México: postales de la trata de personas para la explotación sexual

tratamexico

En México, entre 16 mil y 20 mil niños y adolescentes son víctimas de explotación sexual. El 90 por ciento de los casos queda impune. En 2011 dos chicas de 14 años fueron secuestradas al salir de la feria del pueblo en el estado de México. Fueron vendidas y explotadas sexualmente hasta que lograron escapar. En su pueblo las acusaron de irse por su propia voluntad. La historia de dos jóvenes que esperan que la Justicia pueda reparar un poco del daño que sufrieron.

Cosecha Roja – Lydiette Carrión.-

Sus recuerdos difieren en detalles. Adela declaró al ministerio público que era un tráiler rojo, del color de los carteles de emergencia. Estrella, que la cabina era blanca, como un espectro. Una de esas visiones que se captan con el rabillo del ojo.

Durante las últimas semanas Estrella y su prima Adela habían ido a la feria del pueblo casi todos los días, siempre acompañadas por un adulto. Había cumplido los 14 años hacía poco y veían a sus compañeras de la secundaria que paseaban hasta tarde sin ser vigiladas. Esa noche, la del 27 de enero de 2011, Adela tuvo el permiso de la mamá. Habló por teléfono con el papá -migrante indocumentado en Estados Unidos desde hacía siete años- y para que no se opusiera le mintió: le dijo que iría con su mamá y sus hermanos. Después dejó el celular y se llevó la cámara digital. A Estrella le dijeron que no. Nunca le daban permiso de nada, así que se escapó.

Estrella y Adela son primas hermanas, emparentadas por las dos partes, de rasgos y estatura similares, pequeñas, delgadas; con ojos grandes y boca ancha. Parecen el reflejo una de la otra. Esa noche se arreglaron: Adela llevaba un suéter rosa; Estrella, un bolerito color pistache. Llegaron a la fiesta en el atrio de la iglesia de su pueblo, en el Estado de México, por aquellas regiones cerca de los volcanes donde venden árboles de Navidad en diciembre y la gente de la Ciudad de México va de paseo los fines de semana. Un lugar con un pie en la zona metropolitana y otro en la agricultura de temporal y la migración. La pasaron bien. Comieron, bailaron con los chinelos, se subieron a los juegos mecánicos, saludaron a sus amigos de la escuela. Cuando salían de los baños públicos, pasadas las 10 de la noche, vieron de lejos a la mamá de Estrella que las buscaba furibunda. Se fueron corriendo, muertas de la risa y asustadas a la vez. Al perderla de vista decidieron irse a dormir a casa de Adela para que Estrella evitara el castigo.

Caminaron unas cuadras y esperaron el transporte a la orilla de la carretera: una vialidad angosta y secundaria. Estaba oscuro, pero había una patrulla cerca y el barullo de la feria aún se alcanzaba a escuchar. Estrella vio de reojo el tráiler, notó que se acercaba y que disminuía su velocidad. Eso la inquietó un poco, pero se dijo que era normal. Muchos transportes de carga se detienen en la zona. Para cuando se dio cuenta de su error, dos hombres con la cara tapada las sujetaban y las metían a la fuerza a la cabina. Les colocaron un trapo en la boca que olía a alcohol. Antes de perder el conocimiento, Adela notó que en el piso había muchas jícamas (un tubérculo similar a la papa) .

Adela abrió los ojos cuando ya amanecía. Estrella estaba despierta. Le sujetaba la mano con la palma empapada en sudor. El tráiler circulaba por la carretera Xalapa–Puebla. Lo que alguna vez fue una importante vialidad ahora ha sido relegada a camino de traspatio. Esta carretera de contrabando conecta el centro de Puebla con Veracruz. Zigzaguea entre los estados de Puebla, Tlaxcala y Veracruz, donde ya dominan los Zetas.

Al sur, cerca de Puebla capital, está la ranchería San Juan Acozac. Según los censos oficiales tiene menos de un centenar de habitantes. Sobre la carretera hay venta de cajones de madera para pequeños camiones de carga. Las loncherías, los servicios, todo está pensando para tráileres y gente que vive en el camino. Ahí las llevaron.

