Crónicas del adiós a Néstor Kirchner

A una década de la muerte del ex presidente, rescatamos seis relatos de cronistas sumergidos en esas calles repletas de miles y miles de personas que despidieron al hombre y vieron nacer al mito.

Crónicas del adiós a Néstor Kirchner

Por Cosecha Roja
27/10/2020

Fotos: SUB Cooperativa de Fotógrafos

1. Le voy a contar a mis nietos, por Sebastián Hacher

Llegué a Plaza de Mayo tres horas después de la noticia. Faltaba casi un día para que empezara el velorio, pero la gente hacía fila para atravesar la valla y dejar su ofrenda en la entrada a la Casa Rosada. Nunca había visto a tantos llorar juntos. Eran de esas lágrimas que caen a borbotones, que se deslizan por la nariz y manchan lo que tienen adelante. Una mujer de clase media lagrimeaba mientras hablaba con un evangelista al que Kirchner le había dado una casa. Una pareja joven, ella embarazada, lloraba hombro con hombro mientras leían los carteles que alguien había pegado en el piso. Un hombre alto y grandote se frotaba la cara mojada contra la manga de su camisa de jean. Un grupo de militantes con ropa colorinche y zapatillas de lona caminaban hacia la explanada. Tenían los ojos y las manos llenas de regalos: flores, afiches, banderas. Algunas de ellas le habían pedido a un reportero gráfico que no les sacara fotos. “No queremos que el enemigo nos vea llorando”, le dijeron. Una pena: se las veía hermosas, fuertes, aguerridas. 

 

2. El nuevo hombre, por Juan Tauil

Eran las 2 y cuarto de la mañana y ya avanzábamos rápido hacia la Casa Rosada, tomados de la mano, agarrados del brazo, acompañándonos. “…los putos de Clarín…”, gritaba un chongo militante, rubio como la cerveza. “Forros u otro adjetivo quedaría mejor, ¿no?”, le dije. Y dejó de cantar. En la entrada enrejada ya se sentía el aroma a flores, el sonido de las fuentes de agua arrullaban a los deudos que íbamos llegando, los zorzales cantaban a deshora su tristeza. En el patio de las palmeras estaban Alex Freire y su marido, sentados, extenuados, agradecidos por quien tanto hizo por la construcción identitaria de millones de argentinos. El resto del recorrido lo guardo en mis retinas, la hermana doliente, estoicamente parada al lado del féretro, amigos, funcionarios, gente común que gritaba mensajes de agradecimiento, de amor, de devoción. No estaba Cristina, obviamente extenuada. Ya en la explanada, salimos todos en silencio. Unos brazos fuertes detuvieron mi caminata: era el militante. Me abrazó, me dio un beso y me dijo “Sin ofensas, compañero”. Ahí comprendí que Néstor se fue, nos dejó, pero no sin antes dejar la semilla de un nuevo hombre argentino.

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3. El miedo y lo sagrado, por Laura Meradi

Por todos lados, las cosas explotan. Y en mi opinión, está muy bien que exploten las cosas. Explotan las plazas, explotan los congresos, explotan las leyes, explota la tierra desde el centro de la tierra, explotan las masas de agua, explotan las minas, explotan los líderes, explotan los trabajadores, explotan los estómagos, explotan las cabezas, explotan las imágenes, explotan las ideas, explotan los corazones, explotan los pies, explotan las manos desde el centro de las manos, explotan los ojos, explotan las bocas, explotan las lenguas, explotan las palabras. Todo ha explotado. Lo que explotó el miércoles con la muerte de Néstor Kirchner, era inminente: hacía meses que pulsaba por salir. Se necesitó que explotara un cuerpo como un símbolo, que un cuerpo fuera entregado como sacrificio a la tierra, para que explotara el pueblo que se articulaba alrededor de ese cuerpo. Para que explotaran las ideas, las dudas, los miedos, las creencias. Para que explotaran los moldes, las burbujas de ilusión, los anteojos negros, los antifaces, las máscaras. Escribo con la panza revuelta y los ojos explotados, las manos en los pies y la cabeza suelta a unos centímetros de mi cuerpo, desprendida, dando vueltas por el aire, navegando en la información, porque todo ha explotado el miércoles pasado. Éramos una burbuja enorme que explotó, y la realidad, la realidad de saber que éramos muchos los que mirábamos parados desde el mismo lugar, y la realidad de los que les cayó la realidad como un balde de agua helada y pudieron ver dónde estaban parados, nos explotó en la cara. Nos explotó adentro y nos explotó afuera. Y fuimos durante tres días un manojo de sensaciones descontroladas, porque lo único que queríamos era estar ahí, en Plaza de Mayo, todo el día en Plaza de Mayo, y el deber nos llamaba a otras cosas en las que no podíamos poner ni un segundo de nuestro pensamiento.

