Argentina: el crimen no resuelto del pueblo de los infieles

Hernán Carbonel – Para Cosecha Roja.-

En marzo de 2005, un hombre fue asesinado en una esquina de Dennehy, un poblado rural de no más de 200 habitantes de la provincia de Buenos Aires. Lo mataron al mejor estilo mafioso: de rodillas, las manos en los bolsillos, un tiro en la frente. Un tal Villegas fue imputado por el crimen. La acusación: que el muerto era amante de su mujer. Dos años después, el juez lo absolvió alegando que el pueblo entero era una “francachela sexual”, que según el diccionario significa “reunión de varias personas para comer, beber y divertirse desordenadamente”. Con “40 personas activas sexualmente”, dijo el magistrado, cualquiera podría ser el asesino. Pero el asunto era más complejo todavía. Detrás del crimen había una trama de chismes, impericia judicial, ineptitud policial y la sospecha de tráfico de drogas.

El pueblo y lo que hicieron

Desde Ruta Nacional 5 hasta Dennehy, en el interior del provincia de Buenos Aires, hay cuatro kilómetros
por camino de tierra. Cuando llueve, es lodazal; cuando hay sequía, polvo puro. Dos, tres, seis lechuzas espían desde los postes del alambrado. Las casas aparecen desperdigadas al azar, como si un aviador hubiera tirado semillas de cemento y hubiesen crecido paredes sin orden aparente. Hay cien habitantes, pocos que se conocen mucho: pueblo rural, infierno grande.

Parte de lo que pasó está en las páginas del diario “El 9 de Julio” del jueves 10 de marzo de 2005. El título decía: “Anoche un hombre recibió un disparo en la cabeza”.

En el texto, la noticia contaba que alrededor de las 0.35 se recibió un llamado a la comisaría de 9 de Julio desde Dennehy. Viajaron la policía y el médico policial, y constaron que Ángel Enrique Palacios, de 36 años, había recibido un disparo en la cabeza.

Palacios murió el 13 de marzo, tres días después. Pero el 8 de agosto de 2005 la historia dio un giro. El informe policial decía:

“Se procedió (…) a la aprehensión de una persona del sexo masculino de 30 años, domiciliado en Dennehy, (…) por cuestiones judiciales y por haberlo ordenado la fiscalía, se reserva la identidad del imputado”.

El nombre que no aparecía en el informe era el de Clemente Oscar Villegas, alias “el Chabón”, que se haría famoso recién a fines de 2007 después del alocado fallo de un juez.

Por esos días, la prensa de todo el país llegó al pueblo, que no se volvía noticia por un crimen sin resolver ni por el hecho de que el único acusado fuese liberado, sino por una serie de deslices idiomáticos.

Según los jueces del Tribunal en lo Criminal Nº 3 del Departamento Judicial Mercedes, en su sentencia del 10 de diciembre, Dennehy era “como un mitológico bosque griego”, “un campo propicio para las francachelas sexuales”: “varios faunos y varias ninfas rurales concretaban clandestina u ostensiblemente sus encuentros amorosos”; “hubo varios celosos Otelos, varias infieles Desdémonas y varios amantes Yagos”.

En síntesis: Oscar Villegas fue acusado de dar muerte a Palacios por ser el amante de su esposa, pero fue absuelto ya que, de querer acabar con las infidelidades de la Lorena, tendría que haber matado a todos los varones sexualmente activos de Dennehy.

Pero el eje de la cuestión pasaba por otro lado: según el juez, el caso era “un verdadero manual sobre lo que no debe ser y hacerse en una Investigación Penal Preparatoria”. Dijo Costía al diario Clarín: “La investigación fue mal llevada. Se apuntó a Villegas cuando otras personas identificadas con nombre y apellido estaban en el mismo rango de sospecha. En la Instrucción se tomó como prueba válida una supuesta confesión en sede policial, cosa inadmisible”.

Los del pago

Raúl Bracco es delegado municipal desde 2005. Casado, un hijo, hace rato que pasó los 60.

-Lo de Palacios no se resolvió nunca –empieza-. Este chico vio algo que no tenía que ver o se quedó con un vuelto que no correspondía. Lo mataron con las manos en el bolsillo, de rodillas y con la cabeza hacia abajo. En la esquina del almacén, abajo esa luz. La muerte de él tiene todas las características de un clásico crimen mafioso. El tiro le entró por la frente y la bala buscó la parte de la nuca: de arriba hacia abajo. Eso es un fusilamiento.

La esquina es la de Acceso Valentín Santarrosa y Domingo Becce. Enfrente, hay un almacén. Una mujer mira desde adentro, a través del vidrio: es imposible no ver desde ahí un fusilamiento nocturno o no oír un disparo de revólver.

-Este fue un caso inédito, fuera de lo normal. El juez salió con esas declaraciones extravagantes y metió a todos en la misma bolsa. Quedamos en la historia por algo que no queríamos. Lo lamentable es que no se descubrió nada. El fallo del juez fue para lavarse las manos, porque no sabía qué hacer. O bien lo tenían apretado los milicos.

Ahora habla de Oscar Villegas,el Chabón, el que estuvo preso:

-Dicen que Palacios tenía relación con la mujer del Chabón. El Chabón lo sabía hacía rato. No era solamente él. Mucha gente iba a tomar mate a la casa cuando el Chabón se iba a trabajar. Se entiende lo que digo, ¿no? El tío de él, Pedro Villegas, fue el que puso la plata para sacarlo.

