La matriarca de los Pinochet y su fortuna

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Por Fredi Velásquez, Leslie Ayala y Juan Pablo Figueroa.-

Lucía Hiriart (95 años) pasa sus días sola, en un amplio departamento en La Dehesa. La esposa del fallecido general Augusto Pinochet -eso sí- siempre está acompañada por dos enfermeras que se dividen en turnos y que tienen una habitación para estar disponibles las 24 horas.

Ellas son sus ojos, sus manos y sus pies. Gracias a esas enfermeras es que puede caminar por el departamento, revisar su celular y enviar mensajes por WhatsApp a sus familiares.

Las mismas mujeres le ayudan a conectarse a Skype y hablar con Jacqueline Pinochet, la menor de sus cinco hijos, y -dicen en su entorno- su predilecta. Ella le ha dicho que vuelve a vivir a Chile este mes, luego de separarse del empresario Jorge Castaño, su cuarto marido, y con quien vivía en Miami desde 2012. La idea de Jacqueline es estar más cerca de su mamá.

Lucía Hiriart está consciente y reconoce a sus cercanos. Mira las noticias por televisión, pero no hace mayores comentarios. Sus visitas evitan hablarle de política o de los problemas judiciales de los Pinochet por los últimos estertores de la investigación por enriquecimiento ílicito. “Doña Lucía igual se entera de todo”, cuenta un amigo de la familia.

La que fuera la mujer más poderosa de Chile por su influencia sobre Pinochet durante el régimen militar tiene días buenos y malos. A veces se despierta con ánimo, contenta y conversadora, preguntando por sus nietos. En otros, lo hace sin muchas ganas, en silencio.

Al volver la democracia, Lucía Hiriart nunca dio muestras de empatía o arrepentimiento por los detenidos desaparecidos o víctimas de violaciones a los derechos humanos. Sus cercanos dicen que eligió dividir su mundo en dos: entre los leales que se mantuvieron fieles al gobierno militar y los traidores, los que dieron la espalda a su esposo cuando dejó La Moneda. Aún mantiene ese resentimiento, pero cada vez hay menos fuerza en la que fue considerada por algunos como la mujer más temida del régimen.

Quienes han compartido con la viuda de Pinochet durante los últimos meses cuentan que para su avanzada edad está bien, con problemas físicos normales para una mujer que se acerca a los 100 años. Su última complicación fue un resfrío en junio, que no pasó a mayores.
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“Doña Lucía” -como le dicen- parte su rutina bien temprano en la mañana, cuando le tocan sesiones de kinesiología. Un especialista la visita en su departamento desde que en 2016 tuvo una trombosis en la cadera. Para la matriarca del clan Pinochet, el ejercicio es complicado y no le gusta. Queda muy cansada.

Además de su familia, la visitan los pocos amigos que le quedan. Son personas que se hicieron cercanas a ella durante el régimen militar. El senador UDI Iván Moreira es el único político que mantiene contacto con ella y su familia; el único que tiene “los pantalones bien puestos”, como dijo Lucía Hiriart en una entrevista a la revista Caras en 2003.

Si no tiene sesiones de kinesiología, la viuda de Pinochet se levanta más tarde. Aparte de ir a controles médicos, Lucía Hiriart casi no sale de su departamento. Sabe que su presencia en cualquier lugar despertaría polémicas y no tiene ganas de enfrentar eso. Prefiere vivir recluida en su hogar. Los últimos rumores sobre su muerte se originaron tras chequeos de rutina en el Hospital Militar.

Lucía Pinochet, la hija mayor, sigue viviendo en Estados Unidos, pero mantiene un contacto permanente con su madre, a quien visita cada vez que está de paso en Chile. El resto de los hijos está Santiago y la visitan de manera permanente. Marco Antonio Pinochet, el menor de los varones, es quien más contacto tiene con ella. Hablan a diario y se preocupa especialmente del personal de servicio y enfermería que la acompaña.

Su última aparición pública fue para un homenaje por los 100 años del natalicio de Augusto Pinochet, organizado por la Fundación Pinochet en Los Boldos, a fines de 2015.

