Aborto en Cuba: yo decido

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Por Eileen Sosin Martínez.-

Mar se parece a una canción de Rubén Blades: pelo rubio, ojos rubios, dientes rubios. Es de esas mujeres que pueden bucear y bailar salsa, cocinar arroz amarillo y ser ingeniera informática. A los 16 años estudiaba en uno de los mejores institutos preuniversitarios de Cuba. Tenía un novio que vivía a una cuadra de su casa, una relación de más de dos años. Un día se les rompió un condón. El test de embarazo marcó dos rayas.

– ¿Qué vamos a hacer? -dijo él.

– Contárselo a mi mamá.

No hubo escándalos ni cuestionamientos. Fue cuestión de días. Ultrasonido, tacto, análisis de sangre, y finalmente la regulación menstrual, método usado cuando el embarazo lleva pocas semanas. Por tener además otros fines ginecológicos, la regulación no se registra como aborto, aunque interrumpe embarazos en más de la mitad de las ocasiones.

Lo que Mar no quería interrumpir eran sus estudios, su vida; eso sí le daba miedo. Tanto miedo que casi no sintió dolor. Y luego, tanto alivio que casi sonreía al salir de la consulta. Enseguida pidió que le compraran helado. “Me queda claro que fue un accidente. O sea, no era una relación al azar, yo usaba condón siempre, me cuidaba. Hice las cosas como las tenía que hacer; y aquello pasó, pero no fue mi culpa”.

 

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“No fue la Revolución la que inventó la tolerancia social al aborto; la heredamos”, dice el doctor Miguel Sosa Marín, presidente de la Sociedad Científica Cubana para el Desarrollo de la Familia (SOCUDEF). “¿Tolerancia familiar? Pregúntale a tu abuela”. Ya mi abuela me había contado que cuando era jovencita, la prima de no sé quién –de lo más bonita ella–, había muerto por un aborto clandestino.

Victoria es la protagonista de Las Honradas, novela de Miguel de Carrión publicada en 1917, célebre por retratar los dobleces de la época. “Lo hacían todas: solteras, casadas y viudas. El mundo no era hoy como cincuenta años antes. Ahora las mujeres sabían defenderse, y aquella era moneda corriente”, le dicen en un tramo del libro. “¡Pobres mujeres, si no hubieran descubierto los médicos ciertos procedimientos salvadores! Después de libertada de este contratiempo, podría pensar con calma lo que me convenía hacer”. Con eso argumentos la convencían de ir a la casa donde se hacían abortos.  Y la comadrona de la novela se quejaba de tener más trabajo del que podía atender.

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Al entrar hay que ponerse una bata verde, como de cirujano. “Pasa, no tengas miedo”, dice la doctora Lucía Raysa Menéndez, especialista de primer grado en Ginecología y Obstetricia. Da igual si una es la paciente o no. El aire acondicionado, la pared de azulejos y los artefactos metálicos siempre producen escalofríos.

Afuera esperan Jennifer, Sonia, Xiomara, Yanisleydis, Naivys. Desfilan caras aniñadas, caras de mujeres hechas. “Mañana tienes que venir, mi corazón, sin tomar ni agua”. La doctora repite instrucciones siempre con la misma ternura.

Antes de concluir el cambio de turno, la enfermera finge pensamientos en voz alta. “Hay que cuidarse, hay que ponerse preservativo. Yo, que soy una vieja, tengo como 10 en mi casa, por si acaso”.

Menéndez confirma que cada aborto se hace de forma legal y segura, en los hospitales, según las Guías metodológicas para la instrumentación de todos los tipos de terminación voluntaria del embarazo, del Ministerio de Salud Pública.

El protocolo incluye el consentimiento informado, ilustración en detalles de lo que va a ocurrir, las posibles consecuencias, y por qué debe evitarse el proceder. “Ninguna cambia de decisión, prácticamente; aunque tú les expliques, vienen dispuestas”.

 

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En Cuba no existe ley de aborto. Es legal porque no está prohibido. El Código Penal vigente desde 1988 establece como aborto ilícito aquel que se comete sin consentimiento de la grávida, por lucro, se realiza por personal no médico, o fuera de las regulaciones de salud establecidas y las instituciones oficiales.

“La mayoría de los países regula cuándo se puede. En eso somos diferentes al mundo”, dice María Elena Benítez, investigadora del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana (CEDEM). Para interrumpir un embarazo solo es necesario solicitarlo, y si fuera una adolescente (menos de 18 años), debe estar acompañada por uno de los padres o tutores.

Nótese la esterilización del concepto: terminación voluntaria del embarazo. Este “enfoque discursivo” promovió el desuso de la palabra aborto y sus connotaciones peyorativas, a fin de evitar las críticas a su institucionalización, señala Liudmila Morales, profesora e investigadora sobre temas de mujeres, derechos sexuales y reproductivos.

Hasta principios de los años sesenta las señoras y señoritas de alta sociedad se practicaban abortos en clínicas privadas, en condiciones higiénicas, en silencio. Las de clase media recurrían a enfermeras o comadronas. Las pobres lo hacían en cualquier esquina, con permanganato, con un perchero. Y se morían: las cifras de muerte materna a causa de abortos eran de más de 60 por cada 100 mil nacidos vivos, cuando se declaraban. La inmensa mayoría permanecía callada. “Se podían morir y no decían quién se lo había hecho”, señala el doctor Sosa Marín.

