Argentina: se jubiló un informante narco

Por Sebastián Hacher.-

Ese hombre de pelo blanco, bastante entrado en kilos y con aspecto de abuelo apacible, se llama Irineo Ramón Duarte, pero todos lo conocen por un sobrenombre que parece hecho a su medida: Tito. Hasta hace unos días, Tito era un empleado judicial de carrera. A puro permanecer en el sistema había llegado a jefe de Despacho en la Defensoría General de San Isidro, el cargo más alto al que uno puede aspirar en la Justicia sin ser abogado. Le quedaban pocos meses para jubilarse. Con 65 años y varias décadas de trabajo, le habían dado una especie de premio: un puesto en una fiscalía descentralizada en Tigre, donde el movimiento de causas es mucho menor que en los tribunales centrales. Sus compañeros lo veían contento con ese nuevo destino: era el paso previo para una vejez sin preocupaciones.
La semana pasada, Tito fue detenido mientras subía a un auto en la puerta de su casa. Tenía, como siempre, la camisa color salmón con la que solía ir a trabajar. La misma que usaba cuando lo filmaron saliendo desu oficina para entregarle información a un grupo de narcos que hacía delivery de cocaína en las localidades de Tigre y Benavídez.
La investigación empezó como suelen comenzar la mayoría de las investigaciones por narcotráfico: por un llamado anónimo. Si el que hace el llamado es un vecino indignado, una banda rival o la propia policía para blanquear la detención de un dealer que no les pagó tributo, es algo que nunca puede determinarse.
En este caso se siguió el procedimiento corriente: con la denuncia en la mano, se ordenó vigilar el domicilio que figuraba en la denuncia y tratar de documentar una escena de compraventa completa. El grupo de policías que hacía inteligencia en la causa escribió en un parte que en lugar se habían detectado “movimientos compatibles” con la venta de droga y que “sin perder de vista” al comprador –esa es una regla para que el procedimiento sea válido– lo siguieron y lo requisaron a 500 metros del lugar.
–Le compré a Lore, acá a la vuelta –dijo cuando le encontraron una bolsita con cocaína en el bolsillo.
Con ese dato, la Justicia autorizó a intervenir varios teléfonos. En ellos se producían comunicaciones bastante gráficas. Un ejemplo:
–Hola ¿me mandás diez compacts? –dice una voz joven que llamaba.
–Dale, ya te lo mando –contesta del otro lado una voz de mujer.
–Gracia Mara, hasta luego.
Así, varias veces al día: cuando no eran compacts discks, eran empanadas o algún objeto similar. Una mujer apodada Pato y otra Mara –en realidad Marcela Maralia Brandon, de 35 años de edad– eran las cabecillas del grupo. Detrás de ellos había todo un grupo de jóvenes, en su mayoría adictos, que se encargaban de entregar los pedidos en bicicletas o en un destartalado ciclomotor negro El marido de Mara ponía mano dura cuando alguno de ellos se salía de la raya.
Los diálogos más jugosos que figuran en al causa son de Mara con sus propios empleados. Otro ejemplo:
–Si te querés abrir juntá más plata. Si no tenés, seguí laburando. Donde la sigas cagando te voy a ir arrancando un billete.
Así negociaba con uno de sus empleados. Un adicto que se había tomado la mercadería que le tocaba vender.
Este tipo de investigaciones suele durar un mes. Cuando hay datos suficientes, la policía escribe un parte y lo lleva a tres destinos: al juez de garantías, al fiscal y a la defensoría oficial. Entre la entrega de esos partes y el dictado de las órdenes de allanamiento puede pasar más o menos una semana.
En el caso de esta banda –que no tenía una gran estructura–, cada vez que se ordenaba un allanamiento, los investigadores se encontraban con un lugar vacío. Ahora se sabe que desde abril de 2011 usaron al menos ocho domicilios distintos, y que se fueron moviendo de zona gracias a la información que les pasaba Tito.
En la mesa de entrada de la Defensoría, Tito era el encargado de recibir los partes policiales. Cada vez que encontraba algo que involucrara a la banda de Pato y Mara, lo fotocopiaba y se guardaba la información. Todos los jueves y viernes, Pato iba hasta la oficina de la Defensoría, entraba, llamaba a Tito y salían los juntos. Los demás empleados judiciales no podían evitar la escena: el ciclomotor en el que llegaba Pato no tenía patente y parecía un milagro que se pudiera mantener en movimiento. Tan roto estaba, que cuando sus dueños lo dejaban estacionado en la puerta de la oficina de Tito ni se preocupaban por ponerle un candado.
Al irse repetían siempre el mismo ritual: salir de contramano por Avenida Entre Ríos, acelerando y dejando tras de si una estela de humo espeso.
Ese ciclomotor, ahora se sabe, es el mismo que la banda utilizaba para hacer el delivery de cocaína.
El 25 de noviembre, una cámara de seguridad de la Municipalidad de Tigre filmó el encuentro entre Tito y Pato en la puerta de la oficina. También documentó la relación entre las llamadas de teléfono que recibían las dealers y las bicicletas que salían a entregar los pedidos.
Con esos elementos, la Justicia ordenó varios allanamientos y la detención de Tito. En la mayoría de las casas investigadas encontraron algunas armas y cocaína: en total, poco menos de 300 gramos, a veces fraccionado en paquetes de menos de un gramo.
Tito fue detenido y filmado por las cámaras cuando salía de su casa para subir a un auto. En su poder, los investigadores encontraron un parte policial. Era el próximo dato que pensaba venderle a la banda.
Entre los detenidos estaba Lorena, nombrada en varias escuchas y por los compradores. Tanto ella como su novio declararon que eran adictos, y que trabajaban para sus proveedores como forma de mantener el vicio. Lorena, de hecho, hasta pocos meses antes había vivido en la calle. Jhoanna, otra de las detenidas, tiene 21 años. Es la hija de Mara. Mientras le hacían las preguntas de rigor, la chica parecía un poco nerviosa. Le tomaron sus datos personales y, cuando le preguntaron la actividad de su madre, no dudó en decir: narcotraficante.
Tito, veterano en el oficio de los procedimientos judiciales, se negó a declarar. Sus colegas lo notaron sereno pero con un dejo de asombro en el rostro. Nunca se imaginó que, al final de su carrera, iba a pasar del otro lado del mostrador.

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