Los hijos

Entre los cinco hijos de Augusto Pinochet y Lucía Hiriart se firmó hace tiempo una especie de pacto de silencio.

Lucía, Augusto, Marco Antonio, Jacqueline y Verónica decidieron no aparecer más en la prensa para no revivir viejas rencillas. Los herederos de Pinochet se dieron cuenta de que hablar en los medios sobre su familia, el gobierno o la justicia solo les traía problemas. “Quieren vivir tranquilos”, dice un conocido que pidió mantener en reserva su identidad.

Ellos han tenido diferencias casi toda la vida. Crecer con un padre militar, que tras el golpe, de un día a otro, se convirtió en líder de un gobierno de facto y luego en Presidente, fue algo que siempre resintieron. A algunos les daría desde entonces más atención que a otros.

Los bienes materiales también han sido foco de conflicto. En 2011, la hija mayor del clan, Lucía Pinochet, explicó a La Segunda por qué no habían querido abrir el testamento de Augusto Pinochet hasta ese momento.

“No se ha abierto porque los hijos no estamos interesados en abrir algo que está embargado. Hasta nos puede traer problemas, como decir que uno recibe más que el otro, que es lo más probable (…). Sé que hay diferencias, porque mi papá toda la vida tuvo súper regalona a la Jacqueline. Creo que eso se va a ver reflejado en el testamento”, aseguró Lucía.

El testamento de Pinochet fue abierto el 25 de abril de 2012, en el Tercer Juzgado Civil de Santiago. Solo se dio lectura a la última voluntad del excomandante en jefe del Ejército para repartir su fortuna a su esposa, hijos y nietos. Un 54% del total de esos bienes fueron para Lucía Hiriart. Un 41,5% pasó en partes iguales a los hijos y un 12,5% a los nietos mencionados en el documento. Nadie reclamó la herencia. Dos años después, fue el propio CDE que en el Séptimo Tribunal Civil exigió a los parientes aclarar si iban a aceptarla o repudiarla.

La última entrevista de un miembro del clan fue la que dio Jacqueline Pinochet a la revista Caras en febrero de 2014. La que señalan como “la hija favorita” de los Pinochet Hiriart contaba que en Miami había podido ser, por primera vez, una desconocida, sin el estigma de llevar el apellido Pinochet. “Tuve que mostrarme fría, fuerte y agresiva para defenderme, o si no, ¡me comían! Así fui perdiendo mi esencia, dejé de ser yo… Quería recuperar a la mujer, limpiarme de tanto chaqueteo e invención en contra de nuestra familia”, dijo.

Otra diferencia se marcó cuando a fines de 2000, Augusto Pinochet Hiriart intentó constituir su propio nombre como una marca comercial ante el Ministerio de Economía. La movida le salió mal, porque la solicitud fue rechazada luego de que su hermano menor, Marco Antonio, se opusiera por ser muy similar al nombre de su padre y por “atentar contra las normas de la ética mercantil”.

El tiempo y la distancia han acercado a los hermanos. Si bien están lejos de ser amigos entre todos, la muerte del exgeneral y el delicado estado de salud de la matriarca han empezado a borrar las disputas. La vuelta de Jacqueline desde Miami es una señal de unidad.

Un momento familiar importante fue en la Navidad y el Año Nuevo de 2016, cuando todos los Pinochet celebraron las fiestas en el Hospital Militar, donde Lucía Hiriart estaba internada por la trombosis a la cadera.

La Navidad siempre ha sido una tradición para los cinco hermanos. El compromiso es juntarse y quedarse con su madre. Pero hay también reuniones ocasionales.

La última vez que estuvieron juntos fue el pasado martes 4 de septiembre. Solo faltó Jacqueline, que estaba en Miami. Almorzaron en el departamento de Lucía para celebrar el cumpleaños de Marco Antonio.

Los nietos

En 2014, Jacqueline Pinochet contaba que la nueva generación del clan la componían 23 nietos y 25 bisnietos.

Ese número grande ha sido una gran dificultad para que los nietos de Lucía Hiriart se junten y tengan una relación constante. Un miembro de la familia revela que los sobrinos se ven poco entre ellos.

