Costa Salguero: qué pena la muerte

pastillasEn 2006 comenzó a estudiarse en UK a un hombre. El protocolo se llama “Mr. A: El hombre que tomó 40.000 pastillas de extásis durante 9 años”. Mr. A consultó luego de 7 años sin tomar extásis: tenía problemas mentales –paranoia, depresión, alucinaciones, pérdida de memoria- y físicos: problemas musculares que se cronificaban.

Tomé conocimiento de él porque en el Servicio donde trabajaba en aquel momento habíamos recibido un par de casos derivados de guardia por consumos de las llamadas “drogas de diseño”: extásis, ketamina.

Y no sabíamos mucho que hacer, ya que los síntomas eran muy parecidos a cuadros de brote psicóticos: estados de excitación psicomotriz, alucinaciones, palpitaciones. Con la escucha nos fuimos dando cuenta que no, que había que dejar que “baje” el estado de intoxicación por consumo y ahí ponernos recién a escuchar. La característica principal de las drogas de diseño es que son de “laboratorio”: son químicas. La otra característica a destacar es que la sociedad no las considera “problemáticas”, ya que sus usuarios no roban, no molestan, no se internan y se escapan, no son perseguidos por la policía.

El consumo de drogas de diseño en Argentina se segmentó en un público de alto poder adquisitivo. De hecho asistir a una rave como la organizada por Time Warp el 15 y 16 de abril costaba entre $ 550 y $ 1000 cada entrada, llegando a los $ 16.000 por un VIP. Se anunciaba el agua a $ 60 (adentro terminó costando $80) y a eso hay que sumarle los gastos de traslado: combis, remises, estacionamiento de autos, etc. Esto es interesante, ya que las raves se originaron en Inglaterra y fueron la respuesta de los jóvenes desempleados y “no future” a la política de Tatcher: consistían en ocupar un galpón (generalmente de ex fábricas abandonadas), llenarlo de parlantes que llevaban de sus casas y juntarse a bailar. El consumo de drogas de diseño estaba asociado a poder “aguantar” la duración de las fiestas (más de diez horas) y seguir el ritmo musical, además de “colocarse” (no solo por las fiestas, sino por la realidad que enfrentaba Inglaterra en esos tiempos).

En Argentina las drogas de diseño comenzaron siendo un consumo muy segmentado: GHB, GBH, Popper, lanzaperfume, extásis. La clase consumidora era una tribu determinada: la que asistía, escuchaba y/o producía música electrónica. No había consultas en servicios de Salud Mental por su uso: ni siquiera las familias lo consideraban “consumo problemático”. Insisto en el eje: no son usuarios “molestos”. Y muchas personas consideran su consumo como “inofensivo”.

Los trabajadores de Salud Mental veníamos advirtiendo que no era tan así: chicas que aparecían filmadas en videos pornográficos sin recordar nada de lo acontecido o personas robadas luego de que les pusieran GHB o GBH en sus bebidas, conocidas como “rape drugs” porque provocan el mismo efecto que el alcohol en exceso pero sin efectos secundarios –no se detecta en sangre, no hay aliento etílico. Un pibe muerto por sobredosis de Algispray en Va. Gesell durante el verano del 2006, adolescentes ingresados con cuadros de deshidratación y gravedad en distintos hospitales por ingesta luego de asistir a fiestas, el caso de los dos estudiantes muertos en el Colegio Marianista de Caballito, dos jóvenes muertos por sobredosis de ketamina en Ramos Mejía y Haedo, y así seguimos hasta llegar a los 5 muertos y 5 internados en grave estado tras la fiesta del pasado viernes 15 de abril.

No hay estudios de efectos a largo plazo del consumo de drogas de diseño: el protocolo de Mister A. aún no ha concluido. Eso no significa –y quiero enfatizar este punto –que el consumo a corto o largo plazo no tenga consecuencias. No se sabe. Debemos hacernos cargo de esto.

Para los que se “espantan” con el consumo de Paco en Argentina les aclaro: el consumo más sostenido en nuestro país, la peor droga, es el alcohol.

Y que los chicos que consumen drogas de diseño estudien ingeniería en Universidades privadas no los exime de terminar en una morgue o con problemas neuronales, físicos y psíquicos.

Fue notable como muchos comentarios de la noticia hacían hincapié que algunos chicos convulsionaban en el piso y a su alrededor continuaban bailando en una fiesta con más de diez mil personas.

Si es un consumo ni siquiera registrado como “peligroso” por autoridades y adultos, ¿por qué suponen que adolescentes y jóvenes deban hacerse cargo de cubrir la falta del sistema que debería protegerlos, y no permitir que se cierren las canillas así pagan $ 80 una botellita de agua mineral que en un supermercado sale $ 8?

¡Oh, qué sorpresa! ¿En serio les cortan el agua?

Sí, hace diez años que se las cortan en las raves y fiestas electrónicas. Así como también cualquier estudiante de química puede fabricar “pastis” sin ningún tipo de control y venderlas en las fiestas.

En Europa hay unas maquinitas sencillas: se pone la pastilla que se va a consumir y la máquina indica el grado de pureza que tiene.

Acá hay otra maquinita sencilla: les dicen a los jóvenes “No se droguen”.

Y luego habilitan fiestas a las que asisten más personas que las permitidas, donde no se vende alcohol porque al combinarlo con la ingesta de drogas de diseño puede ser mortal. Se vende agua mineral a precios astronómicos.

Y, como siempre, luego se enuncia la batalla contra las drogas.

Miriam Maidana
Miriam Maidana

Psicoanalista, investigadora UBACyT en Consumos Problemáticos.

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