Abracemos a Calu Rivero

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Hubo un tiempo en que Calu Rivero era motivo de noticia casi todos los días: si se cortaba el pelo, si anunciaba su pase al veganismo, si le dolía una muela o si decidía dejar de tener WhatsApp para encontrar paz en su vida. Las notas eran cortas: apenas dos párrafos. Y casi siempre una foto sugestiva: no importaba mucho de qué hablaba, importaba verla.

Hubo un tiempo en que Calu Rivero protagonizó ficciones en la tele, películas en el cine y era el modelo de cómodeberíamosvernoslasmujeres: flacas, frescas, lindas, sanas y sonrientes. Y firmes, bien firmes.

En todo ese tiempo, nunca supimos si Calu quería estar en ese lugar. O si sólo tiraba un tuit para sus fans contando que se había vuelto vegana o si sólo dijo en un tramo de una entrevista que ya no usaba WhatsApp. Nunca supimos si ella hubiese elegido una foto ligera de ropas para ilustrar la noticia de su veganismo. Ni siquiera sabemos si pensó que eso iba a merecer una nota incluso más importante que su papel en una telenovela. Nunca nadie se lo preguntó, tampoco.

A la catarata de notas sobre Calu Rivero le siguió un hermetismo extraño: ya no supimos día por medio sobre su vida.  De vez en cuando nos enterábamos que estaba de vacaciones o tocando como DJ en algún boliche. Supimos que se había ido de la última telenovela que protagonizó y ya no volvimos a verla ni en la tele ni en los medios que solían bombardearnos con sus fotos.

Supimos, también, casi como un murmullo, que Calu había tenido un problema con su compañero de elenco, Juan Darthés, y que por había decidido renunciar a la novela.

Y luego, de nuevo, el silencio.

Un día Calu Rivero volvió  a tener espacio en los medios. Dio a entender que sufrió acoso por parte de Darthes. Nunca lo dijo con nombre y apellido. Pero caía de maduro. Y allí quedó todo.

Ahora Calu está otra vez en la agenda mediática. Si bien ella no había querido judicializar la denuncia, fue el acusado quien lo hizo: la denunció a ella por “daños y prejuicios”. Entonces Calu tuvo que hablar. Y habló: publicó una carta donde contó que estuvo 5 años callada para no tener que bancarse “los agravios que reciben quienes ponen en evidencia la conducta inapropiada de un galán, padre de familia, felizmente casado”.

Calu calló para no ser atacada por los y las que siempre desconfían de la víctima. Por los y las que siempre prefieren dudar y decir barbaridades porque es gratis.

Los medios volvieron a poner el foco en Calu. Pero de una manera machista y condenable. Hablaron de una “dura” y “tremenda” carta. Hablaron de “supuesto” acoso. Hablaron de que Calu hizo “catarsis”. A los medios no les pareció suficiente publicar la carta. Tuvieron que decir que Calu estaba siendo “dura” y “tremenda” con el hombre que la acosó. ¿No habrá sido más duro y tremendo ser acosada y, encima, tener que callar 5 años por miedo a la condena, a la falta de contratos, al ataque violento de los dueños de la moral y las buenas costumbres?

Tanto volvieron a poner el foco el Calu, que varios de ellos ilustraron la nota de la carta con fotos de Calu abrazada con el acusado Darthés. Ambos están semidesnudos. Pero los de la foto no son Calu y Juan: son Natacha y Julián, los personajes de Dulce Amor. ¿Qué clase de morbo idiota hace que alguien ilustre con esa foto? ¿Qué nos quieren mostrar y decir cuando entre párrafo y párrafo de la carta de Calu insertan las “cinco escenas más fuertes de Calu y Darthés”? ¿Qué quieren que encontremos ahí, en esas escenas de ficción entre dos actores? ¿Quién puede ser tan miserable de armar una nota con escenas “calientes” en el contexto de un acoso? ¿Y quién hace click para verlas?

Mientras haya espacio en los medios para vomitar machismo y no para denunciarlo, mientras se siga haciendo foco en nosotras y no en ellos, mientras el mensaje siga siendo para nosotras “algo habrás hecho”, las mujeres seguiremos pensando diez veces antes de denunciar un acoso o un abuso, por miedo a pasar de víctimas a victimarias. Y eso sólo reduciendo la problemática a nuestro lugar privilegiado de mujeres profesionales, con herramientas intelectuales y con contactos para denunciar. Imaginen cómo cala profundo ese mensaje en las otras, en las que no tienen medios ni herramientas ni posibilidades de gritar siquiera. Si para nosotras es angustiante, para ellas es mortal.

Natalia Arenas
Natalia Arenas

Periodista. Egresada de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Feminista. Editora de Cosecha Roja.

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