Lydiette Carrión –  Para Cosecha Roja.-

Miguel Ángel Ramírez vio a su hija a Esmeralda viva por última vez mientras ella dormía. El miércoles 5 de septiembre, como todos los días, salió de madrugada rumbo a la Centralde Abastos –el mercado de productos perecederos más grande de la Ciudadde México–. Ahí trabaja como diablero, cargando y llevando compras, desde hace 20 años, casi desde que llegó a México huyendo de la guerra de su país natal, Guatemala.

Su esposa Cecilia también se levantó muy temprano. A las 5:30 salió a comprar leche y regresó pasadas las siete de la mañana. Sus tres hijos en secundaria y bachillerato ya se habían ido a la escuela y sólo alcanzó a despedirse del mayor, Abelardo, de 16, quien iba de salida a su trabajo.

Para cuando Esmeralda, de seis años, despertó, sólo estaban en casa su mamá y Estefanía, su hermanita bebé, de un año y medio de edad. La niña había entrado días atrás al turno vespertino de primero de primaria. Se levantó con hambre y antojo de un pan tostado.

“Ya te preparé una torta”, le dijo su madre, y la mandó a la casa de su vecino, Rosalío, para invitarlo a tomar un te. Eran las 8:30 de la mañana.

El hogar de Esmeralda es una construcción de dos cuartos y techo de lámina. En una habitación divida por un ropero duerme toda la familia. En la otra, está la cocina y una mesa. Ahí sirvieron el té y las tortas. Rosalío preguntó: “¿no quieren pan?” y sacó un billete de 20 pesos. Esmeralda corrió a calzarse para ir a la tienda. Tomó dos zapatos negros de sus hermanas mayores, un izquierdo y un derecho, pero de diferente par. Le quedaban muy grandes. Hacían ruido al caminar.

Encaramado en el cerro y sin otro acceso que un empinado andador peatonal, desde el hogar de Esmeralda se puede ver la autopista México–Puebla, y del otro lado de ésta, los techos grises y empobrecidos  de la delegación Iztapalapa. La vista es bella y miserable. La autopista ruge abajo. La colonia de Esmeralda se encuentra en el Estado de México, limita con el oriente del Distrito Federal; pero todo es la misma mancha urbana, la misma ciudad, con diferentes administraciones públicas.

La de Esmeralda es la última casa, fue escarbada del cerro mismo: una pared de tierra y roca delimita el patrimonio familiar. Arriba solo hay campo. De seguro, Esmeralda aspiró ese día el olor a hierba y agua estancada.

Su mamá la vigiló desde la entrada. La niña bajó los cientoveintitantos escalones hastala Francisco Villa, una callecita tranquila con dos accesos. Sorteó algunos espacios sin peldaños y llenos de lodo, y otros donde una plaga de azotadores ha hecho difícil caminar sin aplastarlos. Una vez en la calle, giró a la izquierda y caminó menos de2 metroshasta la tienda. Estaría fuera de vista por cinco minutos. Su mamá se metió unos instantes para atender a Estefanía.

Cecilia volvió a asomarse. El andador  permanecía desierto. Le pidió a Johnny, un vecinito que jugaba por ahí, que bajara por Esmeralda. Éste regresó y le dijo que ella no estaba en la calle. La madre encargó a su bebé con el vecino y bajó. Preguntó al dependiente de la tienda, quien le dijo que pasó por ahí, y que había comprado pan en la segunda tienda, a una casa de distancia. Incluso, comentó, la había escuchado caminar de regreso, con los zapatos que le quedaban grandes. Doña Cecilia le preguntó:

–¿Por qué no le vendiste el pan a mi niña?

–Porque quería el de la envoltura verde.

En la segunda tienda confirmaron el dicho. Había comprado el pan de envoltura verde con un billete de 20 pesos y se había ido.

