Mataron a una piba en mi barrio

Hace poco más de un año apareció el cuerpo de una niña de 9 años en un pasaje de José Mármol, al sur del conurbano bonaerense. Era Estefanía Bonome, tenía 9 años y cuando desapareció estaba jugando a las escondidas. Abril Carrizo se sumerge en la trama del femicidio para contarnos que nada volvió a ser igual en las calles del barrio.

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Por Abril Carrizo.-

1

A las ocho de la noche le mandé un mensaje a mi vieja avisándole que ya había salido de teatro. Me acuerdo de ver el cielo mientras esperaba el bondi, notar la forma en que las nubes se hacían pesadas e incontenibles. En cualquier momento iban a estallar, pero para ese entonces yo ya iba a estar en mi casa. 

En cinco días rendía un parcial así que solo pensaba en eso. En Mármol las cuadras se caminan con los ojos cerrados y casi toda la vida puede hacerse de memoria. Todo se repite más o menos igual, más o menos todos los días. Pero hay cosas que no. 

Hay sucesos que  son como pisar una baldosa floja y llenarse la zapatilla de agua sucia. Y hay baldosas flojas en todas las veredas de todas las calles. Como consecuencia, se aprende a tener cuidado del lugar en donde apoya el pie. El miedo configura el entorno que antes parecía no existir. 

A las diez estaba en la mesa comiendo con mi familia. A las diez y media le mandé un mensaje a mi novio: dicen los vecinos que tiraron un cuerpo en la estación. 

2

Mauro está en la remisería mirando Los Simpsons con sus compañeros cuando aparece un ciclista. Entra al lugar agitado, con una cara tan blanca que es  imposible de olvidar. Pide ayuda, dice que hay un cuerpo en el pasaje.

¿Quién es ese cuerpo?

Mauro corre toda esa cuadra sin siquiera pensarlo. Veinte minutos antes él había pasado con el auto por ese pasaje. Le asombra cómo en tan poco tiempo todo puede irse al carajo. 

Al llegar ve el cuerpo de una nena, delicadamente acostado. Desea que ese cuerpo esté dormido, soñando con algo. Piensa en su hija. Quiere levantarlo, abrazarlo, protegerlo.

Tantea con la mirada al ciclista. Ya no está. A lo mejor no lo había seguido, a lo mejor nunca existió. Eso es lo de menos. Sigue sin llover.

Hace todo lo que tiene que hacer. La policía y la ambulancia ya están ahí. Vuelve a la agencia. La cotidianidad ya está rota. 

Entre las cosas que no se olvidan está la imagen de una mamá que llora por su hija muerta. Se vuelve recurrente. Vive en cada viaje que hizo esa noche. En todos lo que hace desde entonces.

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3

Estefanía Bonome. 9 años. Perteneciente a la comunidad gitana. Los medios sentencian: ajuste de cuentas. Las redes sociales replican: ajuste de cuentas. 

Cortes en mano derecha, abdomen, ceja y muñeca izquierda. La encuentran tirada, con una bolsa en la cabeza. El cuerpo cubierto con sangre, tapado con una sábana. 

Esa noche toda la comunidad gitana de José Mármol se moviliza, permanece insomne buscando. Y mientras, en la boca de tantos el prejuicio. De tantos cómodos que esa noche cenan, miran tele, duermen en sus camas, comentan en Facebook. Algo habrá hecho esa familia, a alguien le estarán debiendo.

4

Estefanía juega a las escondidas. Es el cumpleaños de su mamá y está en la vereda con las primas, que viven a una cuadra de su casa. Siempre juega con ellas, aunque son más chicas. No es de esas nenas que se hacen las grandes. Pero es coqueta: tiene puestos sus aritos de flores y lleva las uñas pintadas de rosa. 

El primo está cerca, jugando a la pelota. 

—Vení —le dice. Tengo un regalo para tu mamá. 

Y ella va. Seguro contenta, porque no tiene nada para regalarle. Son las 20.37.

A las 21:03 aparece la camioneta de su abuelo en la grabación de la cámara de una vecina. 

A las 21:16 lo capta la cámara del club, que queda a dos cuadras del pasaje. 

A las 21: 22 ya está entrando de nuevo a su casa, sin Estefanía.

Tiene tiempo para hidrolavar la camioneta. Para cambiarse. Para servirle un vaso de agua a la mamá de la nena y decirle tranquila, ya va a aparecer.

5

Daiana cumple 25 años. Está en su casa con la más chica a upa. Mira tele. Ya es de noche, más o menos las 21:30. Su sobrina le toca la puerta.

—¿Estefanía está ahí? —pregunta.

Daiana no entiende.

—La nena estaba con vos —dice.

—No, hace rato se fue con Mijael.

Daiana está caminando la cuadra que separa su casa de la de sus tíos, los abuelos de Mijael. Ahí está la mamá del chico, fumando un cigarrillo en la vereda.

Cuando la ve llegar le dice que a la nena la están buscando hace 15 minutos, más o menos. La prima, que estaba escuchando desde la vereda de enfrente le dice que no, que la están buscando hace una hora, que no mienta.

