En memoria de Emilia: cómo sobrevivir a la muerte de una hija

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Por Luisina Herrero Laporte*
Fotos: Simón Hincapie
Mayo y junio son meses dolorosos para la familia Uscamayta Curi: el cumpleaños de Emilia y una nueva fecha que recuerda su violenta muerte. Emilia estudiaba periodismo y este año hubiese cumplido 31. Probablemente, la hubiera encontrado viajando por Bolivia. Pero no. En estos meses también se cumplen dos años y medio de su ausencia.

En el medio del dolor que recrudeció el calendario, los Uscamayta Curi recibieron una ansiada noticia: la elevación a juicio por “desobediencia y homicidio simple con dolo eventual” de los organizadores de la fiesta de fin de año en Melchor Romero, donde Emilia pasó sus últimas horas con vida.

Los procesados son el propietario de la quinta donde se realizó el evento, Carlos Bellone; los empresarios Santiago Piedrabuena -quien ya tiene una condena anterior por tenencia de armas- y Gastón Haramboure -condenado por el asesinato de otro joven a la salida de un boliche-; y el relacionista público Raúl “El Peque” García, cercano a la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal y al intendente platense Julio Garro. Aún falta determinar la responsabilidad de los funcionarios municipales que todavía no declararon en la causa.

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Emilia, la anteúltima hija de siete -cuatro mujeres y tres varones- iba a ser la primera universitaria de la familia que formaron Juan Uscamayta y Eugenia Curi, de origen boliviano y sangre aymara-quechua, radicadxs en las afueras de la ciudad La Plata.

Entre Eugenia y Don Juan relatan los viajes sin tiempo de Emilia. Cuando se fue a probar suerte como artesana a Bariloche y El Bolsón, cuando agarró la mochila y se fue a recorrer Brasil donde conoció al Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra. Pero la anécdota que más destacan y en la que llegan a un acuerdo es el viaje a Bolivia para la asunción de Evo Morales, donde sacó a bailar la cueca al vicepresidente Álvaro García Linera, el mismo al que un año y siete meses después el matrimonio Uscamayta Curi le entregaría el Premio Rodolfo Walsh de la Facultad de Periodismo junto a un colgante que hizo Eugenia con el rostro de Emilia.

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Cristian es el cuarto hijx de la familia. Junto con Emilia es el único que llegó a la Universidad. Para él, en ese viaje a Bolivia su hermana hizo el clic y decidió volcarse a la militancia estudiantil de forma orgánica en la agrupación Jorge Ricardo Masetti (del Movimiento Estudiantil Liberación), en el área de pueblos originarios. “Me quiero recibir e irme a Bolivia a trabajar porque yo sé que allá voy a hacer más falta que acá”, recuerda que le decía Emilia mientras le mostraba el analítico y contaba las pocas materias que le faltaban para terminar la carrera.

En un departamento en el centro, que comparte con otrxs estudiantes latinoamericanxs, Cristian llegó hace un rato de cursar en la Facultad de Derecho, tiene 34 y volvió a retomar el estudio después de algunas idas y vueltas.

“Emilia era de irrumpir en una conversación familiar con alguna bomba o un comentario feminista”, cuenta con una sonrisa cómplice y se acuerda del día en que su hermana llevó a la casa un nuevo término: femicidio. “Yo estudiando derecho nunca lo había escuchado”, expresa todavía sorprendido y subraya: “siempre fue una innovadora en ese sentido, en romper con lo establecido en mi casa”.

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Entre mate y mate, Cristian analiza cómo Emilia resolvió la contradicción entre el lado conservador de la cultura indígena y el feminismo, al tiempo que indaga en lo que significa ser aymara-quechua e hijo de bolivianxs. “Yo la lucho como hijo de padres bolivianxs, como migrante”, reflexiona y explica que aunque no alza la bandera de lucha de los pueblos originarios como lo hace su padre o lo hacía su hermana se reconoce con sangre aymara-quechua. “Es mi esencia y ahora lo veo como un tesoro mío que puedo explotar cuando yo quiera, o me puedo empoderar más de lo que estoy”, afirma.

