Código Rosa, 17 relatos sobre el aborto

codigorosa

Cosecha Roja.-

“Vivo en un cuarto de pensión. Tengo veinte años. Trabajo doce horas y me pagan 95 pesos al día. Mi novio es de Bolivia igual que yo. Me descuidé. Me cuido con los días pero me equivoqué. Empecé a tener asco, náuseas, mareos. No me venía. No estaba preparada para tener otro hijo”. Camila es la protagonista de “Salir adelante”, una de las 17 historias ficcionalizadas de mujeres que interrumpieron su embarazo en 2012 con el acompañamiento del colectivo feminista La Revuelta de Neuquén. Juntas forman el libro Código Rosa, relatos sobre abortos escrito por Dahiana Belfiori. “La idea era mostrar con las historias -salir de los lugares adonde siempre llegamos las activistas- y acercarnos a través del arte”, dijo a Cosecha Roja la militante de Socorristas en Red, una organización que ayuda a las mujeres antes, durante y después de abortar con pastillas.

Las militantes de la Revuelta le propusieron a Belfiori hacer Código Rosa en 2012: durante un año y medio no paró de trabajar. La escritora oriunda de Rafaela, Santa Fe, entrevistó a las mujeres que recurrieron a las socorristas durante los abortos. Para ella los “socorrismos” son una forma más de exigir la despenalización del aborto. Y también lo es este libro. “Queremos dar a conocer lo que venimos haciendo hace cuatro años”, dijo.

La socióloga Nayla Vacarezza escribió en el epílogo que en cada historia de Código Rosa se abren nuevas formas de experimentar, pensar y sentir el aborto. “El horizonte es la transformación de un paisaje social hostil e injusto en otro más equitativo donde el aborto sea, por fin, legal, seguro y gratuito”.

“Yo sé que me va a doler mucho toda la vida. Hubiera estado sola y con un hijo más. No hubiese querido que suceda eso. Uno más. Quiero salir adelante acá en Neuquén y trabajar por mi hijo para que no le falte nada. Salir adelante, mejorar mi modo de vivir, que no nos falte nada, ni a mí ni a mi hijo. Salir adelante. Eso quiero”.  Así termina el relato de Camila.

“Me hubiese gustado que un libro como este cayera en mis manos. Saber que podés abortar en tu propia casa, acompañada de quien quieras o, si querés estar sola, del otro lado de la línea telefónica hay Rosas que te escuchan y te apañan. Código Rosa hubiera hecho más libre y menos temerosa mi adolescencia. Y seguramente hará más libres y más valientes las cabezas de todas las mujeres de cualquier edad que se zambullan en sus páginas”, escribió Selva Almada, la autora de Chicas muertas, en el prólogo. Con ilustraciones a cargo de Luis Acosta y Gisela Martino, el libro se consigue en la tienda virtual de la editorial La Parte Maldita.

Dahiana Belfiori

Leé el relato de Camila acá.

Salir adelante

Silencio, ante cada pregunta un breve silencio y luego palabras, limitadas casi a un sí o a un no que se oyen en esa ambigüedad habitada entre la firmeza y la duda. De ser muy necesario agrega una sucinta explicación. Es como si no pudiera decir más que lo justo o que hubiera aprendido a medir el habla. Ella parece dar cuenta de los poderes ocultos de esos monosílabos, dominando sus significados. ¿Qué es un sí? ¿Habrá que agregar algo más ante una palabra tan rotunda? ¿Y ante un no? Luego, siempre, el silencio. Intento imaginar voces en su cabeza. Las imagino desde la mía, llena de ruido, de ebulliciones, de ganas de hablar. ¿Tendrá ganas de hablar? ¿Hablará de sí misma con una amiga, con su madre? ¿Le contará a su hijito de sus excursiones en tierras lejanas? ¿Podrá contarle su vida? ¿Creerá que no tiene importancia? Ella anda calladita y al escucharla así mi propio ruido adquiere una densidad de plomo.