Daiana se nubla. Busca a su tío, que la mira distante.

—¿Y yo qué querés que haga? —dice—. Andá a la comisaría. 

Daiana cumple 25 años y está yendo a la comisaría a denunciar la desaparición de su hija. Está yendo sola. Después se da cuenta de que atrás la seguían Mijael con la vieja. Eso la tranquiliza. 

Daiana ya está en la comisaría contando cómo fue todo. Mijael la consuela, le pone una mano en el hombro. Eso la tranquiliza. La mamá de él la mira de lejos, no se inmuta. Daiana escucha que le dice al hijo algo en su lengua:

—Esta te va a querer echar la culpa a vos.

Eso no la tranquiliza. El cielo se termina de nublar.

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6

Es viernes 26 de octubre. Los medios y los peritos dan vueltas por Mármol. Todavía no llueve. 

La camioneta del abuelo de Mijael es una frigorífica blanca, igual a la que aparece en las cámaras de seguridad. En su interior encuentran sangre. En el galpón donde la guardan también: en las paredes, en el piso. Está lleno. 

Encuentran ropa, entre ella, un boxer. También un cuchillo tramontina, de esos de mango de madera, que tienen dos puntos de metal. Los que usás para comer. Pero con sangre. 

Ese mismo día detienen al principal sospechoso. 

Es Mijael, el primo de Estefanía. Tiene 15 años.

7

—Si te doy algo, ¿me prometés que no te vas a poner mal?

Daiana tiene frente a sus ojos a la abuela del asesino de su hija. 

Es sábado. La noche anterior habían estado velando a Estefanía. Los velorios en la comunidad gitana duran toda la noche. Ni el abuelo ni la mamá de Mijael se habían presentado.

No se puede estar peor. De mala manera, pregunta qué es lo que le tiene que dar. La abuela de Mijael le deja un arito en la mano y se va. Es una flor con brillos. No entiende. En el rastrillaje no encontraron ningún arito. ¿Por qué lo encuentra ella? 

Daiana confirma: siempre se puede estar un poco peor.

8

—Ese día tuve ganas de hacer algo malo, tuve ganas de matar.

Cuando se lo preguntan contesta sin dudarlo. Habla tranquilo, sin remordimiento. Como quien no tiene nada que perder. Suena, incluso, desafiante.

Se llama Cristian Alejandro Yovanovitz. Pero le dicen Mijael. Llevó engañada a su prima de 9 años al galpón de su abuelo donde intentó abusar de ella. Pero no pudo. La prueba está en la sangre desparramada en el piso y en las paredes, en los golpes que implican resistencia. 

Arrastró su cuerpo. Lo tiró para que todos lo vean. 

Ya en su casa le mandó un mensaje a la novia. Le contó lo que acababa de hacer. 

—Vos podés terminar igual —le dijo.

9

Daiana tuvo a Estefanía a los 16 años. Cuenta que fue difícil pero que su familia la ayudó mucho. Se acuerda de todo con una sonrisa. Con Pablo se levantaban y él le hacía la leche. Jugaban con ella. Había que tenerle paciencia, no es fácil entretener a un bebé. Ellos se turnaban. 

—Por suerte estoy en mi casa —dice—. Siempre tuve el apoyo de mi familia. Incluso ahora que ella ya no está. Estoy acompañada siempre.

Los fines de semana, Estefi vendía curitas por la calle con la familia. Con su parte se compraba las golosinas para el colegio. 

A veces también lo acompañaba al padre a la feria de Varela, a vender almohadas. Ella se levantaba siempre sola, se cepillaba los dientes. No había que pedirle nada. Se ponía ansiosa, iba acomodando las almohadas en la vereda para subirlas al auto. Después se contaba su plata. La ponía contenta poder comprarse cosas. 

Hubo un tiempo en que decía que de grande quería ser enfermera. Después quiso ser policía.  Yo le dije que si estudiaba podía ser lo que quisiera. La quería mandar a árabe, me acuerdo. Y el papá a boxeo. No nos dieron tiempo de nada.

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10

Hacía menos de un mes Mijael se escapó de la granja donde estaba internado por adicciones. Daiana estaba en su casa cuando el tío del pibe le tocó bocina desesperado. 

Ni bien se escapó se fue caminando de Banfield hasta su casa. Daiana se acuerda de haberle servido un vaso de Coca, de haberle dicho que se porte bien, que no haga poner mal a los abuelos que ya están grandes. Era como hablarle a un bebé, reprocharle cosas que no entendía, que no podía razonar. El tío era el que más le aconsejaba.

Lo bancaban como se banca a la familia. Sin cuestionarse, porque sí.  Había sido criado por los abuelos, que siempre trataron sus quilombos como si fueran travesuras. Mijael iba cada vez más lejos. 

Era raro. Podía estar bien un rato y enseguida tenía un impulso de hacer algo. Entonces golpeaba o trataba mal. Le gustaba amenazar con cuchillos.