Para Cristian, Emilia logró en cada viaje enriquecerse con el feminismo y especialmente con la lucha de la mujer originaria. Diez años atrás Cristian bailaba caporales, una enérgica danza folclórica de raíz afro-boliviana, que le significó un quiebre al reconocerse con sangre boliviana hasta que sintió que esa cultura le “ponía un techo”: Bolivia aún es muy cerrada respecto a las disidencias sexuales.

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Cristian y Emilia eran “muy compinches”. Las hermanas más grandes formaron pronto sus familias y se fueron de la casa de lxs Uscamayta Curi. Edgar, el segundo varón, se fue un tiempo a trabajar a Tucumán. Brian, el menor de lxs siete se fue a jugar al fútbol a Bolivia. Esas partidas lxs hicieron volverse más cercanxs y empezar a compartir salidas juntxs.

El 1° de enero de 2016 Cristian y Emilia decidieron culminar la noche de año nuevo asistiendo a una multitudinaria fiesta a sólo cuatro cuadras de la casa de sus padres, en una quinta en 520 esquina 160.

La fiesta “La Frontera” se publicitaba por redes sociales bajo el eslogan “el límite lo ponés vos” y su gran atractivo era la “zona vip” que contaba con el acceso a una pileta de natación, aunque no hubieran guardavidas ni ambulancias.

El cansancio del festejo hizo que esa madrugada Cristian volviera antes a su casa hasta que un llamado telefónico anunció lo peor: Emilia había caído inconsciente al agua, tal vez producto de un golpe en su cabeza. Una chica logró rescatarla del fondo del agua y empezar a hacerle técnicas de reanimación tras las que comenzó a recuperar el pulso pero fue apartada violentamente por un hombre que continuó haciéndolo de manera errónea.

A Emilia la llevaron en andas hasta una de las salidas laterales, su cuerpo inmóvil fue descartado sobre el pasto como una bolsa de basura. Después la llevaron en taxi hasta el Hospital Melchor Romero, pero ya era muy tarde: estaba muerta.

Pese a los varios llamados al 911, la Policía y el fiscal llegaron al lugar entre tres y cuatro horas después de los hechos, dando zona liberada a que se pierdan innumerables pruebas y testimonios.

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Todo este tiempo de lucha para que se haga justicia -de continuas movilizaciones, incontables radios abiertas frente a la fiscalía, escraches y señalamientos frente a la Municipalidad- fue de grandes aprendizajes para la familia, en especial para Eugenia, acostumbrada a estar todo el día en la casa, haciendo tareas domésticas, atendiendo el almacén o la verdulería que están en el frente de la humilde vivienda en Melchor Romero, donde se asienta el cinturón frutihortícola de La Plata.

La tragedia la arrancó de su rutina y la llevó a encabezar marchas junto a Rosa Schonfeld, la madre de Miguel Bru -el estudiante de periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, torturado, asesinado y desaparecido por la Policía Bonaerense hace casi 25 años-, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, así como recibir un reconocimiento del Concejo Deliberante como mujer destacada de la ciudad.

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“Para ella fue un calvario”, dice Don Juan y se acomoda en el apoyabrazos del sillón donde está sentada Eugenia. “Yo soy un hombre luchador, siempre luché por los pueblos originarios”, asegura y se cuela en la charla el apicultor que fue uno de los fundadores de la Casa del Aborigen y referente de ARBOL (Asociación de Residentes Bolivianos). Mientras ceba mate, Eugenia explica que su marido “siempre estuvo metido en todo” pero ella sólo participaba cuando tenían que hacer una “locreada” o preparar api con pasteles para alguna peña donde se necesitaran manos expertas en comida boliviana.

A dos años y medio de la muerte de Emilia, lxs Uscamayta Curi no pierden la templanza y junto a lxs compañerxs y docentes, organizadxs en la Asamblea Justicia Por Emilia, esperan que llegue el juicio oral y público a los cuatro organizadores de la fiesta. Además, pelean para que se investigue a los funcionarios públicos que avalaron con su complicidad e inacción la fiesta que no contaba con ninguna medida de seguridad.

*Luisina produjo esta nota durante el taller “Narrar las violencias”, dictado por Miriam Maidana.
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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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