Jugaron con la suerte

Ricardo Dios.-

Soy Ricotero, voy a ver a los Redondos -y después al Indio- desde 1989. Conocí ciudades gracias a seguir esa misa, la peregrinación, el camino a Luján del Rock and Roll. A los últimos tres recitales del Indio no fui pero esta vez decidimos ir porque coincidía con el cumpleaños de un amigo ricotero y eso hizo que armáramos un grupo numeroso e íntimo: algunos ya conocían el fenómeno social que se genera, otros fueron a descubrirlo.

Nos encontramos, en principio, con un pueblo repleto de gente aunque eso no era ninguna novedad. Las invasiones ricoteras son una tradición. Lo que sentimos diferente cuando empezamos la caminata hacia el predio del recital era que esta vez la cosa estaba colapsada. No entrábamos en las calles que habían asignado para ingresar al predio rural “La Colmena”.

El final ya lo sabemos todas y todos. Dos muertos y decenas de heridos.

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Siempre admiré al Indio por su mirada poética de la realidad, estricta, precisa y audaz. Sus letras no tienen tiempo y muchas tienen dos o tres veces su lugar en la historia política y social de nuestro país. El macrismo es un ejemplo de ello: sin conocerlo, El Indio ya lo escribió hace tiempo. Quizás también él mismo se hizo canciones para describir este momento: Salando las Heridas o la más reciente Las supersticiones traen mala suerte.

Probablemente el Indio jugaba acá su último partido y lo quería hacer a lo grande, quedando en la historia para siempre con récord de asistencia. Por primera vez en su vida anunció el recital en una de las radios más escuchadas con sorteos de viajes y entradas. En algún lugar tuvo que haberse imaginado que Olavarría iba a quedar chica.

Apostó mucha plata a la suerte en vez de gastar esa plata en organizar al medio millón de personas (según algunas versiones respaldadas en peritos) que llegaron a Olavarría. No debe ser fácil organizar a tanta gente pero basta hacer una sencilla cuenta para advertir que había millones de pesos recaudados que se podrían haber usado para mejorar la iluminación, poner más carteles, y contratar hombres y mujeres que asistan, que supervisen las entradas y las salidas y que monitoreen al público.

Quizás las avalanchas y las muertes se producían igual, pero la sensación con la que nos fuimos varios es que la tragedia podría haber sido mucho mayor. Esa sensación se vivió sobre todo a la salida, con estrechos espacios para salir. Es cierto que luego de estos dramas todos somos “organizadores” pero había cientos de metros de pared hechos con unas maderas para la ocasión. Sacar esas maderas hubiera liberado a la gente sin dramatismo. También es posible que el Municipio le hiciera una cama al Indio poniendo vallas para generar caos. Eso hay que averiguarlo, pero los millones que recaudó podrían haber servido para contratar personas que supervisaran ese accionar.

Muchos se quejan de la falta de Estado. Es cierto, pero los recitales del Indio nunca se “cuidaron” con Estado. Al contrario, cuando aparecía el Estado era con el brazo policial más violento. Es obvio que Vidal y el Intendente de Olavarría, Ezequiel Galli, tienen su grado de responsabilidad: también sabían que algo así podía ocurrir y no hicieron nada.

Galli se jactaba en la previa de decir que estaban totalmente preparados para recibir al Indio. Sin ayuda del estado provincial o nacional ese Municipio no tiene capacidad ni para ayudar a tanta gente. Jugaron con la suerte o quizás con algo peor. Como sea, la combinación de protagonistas responsables no funcionó.

Que la gente va sin entradas es una costumbre. Creer que se puede evitar eso o, peor, evitar el ingreso de esas personas es naif. Es absurdo, tan absurdo como el reto del presidente Mauricio Macri que explicó todo en el incumplimiento de las normas. ¿A qué normas se refiere? Toda Olavarría se puso a vender cosas sin permisos ni habilitaciones.

El espacio público estaba absolutamente tomado. Si hablamos de normas, el primer incumplidor fue el pueblo de Olavarría y el mismo Municipio. Pero esa no es la discusión, obviamente. Regular siempre es tensionar y eso lo tienen bien claro las autoridades de Olavarría, Tandil, Gualeguaychú. Solamente es un capítulo más de la hipocresía de Macri que vive con las únicas normas que le importan a los dueños económicos del país: derecho a la propiedad y orden público. En los recitales del Indio las normas municipales pierden vigencia y está bien que así sea, sino no hay posibilidad de peregrinación ni de nada. No es por ahí la discusión. Con la noción tradicional de orden no se resuelven los problemas de los recitales del Indio. Acá se necesitaba una mirada organizacional muy profesional y articulada que debía gestionar la ilicitud permanente pero teniendo como límite la integridad física de los espectadores.

Da mucha pena que haya pasado esto. Ojalá se hubiesen cumplido los deseos del Indio y de todos los que fuimos. Pero no es lo mismo saltar una ola en Gesell que saltar una ola en Puerto Escondido: estas te pueden arrastrar y aplastar.

A mí me hubiera encantado escribir que fue un recital espectacular y que disfruté mucho pero lo cierto es que estando atrás el sonido era malo y las pantallas casi no se veían. Me hubiera gustado escribir que fue un recital maravillosamente político tanto por lo expreso como por lo tácito. Después de firmar una solicitada en contra del gobierno de Macri y denunciando la persecución a Cristina, El Indio habló por primera vez en un recital sobre los nietos de desparecidos que todavía falta encontrar, interpelando al numeroso público de nuestra generación que lo sigue. Y habló también de los proyectos de ley que quieren bajar la imputabilidad, haciendo una crítica feroz. Fue muy emocionante escuchar eso.

Cantó temas que hizo muy pocas veces en vivo que, jugando con mis deseos, tenían una función en la coyuntura política: Ropa Sucia (afuera ahora mismo), nuestro Amo juega al Esclavo (violencia es mentir), Todo Preso es Político (si está cárcel sigue así…), Esa estrella era mi lujo (fue mi único héroe en este lío), To beef or not to beef (pensando en vos siempre, siempre extrañándote).

Me hubiera gustado escribir solamente el último párrafo, pero la soga de la suerte se cortó y apareció con todas las luces el principio básico de causa y efecto. Con mucho dolor.

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