En 2017 la tasa de mortalidad materna debido al aborto fue de 2.6 por cada 100 mil nacidos vivos; o sea, tres defunciones contra 114 mil 836 niños, según el Anuario Estadístico de Salud. El camino hasta aquí comenzó en 1965, cuando se “hospitalizó” la interrupción del embarazo. Ante el alarmante número de fallecimientos, había que hacer algo.

El Código de Defensa Social de 1938 mencionaba tres condicionantes para permitir el aborto, entre ellas, si era preciso para salvar la vida de la madre o evitar un grave daño a su salud. Una interpretación flexible de la excepcionalidad, permitió, sin modificaciones de texto, “dar un giro decisivo según nuestras necesidades de protección de la salud de las mujeres”.

Así lo recuerda el ginecobstetra Celestino Álvarez Lajonchere, en el número cero de la revista Sexología y Sociedad (1994). “La mortalidad materna se redujo rápidamente casi a cero, que era el objetivo específico”.

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Entre sus muchas paradojas, Cuba presenta una situación similar a la de países europeos. Con una esperanza de vida de 78 años, para 2030 tendrá,  junto a Barbados, la mayor población de personas por encima de 60 años en América Latina. El río de la emigración y una tasa de fecundidad baja (1.6 hijos por mujer) figuran también como causas principales del cacareado envejecimiento poblacional.

Desde 1978 no se alcanza la tasa de reemplazo; incluso antes de 1959 ya la Isla clasificaba como país de fecundidad media. Y ahora andan todos inquietos porque dentro de unos años habrá pocos jóvenes para sostener a muchos adultos mayores.

En esa circunstancia, algún pensamiento estrecho (del tipo 2+2=4) podría conducir al cuestionamiento o la negación del aborto.

“Aunque no ha habido una declaración directa contra su práctica, desde hace algún tiempo, intelectuales feministas venimos denunciando diversos intentos de sectores conservadores de posicionarse como interlocutores válidos del debate, como en otros países latinoamericanos”, dice Liudmila Morales.

No obstante, parece casi imposible ir en reversa. “Jamás –afirma Sosa–. Yo me opongo a lo que limite la decisión de hacerte un aborto. Sería tan contraproducente que mañana tendríamos el doble. Está demostradísimo”. Tampoco funcionará “llavear” ciertas puertas. “No, porque se limitaría para un número de personas, y es un derecho de toda la población”, sentencia la doctora Menéndez.

Cuando abordan el tema del envejecimiento, algunos medios suelen emitir conclusiones festinadas, al estilo “embúllense a parir, muchachas, que las necesitamos”. Inclusive se habla de “culpabilización” de las mujeres, pues ahora que estudiaron, ocupan puestos importantes y son dueñas de su destino, ah, entonces no quieren ser mamás.

“La fecundidad no debería volver a niveles anteriores, porque hay un cambio cultural en la idea de hijos, de su bienestar y de la autonomía de las mujeres”, explica Reina Fleitas, profesora de Sociología de la Salud en la Universidad de La Habana. “A no ser que empecemos a ir hacia atrás, y queramos regresar a la época en que las mujeres se dediquen solo a parir y cuidar”.

“Es muy importante entender que la posibilidad de acceder a la terminación voluntaria del embarazo en Cuba respalda los mismos principios que la educación, o igual salario por igual trabajo. Por ende, son derechos y deben garantizarse, más allá de fenómenos sociales que pueden o no afectar a otros grupos”, subraya Morales.

Parte de la solución radica en el mil veces prometido desarrollo próspero y sostenible. “Siempre digo que ojalá todos los niños nacidos en Cuba sean deseados, pero que al mismo tiempo todos los deseados pudieran nacer”, concluye Benítez.

Porque la existencia diaria se encarece como si viviéramos en Nueva York. En la misma casita, con frecuencia, se apretujan abuelos, padres, hijos y nietos, y hay que pensarlo para traer una boca más.

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El doctor Miguel Sosa Marín tiene 70 años y elude el lenguaje “supraóptico y parapendicular”. Lo suyo es la comunicación concreta para resolver el problema. Así les habla a los adolescentes en su consulta. Ahora está obsesionado con el Levoemer, factura nacional de la “píldora del día siguiente”, o anticoncepción de emergencia. Esa constituye una de las puntas de lanza en su trabajo.

“¿Tú crees que la mujer cubana es boba? Yo te digo que con esto evitas embarazarte, y tú más nunca en la vida te sometes a un aborto, ni a una anestesia, ni a un Misoprostol. Luego tenemos tiempo para modificar la conducta sexual; ahora no te embaraces”.

Incluso estando disponible, el Levoemer no pertenece a la privilegiada zona del conocimiento popular. Por eso debe organizarse una campaña, “igualita que la del zika o el chicungunya, pero con la pastillita esta”.

Si mañana nos “qatarizamos”, si nos volvemos como Qatar, Sosa vaticina que la fecundidad será igual o menor. Los estudios demuestran que las migrantes cubanas en Estados Unidos tienen la misma cantidad de hijos, y hasta menos, que las residentes en la Isla.

“No se vayan por la tangente de si en Cuba hay mucho o poco aborto”, dice. “Mira, en estos países de la región yo he visto abortos incompletos, y los médicos se niegan a hacerlo por un problema de leyes o qué se yo, y la mujer se muere porque no tiene derecho a abortar. Eso no tiene comparación con lo que estamos discutiendo aquí”.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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