El apellido Pinochet les pesa a todos. Algunos han optado por defender lo que llaman “el legado que dejó su abuelo en el gobierno militar”. Otros prefieren no hablar ni pensar en el tema. Unos pocos, los más jóvenes, han empezado tímidamente a cuestionar la figura del excomandante en jefe.

Saben que hay gente esperando la muerte de Lucía Hiriart. Saben que incluso hay una cuenta de Twitter que notifica que aún vive. Se han acostumbrado a responder a las preguntas de sus conocidos cada vez que hay rumores sobre la partida de la matriarca.

Un miembro de la familia cuenta: “No vas a encontrar nadie en esa generación que desconozca a los detenidos desaparecidos”.

Esta nueva generación ha optado por mantenerse alejada de cualquier figuración pública. El nieto más notorio es Augusto Pinochet Molina, quien fue dado de baja del Ejército tras dar un discurso en el funeral de su abuelo, formó un movimiento político de ultraderecha y hace un año creó una empresa de seguridad privada.
Rodrigo García Pinochet intentó ser candidato a diputado en 2013, pero terminó bajando su postulación. Según cuentan familiares, sería el nieto más cercano a Lucía Hiriart, visitándola todas las semanas. García Pinochet estuvo en el atentado que sufrió Augusto Pinochet en 1986. Eso determinó una cercanía especial con sus abuelos.

El resto ha preferido mantenerse más al margen. Entre los nietos de Augusto Pinochet hay productores audiovisuales, campeones sudamericanos de Jiu Jitsu, relacionadores públicos y corredores de propiedades. También han creado sociedades en empresas inmobiliarias y de inversiones.

Los nietos de Lucía Hiriart tratan de ir a verla cuando pueden, pero no son constantes. Aparte de García Pinochet, son los hijos de Jacqueline los más preocupados por su estado. Ellos vivieron con su abuela en los años en que su madre se fue a vivir a Estados Unidos y la conocen más.

La describen como una mujer severa, pero cariñosa, que está viviendo sus últimos días encerrada en su propio departamento.

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La fortuna

Varias han sido las acciones emprendidas por el CDE para recuperar los dineros que -según estableció la investigación por el caso Riggs- Augusto Pinochet se apropió desde arcas fiscales y que le permitió acumular una fortuna en la que US$ 17 millones aún no tienen justificación.

La sentencia de hace un par de semanas de la Corte Suprema fue un balde de agua fría para el CDE. Contrario a lo que se esperaba, el fallo dio curso al comiso de US$ 1,6 millones, un monto mucho menor al total de dineros y propiedades que estaban embargadas.

Una vez finalizada la arista penal, podría darse curso a la posesión efectiva de la herencia, cuya forma de repartición quedó establecida en el testamento de Pinochet. Del monto incautado en la justicia podrían liberarse entonces US$ 15,4 millones a repartir entre los descendientes de Pinochet.

El CDE planifica una última ofensiva para que el máximo tribunal aclare su sentencia. En la parte resolutiva se acogen los argumentos del Fisco respecto de que los bienes fueron adquiridos con dineros producto de malversación de caudales públicos y que sus herederos no pueden controvertir, pese a que Pinochet no fue condenado en vida.

Para los demandantes, la parte confusa del fallo es que señala que, aunque no hayan sido condenados, los herederos “perderán los bienes sobre los que recaiga el comiso, no por ser autores del delito de malversación de caudales públicos, sino porque esos bienes provienen de este y porque esos familiares los adquirieron con posterioridad al inicio de este juicio, e incluso después de decretadas las medidas cautelares con las que se aseguraron esos bienes, motivo por el cual no pueden catalogarse como ‘terceros no responsables’ de buena fe”.

Esa sería la última jugada del CDE.

Con el fin del caso Riggs se activará -dicen cercanos a la familia- la posesión efectiva de 23 bienes inmuebles, entre los que está un fundo en Lago Ranco adquirido por Pinochet a inicios de los 90 y que hoy estaría tasado en varios cientos de millones de pesos.

De reclamar la herencia, la familia tendría que pagar más de $ 2 mil millones solo en impuestos.

 

Esta nota fue escrita en el marco de la Beca Cosecha Roja y también se publicó en Diario La Tercera.-

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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