El tráiler se detuvo frente a una casa blanca con zaguán azul, sin patio. Los recibió una pareja joven: él negoció con los traileros mientras ella las conducía al interior de la casa. Jazmín –así se llamaba la muchacha-, tenía 24 años. Era alta, de tez blanca, piernas flacas, ventruda y pelo teñido. Sus facciones habrían sido hermosas si no hubieran estado hinchadas por el alcohol. Les sonrió. Apenas les dijo: “hola”. Caminaron hasta el fondo de la construcción y las encerró en el último cuarto.

Pasaron cuatro días encerradas sin comida. “Yo me guiaba los días porque se oyen los gallos cuando amanece, pero perdí la cuenta porque estaba asustada”, dijo Estrella en su primera declaración ministerial. En el cuarto había una jícara con agua sucia para beber y una colchoneta. Orinaban y defecaban en un rincón.

Al quinto día se abrió la puerta. Jazmín se llevó a Adela. Un hombre condujo a Estrella a otro cuarto. La amenazó con una botella rota de cerveza, le propinó una golpiza y la violó. Pasaron, uno por uno, 22 hombres más.

Al poco rato de haberse ido el último, Jazmín abrió la puerta.

–Levántate ya, no fue para tanto.

***

En noviembre de 2012, el señor Roberto y su hija Adela me recibieron en su hogar: un cuarto improvisado encima de la casa de los abuelos. Estaba en obra negra, por dentro lo habían forrado con plástico. Ofrecieron refresco; yo pedí agua. Cuando me di cuenta habían ido a comprar una botella porque en la casa no había. Roberto hizo un relato del estado de la causa judicial: el 14 de abril de 2011, cuando Adela fue rescatada, la policía detuvo a 10 personas. Las procuradurías de Puebla, el Estado de México y la General de la República lanzaron sendos comunicados sobre el desmantelamiento de una banda de tratantes y explotadores sexuales. Dieciocho meses después, los procesos por delitos del fuero común (explotación sexual, secuestro y corrupción de menores) se perdieron en los tribunales poblanos. Todavía queda el proceso federal por trata de personas, que según los abogados es casi imposible que se caiga, debido a que tanto los detenidos como los testigos dijeron que las dos menores de edad trabajaron en esos lugares. El padre continuó con un rosario de quejas.

En febrero de 2012 salió libre Daniel, hermano de Jazmín, que tenía 17 años cuando fue detenido. Adela brinca silenciosamente en su silla. A Daniel le había gustado Adela y le pidió a su hermana que se la regalara. Ella aceptó. Las autoridades no consideraron necesario informar a las víctimas de la libertad de Daniel, pero éste dejó de presentarse a firmar, por lo que en septiembre fueron notificados. El joven debía, además, pagar un poco más de 50 mil pesos (menos de 5 mil dólares) por resarcimiento de daño. Hasta ahora no lo ha hecho.

Adela me pidió un aventón a la Ciudad de México. Una ginecóloga había detectado algo raro en su matriz y debía realizarse unos análisis. Temía que fuera alguna secuela de la explotación. Como la familia estaba en bancarrota, el dinero lo ha puesto la ex diputada del Partido Acción Nacional (del ala conservadora) Rosi Orozco. Llevaba una mochila pequeña y un gato de peluche, el que le regaló su papá cuando la rescataron –poco tiempo después adoptó una gatita muy parecida al juguete: colores claros y pelo largo–. Yo esperaba un viaje de silencios, pero apenas tomamos carretera, la adolescente rompió el silencio:

–Las otras niñas me dicen sidosa.

En el pueblo, muchos piensan que las primas se fueron por propia voluntad. Adela miró por la ventana.

Se calcula que entre 16 mil y 20 mil niños y adolescentes son víctimas de explotación sexual en México. El 90 por ciento de los casos quedan a la sombra. O así lo considera el director de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos contra trata de personas, Emilio Maus Ratz. Al ver el aislamiento y la soledad en las que Adela vive su adolescencia, se entiende por qué muchas familias prefieren la impunidad a la publicidad.

Adela relató anécdotas desarticuladas sobre su cautiverio. Que los captores le quitaron su cámara digital y vieron las fotos de su familia. En particular las de su hermanita de seis años postrada en silla de ruedas: si ella se escapaba la hermanita ocuparía su lugar, le dijeron. Por eso, cuando fue rescatada, al principio no quería declarar en contra de ellos. Pero al llegar al ministerio público vio que su papá la esperaba. Sintió que esto le daba fortaleza y se animó a denunciar.