Tal vez tenga que decir que todo explotó, para decir que yo exploté. Que explotó en mí algo que tímidamente latía adentro mío. Una fuerza y una esperanza, que tal vez sea como decir convicción: la sensación de que en todos explotó esa fuerza, y de que en todos explotó esa esperanza. Me sorprendí de la fé que teníamos en la muerte. La sensación de que podíamos ver más allá de la tristeza, que a nosotros, que nos dicen nostálgicos, la muerte se nos apareciera de pronto como un camino de flores hacia el futuro. Porque si bien había tristeza en la Plaza y había tristeza en la gente que esperaba para despedirse del cuerpo, una alegría de vivir nos sostenía durante horas en la fila de diez o doce personas de ancho que ocupaba diez, doce, quince, veinte cuadras de largo sobre la Avenida Rivadavia, la Avenida 9 de Julio y la Avenida de Mayo. La sensación de que al explotar la burbuja se clarificó la visión. Y de que en el agua clara viven los peces.

4. El cortejo peronista, por Martín Ale

Alcanzamos al cortejo en Córdoba y Reconquista. El “che gorila che gorila” ahora se canta señalando a los vecinos que se asoman por los balcones y no aplauden. De algunos departamentos caen papelitos. Hay que correr para seguir a los autos o caminar junto a la multitud peregrina que viene detrás. En Córdoba y 9 de julio decimos basta. Cuando el cortejo tome Lugones va a ser imposible seguirlo. El Uruguayo me invita a seguir viendo la ceremonia desde la oficina donde trabaja. Caminamos bajo la lluvia. El paraguas está torcido por todos lados y mi amigo lo tira en un tacho de basura.

Todavía agitados, comentamos lo que vimos: los pibes, los laburantes, el aparato, los clasemedia, los jubilados. Tiramos hipótesis al voleo: ahora Duhalde esto, Macri aquello y el Judas que no se va. Enseguida nos quedamos callados. Caminamos por San Martín y doblamos en Tucumán. El cortejo debe estar llegando a Aeroparque. O capaz que ya lo subieron al avión para llevarlo al sur.

-Qué bajón, hermano. Y todavía queda el fin de semana– me dice el Uruguayo y me da una trompada cariñosa en el hombro.

5. Papeles, por Patricia Serrano

Miriam dobla las cartas con cuidado. Los papeles crujen entre sus dedos, están secos por el sol, mojados por la lluvia del viernes y vueltos a secar en las rejas de Plaza de Mayo. La acompañan dos hombres, cada uno con una bolsa de plástico grande desbordada de papeles y cartulinas de colores, de remeras, banderas, flores de plástico. Se acercan a las rejas y miran con detenimiento los mensajes, los leen, se fijan que estén enteros, que todavía sean legibles. Cuando se deciden por uno lo quitan despacio, como si la reja sufriera con cada desprendimiento. Están juntando los mensajes que durante estos días miles de personas dejaron a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Porque los necesita, dicen. Y hay que hacerlo ahora, tal vez llueva de nuevo a la tarde.

Buscan los dibujos de los nenes. “Esto es lo que va a dar fuerza a Cristina”. Miriam Quiroga lo dice y se emociona otra vez. No se acuerda cuántas veces lloró desde el miércoles por la mañana. Se siente huérfana de padre y con una madre a quien cuidar. Sabe que la mejor forma de proteger es dar amor y eso es lo que junta de las rejas para llevar en bolsas de plástico a la Casa Rosada. Es la Directora de Documentación Presidencial, un área que ella lama “carteros del pueblo” y que se encarga de leer y dar respuesta a las infinitas cartas con destino CFK. Ahora sé que los papeles que tantas personas dejaron en esas rejas, increíblemente, sí van a llegar hasta Cristina Fernández. Porque lo necesita, me vuelve a decir.

La tarea se le ocurrió a ella. No hubo una orden, pero el viernes por la noche retiraron, clasificaron y guardaron los mensajes dejados en las rejas de Balcarce 50. A pesar de la lluvia, la mayoría se salvó. Y hoy siguieron con los del centro de la plaza. Miriam me cuenta una idea que se le está ocurriendo ahora: tal vez pueda hacerse algo con un museo, exponerlos, que todos puedan ver el apoyo de miles de argentinos para siempre. Pero antes los va a ver Cristina.

