Crónica mexicana: “Un buen hermano”, de Carlos Sánchez

Carlos Sánchez.-

Sóstenes es introvertido, observador, inquieto, interesado en la lectura. Edgar Allan Poe es de sus autores predilectos; en ocasiones lo cita en pláticas de rutina, otras veces retoma líneas textuales para la construcción de cartas que escribe a su hermano muerto.

Por la muerte de su hermano, Sóstenes vive preso: de un balazo en la cabeza cegó la vida de su carnal; el móvil, un Yeta de modelo atrasado.

Lleva en su rostro, por su edad la inevitable presencia del acné, como en su mente el recuerdo a cuenta gotas del acontecimiento que transformó su vida.

Pero yo ya hablé con mi carnal, sabe que le estoy echando ganas, que ya todo bien. Palabras de Sostenes que parecerían venir de su delirio.

En charlas se desplaya y conjetura que tenía un buen hermano, que lo supo momentos después de que la bala disparada le reventó la cabeza. También ha confesado, por la camaradería que uno de sus maestros le inspira, que cuando tenía el cuerpo de su carnal sobre la arena del desierto, listo para echarlo en el hoyo, hubo un instante en el que se fue de retro y observó todas las cosas chilas que habían vivido juntos. La conclusión que lo empezó a llenar de miedo fue que tenía un gran hermano, pero el paso estaba dado y había de cargar con el contenido del costal y su peso.

En el área de visitas de la prisión, una tarde cualquiera, Sóstenes sintió la necesidad  de conversar con el maestro de literatura.

No sé ni por qué, pero quiero decirle la neta, lo que ni a las sicólogas les he dicho.

Allí Sóstenes habló siempre observando los ojos del maestro.

Le dije a mi carnal que agarrara para él el carro, que se lo regalaba. Ya estaba harto de estarlo arreglando de una cosa y de otra y que nunca quedara bien. Mi hermano lo arregló y cuando lo vi paseándose en él le dije que me lo iba a pagar. Entonces me dijo que yo se lo había regalado, y le dije no te pongas en ese plan, me lo vas a pagar porque es mío. Mi carnal se aferró, hicimos un zafarrancho, pero como en la discusión estaba un tío y estaba muy gandalla, sabía que si me ponía a los trompones me iba a ir mal; mejor me calmé.

Me fui de allí con un chingo de coraje porque sentía que me estaba ganando. Aunque yo le había regalado el carro, me daba mucha envidia verlo arriba de él. Hice como si nada hubiera pasado, y en una de ésas le dije que quería platicar con él, que todo bien. Mi carnal capió y vino lo culero.

Nos trepamos en el carro; él iba manejando. Yo ya traía la onda de quebrarlo, como le había comentado a un camarada un día anterior. Sabes qué, lo voy a quebrar, le dije. Él me dijo: Es tu carnal. Pero no hay pedo, le contesté.

Íbamos por la calle cuando le pegué el cuetazo en la nuca. Al caerse por el madrazo estuvimos a punto de chocar. Como pude lo jalé, hice malabares conduciendo el carro para no estrellarnos, me subí encima de él; iba tirando un chingo de sangre. Yo le seguía leyendo la cartilla, y te va a llevar la verga, te dije que no te pasaras de lanza, que no sabías hasta dónde podía llegar, le gritaba como si me estuviera oyendo. En una de ésas volteé a verlo y su cara estaba a un lado de mi hombro; tenía los ojos volteados. Le pegué un putazo en la frente con la palma de la mano, no me peles los ojos, no me peles lo ojos, le reclamé mientras seguía manejando hacia la casa de mi compa.

Llegué al cantón del camarada y le dije que ya traía a mi carnal, que ya lo había reventado; él se asomó al carro, lo vio y se asustó: es un chingo de sangre, dijo. Entonces le recordé que se había apuntado a hacerme el paro para desafanar la bronca; ése era el trato para saldar el favor que yo le hice cuando él me pidió que lo hiciera fuerte con una bronca que tenía con un bato; yo le hice el paro y él no podía dejarme abajo. ¿Qué paro?, uta madre, otro cabrón que quedó en la playa, lo chacaliamos a marrazos, luego te cuento.

El compa sacó una pala y me la dio; se suponía que me seguiría la cura, pero no fue así. Me dijo que su jefita estaba enferma y que si él se abría de su casa ella se iba a agüitar. Por eso no me hizo valer.