Roberto se había ido de mojado cuando ella tenía alrededor de siete años. Enviaba dinero suficiente, en cada ciclo escolar tenía todo lo que necesitaba: ropa, mochila, útiles. Tres años después el papá intentó establecerse de nuevo en México pero no pudo. Volvió a Maryland, Estados Unidos, dejando a la pequeña Adela -de entonces 9 años- devastada. No fue la única: poco después la mamá de Adela decidió poner fin al matrimonio.

Cuando Adela inició la secundaria, su hermana mayor llevó a vivir al esposo con ellas. Desde el inicio la relación fue tirante y hostil. Adela tuvo que irse de casa; su padre llamó a una de sus hermanas para que la recibiera. Vivió allí por un año hasta que en octubre de 2010 su mamá la aceptó de nuevo. Apenas llevaba unos meses de regreso cuando la levantaron aquel 27 de enero.

Después de ser rescatada, Adela escogió vivir con su papá. Al poco tiempo el hombre volvió a irse de mojado; la búsqueda de las niñas le había dejado deudas hasta por 80 mil pesos (algo menos de 8 mil dólares). Cruzó el desierto pero “la migra” lo deportó. Adela lo agradeció en silencio.

***

Seguimos el viaje. Adela pidió permiso para escuchar la música que llevaba en su celular. Una canción del Haragán y Compañía. Rock urbano. Vallenato, “Hoja en blanco”. De manera ceremoniosa anunció la siguiente canción: era la que le dedicaba su papá cuando estaba de mojado en Estados Unidos. “Hoy es 5 de Septiembre/ Mi hija cumple 13 / El tiempo pasó volando/ Ya ni me acuerdo/ Cuando empezó a ser señorita”. Adela se largó a llorar desconsolada. “Y yo lo único que puedo desear / Es que termine su carrera escolar / Que no se fije en ninguno de los tiburones”.

-Yo no me escapé- se reprocha-. Mi prima sí. Yo no tuve el valor.

***

Los dos meses y medio posteriores a su captura, Adela y Estrella -bajo los nombres de Daniela y Andrea- fueron explotadas en los bares “El Mezquite”, propiedad de Yolanda Campos Hernández; “El Rey”, de José Isabel Ramos Huerta; “El Compadre”, de Mayorico Ramos Huerta; y “El Bam Bam 1” y “2”, cuyo dueño era un hombre al que llamaban El Rojo. Todos estaban localizados en el área central de Puebla. Adela, además, fue explotada en fiestas privadas en el estado de Veracruz.

En cada bar había otras jóvenes y niñas. Algunas obligadas, otras no. Sus testimonios son una cascada de historias de horror inconexas, desarticuladas.
“Cuando se llevaban a mi prima a Veracruz le inyectaban heroína y ella no se daba cuenta de cuántos hombres atendía (…). Lo peor que te podía pasar es que te drogaran y te subieran a bailar en el tubo y te tuvieras que quitar la ropa (…). Me quise matar, le quité la pistola a uno de los hombres con los que estaba tomando y ya no supe qué hacer con ella. Me la quitaron y me agarraron a patadas, como si fuera un hombre (…). Jazmín me decía que ella decidía si me iba de ahí viva o muerta (…). No tenías derecho a una comida, no tenías derecho al agua limpia, no te dejaban dormir. Ellos querían que te vieras bien, pero si un cliente te quería pegar lo permitía (…) Me decían que si no me acostaba con los clientes iban a violar a mi prima (…). Me amenazaron, (me dijeron) que a otra muchacha que andaba de rebelde la golpearon hasta casi dejarla muerta y la fueron a aventar”.

A mediados de febrero Jazmín vendió a Estrella al Chabelo. La trasladaron a una casa en Los Reyes de Juárez, apenas a unos minutos de distancia. En la sala unos niños veían televisión. Atrás estaba el bar “El Rey”. Chabelo los recibió en chanclas y con un abrigo con peluche. Era un hombre de unos 43 años. Alto, gordo, con el ojo derecho “raro”. Acordaron el precio: 600 pesos por explotar a Estrella por una noche. A Chabelo le pareció muy caro.

