Mala Praxis

mala praxis

Luciana Mangó*

Berenice abre los ojos con fuerza y los mueve más de lo habitual. El padre la nota incómoda y la gira en la cama donde está acostada en posición fetal desde hace más de un año. Berenice lo mira y lanza una bocanada de aire. El padre le acerca un tablero con letras y números y ella empieza a señalar letras. Quiere descansar. Berenice tiene 27 años y no habla ni camina. No puede estirar las piernas ni sentarse. El 12 de octubre de 2016 entró a una cirugía de implantes mamarios. Sufrió un paro cardiorrespiratorio y un ACV isquémico. La llevaron a un sanatorio y entró en coma.

Cuando recuperó el conocimiento la mudaron a un centro de rehabilitación y estuvo internada durante un año. Los primeros dos meses mostró una mejoría: se paró y dio algunos pasos. Una infección la volvió a dejar en la cama y desde ese día quedó con las piernas flexionadas hacia el pecho. Seis días antes de cumplir los 27 volvió a la casa que comparte con sus padres y su hermano menor. En los últimos tres meses sólo salió de la habitación para ir al patio con ayuda.

La familia denunció al cirujano, al médico ayudante y al anestesista que la operaron por mala praxis y por daños y perjuicios. Hace dos semanas el padre, Marcelo Conte, se presentó en Tribunales provinciales por cuarta vez. Según contó a El Ciudadano, los médicos nunca entraron al juzgado.

El abogado de la familia, Miguel Antonio Gastaldi, dijo que esperan el informe de la segunda pericia médica. La familia de Berenice pide que la Justicia acelere los tiempos y que alguna institución o especialista pueda ayudarla. “Mi hija está así por culpa de dos médicos.  Los tiempos de la ley no acompañan una situación como la nuestra”, dijo el padre.

En la espera

Berenice pasa los días acostada viendo televisión, jugando a juegos de mesa o escuchando las historias de los vecinos que le cuentan. Para ella la casa es su habitación y su cama. Nunca está sola. La familia se turna para acompañarla y la visitan un médico clínico, una fonoaudióloga, una psicóloga y un acompañante, entre otros especialistas. “Me mira con ojos desesperados y me pregunta si se va a curar. Le digo que se ponga las pilas, que haga los ejercicios y que después vamos a viajar. No puedo decirle otra cosa”, contó Marisa, la madre. “Consultamos muchísimos profesionales. Me dicen que el caso es complejo, pero nadie me sabe decir cómo ayudarla. Quiero saber si hay alguna institución o especialista en Rosario que la pueda tratar”, agregó.

El 12 de octubre de 2016 Berenice se sometió a una cirugía de implantes mamarios en una clínica de Tucumán y Francia, que ya no pertenece a los médicos que la operaron. La cerraron poco después de la operación . Berenice tenía un pecho más chico que el otro y quería hacerse una reparación. A las 8 de aquel miércoles cruzó la puerta de la clínica a la que había llegado por recomendación de una amiga. Los médicos, recordó el padre a este medio, le habían dicho que era una cirugía sencilla y rápida. “Al mediodía sale”, le dijeron.

A las 10 de la mañana Conte recibió un llamado de su esposa. Habían internado a Berenice en un sanatorio del macrocentro. Según les dijeron los médicos, al salir de la operación sufrió un paro cardiorrespiratorio. El cerebro perdió oxígeno y eso le causó daños neuronales. Berenice estuvo en coma unos meses. Le hicieron una traqueotomía para que pudiera respirar. Cuando se despertó la trasladaron a un centro de rehabilitación donde estuvo casi un año. Durante los dos primeros meses su motricidad mejoró. Cruzaba las piernas, se paraba y daba algunos pasos. Al tiempo se volvió a enfermar y el cuerpo retrocedió.

Hoy no puede estirar las piernas ni los dedos de la mano. Necesita ayuda para doblar y mover los brazos, y para cambiarse de posición en la cama. Toma cerca de 10 pastillas al día y come con un botón gástrico. Habla con la mirada y apenas mueve la boca. Con ayuda aprendió a usar una tabla donde indica letras para formar palabras. Si necesita algo, toca un timbre para llamar a los padres y al hermano de 21 años. “Cuando está sola llora. Extraña a sus amigas y su antigua vida. Ahora entiende más y se pone mal de verse así”, contó el papá.

Berenice había vuelto de Europa dos semanas antes de entrar al quirófano para operarse el pecho. Viajó por Francia e Italia. Había vivido tres meses en Brasil. Habla tres idiomas y le faltan un par de materias para recibirse de la carrera de Relaciones Públicas. Con el grupo de amigas planeaban conocer Tailandia. Ahorraba para viajar a capacitarse y trabajaba como recepcionista en el bar Rock and Fellers. Los mozos y mozas aún le guardan su parte de la propina. Para el último cumpleaños Berenice pidió un par de zapatos y una bikini. “Siempre andaba con tacos altos. Ahora dice que quiere salir a pasear en auto”, contó la madre.

El 3 de noviembre del año pasado fue el primer cumpleaños que pasó en casa de su familia después de la operación. La madre le organizó una gran fiesta. “Llamé a todas las amigas. Trajeron una torta. Ella estuvo un rato en el comedor con nosotros y después quiso volver a la pieza. Las amigas fueron con ella y se quedaron toda la tarde acompañándola y sacándose fotos”, recordó. Todas las semanas las amigas toman turnos para ir a verla. Le encanta salir juntas, viajar y leer.

La familia espera una silla de ruedas especial para que Berenice pueda, al menos, salir un rato al patio o a la puerta. A Berenice le gusta escuchar al cantante brasileño Armandihno. Le gusta ver novelas. Los padres cuentan que no se perdía un capítulo de Las Estrellas y también siguió las series Rita y Merlí. Se ríe cuando el padre le inventa historias sobre cómo conoció a las protagonistas y con la madre se burlan de él.

Esta nota se escribió en el marco de la Beca Cosecha Roja y también fue publicada en Diario El Ciudadano. Foto: Ana Stutz-

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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