El otro boxeador femicida

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Texto y fotos:  Sergio Romano.-

–Yo lo vi. Él la mató y sabe dónde está el cuerpo.

Hace  14 años Carlitos tenía 5 años de edad, unos pocos juguetes y un diente menos. El 10 de febrero de 2004 hacía calor y se levantó para tomar agua. La escena lo dejó paralizado en la cocina. Vio cómo su padre, el boxeador Víctor Purreta, repartía trompadas, patadas y rebencazos a su mamá Andrea López, que se retorcía de dolor en el suelo. Vio cómo la tomaba del cuello con sus manos y la levantaba del piso. Vio cómo la ahorcaba hasta matarla.

Hoy es sábado, son las 19 horas y Carlos Emanuel López, Carlitos, está en el acto de homenaje a su madre, en el barrio Sur, de Santa Rosa (La Pampa). Tiene 18 años, una gorra negra, un DNI que ya no dice más “Purreta” y una certeza.

-A mí me va a tener que decir qué hizo con el cuerpo- cuenta  a Cosecha Roja.

Andrea  era obligada a golpes a prostituirse por su marido. El 10 de febrero de 2004 desapareció. Tenía 25 años, su familia le decía Maru y su cuerpo, con el tatuaje de un niño con guantes de boxeo y el nombre “Carlitos”, todavía no apareció.

El nombre y el rostro de la joven se han convertido en un símbolo contra la violencia machista en la provincia. Una agrupación feminista se llama “Todas somos Andrea” y varios murales la recuerdan en la ciudad.

Ella fue la primera esposa de Purreta. Vivían juntos en una casa de barrio, al norte de la capital pampeana. Como ella se resistía a prostituirse, un día la ató con una soga al paragolpes de su camioneta y la arrastró por la calle. Carlitos lo vio.

Cada vez que la golpeaba, ella se iba a la casa de su madre y él la denunciaba en la policía por abandono de hogar. Cuando volvía, se reiniciaba el maltrato y la explotación sexual.

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Para el año 2004, Víctor Purreta llevaba 8 años en el boxeo profesional y muchas fotos por su récord de 20 peleas, ninguna derrota y un cinturón de campeón argentino.

Sus combates eran televisados en todo el país y los relatores lo apodaban “El Lince”. Era rápido, preciso, quirúrgico. Abajo del ring, también pegaba y era un hábil proxeneta que no solo sometía a su esposa sino que también “manejaba” a un grupo de mujeres a las que llevaba cada fin de semana a diferentes prostíbulos de La Pampa y el oeste de Buenos Aires.

Se cree que el asesinato de Andrea se cometió en la noche del 9 de febrero o la madrugada del 10 de febrero de 2004. Carlitos dijo en 2011 en la Justicia que vio cómo su padre, luego de molerla a palos y ahorcarla, la acostó en una cama. Luego la arrastró al baño. Por el ojo de la llave de la puerta pudo observar que la había puesto bajo la ducha. Cuando su padre salió del baño, lo mandó a dormir. Poco después llegó a la casa un familiar de Purreta a cuidar al nene. El boxeador salió.

Purreta, ya en el juicio, reconoció la pelea, dijo que salió a comprar cigarrillos y que, al volver, advirtió que su esposa ya no estaba. “Yo no la maté”, juró.

Julia Ferreyra lleva sobre sus espaldas una lucha de 14 años por su hija. “El la mató. Solo quiero que diga dónde está el cuerpo para poder hacer el duelo”, dice.

Julia tenía poco contacto con Andrea. “Él prácticamente no dejaba que se comunicara con nosotros”, sostiene. Así, recién a los 10 días, se enteró de la desaparición.

“¿Qué le hiciste a Andrea? Si le hiciste algo, decí dónde está, que la voy a buscar”, lo enfrentó. Purreta ni se inmutó. Finalmente, a los 16 días, el boxeador hizo una exposición policial por la desaparición.

Después se supo que en la mañana del 10 de febrero de 2004 Purreta viajó en su camioneta junto a “Carlitos” y tres jóvenes que se prostituían a un prostíbulo de Pehuajó (provincia de Buenos Aires), que administraba junto a un socio. El nene, en un momento del viaje, les contó a ellas que había visto horas antes la paliza que en ese momento no imaginaba que había terminado en un asesinato.

Ya en Pehuajó, Purreta lavó en tres oportunidades la caja de la camioneta. Dejó a las chicas y volvió en colectivo a Santa Rosa.

El comisario Carlos Chico, exjefe de la Brigada de Investigaciones de Santa Rosa, fue el primero en encabezar la investigación del caso. “Nunca la van a encontrar”, dice que le dijo Purreta, desafiante, cuando le secuestró la camioneta.

El 15 de junio del año 2005, a raíz del caso de Andrea, la Cámara en lo Criminal 1 de Santa Rosa lo sentenció a cinco años de prisión por promoción y facilitamiento de la prostitución. En ese momento, no se lo acusó de asesinato.

En 2007 fue liberado y se juntó con otra chica, A.G. La golpeó y la obligó a prostituirse. Lo denunció, en 2010 fue condenado y volvió a la cárcel.

En la prisión, sedujo a otra mujer, E.I. Se juntó y también la golpeó porque quería prostituirla. Otra vez fue condenado.

En 2014 y con el testimonio clave del hijo, los jueces dieron por probado el femicidio de Andrea, pese a que no se halló el cuerpo, y lo sentenciaron, con la unificación de las otras penas, a 25 años de prisión.

El Gobierno de La Pampa mantiene una recompensa pública de 150 mil pesos para el que ofrezca datos. Muchos -algunos expresidiarios- han hablado y Purreta tampoco. Que la arrojó a un pozo de 30 metros de un molino abandonado, que lo vieron en un descampado cercano a Santa Rosa haciendo una zanja, que saben que estuvo en un campo de la zona y que la enterró. Los investigadores han excavado y usado georradares, pero el cadáver nunca apareció.

Carlos Emanuel cree que la encontrará y que la clave la tiene su padre, con quien no mantiene contacto desde hace dos años.

-Se ha mantenido en silencio por estos años. ¿Creés que a vos te lo diría? –le consulta Cosecha Roja.

-Yo creo que, cuando le pregunte, algo me va a decir porque soy el hijo. Debe entender que yo y mi abuela necesitamos una tumba a la que llevar una flor.

Después de la última condena, desde la cárcel Purreta comenzó un noviazgo con otra joven, N.C. El 16 de octubre de 2015, en el Juzgado de Paz de Victorica, dijo que quería estar con su nueva esposa hasta que la muerte lo separe, en las buenas y las malas, en la salud y la enfermedad, recibió una nueva libreta de casamiento, besó a la novia y fue blanco de una lluvia de arroz.

“Uno trata de dejar el pasado atrás”, dijo minutos después al periodista Cristian Acuña. “Yo entiendo la situación que se vivió con Andrea López. Pero hay que seguir para adelante. Cada cual busca su camino. ¿Dónde está Andrea López? ¿Vos sabés? Yo no sé”.

Sergio Romano
Sergio Romano

Periodista

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