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Tengo un miedo estúpido. Temo no poder hablar de otro tema. Dije que no podía salir, que cómo se les ocurría invitarme a una fiesta de disfraces. El sábado, cuatro días después de, yo no podía disfrazarme de nada. Y me da miedo. Miedo de no estar a la altura, de alucinar con mártires y héroes. No paro de leer los diarios, nacionales e internacionales. Estoy con facebook y twitter. Vivo a seis cuadras de Plaza de Mayo. Desde que murió Néstor Kirchner pasé más horas en esa plaza que en mi casa. Cada vez que volvía también me volvía esta necesidad de entender qué pasa, qué me estaba pasando para salir de nuevo hacia la plaza y querer cruzarme con la gente, abrazarme con amigos, cantar bien fuerte. Necesitaba abrazos. Van cinco días en que escucho radio, miro tele, leo diarios, reviso redes sociales, salgo a la calle, voy a la plaza, escucho las conversaciones de la gente, miro rostros y pienso al mismo tiempo. Me estoy atolondrando de información. Quiero entender

Esta tarde volví. Busqué más cartas ocultas en el borde de las rejas, caídas por el viento y la lluvia. Las tengo acá. Bien dobladas, prolijas. Se las quiero dar a Miriam. Pienso llevárselas esta semana. Quiero que el dibujo de Ruth, de cuatro años, le llegue a Cristina. Si el hombre de mi vida se fuera así tan de golpe de mi lado yo también quisiera mil dibujos de niños que me dieran amor, aunque no supieran nada de la muerte. Aunque yo tampoco sepa nada de la muerte ni de hombres que te aman por toda la vida.

6. “Ni se ilusionen, Mamá es una leona”, por Naimid Cirelli

Al mirarlo por televisión todavía dudaba de la autenticidad de toda la ceremonia, pero una vez allí en segundos el prejuicio cae. Dentro de la Capilla Ardiente no hay sentimientos exagerados ni falsos. Dentro de la Capilla Ardiente, ahí donde se encuentra el cajón de Néstor Kirchner, no hay nada forzado. Lo que se ve, lo que se hace, es producto de esa gran tristeza que surge ante el sentimiento de ausencia y ante la necesidad de que a pesar de todo no signifique un final.

Esas palabras y esos aplausos, una vez atravesado el umbral, se entienden. No son mecánicos. Qué más se puede hacer, si no es aplaudir, cuando cientos de personas, que desfilan heridas y cansadas tras nueve horas de espera, frente a Alicia, la hermana, y Florencia, la hija, intentan dar palabras de consuelo, cuando se los ve desconsolados.

Es así: el cajón se encuentra a la derecha de Alicia Kirchner, a la izquierda de las personas que circulan y aclaman: “Alicia tranquila, que esto es el pueblo que las apoya”. Detrás de Alicia y Florencia hay unas treinta personas, silenciosas, inmóviles, casi invisibles, infinitamente triste. Enfrente, detrás de una valla y un par de guardias de seguridad, avanzan los miles de miles, que aclaman.

Y ese que aclama, el pueblo, es heterogéneo. Es chicos jóvenes con banderas políticas o buzos de egresados, ancianos con la mirada vidriosa o miradas firmes hacia adelante, adultos en sillas de ruedas, nenas aferradas a las faldas de sus madres. Es madres, es hijos, es abuelas y también es padres. Algunos circulan en silencio, sin levantar la mirada del piso, como si esas horas de espera hubiesen sido sólo para pasar junto a él, sin necesidad de mirarlo. Otros pasan en grupos y son segundos de mucha confusión y ruido: gritan, aplauden, lloran, después continúan. Si no, toman la palabra y dicen “Viva Néstor” o “Fuerza Alicia” y ahí los aplausos y ahí el llanto. Y hay quienes dejan regalos, que son aceptados y colocados sobre en cajón o a un costado. Un hombre se asoma y le entrega al guardia una camiseta de San Lorenzo gastada. “Hace veinte años que la tengo”, explica, “yo sé que él era de Racing, pero que me la cuide”. La colocan a un costado. Abajo, un cartelito prolijo dice: “Ni se ilusionen, Mamá es una leona”.

*Relatos extraídos del blog Las águilas humanas.

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