Camila tiene los ojos llenos de tierra. Esa tierra que inunda los ríos haciéndolos torbellinos de barro durante el verano. En enero del 2011 viajé a Bolivia, la tierra que Camila porta en su mirada. Fue un viaje largamente esperado y soñado por mí. Buscaba algo, en rigor siempre se viaja en busca de algo que puede o no estar definido de antemano: descanso, aventura, conocimiento. A veces también un viaje es una manera de huir. Camila viajó a Argentina. ¿Buscaba algo?, ¿huía de algo? En su itinerario llegó al sur. La veo entregada al paisaje que se le ofrece tras la ventanilla de algún colectivo, la imagino añorando: con dieciocho años conoce el alcance del destierro. Lo puede medir en horas, en miles de materiales horas. Cuando estaba en Bolivia tuve una postal única del silencio: una mujer con su característico aguayo colorido y sus largas trenzas estaba sentada sobre una roca observando la pequeña extensión de tierra que florecía bajo sus pies. Permanecía quieta y muda sin embargo todo en su cuerpo era de una intensa elocuencia. De mis ojos cayeron lágrimas, no me di cuenta de eso hasta un par de horas después cuando pude volver a escuchar mi voz. Me oí decir ‘gracias’ en el vacío y la cara se puso tirante, como si la sal del mar hubiese hecho su trabajo sobre mi piel. Pero en Bolivia no hay mares. El mar lo traía adentro y me había desbordado. Al llegar escribí un texto sobre la experiencia de ese viaje: “En la tierra en que se cultiva la sagrada hoja de coca, el cielo no se besa con el mar en la línea del horizonte. Lo ocupa todo; es el horizonte mismo haciéndose infinito en su presencia.” Pienso que quizás sin esa experiencia, que me transformó, me hubiera costado comprender el silencio de Camila. Me hubiera apresurado a juzgarla. El relato que escribí en aquella oportunidad finalizaba con una especie de invocación: “De arcoíris están hechos los aguayos y los caminos. Ella los recorre mientras se va despojando de ciudades y llanuras, y va dejando un luminoso rastro de arena en esa tierra crespa sin ruido de mar. Sentada sobre una roca, contempla el lago y garabatea las últimas líneas antes de enmudecer por lo que reste del viaje: Tanta palabra para aprender la música del cielo. Tanta palabra para inspirar el silencio.” Aun así Camila habla, decide ser entrevistada por Rosa. Rompe el silencio con el silencio.

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Vivo en un cuarto de pensión. Tengo veinte años. Trabajo vendiendo ropa y con eso salgo adelante. Quiero otro trabajo pero sin documentos es difícil. Trabajo doce horas y me pagan 95 pesos al día. Mi novio es de Bolivia igual que yo. Me descuidé. Me cuido con los días pero me equivoqué. Empecé a tener asco, náuseas, mareos. No me venía. No estaba preparada para tener otro hijo. Mi hijo está con mi mamá en Bolivia, tiene dos años y medio. Una amiga de acá me dijo que había abortado una vez, con ustedes. Le dije si me favorecería en darme el número por si algo me pasaba. Se lo pedí cuando me pasó. Sentí nervios cuando llamé, pensé que iban a reñirme. Y no, sólo estaba preocupada por lo que me iba a pasar. Cuando las usé lloré porque no quise hacerlo. Me dolió lo que hice. Pero tenía que hacerlo porque no estaba preparada. Nadie se enteró. Solo las usé. A mi novio tampoco le conté. Pero luego se enteró, porque ya está, ya lo hice. Dijo que estaba bien, que no nos conocíamos muy bien, que era muy pronto para tener un hijo. Ese día sólo me volví débil, lo que menos me importaba era si me dolía o no. Me debilitó porque boté harta sangre. Tuve miedo de ir sola, por eso no fui al hospital, tuve miedo a que los doctores se enteren de lo que estaba haciendo. Yo había abortado en Bolivia una vez. Tenía dieciocho años, pero no sé si fue aborto o retraso porque en la farmacia me pusieron una inyección y me vino normal. No hubiera querido que me pase. Yo sé que me va a doler mucho toda la vida. No hubiese querido que sufra, capaz que algún día con él ni estemos juntos. Hubiera estado sola y con un hijo más. No hubiese querido que suceda eso. Uno más. Con mi hijo siempre sola, nunca me junté ni me concubiné. Siempre sola estudiando y con mi hijo con mi mamá cuando estaba en Bolivia. Voy a ir al control ahora, allí me trataron bien, me pusieron el DIU. Está bien eso, no está bien sentirse mal si abortás. Hay mujeres que quedan embarazas seguido seguido seguido y tienen muchos hijos y no saben cómo mantener. Allá no me cuidaba porque no tenía novio y no tenía relaciones sexuales. Y si me enamoraba era enamorar ¿pero vas a tener relaciones sexuales?, no. Quiero salir adelante acá en Neuquén y trabajar por mi hijo para que no le falte nada. Salir adelante, mejorar mi modo de vivir, que no nos falte nada, ni a mí ni a mi hijo. Salir adelante. Eso quiero.

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Es necesario retomar, insistir pero sin forzar. Rosa charla con Camila, la escucha. Lo que aparece aquí como monólogo es un artilugio que me permito para comprender el silencio, pero sobre todo para comprender la decisión de romperlo. Cada oración es una respuesta a una pregunta concreta. Así como ante la presencia de un poema Adrienne Rich en “Artes de lo posible” plantea la ruptura de un silencio que existe, así también para cada frase de Camila valen las mismas preguntas: “¿Qué tipo de voz está rompiendo el silencio, y qué tipo de silencio se está rompiendo?”

No sé qué decir. Urge aprender a escuchar.

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Cosecha Roja
Cosecha Roja

Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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