Todos en el barrio se acuerdan de la vuelta que atacó a la hija de Sofía. Estaban discutiendo y ella fue firme, no se dejó intimidar. Eso lo enojó más. La golpeó hasta dejarla inconsciente y una vez tirada en el piso le pasó por arriba con la bicicleta. Una y otra vez. 

Estuvo mucho tiempo internada. Él siguió con su vida.

Hace un tiempo había intentado robarle el televisor a una vecina y en medio el forcejeo le pegó una piña que la dejó ciega de un ojo.  No había forma de frenarlo.

Tenía algo con los más chicos. Abusaba de su poder, de su tamaño. Fue a muchos colegios, lo echaban de uno y se metía en otro. Era un peligro porque él se enojaba de la nada y decía que te quería matar. Escupía  a las maestras, rompía cosas.

La noche que lo detuvieron, él fue indiferente. Puteó a los policías, les dijo que le chupen la pija, que el abuelo ponía plata y lo sacaban al toque.

Después de lo que pasó con Estefi, la hermanita de Mijael se animó a contarlo: todas las noches abusaba de ella.

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Daiana es de esas mujeres fuertes que te aguantan la mirada fija, que te increpan si es necesario. Es una mujer rota. Pero incluso sumida en la tristeza no deja que la voz le tiemble.

Sabe que Mijael no pudo haber hecho todo solo. Sabe que tuvo cómplices y que eran aquellos a los que siempre consideró familia. 

—Imaginate confiar de tal forma y que te hagan una cosa como esta.

Supo que no podía vivir a una cuadra de la casa de los asesinos de su hija. No podía vivir viéndoles la cara todos los días. No dudó en echarlos del barrio. En hacerles saber que nadie se va de esta vida sin pagar.

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12

Ya pasaron tres días. Ya termina su licencia. Tiene ganas de volver a dar clases. Lo que me duele es no haber podido despedirme de ella, se lamenta Florencia.

Cuando entra al aula lo primero que hace es tantear con la vista la silla vacía. No todos saben cuál es el peso de la ausencia. Los compañeros de Estefanía lo aprenden rápido. Buscan sentarse cerca, encontrar el lugar físico que los acerque a lo que ya nunca va a volver.

Apenas entra la llenan de abrazos, de besos con ruido. A pesar de todo están contentos, la operación de la seño Flor salió bien y ya están juntos de nuevo. Ahora la necesitan más que nunca.

Al fondo del aula, en la pared, hay una cartulina pegada. Cada uno le había escrito un mensaje. En una punta de la hoja amarilla está ella. Su letra, algo inclinada, con fibrón violeta. Florencia no pudo despedirse, pero Estefanía si pudo darle la bienvenida. Le pudo desear que se recupere pronto. Le pudo decir cuánto la extrañó. 

Florencia vive esa noche como una pesadilla. Los mensajes en whatsapp. Buscar la lista, apurada, recién salida del baño con la toalla en la cabeza. Buscarla, confirmarlo. Sí, es ella. Bonome. Mi alumnita. Su apellido, su nombre, ella. 

13

Es de noche y salto el molinete con gracia de acróbata. El último tren ya cierra las puertas y arranca para Calzada, la siguiente estación. La noche está apenas fresca y Mármol parece deshabitada.

El silencio me asusta. Evito mirar al costado, verle la tierra a la calle del pasaje. Agarro la mochila con fuerza. Pienso en cosas, por ejemplo, para qué calle iría si tuviera que correr.

Espero en la esquina a mi vieja. Desde que todo esto pasó ya no quiero caminar sola.

Mi respiración me hace creer que hay alguien atrás mío. Pero soy solamente yo.

A lo lejos, el movimiento de la remisería me tranquiliza. Me pregunto si adentro estará sentado Mauro, si estarán esa noche pasando Los Simpson.

El auto de mi vieja se estaciona.

14

Ya pasó un año. En la esquina de Chayter y Frías se concentra una parte de la comunidad. Los vecinos sacan sillas a la vereda, caminan esquivando a los perros y los ponis. Pablo, el papá de Estefanía, pide a todos que se junten, que ya van a soltar los globos. Hay más de 40 personas pero mucho menos de 100. Pablo habla por el micrófono. 

—Hace un año a mi hija la mataron. Hace un año que esperamos los resultados de la autopsia. Nadie nos escucha. Los cómplices viven sus vidas, la nuestra se cae a pedazos. Hija, vos no vas a ser ni silencio ni olvido.

Las mujeres  pasean las polleras largas y los cigarrillos. Entre todas se sostienen. Un micro escolar corta la calle. Pablo infla los ùltimos globos. Son rosas y blancos con la cara de Estefanía impresa. Daiana da pitadas largas y nerviosas. Hoy es su cumpleaños.

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Las ilustraciones son todas de vecinxs de zona sur: Octavio Cid (dibujo del pasaje y de lxs padres), Candela Rizza (dibujo del galpón), Viviana Doherty (dibujo de los pies), Yanina Aran (dibujo de Estefanía), Micaela Zingales (collage del galpón y las velas)