Cecilia recorrió las calles; gritaba el nombre de la hija. Los vecinos se sumaron a la búsqueda. Alguien dijo que vio un jetta negro circulando. Llamaron a una patrulla. Una vecina le recomendó que fuera ala Asociación Mexicanade Niños Robados y Desaparecidos, que no perdiera tiempo con la policía. La madre hizo un recorrido de casi dos horas para llegar a las oficinas de la asociación, en el sur dela Ciudadde México. Ahí le tomaron el caso, le imprimieron unos volantes para repartir: ¿Le has visto? Esmeralda Jakeline Ramírez Simón, edad seis años. Vestía short verde con camiseta blanca. Señas particulares: tiene picados los dientes frontales. Una fotografía en lo que parece un festival escolar, la niña hace muecas porque le pega el sol de frente, lleva unas trenzas impecables. Enla Asociaciónurgieron a Cecilia a que diera parte al ministerio público.

La madre regresó a casa donde ya la esperaba su esposo. Continuaron la búsqueda hasta entrada la noche. Por la madrugada ella fue al ministerio público de los Reyesla Paz.

Al día siguiente, Cecilia  llamó de nuevo a los policías. Le pidieron que regresara hasta el viernes. “¡Cómo que hasta el viernes!”, exclamaron los vecinos cuando se enteraron. Entonces decidieron cerrar la autopista México–Puebla. Días más tarde, relataron los mismos vecinos, algunos medios consignaron que la autopista había sido bloqueada por miembros de Antorcha Campesina, una organización política de corte priista. Sólo un blog pequeño, hecho de forma artesanal por reporteros del Estado de México, consignó que una niña estaba perdida.

Pero la medida funcionó. El fiscal mandó la orden de encontrar a Esmeralda a como diera lugar. Al equipo de Juicios Orales del Centro de Justicia de Los Reyes llegó la orden de dejar todo y buscar a la niña.

“Lo primero que debe saber es que este asunto nos trajo vueltos locos”, dice el comandante Miguel Ángel Velázquez, jefe del grupo Juicios Orales del ministerio público Los Reyesla Paz. Se encuentra en su pequeña oficina, donde se está también el comandante Miguel Ávila.  Ambos tienen alrededor de 35 años, la mirada impávida de los que han visto demasiado; usan pantalones y zapatos de vestir, pero éstos se encuentran gastados, el material deformado y lleno de surcos, zapatos de personas que caminan mucho.

Los muebles de la oficina, casi en su totalidad, son propiedad de Velázquez. Él ha traído su escritorio, las sillas, computadora, impresora. Paga el teléfono de trabajo, y la gasolina. En su equipo son siete comandantes, que ganan en promedio entre 12 y 15 mil pesos mensuales (entre mil y mil 200 dólares). Solo dos cuentan con patrullas. Los demás usan autos particulares.

“Juicios orales” en realidad se dedica a investigaciones de toda clase de delitos –entre ellos, personas desaparecidas–, excepto aquellos que tienen áreas específicas: robos de vehículos, secuestros, homicidios o feminicidios. Recibe entre 20 y 30 casos diarios. El día en que Esmeralda desapareció, por ejemplo, un hombre había interpuesto una denuncia por el robo de sus tarjetas de presentación con valor de 300 pesos. Mientras los ministeriales eran presionados por el caso de la niña, el señor les exigía que buscaran sus tarjetas.

El jueves por la noche, la policía llevó al barrio de Esmeralda perros especializados en la detección de cadáveres. Peinaron el andador, la calle Francisco Villa, los andadores y calles aledaños, el cerro, el campo. Nada.

Los policías preguntaron a la madre si sospechaba de alguien. Cecilia recordó que 15 días antes de la desaparición, había tenido un altercado con un vecino, llamado José Luis, un albañil de más de 70 años, que vivió durante un tiempo con la familia y posteriormente improvisó una casita en el terreno de enfrente. Él había estado preso en las Islas Marías por matar a la suegra.

Interrogaron al albañil y lo dejaron ir. Comenzaron a sospechar de la familia. Invirtieron cuatro días en seguir al señor Miguel Ángel, el propio padre de Esmeralda. Solicitaron la colaboración de la policía del  Distrito Federal para entrar ala Centralde Abastos. Preguntaron por la niña, montaron guardia. Nada.