Me aventé el tiro solo, acomodé a mi carnal de manera que nadie lo viera. Era de noche. Me lo llevé al desierto, mucho más allá de donde está la peni del puerto. Desesperado hice un hoyo grande, porque mi carnal estaba grande; fui por él al carro, lo bajé como pude; estaba muy pesado. Antes de echarlo, no sé por qué pero subí la vista al cielo y me encontré un chingo de estrellas, muchas, como nunca antes había visto en mi vida. Me quedé no sé cuánto tiempo observando. En ese momento fue cuando recordé todo lo bueno que había vivido a lado de mi hermano; me di cuenta que era bueno. ¡Mi carnal era bueno, mi carnal era bueno! Reflexionaba y veía todas las veces que me cuidó, que me defendió. Me quedé ido y sin darme cuenta, sé que suena raro, sin darme cuenta supe que debía morirme. Cuando regresé del viaje ya estaba hincado al lado de mi carnal, y había tratado de quebrarme, no merezco vivir, me había dicho, y fue que me puse la fusca en la chompa, pero cuando jalé del gatillo la fusca estaba despegada de mi cabeza como unos cinco centímetros, no sé por qué, ya Dios, o el diablo, no quiso que me muriera.

Guardé la pistola para hacer lo que tenía que hacer. Metí al carnal en el hoyo y lo empecé a enterrar. En cada palada de arena para cubrir el cuerpo sentía un escalofrío machín; se oían aullidos de coyotes, ladrar de perros, y en cada una de las paladas que daba los aullidos eran más fuertes.

Fue una pesadilla, pero la tenía que vivir; yo la había inventado y ya estaba en ella. Me fui al puerto, busqué a mi compa para regresarle la pala, le pedí quebrada de dormir en su casa pero no se hizo, me dijo que había unas broncas, entonces le pedí unas cobijas para irme a dormir a un baldío, el bato me dio un par de bellonas, las acaricié para que me acariciaran y me quitaran el frío. Me estacioné en un baldío cerca de la casa de mi camarada, cerré los vidrios del carro. Hacía todo mi esfuerzo por dormir, pero no se hacía. En el intento estaba cuando cerré los ojos bien fuerte, para ver si así lograba dormirme, pero ni madre. Más gacho fue cuando en una de ésas sentí y oí que tocaron la ventana que estaba a mi izquierda. Se me pararon los pelos, porque además de que estaba bien oscuro. No había nadie, nadie, pero la neta que yo sabía bien que quien estaba tocando era mi carnal.

Me puse lanza y prendí la nave. Me fui a un cantón abandonado. Allí le había caído muchas veces cuando me salí de mi casa; entré y me acosté en un sillón viejo que estaba en el segundo cuarto, me tapé con la cobija y todavía me puse en los ojos la bufanda de mi carnal para que no me molestara un rayo de luz que venía del poste de la esquina y se colaba por el hoyo que abría una loseta caída. Llegaron muchos recuerdos, hasta que me cansaron y me quedé dormido.

Desperté unas dos horas después; ya había luz. Fui en busca de mis compas; los subí al carro. En el tablero había unas obleas; se las regalé. También había unos casetes, a los morros les gustaron y me puse guapo, se los rolé. Andaba espléndido, complaciente, escuchando música a toda madre, para esto yo ya había limpiado toda la sangre, y la neta quería que todo se me olvidara de una vez, ya no quería seguir pensando en mi camal, ni en las estrellas ni en los coyotes ni en los perros.

Al rato los bajé del carro y me tendí por el compa de confianza, el que me había brincado a paro con las cobijas. Le dije que ya el pánico me estaba dominando. Cuando se trepó en la nave, le dije que nos desafanaríamos del carro porque estaba caliente y pronto lo empezarían a buscar. Nos fuimos al cementerio; allí lo destrozamos con unas piedras bien grandes, le quebramos los vidrios, le hundimos todas las piezas, lo metí hasta dentro de unos matorrales, luego le puse ramas encima para que no se viera. Cuando lo estaba destruyendo, qué loco, pensé, al carnal lo maté por el carro y ahora ya no me interesa. Sin hermano y sin carro, me sentía bien sarra.

Dejamos el Yeta en el cementerio y nos fuimos pa’l puerto. Recorrimos las calles en zigzag, para no dejar huellas. Llegamos al barrio y ahí anduve por dos tres días, hasta que me encontré con un camarada y me dijo que mi jefita me andaba buscando. Yo ya me imaginaba que mi jefa quería preguntarme algo sobre el carnal; cuando la vi y me preguntó que si no sabía nada de él, que porque hacía algunos días que no lo veían, que no lo encontraban, le dije que no sabía nada. La jefa no se tragó el cuento, fue y le dijo a los mulas que me agarraran, que ella presentía que algo tenía yo que ver. Pinchis mulas se fueron recio los culeros, me pegaron una madriza, me pusieron el bolsímetro en la chompa (una bolsa para sofocar), me cachetearon, me patearon; mi venganza fue traerlos como locos; cuando les capié los traje pa’ arriba y pa’ abajo; primero les inventé una historia, luego otra y así los anduve cabuleando como unos cuatro días hasta que me cansé y les dije dónde estaba mi carnal. Luego me tocó ver cómo lo desenterraban.

