le dijo la madre cuando llegó la hora— tenés que trabajar en una oficina. Vamos a ver qué pasa en la policía.

Ni Micaela ni la madre buscaban repetir el destino de armas y tiroteos de su padre. Se presentaron para que la tomaran como empleado administrativo. El apellido de los caídos en servicio suele ser un pasaporte para que los hijos entren más rápido en la institución. Micaela tardó un año. Cuando se presentó, en 1997, tenía el pelo largo y porte andrógino.

—Lo hice —explica ahora, a punto de cumplir quince años de trabajo y ante la pregunta sobre cómo se le ocurrió meterse nada menos que en una institución famosa por hostigar a las travestis— porque había terminado el secundario y necesitaba trabajar. Llegué a la policía con el pelo largo. Siempre usaba algo con un ingrediente femenino. Pero apenas entré me pelaron. Y yo que tenía el pelo cortado carré… Tuve una etapa de negación con ese trabajo: cuando venían los formularios del interior, venían en una bolsa pesadísima. Yo era re flaquita y no tenía fuerza, así que empecé a ir al gimnasio. Pero no me gustaba. A los meses fui a hacer el curso de agente. Hicimos una práctica de tiro mínima: una formalidad. Había chicas que trabajaban en la guardería pero también las hacían tirar. ¡Yo tenía un miedo! Me hicieron ir a las cinco de la mañana. Cerré los ojos, disparé y de casualidad pegué cuatro en el blanco.

Sin baño propio
En los boliches, cada vez que se cruzaba con una chica trans sentía que ese era su camino. Conoció a un grupo de chicas de Lanús, su barrio natal, que se juntaban los sábados para ir a bailar. Las contactó, compró una peluca y sus primera ropas en el barrio de Once y se largó a la pista:

—Agarré un camisón —recuerda—, lo doblé y lo hice pollera. Tenía unas sandalias 40, pero yo calzo 42. Al primer lugar que fui fue a Zona X, en Suipacha, para que no me viera ninguno de mis compañeros. Después me animé a América, y después ya me vio uno, me vio otro. Y tomé una determinación: empecé a tomar hormonas, me crecían las lolas, me hice depilación definitiva con láser. Fui a de a poco, para que mi cuerpo se adaptara y para que no fuera tan chocante para mis compañeros. Me lo tomé como una segunda adolescencia.

Cuando empezó la transformación, conoció a una mujer trans que se había operado en La Plata, y ella le explicó que en el Durand la podían ayudar a hormonarse. Ni soñó con ir al Churruca. Con su credencial con nombre masculino era imposible comprar los medicamentos ginecológicos que necesitaba. Incluso cuando sintió que necesitaba ayuda psicológica, desistió de la obra social: ahorró dinero y se hizo atender de forma particular.

La diferencia entre su identidad y el nombre que figuraba en su documento le trajo los mismos problemas que a cualquier trans, aunque su condición de camarada de armas le daba cierta ventaja con respecto a otras chicas. En las elecciones la mandaban a firmar certificados a alguna comisaría. Cuando llegaba, el desfile de policías y los murmullos a su alrededor oscilaban entre el morbo y el desprecio. En el tren, una de las tantas veces que pasó gratis usando su credencial de la Federal, los policías que custodiaban el andén se arremolinaron para estudiar su identificación. Si ese cartón donde figuraba su nombre anterior era el pasaporte para no ser candidata al calabozo, en cambio la convertía en blanco de burlas y agresiones.

—¿Cómo puede ser que te dejen ser policía si sos así? —le dijo uno de los agentes.

—Y a vos, con la panza de tenés, ¿cómo te dejan? —le respondió Micaela.

Por suerte, el tren estaba por cerrar las puertas. Y ella estaba arriba del vagón.

Cuando el cambio se hizo evidente, empezaron los problemas: las mujeres no querían que entrase al baño de mujeres, y los hombres no querían compartir el suyo con ella.

—Recibí más insultos de las mujeres que de los hombres. Cuando me puse los aritos, una sargento armó un escándalo, se largó a llorar. Igual no paré. Pedí la licencia anual y me operé las lolas. Ya tenía tetas por las hormonas, pero eran chicas para mi cuerpo y me agregué más.

Nilda Noel
Hace unos meses, la Policía Federal dejó de hacer pasaportes y la oficina donde trabajaba Micaela caducó. Para ese entonces ya se había ganado un lugar, el traslado significó empezar el calvario de reconocimiento.

—Me tomaron una entrevista, pedí trabajar en un horario y no me lo dieron. El segundo día estuve tres horas y me mandaron a llamar: había un memo para devolverme al mismo lugar de donde venía. Volví a mi anterior oficina el mismo día. Ahí me atajó un comisario para tratar de explicarme que todo era un error, que no era por discriminación. Yo sabía que no era así. Lloré por todo Paseo Colón.

No sabía qué hacer. Una amiga me dijo que llamase al Ministerio de Seguridad. Me animé y les mandé una carta.

Del otro lado la recibieron con sorpresa. Pocas semanas después, la ministra Nilda Garré ordenó a los jefes de la Policía, Gendarmería, Prefectura y Policía Aeroportuaria “reconocer y respetar a las personas de acuerdo a la identidad adoptada”. La orden alcanza tanto a las personas que hacen trámites en las oficinas de la fuerza como a los empleados, incluso si la identidad autopercibida todavía no coincide con el documento de identidad. La resolución incluye “la ropa, el uniforme y el uso de baños y vestuarios”.

El 5 de diciembre, cuando se publicó la orden del día de la Policía Federal, Micaela fue a tramitar las credenciales nuevas. Ahora en su identificación como policía y el carnet de la obra social figura su nombre verdadero.

Además de la resolución sobre la identidad, Garré ordenó crear los Centros Integrales de Género en cada una de las fuerzas a su cargo. “Van a funcionar –explicó una fuente del ministerio– bajo las órbitas de las direcciones de personal. Van a atender la situación de la mujer y las condiciones de trabajo de hombres y mujeres dentro de cada fuerza. Y, con la resolución de identidad de género, también le asignamos la función de acompañar la transformación cuando se hace dentro de la fuerza, y cuando la transformación ya haya sucedido, acompañar la identificación de acuerdo a la autopercepción de la persona.”

La propia Micaela va a trabajar en una de esas oficinas:

—Estaría bueno —dice—. Tengo experiencia para contar y puedo contener a otras personas en la misma situación. Yo pasé por muchas cosas, y tuve que buscar ayuda en el Hospital Durand, pagarme una psicóloga particular.

Micaela se volvió, además, una especie de referente para los gays y lesbianas que viven entre el closet policial y el maltrato: un ejemplo de que se puede resistir y salir adelante. “Algunos se fueron por el acoso”, explica uno de sus compañeros de trabajo que pidió no revelar su nombre. “Te pintan insultos, te cambian la cerradura del candado para que no puedas abrir y sacar su ropa, cuando te vas a bañar todos salen de la ducha. No podés declarar que estás en pareja. Cuando tienen que identificar a las personas, al hombre que le gustan los hombres le dicen que no es hombre. A Micaela, que se siente mujer, le dicen que es hombre. Siempre ponen un rótulo para agredir.”

 

Foto: Sebastián Freire