Pedro Villegas es una figura enigmática, una especie de Al Capone pueblerino. No es de darse a la prensa: “no vas a poder charlar con él, es un tipo difícil”. Fue uno de los tantos que -dicen- andaban “de novio” con la mujer del Chabón (su sobrino). Alguna vez Pedro Villegas dijo de él: “Este pobre pibe fue condenado por guampudo. Nada más que por eso. ¡Una barbaridad!”.

-Yo no creo que Villegas haya matado a Palacios –cierra Bracco-, porque es cagón, es flojo. Para mí, la policía lo enfocó mal. O lo quiso enfocar mal. Para darte un ejemplo: el celular del muerto lo agarró la policía y nunca apareció.

A tres kilómetros del pueblo, la chacra de los Rebottaro Pironio es de ensueño: el pasto bien cortado, altos árboles con buena sombra, pileta de natación, sillones bajo la parra o el alero. El matrimonio vive en 9 de Julio, pero no pasan día sin ir a Dennehy. Y lo conocen.

Jorge Pironio dice que Palacios era “un tipo que no se daba con nadie y hacía cosas sospechosas: andaba de noche, en una moto nueva. La policía descubrió que no la había pagado en cuotas, sino al contado. No trabajaba mucho, hacía changas. Pero se empilchaba bien”.

-Esperaba el tren –sigue Pironio- en el paso a nivel. No el del camino principal; otro, que está más allá, pasando lo del Chabón Villegas. Dicen que a veces el tren para y hay un auto esperándolo, los tipos del tren y los del auto charlan, el tren sigue y el auto se va. Eso de la francachela es un verso. Este es un caso de drogas. Ni la policía ni los jueces ni los fiscales se meten con eso.

Interviene su esposa, Rita Rebottaro:

-Tendrían que haber cercado el lugar donde estaba el muchacho muerto. Nadie cercó nada. Y al otro día vino una motoniveladora y alisó el camino.

Ahora Pironio habla de Villegas -el Chabón, el presunto asesino, el acusado.

-Sabía que su mujer andaba con otros. Es un cornudo feliz. El Chabón había dicho: “cualquier día lo voy a matar a este”. A la policía le vino bárbaro. Es como que se acusó solo. El Chabón es corto de entendederas, no tiene todas las luces. La policía lo apretó y él dijo que sí.

El Chabón y la Lorena

La casa de Villegas es una vieja construcción de ladrillos. Desde afuera se ve un placard sin puertas, piso de tierra, ropa desordenada. Nada que ver con la estación de tren -ahí nomás, a unos metros-, pintoresca, mejor conservada.

Villegas –dice la Lorena, bebé en brazos- está arreglando un techo en una casa vecina. Más allá del campo de soja se ven las tejas, una chimenea, la arboleda que se les adelanta, pero no al Chabón.

-Andá a buscar a tu padre –le pide a uno de los chicos.

El chico va. Ella dice que ahora vienen, pero tardan. Los otros dos juegan con unos gatitos recién nacidos, los tienen en el alfeizar de una ventana.

-Tengan cuidado con los cachorros–dice la Lorena-, no se les vayan a caer.

Ella tiene pelo ondulado, la sonrisa tímida y menguada. Es una mujer hermosa venida a menos, abandonada de sí misma y a lo que la rodea.

Aparece Villegas, el torso desnudo. Saluda, se presenta. Habla y se vuelve un torbellino. Dos cosas parecen interesarle: el poder de los medios de comunicación masiva y la mirada que tiene sobre él la gente del pueblo. Le gusta –se le nota- ser famoso. Lo de él es la verborragia.

-Estoy acostumbrado a que me pregunten por esto. De la noche a la mañana se me vinieron todos. Hay gente que ha escrito barbaridades sobre mí. Yo tuve que enfrentarme a muchos periodistas, muy prestigiosos. Entre todos, Mauro Viale, un tipo con una carrera hecha. Fui al programa, invitado por él. Estuve también con Gelblum. Fue un mal paso que di. Yo no tendría que haber ido a algunos programas, porque son programas humorísticos. Como Casella, que usó esto para reírse tanto de mí como de la gente.

No hace falta que le pregunten. Sigue:

-En marzo fue el hecho. Yo, el día 5 de agosto, caigo. Yo tenía una criatura como esta. Cuando caigo, se me muere la criatura. Estando preso, imaginate. Me partió al medio. Estaba en una comisaría cuando me enteré. Ahí te cae la ficha. Entonces tu vida no depende de vos. Eso es lo que la gente no entiende. Lo de la francachela fue por lo que la gente declaró. Si no fuera por eso, tal vez la historia fuese otra.

-El día que apareció este chico muerto…
-Yo estaba trabajando. Me enteré al otro día.

-¿Lo conocías a Palacios?
-Como no lo voy a conocer. Era amigo mío. Venía acá, a mi casa.

-¿Y todo lo que se dijo sobre tu mujer?
-Duele. Duele. Duele cuando estás preso, cuando tenés que soportar la muerte de un chico, que le hagan un ADN para ver si era hijo mío o no. Mezclaron todo.

-¿Te pesa haberte hecho conocido por esto?
-Te pesa en el sentido del tema trabajo. Pero no te da miedo ni vergüenza.

-¿Y la teoría de que al pibe este lo mataron por un tema de drogas?
-Para la gente que me defiende y está siguiendo la causa, no cabe dudas. A los que lo mataron no les conviene que yo esté libre.

-La pregunta del millón: si vos no fuiste, ¿quién fue?
-Esa es la pregunta que todos nos hacemos. Alguien fue. Algún día lo sabremos.

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