El cerro donde desapareció Esmeralda colinda con el Distrito Federal. Los ministeriales solicitaron a las autoridades capitalinas acceso a los videos de las cámaras de seguridad. Resultó en vano.

En los días siguientes continuaron recorriendo los sitios más intrincados de la colonia con perros entrenados para la detección de personas vivas. Solicitaron el apoyo de los vecinos debido a lo inaccesible del terreno. Fue infructuoso.

El 16 de septiembre, un albergue en el Estado de México informó que tenían a una niña de entre 6 y 8 años que decía vivir en Los Reyes, la Paz. Hubo un momento de esperanza, pero resultó ser otra pequeña que había escapado de casa un par de días antes, por los golpes del padre.

Los ministeriales interrogaron a todos los vecinos. Unos hablaban de un jetta negro; otros se limitaban a describir a Esmeralda: alta para su edad, bonita, robusta. Otros añadían que tenía un carácter beligerante. Varios inculpaban al albañil. Tal era el caso de una mujer que vivía en el mismo andador, cinco casas abajo del hogar de Esmeralda. La mujer lloraba, pedía que lo detuvieran.

Ella no sabía que los policías ya habían interrogado a José Luis desde el 7 de septiembre, habían verificado su coartada y lo habían descartado como sospechoso. Lo único que sabía la mujer es que, después de ser confrontado por los hermanos adolescentes de Esmeralda, el anciano abandonó su casa y se refugió con su hermana en Iztapalapa, Distrito Federal, al otro lado de la autopista.

Así se encontraba el equipo de Juicios Orales cuando, el 17 de septiembre por la tarde, 12 días después de la desaparición de Esmeralda, la misma vecina que imputaba al albañil llamó al celular del comandante Ávila y le refirió que detrás de su casa había un costal con olor fétido. “No vaya a serla de malas”, dijo.

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Es el terreno de una casa abandonada lleno de materiales de construcción y basura. La hierba es alta, y uno teme pisar algún animal. Se accede a él mediante un andador paralelo al de la casa de Esmeralda, pero atrás colinda con la casa de la vecina que llamó. La construcción abandonada, la casa contigua y la vivienda de la vecina forman una suerte de callejón estrecho, lleno de arena, cascajo y alimañas. Sobre la arena había un costal de rafia blanco. A un lado, dos zapatos negros de mujer, izquierdo y derecho, pero de diferentes pares.

Adentro estaba el cadáver de una niña pequeña en estado de descomposición. Llevaba un short verde claro y una camiseta.

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Llegaron la guardia, los peritos, el equipo de juicios orales. Acordonaron el área. Hubo una breve discusión sobre si el equipo de “Feminicidios” debía tomar el caso. Se decidió que continuara Juicios Orales.

José Avelino, de juicios orales, es un hombre de entre 45 a 50 años, de voz cavernosa, que utiliza corbatas que recuerdan las películas policiacas de Brian de Palma.

Él comenzó a revisar el terreno y tomar fotos con su cámara digital. Miró hacia arriba. Quizá un ojo menos entrenado no le hubiera dado importancia, pero a él le llamó la atención que las láminas de la casa de la vecina estuvieran levemente “abombadas”. El cemento que las unía estaba quebrado.

“Seguimos las láminas y empezamos a deducir que se trataba de pisadas, y del trayecto que tenía que haber recorrido la niña.” Preguntaron a la mujer. Ella respondió que un día antes, la gallina de un vecino había volado a su techo y sus hijos habían subido por ella.

Juicios Orales solicitó a la Secretaría de Seguridad Ciudadana del Estado de México que les prestara un detector molecular, mejor conocido entre la policía mexicana como la “ouija del diablo”.

