La carta de Celia: el relato de un aborto en 1954

Gabriel Rodríguez tiene una librería online de libros usados. Desde hace mucho tiempo recorre mercados de pulgas buscando libros para su negocio. Una vez fue al Ejército de Salvación. Los empleados  ya lo conocían porque es habitué y  le ofrecieron una biblioteca entera para comprar. Gabriel decidió comprarla y se llevó tantas cajas que cuando las vació su living entero estaba repleto de libros. Dentro de uno de estos libros encontró el sobre que contiene la carta de Celia y que narra un aborto en 1954.

 

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Bs. As. Junio 29 de 1954

Mi querida Teacher:

Hoy he recibido tu carta y te agradezco en el alma tus palabras de aliento para la tarea que me esperaba. Mi “sábado de gloria” comenzó con unos nervios horribles e inolvidables, estuve a punto de quedarme en casa, pero no sé aún de dónde saqué un poco de coraje y nos fuimos (Rubén tenía más miedo que yo). La clínica me inspiró confianza porque había muchas señoras, artistas y damas muy bien vestidas, lo cual me hizo pensar que si “éstas” iban era porque no “sonaban”. Yo tenía hora para las 16 y 30 pero como había almorzado tuve que volver a las 19 y 30. Te juro que en ese lapso de tiempo decidí cien cosas distintas, por fin me decidí una vez más y enseguida que pisé el hall vinieron dos enfermeras, una acompañó a Rubén a una biblioteca donde le dio unos libros y le dijo que esperar, la otra (muy canchera y muy agradable) me llevó a una sala llena de luz y de instrumentos donde otra enfermera ayudaba al médico a calzarse los guantes. La que me acompañó me dijo que no tuviera miedo, que ella iba a estar a mi lado y que pensara lo bien que estaría luego en casa con mi marido que tanto se preocupaba por mí, etc., etc.

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El doctor le dijo que me pusieran las piernas en posición y la enfermera me sacó los zapatos, la bombacha y la pollera, me ayudó a subir en la mesa de operaciones y allí empecé a llorar, el médico se reía y me “cachaba”, la otra ayudante trajo una mesa llena de tijeras largas y finitas y otras “armas” más, lo cual aumentó mi angustia y entonces el doctor me dijo: “Señora, todavía no lo voy a hacer nada, la señorita le va a aplicar una inyección y Ud. Me hablará de su estado y sus síntomas, así se le van los nervios y se queda tranquila”. Esto fue lo último que le oí decir, la “canchera” me puso la aguja en la vena y ni siquiera pude ver cuando la retiraba. A los veinte minutos estaba vestida, sentada en un sofá con Rubén que me daba palmaditas en la cara para que me despertara y una “Modess” (obsequio del sanatorio) entre las piernas. Quise ir a besar al médico porque hasta deseaba llorar de la alegría pero el “bendito” estaba haciendo el mismo trabajo a otra.

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La enfermera le dijo a Rubén que era un gasto inútil dejarme internada y yo que me sentía tan bien tuve una ganas enormes de irme por lo cual a la media hora me dieron una inyección de Penicilina y luego de pagar a la secretaria nos la picamos contentos como locos.

Te aseguro que fue todo tan lindo que el único recuerdo doloroso que conservaré siempre es el pinchazo de la inyección y la cuenta del médico que aunque fue “salada” estaba compensada con lo maravilloso de la actuación. Dios quiera que nunca precises pero si alguna vez necesitás de un cirujano excelente utilizá sus servicios que desde ahora yo te tengo tanta confianza y agradecimiento que estoy segura todo el que se atienda con él quedará tan contento que no irá a nunca a otro.

Me decís que tu mamá y Uds. estuvieron enfermos, yo lamento que cuando te hablé ayer no había recibido tu carta así me decías si estaban completamente restablecidos pero de todos modos pienso que así será ya que si nada me dijiste es porque marcha todo bien.

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Todavía me queda la esperanza de mudarme cerca del centro de la civilización pues por un aviso que pusimos en el diario inglés hay perspectivas para mudarse en un lugar mucho más céntrico (Córdoba entre Florida y San Martín) pero el dueño pide varios requisitos para darnos el departamento y todavía no sabemos si se podrá llegar a un acuerdo. Yo quisiera que sí, porque entre Banfield y el centro este cuerpo y el de su marido prefieren el “trocén” mil veces, veremos si Dios también quiere ayudarnos en esto.

Bueno mi adorada “Teacher” ya le dí un kilo de “lata” envasada, no le robo más tiempo y la dejo hasta la semana próxima en que la llamaré por teléfono. Mis saludos a Nené (decile que se dedique a la “medicina ilegal” que le dicen, que se hará millonario) y vos recibí de quien siempre te quiere un gran beso y abrazo.

Celia

PD: Disculpame los borrones y las tachaduras pero son provocados por la emoción que aún me dura.

Sara Paoletti Santochi
Sara Paoletti Santochi

Diseñadora gráfica - Ceramista.-

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