Desubicados contagiando a gente en lugares

Un chico de 22 años diagnosticado con coronavirus escapó de un hospital en Uruguay y se subió a un barco: ahora está detenido y los 400 pasajeros en cuarentena. Hay muchos casos similares.

Desubicados contagiando a gente en lugares

Por Cosecha Roja
20/03/2020

Tiene 22 años y juega al rugby. Hace unos días, después de volver de Holanda, escapó del Hospital de Clínicas de Montevideo donde estaba internado por coronavirus, y se subió a un barco de Buquebús.

Antes que el barco llegara a la costa de Buenos Aires, Sanidad y Frontera del Uruguay avisaron a las autoridades argentinas que llevaban a alguien con el virus entre los pasajeros. 

Al llegar al puerto de Buenos Aires lo detuvieron: está acusado por delitos contra la salud pública y enfrenta una posible pena de hasta quince años de cárcel. 

El barco de Buquebús quedó retenido en el puerto de Buenos Aires, donde se armó un operativo de emergencia con policías y 10 ambulancias del SAME. 

Dos mujeres que viajaban en el buque fueron detenidas por resistencia a la autoridad al negarse a hacerse los estudios y las trasladaron al Hospital Muñiz y de ahí al Hospital Churruca. 

El joven fue trasladado al Instituto Agote.

Los 401 pasajeros restantes pasarán los próximos 14 días en cuarentena en los hoteles Presidente, Panamericano y Escorial. Los 19 miembros de la tripulación quedaron aislados en el hotel Naval.

Ayer un hombre que manejaba con barbijo fue detenido en la ruta 2. Tenía fiebre y, cuando lo detuvieron, confesó que había estado en contacto con un extranjero con Coronavirus. Antes, en Selva, un pueblo de 2000 habitantes en Santiago del Estero, un joven se reencontró con su amante que había vuelto de España.

La mujer es el caso 32 del país. La noticia trascendió cuando el pibe narró el encuentro mientras comía un asado con otras veinte personas. No lo hizo arrepentido: estaba alardeando.

Carmela, una empresaria uruguaya de 57 años, volvió de un viaje por Italia y España. A pesar de tener fiebre fue a un casamiento en una chacra de Carrasco. A los pocos días los 500 invitados estaban en cuarentena. La noticia se viralizó y Carmela se quedó en casa pero obligó a la empleada doméstica a seguir yendo para “no descuidar las tareas”. Ahora la empleada está bajo tratamiento porque le dio positivo el examen de coronavirus.

En Brasil la situación no es distinta. La primera mujer en morir por el coronavirus en Rio de Janeiro fue una empleada doméstica de 63 años. Se sintió mal el domingo, fue al hospital público el lunes y murió el martes. La había contagiado su patrona.

El diario O Globo contó que un empresario de Río de Janeiro y su esposa, diagnosticados con el coronavirus, obligaron a su empleada doméstica a ir a trabajar “con un delantal, guantes y cubrebocas”.

Romper el aislamiento social, seguir circulando con el virus a cuestas, es un delito penal, pero también un delito social. Es contribuir a que el virus se expanda. Este gráfico lo explica muy bien. No entenderlo es una desgracia:

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales
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