Después de la tormenta salen las luciérnagas

luciernaga

Adrián José Mesch*.-

La primera fotografía aprieta un nudo en la garganta no sólo de Europa, sino de la Humanidad. La segunda, termina de desatar en cada uno un mecanismo ancestral, que nos hace lagrimear de empática furia al mismo tiempo que con estupor se comprende el contexto de lo que se está viendo mientras se lee la noticia. Como si hiciera falta.

Suele pasar que nos indignamos socialmente como ciudad, como provincia, como país ante alguna injusticia (de hecho de eso hay acá, y sobra, es cierto). Pero cada tanto nos indignamos como especie, de esa forma que está desde mucho antes de cualquier ley civil, penal o natural, latente en nuestros genes, hija del imperioso deseo evolutivo de supervivencia, que viene con nosotros desde que somos lo que somos.

Prueba de ello, es que junto a ese par de fotos ha habido otras imágenes con ese impacto en la historia reciente, que trompean con un baño de realidad a todo el mundo. Porque si bien tenemos mil culturas distintas, comoespecie coincidimos que pese al idioma, la historia y cualquier grado de desarrollo económico, social o tecnológico, que con las criaturas no se jode. Y si algo les pasa a los chicos, y encima con esa magnitud de horror, el llamado de atención no es para la “raza”, nación o religión a la que pertenezcan, sino que nos pone en peligro a toda la raza humana como civilización.

Cualquier imagen así (de la que hoy día todo el mundo se entera horas después de obtenida, sin tener que comprar revistas, como antes), nos rebaja automáticamente como especie a la más indigna de las barbaries, a la más salvaje de las hordas. La muerte o el sufrimiento de un pibe -en estos casos los visibles- es una nota más en el largo réquiem dedicado a lo que nos queda de dignidad, pese a tanto avance. No hace mucho hicimos pasar una sonda espacial por al lado de Plutón, pero aún no podemos hacer pasar a personas perseguidas o desesperadas por fronteras que nosotros mismos creamos, sin garantizar que lo harán con vida.

Vi un par de veces las imágenes que ustedes habrán visto y vuelto a ver, en dos o tres diarios de España, Francia y Estados Unidos. Todos coinciden con lo que dije arriba: es bronca, tristeza, una afrenta abierta al sentido común humanos. Todos se olvidaron por un momento de su propios problemas de racismo, xenofobia, intolerancia, o si están a la izquierda o a la derecha de cualquier cosa. Después no las pude ver más, por eso no las reproduzco acá. Me pasó algo muy parecido cuando vi “La tumba de las luciérnagas” (Hotaru No Haka, de Isao Takahata), una peli japonesa animada tan intensa sobre el impacto de la guerra en la niñez que, justamente por retratar en forma tan sublime la idea, y ser tan efectiva en su mensaje, me da hasta hoy miedo de volver a verla aunque la recomiendo cada vez que puedo (es quizá el mejor largometraje antibélico de todos los tiempos, además, animado o no). No terminás odiando la historia en sí, a la tragedia individual, sino a la guerra como acto humano. Y probablemente ese sea el único odio que nos haga progresar.

Algunas fotos del periodismo internacional tienen eso. Son directas, no necesitan de epígrafes, ni de opiniones o de mucho diálogo. Y son a la parte triste de nuestra historia lo que los relámpagos a una tormenta a la noche (ya veremos la razón). Y no me vengan con “eso está a diez mil kilómetros”, lo peligroso sería no decir nada, dejarlo pasar, así estuviera a diez mil años luz.

¿Derechos humanos? Bien, gracias. Ser titular de algo que nace por declaraciones y aplausos en recintos llenos de elegantes diplomáticos de saco y corbata y (nunca baratas) campañas publicitarias no necesariamente implica poder gozarlo después. La relación entre derecho humano fundamental y la posibilidad de usarlo para otra cosa que no sea en una remera, es lo que define dónde estamos parados como civilización en ese pálido punto azul (sic de Carl Sagan) que gira alrededor del Sol. Y vamos mal. En asuntos como la guerra y o los refugiados no hay jurisdicción ni corte internacional o poder judicial que valga. Cada país –que no gastará sus valiosos recursos para administrar justicia en no-ciudadanos- tiende a agregarle ladrillos a sus muros burocráticos (y policiales) para mantener a raya a los hijos del exilio, a los que se le endilga inconscientemente la culpa de ser una “carga” para el resto de la “comunidad internacional”, si eso existe en realidad fuera de pactos económicos o militares.

Léase: mientras haya guita o armas, somos todos amigos, hay derecho y su cumplimiento es exigido en bloque, con más aplausos. Para todo lo demás, los DDHH son sólo un catálogo de nobles fines, sea por la excusa de que el país donde directamente faltan es soberano y no es posible entrometerse en sus asuntos internos, sea porque cuando sus ciudadanos se escapan de esa soberanía que no les garantiza un bledo, los demás estados no suelen ser precisamente hospitalarios con los exiliados. Lo curioso es que estos últimos gozan actualmente de una singular situación jurídica en cualquier país extranjero (aun de primer mundo), la cual es básicamente la de directamente no existir allí ni para la Ley ni para la Justicia, esas señoras que allí recuerdan convenientemente la venda en sus ojos de las estatuas en las facultades de derecho y entradas a tribunales. O bien existen, pero ese existir es ahora directamente ilegal (“Clandestino”, en la canción de Manu Chao). Para el ilegal o el refugiado, las convenciones de 1951 del ACNUR, la Declaración de Asilo Territorial del 67 o la DUDH son tan extrañas e inalcanzables como la paz y la vida digna en los países de los cuales escapan.

