¿La última misa?

Una mujer tiene las manos entrelazadas por detrás de la cabeza de su pareja. Su pelo rubio no brilla. Ella se ve hermosa. Cuelga su cuerpo, en pura verticalidad, por encima del cuerpo del hombre. Sólo la sostienen sus propios dedos y los brazos de él. La mujer está en el predio La Colmena cuando los primeros acordes del recital del Indio Solari y los Fundamentalistas del aire acondicionado comienzan a sonar. Ella no abre los ojos. No disfruta. Está totalmente borracha.

Vuelan unas latas de cerveza. Algunas llenas, otras vacías. Caen con fuerza sobre la gente. Solari canta algunos temas. No se escucha bien. No se ve nada. A poco más de la mitad del campo, para el lado de las puertas, hay unas cuatro cuadras.

Ir más adelante es casi demencial. No es un recital común. Hay algo raro en el aire que impide avanzar. Vamos hacia el costado. No se escucha. La gente habla sin prestar atención al escenario. Muchos están en la suya. Gritan, se pegan, corren.

La procesión para llegar a la misa fue demente. Es costumbre seguir a la masa. Siempre con alegría, siempre cantando y bailando. En Olavarría se puso feo. La ciudad no estaba señalizada. El circuito obligó a doblar en una calle a la que le habían puesto en cada lateral una falsa pared de madera terciada. Un embudo mortal. Nosotros, nuestros hijos, una chica con un bebé en un cochecito y los barderos de siempre que empujan de atrás al grito “Vamooooos los redondos, vamos los redondos”. Sólo que esta vez éramos demasiados.

Fuimos todos en el aire, casi sin apoyar los pies en el piso. Claustrofobia, miedo. Toda nuestra atención a los hijos y sus amigos y a la mujer del bebé en el cochecito. Un lateral milagroso, visto con el rabillo del ojo, nos sacó de la marea humana. Por suerte, por milagro, nadie se cayó.

Antes del pasadizo fatal, unas cuadras más atrás, hubo que trepar una montaña pequeña. En la cima había dos vías de tren. Olavarría estaba empapada, la subida era de puro barro, las vías no se veían. Todo oscuro. Sin seguridad. A una cuadra de ahí, después lo supimos, un paso a nivel iluminado, asfaltado, mezquinado por las autoridades municipales de la ciudad, vaya a saber por qué. En definitiva, no se trata de otra cosa que del espacio público.

En el campo, Solari interrumpe. Pide con firmeza que saquen a dos personas tiradas muy cerquita de las vallas. Nadie escucha. Nadie se mueve. Detiene el show. Vuelve a pedir. Los borrachitos de siempre hacen avalancha. Son un puñado. Solari se irrita.  Para el recital varios minutos, más de 20. Defensa Civil busca a las personas.

De la mitad hacia atrás, decenas de tipos con medio envase de coca y fernet, de cerveza, o vino tinto caminan como zombies sin pestañear. Ojos abiertos, duros como palos. Beben y caminan. Se llevan por delate a los otros.

Cuatro pibes corren hacia atrás. Llevan un hombre entre todos, como si fuera una bandera. Piden permiso, llaman a la guardia médica. Lo dejan en el piso. Llegan los médicos y se lo llevan.

La gente empieza a retroceder. Otros hablan entre ellos. Se escucha a Solari hablar de las Abuelas de Plaza de Mayo, de la baja de la edad de imputabilidad. Sus palabras tienen la maravilla de la simpleza.

Sigue cantando. Decidimos que esta vez no seremos de la partida del pogo más grande del mundo. Vamos hacia la puerta previendo el final. El aire sigue raro. No repunta.
Olavarría se convirtió en lo más parecido a la película “El baño del Papa”. Todos se quieren salvar. Para llegar al estadio, la caminata promedio es de seis kilómetros. Abuelos, madres, nietos, mafias organizadas con vendedores contratados por el pancho y la coca ofrecen de todo. Remeras, brownies locos, tres chori por 100 pé o tres cervezas por igual cantidad.

Más cerca del predio, cuatro por 100 de todo. Rematan. La gente está extraviada, borracha, incapaz de disfrutar. Siempre hay fisuras en los megarecitales. Pero Olavarría está en el top del descontrol.

Hubo filtraciones en la semana. Decían los medios de comunicación que la playlist de Solari tendría 25 temas. La lista parece no haber llegado a 12.

Estar en el escenario con la consciencia de que son demasiados los que están en peligro no debe ser fácil. La cintura de Solari lo hizo sacar de donde no tenía para no cortar el recital. Si lo hubiera hecho, Olavarría a esta hora sería una ciudad a refundar.

La vuelta es dura. Hace demasiado frío. La ropa se moja con el contacto del aire. Son otros seis kilómetros pero sin fuerzas. Nadie sabe dónde está. La gente está perdida. Nadie explica nada. Nadie cuida.

Al otro día, después de esperar la luz del sol en el auto con calefacción, el seguridad de la YPF dice “Algunos dicen siete. Otros once” ¿Siete qué? Nos enteramos de los muertos.
Una amiga llama desde Buenos Aires porque no encuentra a su hija y sabe lo que pasó. Su hija aparece. Respira.

En la radio de Olavarría dan cuenta de los cientos de chicos a los que los micros no esperaron. Sus padres llaman desesperados. Están allí. No tienen dinero, ni teléfono, ni zapatillas algunos. Un chico, Cipriano, de Flores, anda en calzoncillos. Le sacaron todo. Aparece una idea de la municipalidad: los suben a la tolva de un camión, de a 100, y los sacan de la ciudad. Prometen colectivos que nadie vió. Nadie sabe qué pasó con esos chicos. Sin embargo, a los olavarrienses les interesa la limpieza. Ellos piensan en quién se ocupará de sacar las latitas de los terrenos baldíos. A la noche quisieron hacerse la América. A la mañana se quejan como buenos vecinos.

Hay 12 internados en el hospital. Al menos la mitad tiene heridas de armas blancas. Más de la mitad está intoxicada.

¿Qué se hace, entonces, con la ofrenda del artista? Los rituales ricoteros necesitan aggiornarse porque el Indio se ha aggiornado. Creció su poética inmensa. Y esa es su ofrenda, su joya patricia. El resto debe saber qué hacer con ella. Enamorarse, salir mejor, hacer la fiesta y disfrutarla. Bailar y cantar y saltar en el pogo más grande del mundo. El resto -las corridas, las latas voladoras, las armas blancas, la intoxicación al límite, los bebés en el predio- es historia de otra época que fue peor. Nadie sabe si ésta fue la última misa. Y si no lo fue, aprender es urgente.

#IndioEnOlavarría: tres miradas

María Sucarrat
María Sucarrat

Periodista.

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