Las muertes evitables

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¿Sabes cómo entrenan a los gatos para que controlen sus esfínteres? Les hacen meter las narices en su propia mierda. No les gusta, así que usan la caja.”

Tenemos que hablar de Kevin – 2003

 

¿En qué piensa alguien que premedita una matanza? 

Hace días que esa pregunta me ronda en la cabeza.

Luego de leer varias notas sobre el asesinato de 17 personas en una escuela de Miami y el apresamiento del asesino, Nikolas Cruz, de 19 años,  evidencio que por fin algo nos hermana con la adoración que profesan muchas personas con EEUU, país que para muchxs es algo así como el ideal.

La estupidez y la inacción son  dos  puntos en común.

Como podemos leer cada vez que sucede algo parecido –un masculino ingresa armado hasta los dientes en una institución y mata a todxs los posibles hasta que lo matan, se suicida o se va a un Mc Donalds hasta ser apresado- los patrones no dejan de repetirnos historias que podrían intercambiarse: la mayoría han dado signos por años o meses de desequilibrios de todo tipo.

Manifiestan atracción extrema por armamentos, entrenamientos militares y  lanzan proclamas y amenazas por redes sociales. Han sufrido pérdidas significativas: los han echado de colegios y trabajos, de carreras, de convivencias. Han sido denunciados. Pero nada alcanza. Personas que durante meses han planificado llevar a cabo una matanza una mañana se despiertan, se visten y lo llevan a cabo. Suelen conocer los territorios y su funcionamiento–Cruz activó la alarma sabiendo que todxs sus ex compañerxs debían salir en filas- y conocen las rutinas porque han pertenecido al mismo sistema que los expulsó en cierto momento pero luego se olvidó de ellos. En este último caso el FBI ha quedado fuertemente cuestionado, ya que no prestaron atención a las denuncias previas sobre amenazas proferidas por Cruz: llevar a cabo una matanza escolar, como lo hizo el 14 de febrero.

Chats posteriores describen al asesino como “racista, homofóbico y antisemita”. También se ha comprobado que era violento con su ex novia –alumna del mismo colegio- y fue expulsado por agresión contra la nueva pareja de la chica. Al sistema “perfecto” nada parece haberlo alertado como para aunque sea citarlo a una entrevista con algún equipo de salud: el colegio lo expulsó y listo. El problema es de otros.

¿Pueden las armas estar relacionadas con la masculinidad en estas personas generalmente aisladas socialmente? Podría pensarse: sectas, grupos racistas, marginales de todo tipo suelen captar este tipo de personas. Cruz no interactuaba, no tenía comportamiento adolescente, se aislaba y era pésimo en rendimiento escolar. No hay evidencias de que sufriera bullying. Simplemente lo evitaban.

¿ Puede relacionarse el “armarse” como producto de la segregación? No podría afirmarlo. Creo que lo que sí podría pensarse es que “armarse” da un cuerpo, un ser, un nombre a personas que se sienten afuera del sistema. Y el sistema funciona reafirmando la exclusión:  Cruz y la mayoría de los asesinos de masas han sufrido pérdidas. El sistema allí saca el cuerpo, se excluye del problema y lo delega en otros. ¿Cómo podríamos pensar que una expulsión escolar genere algo bueno en una persona? ¿Como imagina ese sistema que adolescentes expulsados del colegio toleren la frustración a las pérdidas?

Al mismo tiempo, cuando esos mismos adolescentes padecen conductas agresivas por parte de sus compañeros y pares el sistema no escucha, no ve, no actúa. Espera, podríamos decir, sacarse el problema de encima: porque las conductas problemáticas comienzan temprano y van pasando etapas. Que pase a la etapa siguiente: la universidad, asaltar un banco, matar a 17 personas. Ya no mi problema.

Esa rabia, esa segregación es bien aprovechada por minorías en los márgenes: armamentistas, supremacistas blancos, violentos en lo cotidiano, homofóbicos, racistas. Que con la fabulosa herramienta que es Internet conectan fácilmente y alojan el odio. Una bronca momentánea se va transformando así en un caldero: se cuece lentamente hasta que el fuego sube. Y cuando quema mucho explota, no contra sí mismo, sino contra cualquiera. Porque la mayoría de los asesinos no mata ni apunta contra el sistema y sus representantes: mata a sus pares, debilitados ante la impunidad de armarse hasta los dientes y sorprender. Porque los asesinos de masas son cobardes, hay que decirlo: no pelean contra un sistema que consideran injusto, sino que luego de asesinar a los posibles se suicidan o –como Cruz- se declaran culpables judicialmente tratando de evitar la pena de muerte. Dato por demás interesante: cuál es la perspectiva de pasar la vida en una cárcel? Posiblemente la fantasía de encontrar alojamiento, un lugar, un cuerpo.

Cada día recrudecen las violencias. En un secundario de CABA dos adolescentes de 15 y 14 años sostenían una relación de noviazgo con varios episodios de violencia, hasta que él le rompió el celular a ella y le mordió un brazo.  Intervenir en las violencias cotidianas no es simple: hay que llamar a varios números que asignarán, cuando puedan, a algún equipo “especializado”.  En tanto, la chica fue cambiada de turno hasta que sus padres, hartos, la cambiaron de colegio: el chico fue internado antes de finalizar el año escolar: atacó a otro adolescente con una navaja. El equipo “especializado” no llegó nunca.

En una cárcel de Salta un femicida –ya condenado a perpetua- irá a juicio por su segundo femicidio: mató a su segunda mujer, madre de su bebé. A ambas las mató en la cárcel, durante las visitas íntimas. ¿Nadie detectó la patología?

Lo que quiero decir es que es necesario que el sistema se constituya como un cuerpo y por lo menos entienda que las violencias avisan, notifican, dan el visto. Las personas no se convierten en monstruos, animales, asesinos en un momento. Las personas son personas aunque maten.

Que Nikolas Cruz haya sido adoptado y que sus padres adoptivos hayan muerto no explica que haya matado a 17 personas, si tal vez su intercambio con grupos preparados para aprovechar las debilidades de personas en pos de “ideales” dañinos y sectarios.

Pero que Nikolas Cruz en vez de haber sido denunciado varias veces hubiera sido escuchado en cuanto a sus padecimientos tal vez hubiera evitado que buscara su autoestima en armarse, entrenarse y matar.

Vivimos en un mundo complejo, donde evidentemente nos cuesta tremendamente escuchar los padecimientos –mentales, amorosos, emotivos o lo que fuera- del otro.

En Argentina una mujer muere cada 30 horas víctima de un cercano, de un conocido, de un hombre.

Hacemos marchas, carteles, posteamos, armamos grupos. Incitamos a que denuncien, llegamos a la televisión.

Pero falla la red cercana, el sistema que debería contener y entender la gravedad de los hechos.

El FBI también falló: no es necesario ir a Miami para ser iguales al primer mundo.

En las fallas nos unificamos: somos estúpidos, inútiles, sordos.

Y en esas fallas los asesinos de masas y los femicidas montan el escenario y actúan.

Maten de a 17, o de a una.

 

Miriam Maidana
Miriam Maidana

Psicoanalista, investigadora UBACyT en Consumos Problemáticos.

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