Por Gabriela Cruz en La Palta
Fotografía Elena Nicolay

Aunque doña Delia Rosa Ibáñez no estaba citada a declarar como testigo, decidió ir a la Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba a acompañar a sus hijas que sí debían hacerlo. Desde allí, a través del sistema de videoconferencia, Gladys y Graciela Noemí Freijo debían relatar lo que recordasen del secuestro de su papá, Héctor Manuel Freijo. “Mi mamá vino, aunque a ella no la llamaron como testigo, porque no se iba a perder esto”, dijo Gladys al principio de su declaración y dejó claro el enorme esfuerzo que significó estar presente ahí. Con sus 86 años y una vida de búsqueda, doña Delia guarda los detalles de la madrugada del 18 de enero de 1976 y esos recuerdos, finalmente, los pudo aportar como prueba en el juicio por la megacausa Operativo Independencia.

Por pedido de la fiscalía y con la autorización de los jueces Gabriel Casas (presidente), Carlos Jiménez Montilla y Juan Carlos Reynaga, doña Delia pudo relatar lo que recuerda de esa madrugada. Precisó algunos nombres y no dudó en señalar a Miguel Ángel Moreno como uno de los responsables directos de los secuestros ocurridos en la zona del ingenio Santa Rosa. Miguel Moreno, que se encuentra imputado en esta megacausa, se desempeñó como Jefe de la Comisaría de León Rouges (localidad del departamento de Monteros) entre el 26 de marzo de 1976 y el 14 de octubre de ese mismo año. Delia y Héctor vivían por entonces en la ciudad de Monteros, localidad cabecera de ese departamento, a casi ocho kilómetros de distancia de la comuna rural donde Moreno era comisario. “Todos sabían que ‘Quico’ Moreno secuestraba a las personas de Santa Rosa y que (Enrique) Atay era el entregador”, señaló Delia. Su relato se complementó con el de sus hijas y lo ocurrido ese 18 de enero fue la historia que se conoció el viernes 10 de febrero en la primera audiencia del 2017 en el decimosegundo juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en la provincia de Tucumán.

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Era una de esas noches de verano tucumano en que puertas y ventanas se abrían para que alguna que otra ráfaga de aire fresco ayudara a mitigar el calor. En la ciudad de Monteros, donde por aquellos años vivía doña Delia con su esposo, el periodista Héctor Freijo, y sus cuatro hijos, las puertas permanecían abiertas casi todo el día. Las cerraduras y las llaves no parecían necesarias y a la hora de dormir bastaba con trancar la puerta para que no se abriera de par en par. La madrugada del 18 de enero de 1976, el golpe sobresaltó a la familia Freijo. Graciela se sentó en la cama y quedó tiesa ante semejante alboroto. Escuchó a su hermana Gladys avisando que prendería la luz. Alguno de los hombres que entraron a su casa le gritó que no lo hiciera. “¡Marengo te busca!”, le dijeron a Héctor. “¡No pasen que estoy armado!”, atinó a responder el hombre que acababa de despertarse. “Salí, Freijo, o te mato”, fue la respuesta de uno de los intrusos que hablaba desde las penumbras. Doña Delia salió por atrás con la niña más pequeña en brazos. Con un culatazo la empujaron y le cerraron la puerta dejándola del lado de adentro mientras Héctor era subido a una rastrojera blanca.

¿Por dónde empezar a buscar? El teniente Domingo Marengo era un amigo de Héctor, al igual que Tolaba, un militar del que solo recuerdan el apellido. Fue Tolaba el que se llegó a la casa de Héctor al día siguiente y le informó a Delia que Héctor estaba amenazado. Un anónimo en el bolsillo de uno de sus pantalones confirmaba la versión. Su capacidad de observación le había hecho suponer a Héctor que aquel anónimo se había escrito en una máquina de una de las comisarías que había visitado. Había una marca especial que quedaban en los escritos hechos por esa máquina y que Héctor recordaba bien y la asoció de inmediato. Pero nadie esperaba que unos uniformados ingresaran de ese modo a la casa, se lo llevasen aquella noche y su familia no lo volviera a ver más.

Delia buscó incasablemente. Viajó cuantas veces fue necesario a la capital tucumana y se encontró con otras mujeres que buscaban a sus hijos, a sus esposos, a sus hermanos. Se reunió muchísimas veces con ellas y hoy las recuerda como las madres de los desaparecidos. Todavía se acuerda de la vez que, junto a otras vecinas monterizas, viajaban por la ruta 38 para marchar pidiendo por la aparición con vida de los suyos y fueron detenidas por la Policía. Se las llevaron a la comisaría y allí las tuvieron hasta bien entrada la noche.

Sus hijos debían seguir estudiando. En busca de otras oportunidades es que, uno a uno, fueron emigrando a la provincia de Córdoba. Allí se radicaron y allí vive ahora también Delia. Desde allí, sorteando los inconvenientes técnicos, las tres mujeres pidieron justicia por el hombre que lleva, casi 41 años, desaparecido. En el requerimiento de elevación a juicio de la causa por el secuestro y desaparición de Héctor Manuel Freijo se hace referencia a otro testimonio que da cuenta de cuál fue su destino. Antonio Cruz, un ex gendarme que aportó datos importantes y precisos para el descubrimiento de las fosas comunes en el ex Arsenal Miguel de Azcuénaga, detalló que Héctor estuvo secuestrado en el centro clandestino de detención conocido como ‘el Motel’. Allí murió, según afirma Cruz, agusanado.

“Era no saber nada. No entender nada. ¿Quién nos iba a ayudar a nosotros? Había que hacer algo para sobrevivir y ver qué comíamos. Mi mamá hacía muchas cosas para encontrarlo”, dijo sobre el final de su declaración Graciela Freijo. Un miembro de las fuerzas de seguridad de apellido Almirón le dijo a su hermana Gladys que él le podía decir dónde estaba enterrado su padre. “Pero nunca tuvimos algo certero”, concluyó Graciela.

Cerca del mediodía del viernes 10 de febrero terminó la primera audiencia en sala de este megajuicio. Los jueces anunciaron que el próximo jueves 16, a las 9.30 horas, se reanudará la audiencia. Dos testigos quedaron sin poder declarar y serán reprogramados. Las tres mujeres, Gladys, Graciela y Delia, tuvieron la oportunidad de contar lo que ocurrió con el periodista de Monteros la última vez que lo vieron. Pudieron, además, señalar con nombre, apellido y alias a uno de los imputados. Y aunque todavía no haya certezas de dónde está Héctor, saben que no se dieron por vencidas. Que empezaron exigiendo aparición con vida y ahora exigen toda la justicia que sea posible 41 años después.