 

Melancólica prisión

 

Baila y canta rap. Entre las rejas sus compas le apodan el Depre; el sobrenombre lo trae desde su tierra, su puerto, el mar. Cuando en el brinco hacia la adolescencia, Sóstenes paseaba en bicicleta al lado de su hermano. Era de noche. Les gustaba indagar el puerto, recorrer sus calles, sin ataduras, sin límites; venían despacio, por entre el corazón de un baldío, no lo vieron, era de noche, no lo percibieron, el alambre de púas aferrado a unos troncos marcando territorio, se incrustó en su rostro, le dio costalazo como en maroma prefabricada de un domingo de luchas, media vuelta hacia atrás y levantó polvo con su espalda, la bicicleta siguió de largo, la sangre inició el recorrido desde sus mejillas hacia el pecho, el estómago. La sangre cesó en poco tiempo. Las cicatrices aún están en el rostro. La película joligudesca estaba de moda; depredador sería un apodo impuesto por la raza de su barrio. Después el apodo se acortó para quedar en Depre. El apodo no es sólo coincidencia de su circunstancia emocional; en este caso nada es casualidad. La depresión le ha llegado constantemente y las ganas de parar los segundos a su reloj de vida han sido bastantes y a cada rato. Lleva en ambos brazos una colección de bordos en la piel; fueron en su momento cavaduras profundas, con la intención de ver correr la sangre, para saldar la sangre que se desprendió de la cabeza de su hermano.

Al llegar a la cárcel intentó varias veces poner fin a su historia. Los chavos hacinados en el mismo encierro que Sóstenes conocían la magnitud del delito. Así empezó la orquesta de intenciones por impedir la respiración de su cuerpo.

El tiempo le ha construido otra visión sobre la vida. En la prisión se ha topado con libros y personas que a decir de él lo han hecho crecer.

Sóstenes escribe ahora sobre las hojas de un cuaderno lo que desea a futuro se convierta en una novela autobiográfica; la mayor parte del texto lo ha construido en las celdas de castigo. La narración es cronológica, desde la infancia, donde está presente el maltrato de su padre, pasando por la adolescencia y llegando al ahora, en la edad que se encuentra: los diecinueve.

Vivir en la celda de castigos, el pabellón 3, se ha vuelto costumbre para Sóstenes. Llegó allí por su mal comportamiento, porque quería ganarse el respeto de los demás.

En la cárcel sus intenciones de matar fueron varias y constantes, también los motines tuvieron los gritos desde su garganta. El movimiento de raza que protesta estuvo a su cargo y las horas en el pabellón 3 se multiplicaron. También la melancolía se disparó. ¿Sabes qué es melancolía?, le preguntaron en una clase de lectura y redacción. Como respuesta Sóstenes escribió su definición:

La melancolía es sentirse solo, estar triste. A mí me viene a cada rato porque la gente me manda a la verga, sobre todo mi familia. Y la familia es lo más importante y lo que me pasó a mí fue muy culero, porque todo el tiempo mi padre me golpeó, entonces fui creciendo con el maltrato y me fui sintiendo solo, desprotegido. Y la melancolía para mí es igual que sufrir.

 

En el tiempo de vivir en el castigo, Sóstenes entabló conversaciones con un hombre verde, el que asegura venía a verlo después de la última lista. El verde, como él le llama, se sentaba a su lado y lo aconsejaba, o en ocasiones comía de su yegua:

También me contaba cuentos, o me hablaba de que la soledad no existe.

Una vez le platiqué que yo desde hace rato me hice adicto a la soledad. Y creo que siempre ando triste por dentro, aunque a simple vista no se me nota, pero me da tristeza lo que hice; debo aceptar que esa madre ya pasó, y es que la neta ya puedo creer que sí lo hice antes no me la creía, se me hacía imposible; siento que me he arrepentido pero no bien, de corazón machín al cien por ciento no. La neta no tengo palabras para describir exactamente cómo es. No tengo palabras. Yo le he contado esto al verde porque él es el único que me entiende. A él no le escondo nada, con él hablo hasta de llorar, porque no me da carrilla como los demás lo hacen; qué tiene de malo llorar, aquí el llanto no es constante, pero sí llega, y me desahogo y me siento limpio, pero también me llega el orgullo de hombre y me pregunto por qué lloro, después de que lloré; haz de cuenta que me masturbo y luego me arrepiento; es la última, me digo, es la última vez que lloro, pero lo sigo haciendo y me siento sofocado. A veces quiero llorar a huevo y no puedo de repente me acuerdo de algo que me llega al corazón y me siento alivianado, pero otra vez vuelvo a estar triste; estoy bien pirata.

Sóstenes sentado en el muro de una jardinera se llena de un silencio espontáneo. Sus ojos están sin mirada. Luego regresa la voz a su cuerpo y en ella la celebración es inminente:

Uta madre, me fui en el viaje, mi carnal me estaba llamando y a él no lo puedo hacer esperar nunca. ¿Qué te estaba diciendo?

Luego una carcajada acaricia el viento de la prisión.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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