El detector molecular, claman sus fabricantes, es capaz de detectar en el aire moléculas de droga, explosivos, cadáveres y otros. Varios gobiernos del mundo han adquirido estos aparatos y han concluido que es un fraude. Se han desatado escándalos debido a que el gobierno estadounidense los utilizó en Irak y sus soldados murieron porque el aparato no identificó la presencia de explosivos. En México se han presentado casos de personas que pasaron meses en la cárcel debido a que en algún retén del país la ouija dio positivo. Organizaciones de derechos humanos han condenado su uso. Pero las policías de México y de otras partes del mundo lo siguen usando.

El 18 de septiembre, los periciales utilizaron la ouija del diablo. Apuntó al domicilio de las láminas desacomodadas.

Pidieron permiso a la vecina de entrar, con el pretexto de revisar el perímetro. En la construcción hay dos casas. En la parte superior viven la madre (quien dio aviso), el esposo y sus cuatro hijos. Al lado, en desnivel, el domicilio de la abuela, y al fondo de éste hay un cuarto vacío. Ahí, las láminas habían sido empujadas y reventadas. Avelino concluyó: alguien quiso aventar el costal por ahí, pero no cupo. En el cuarto del hijo mayor, de 17 años, que se encontraba lloroso y nervioso, el cobertor tenía tres pequeñas gotas de sangre. Si bien no resultaron concluyentes en los peritajes, los policías le dijeron:

-¿Por qué no bajas al centro de justicia, para platicar, hijo?

-Sé que ya no voy a regresar- respondió él.

El 18 de septiembre alrededor del mediodía Manuel fue llevado al ministerio público.  Los vecinos cerraron de nuevo la autopista. Ellos reclamaban que Manuel había hallado el cuerpo cuando se saltó al terreno buscando una gallina. Incluso la madre de Esmeralda lo creía inocente. Ella lo había visto crecer.

“Ya nos querían venir a cerrar la oficina”, relata el comandante Miguel Ángel. Pero el muchacho, “ahí sentado en esta silla, sin que nadie le hiciera nada, comenzó a declarar”.

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El jueves 20 de septiembre, por la noche, las autoridades entregaron el cuerpo de Esmeralda. “Lo que queda de él”, dijo el señor Miguel Ángel. Esa misma noche y durante la mañana del viernes, fue velada en la calle Francisco Villa.

Llegaron vecinos de la calle y los andadores aledaños, y de todo el municipio. Muchos no conocían a la familia, pero presentaron sus condolencias y entregaron un dinero o una ayuda, un kilo de arroz o frijol. La mayoría de estas colonias se nutren de migrantes del interior de la República, quienes han traído consigo sus costumbres, y una de ellas es la solidaridad.

Las vecinas prepararon café, té, pollo, arroz, papas con charales. Cecilia se encargaba de resolver el entierro. La familia de Manuel pasó por la madrugada a ofrecer sus condolencias. Fue un momento frío, tenso. Todos fueron muy corteses. La madre del joven ofreció hacerse cargo de los gastos del entierro. Pero quedó en eso: un ofrecimiento. Desde un pueblito de Hidalgo llegaron los tíos de Cecilia, trajeron instrumentos y tocaron melodías tristes, al lado de un féretro adornado con globos y listones blancos.

Al medio día enterraron a Esmeralda. Los peritos no habían entregado los análisis del cuerpo. Debido al avanzado estado de descomposición del cadáver, no se pudo examinar la sangre, por lo utilizaron un pedazo de cartílago. “Pero ya queríamos que nos entregaran el cuerpo”, dice Miguel Ángel.

La noche del miércoles, la madrina de bautizo de Esmeralda la soñó: “Por favor, madrina, ya sáquenme de aquí”, le decía la niña. Después de que aquélla le dijera que lo haría, la niña añadió: “recuerde que me prometió una muñeca”. Al día siguiente, la madrina llamó a Cecilia y le dijo que Esmeralda pedía que ya la enterraran. Le compró no una, sino dos muñecas que guardaron en el féretro.