Pero el mundo igual ve. Y ahí están las imágenes. Esas dos. Ambas fotos serán icónicas, junto a un infame muestrario de lo más oscuro que nos ocurre como humanos, impresas a lo tatuaje en el inconsciente colectivo. Pasó algo similar no hace mucho con la que tomó Massoud Hossaini, en 2011, de la niña Tarana Akbari en un grito de desesperación infinita inmediatamente luego de un ataque suicida con explosivos en Kabul, mientras se la ve en la calle como la única en pie, rodeada de los cuerpos exánimes de sus familiares, algunos infantes aun en los brazos de sus madres. La foto le valió un Pulitzer a su autor, y probablemente Murad Sezer, el fotógrafo detrás de lo sucedido en las playas turcas esta semana, también lo gane y entre en esa galería de imágenes históricas que transmiten un dolor insondable, cualquiera sea la época en la que se observen, como recuerdo de que siempre tendremos algo por lo cual sentir una vergüenza e impotencia atemporales: sea guerra, sea hambre, sea exilio.

En otras palabras: en una semana, un mes, un año, quedará como anécdota que la crisis inmigratoria en Siria y otros países de Medio Oriente y África obligó a Abdulá Kurdi (peluquero, 40 años) y su familia, ajena al lujo de visas o pasaportes, a rajar de la guerra y la violencia intentando cruzar desde Turquía hasta Grecia (y desde allí, a Canadá, donde en Vancouver lo esperaba una hermana). Todo en un bote de goma de unos “pasadores” (contrabandistas de inmigrantes), que como era de esperarse no aguantó las olas causadas por los temidos vientos Meltemi de la zona y naufragó esa madrugada, llevándose en las costas turcas la vida de su esposa Rehan y sus hijos Aylan (3) y Ghalib (5).

En algún tiempo será anécdota también, quizá, que Europa atraviesa hoy un éxodo de millones hacia y desde sus fronteras sólo comparable a los refugiados en la época de la Segunda Guerra. Gente que comete el pecado de soñar con una vida para sí y sus hijos donde las cuestiones más elementales no se resuelvan a los balazos, y que ahora anda a la deriva (a veces literalmente) o apilada en “campamentos”, con lo triste y peligroso que sigue siendo el concepto.

Será anécdota que los “pasadores” recomienden a sus clientes que compren juguetes de plástico o inflables, pero no para que los niños se distraigan ante el miedo de esos viajes en la oscuridad, sino para que los ayuden a flotar si algo sale mal.

Será anécdota, acaso, si Abdulá podría haber elegido otro destino con su familia al igual que otros once millones de ciudadanos sirios desplazados, alienados, apátridas desde entonces. O si fue culpa de la guerra (la reacción más imbécil a cualquier asunto), de los controles fronterizos (patrullas, alambrados, muros, guardias costeras), de las políticas inmigratorias europeas, de la pobreza, de la ignorancia, del terrorismo, de los medios de comunicación, de los nacionalismos, los extremismos, de Dios, Alá, Buda, Shiva o de los ateos, de los holdings, de los piratas, de los mercaderes de armas, de los narcos o de los consumidores.

Lo que escapará al anecdotario, y quedará indeleble en las páginas de ese irracional libro de mil tomos que es el de las atrocidades de la Humanidad, serán probablemente ese par de retratos, de radiografías de lo que realmente pasa. Su contenido, se separará de la coyuntura y será alegoría. Palabras más, palabras menos, vivirán. Nos sobrevivirán, de hecho.

Recapitulemos lo que vio el mundo, que lo sacó de su modorra moral usual (agregamos superficial). En la primera imagen, Aylan Kurdi, de tres años, parece dormir al pie de un gendarme turco, con la mejilla apoyada en la playa, acariciada por la marea, con una remera roja, un short azul y zapatillas con abrojos. Por acá, lo primero que se nos pasó fue rezar para él la plegaria del niño dormido, de barcos de papel sin altamar, que nos enseñó el Flaco. Para que junto a cualquier otra plegaria ayude a la bronca de seis mil millones de personas que no pudieron ponerse de acuerdo para evitar, como otras tantas veces, lo que pasa siempre, pero que esta vez se ve: la regla usual suele ser la invisibilidad del dolor, el anonimato tabú del desconsuelo del débil. Y ahí, los flashes de una cámara se convierten en los rayos en la tormenta de esa noche plutónica (no la de la sonda espacial, sino la de El Cuervo de Poe), dejándonos ver la verdad, a tientas.

La segunda foto mostraba ya al gendarme llevando a este bebé/niño/jamás hombre en sus brazos, ya no a una cama donde intentará soñar, sino hacia otro lugar, adonde van los capítulos negros de la historia que no se convierten en cuentos para dormir. Aylan y Ghalib en la (de otra forma invisible) realidad de los refugiados sirios del hoy, Seita y Setsuko en la ficción-realidad japonesa de la Segunda Guerra, Tarana Akbari en Kabul.

Pasados la tormenta y los relámpagos, en el campo, en algunas playas, salen las luciérnagas. Se las ve irse paseando y pestañeando despacito por ahí, como cargando mensajes, sueños o historias chiquitas, malas y buenas, hacia un destino allá arriba. Pero sólo se ven si hay oscuridad.

*Abogado litigante de Villa Ángela, Chaco y miembro de Asociación Pensamiento Penal.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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