El 2 de octubre, en la Sala de Audiencias de Toluca, Manuel se declaró culpable. El juez sacó a la familia de Esmeralda de la sala. Jamás escucharon su declaración formal. A la semana siguiente, el Juzgado Segundo de Primera Instancia para Adolescentes del Estado de México sentenció a Manuel a dos años 5 meses de detención, por el delito de homicidio simple. Sus atenuantes: ser menor de edad y haber confesado.

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Según la declaración inicial del muchacho y la versión de los ministeriales, el 5 de septiembre Manuel había estado toda la noche bebiendo con unos amigos. Era la primera vez que se emborrachaba y llegó por la mañana a su colonia con ganas de algo. Se encontró a Esmeralda cuando ella subía ya con el pan tostado. Él le dijo “de groserías”. No sabemos exactamente cómo insultó a la niña –porque él no lo reveló-, pero sabemos que ella le respondió “puto”, y se echó a correr con los zapatos grandes.

Por supuesto, Manuel fue más rápido. Llegó a la entrada de su casa antes que ella y cuando ésta pasó le dio el jalón. La metió a la fuerza; ella se defendió y lo mordió en un hombro. Entonces él la golpeó en la cara, el estómago y una pierna. Luego la violó. Cuando terminó, la niña comenzó a llorar. Para acallarla, Manuel le tapó la boca. La apretó hasta dejarla sin vida. Se le pasó la mano. No quería hacerlo, dijo, pero lo hizo. La sentó en un sillón. Se encontró un costal con cascajo, lo vació y ahí la metió. Los policías consideran que tuvo a la niña en su casa al menos un día porque los perros que llevaron el jueves no detectaron el cadáver. Pero él declaró que la sacó el mismo día. Caminó por la barda que da a casa de su abuela por la orillita. Se subió al techo y descolgó el costal con un mecate. Al momento de retirarse pisó en falso una lámina de cartón y se cayó a un lado del cuerpo. Desató el costal y se subió de nuevo “como el hombre araña”, apoyándose entre las paredes de la construcción.

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Ha pasado casi un mes desde la sentencia. Son las dos de la tarde. Miguel Ángel acaba de regresar del trabajo, huele a almizcle por cargar fardos y bultos desde la madrugada. Cecilia lava unas piezas de pollo para dar de comer a sus hijos, que están por llegar de la escuela. Ella relata que cuando se ha encontrado a la mamá de Manuel en la calle o el andador, ésta brinca y aplaude “como si fuera una niña”. Como si hubiera perdido la cordura. El padre se emborracha, agrega Miguel Ángel, y echa pleito a quien se atreva cuestionarlo sobre su hijo. Miguel Ángel, en cambio, dice que no ha probado el alcohol. “Le prometí a mi niña linda que haría feliz a su familia. Y se lo voy a cumplir”, agrega. “Quizá nos está viendo”.

Van llegando, uno a uno, sus hijos. Chapeados y exhaustos por el sol, conforme llegan se dejan caer en alguna de las literas. La de 15 años está en el bachillerato y estudia contabilidad. Los más chicos, de 13 y 14 van en secundaria. Al fondo del patio hay una construcción a medias. Pregunto al señor  Miguel Ángel. Hace una mueca de desencanto. Otro proyecto postergado. Quería hacer unos cuartitos, pero ha sido imposible con los niños en la escuela.  Sacan los álbumes familiares, las fotos de Esmeralda. Ella y Estefanía se parecen a su papá: el rostro triangular y los ojos almendrados. Los demás tienen la cara redondita de su madre. Muestran las fotografías de Esmeralda en festivales escolares. La historia familiar en pedacitos. Una imagen de Esmeralda en su segundo cumpleaños: la pequeña sonriente, no sabe lo que es una fiesta, pero ahí están el pastel, el padre feliz, los hermanos corriendo y un ejército de niños. Y ahí está Manuel, el asesino, entre los invitados.

 

* El Estado de México es la entidad con más feminicidios en todo el país. Según el Observatorio Ciudadano del Feminicidio, ahí fueron asesinadas  mil tres mujeres entre 2005 y 2011. No hay cifras actualizadas al 2012. El de Esmeralda es un caso entre muchos. 

 

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