Cuando todos se fueron a dormir, Jesús -ex militar de 22 años e hijo del Chabelo- la violó. En su segunda declaración ministerial, Estrella expresó: “cuando se fue me levanté y me dieron ganas de ir al baño. Me di cuenta que estaba sangrando mucho, (…) me puse un rollo de papel en la pantaleta. Ya no dormí”.

Después de eso Estrella intentó escapar por primera vez. Era por la tarde. Todos estaban en la cocina. Estrella dijo que le dolía el estómago, la dejaron sola y escapó. Paró una patrulla y les explicó lo que había pasado. Los policías la subieron y le dijeron que todo iba a estar bien. Tomaron carretera, llegaron a una construcción naranja con zaguán negro. Al interior había una hilera de cuartos en un terreno. Era otra casa de seguridad. La recibió Jazmín. Vio a su prima por primera vez en varios días. Lucía diferente. Triste, pero resignada.

–¿Que ya te gusta estar aquí?- le preguntó.

–No. Pero nadie me espera en casa.

Pasaban las semanas y Estrella se iba apagando. A su prima la veía cada vez menos y estaban distanciadas, probablemente resentidas. Adela tenía privilegios que Estrella no. En el mundo de la explotación y el crimen organizado se reproducen estratos de poder y prestigio. Pero a mediados de marzo ocurrió la vuelta de tuerca que hizo que Estrella se determinara a escapar a toda costa.

En un bar, Estrella conoció a una muchacha cuyo alias en los antros era Yadira (después conocería su verdadero nombre). Yadira se encontraba en el último peldaño del mundo de la trata de personas: había sido explotada desde los 12 años. Ahora, a los 17, ya estaba muy gastada y no atraía a los clientes.

Una tarde mientras Jazmín las estaba maquillando Estrella se bebió a escondidas un vaso de agua limpia. La madrota se dio cuenta y preguntó quién había sido.

Estrella guardo silencio. Yadira fue culpada.

Era uno de esos días en los que la paz dentro de la casa estaba sostenida con alfileres. Quizá fueron las drogas; quizá era que Yadira ya sólo fuera redituable como castigo ejemplar. La golpiza le destrozó la nariz y la boca. Ella, en un estado frenético, no paraba de gritar: “¡Dios, llévame contigo, ya es mucho sufrimiento!”. Le dispararon.

Estrella comprendió que si se quedaba, estaría ahí por cinco o seis años más y después correría una suerte parecida. Se dijo: “tienes tiempo para escaparte”. No tuvo que esperar mucho.

***

Marzo de 2013. La ex diputada Rosi Orozco llegó hasta un Starbucks de la colonia Condesa en el Distrito Federal. Durante la legislatura pasada, Orozco fue presidenta de la comisión especial de la lucha contra la Trata de Personas, y es considerada un referente clave en el impulso a la nueva Ley para prevenir, sancionar y erradicar la Trata de Personas y para la protección y asistencia de las víctimas. Muy alta y rodeada con varias asistentes y amigas, llegó al café en el que se entrevistaría con varias personas. Hasta el fondo, como queriendo esconderse, la siguió Estrella.

Roberto, el padre de Adela, y Rubí, la madre de Estrella son hermanos. Se casaron con otra pareja de hermanos: Laura y Jorge. Sus hijas nacieron con un mes de diferencia y físicamente parecen hermanas, no primas. Sus rasgos más llamativos son esos ojos grandes y brillantes. Los de Adela son color caoba y los de Estrella son negros.

Estrella pidió una bebida fría. Con firmeza y rapidez, atropellando las palabras, relató de forma desordenada el levantón; lo que vivió después y también su infancia, que a sus 16 años ya le parece lejana. Ríe, llora y se acongoja. Cuenta con nostalgia la relación con su padre, Jorge, un obrero sordomudo.

A señas, Jorge le repetía a la menor de sus hijas: “las mujeres sufren mucho, nacen para sufrir. Pero tú no. Tú eres fuerte como yo”. Hasta los trece años la vistió como a un niño: pantalón de mezclilla y camisa a cuadros. Al cumplir los diez, Estrella pidió una muñeca Bratz de regalo. Su padre le trajo un carro de control remoto. A los doce le compró una moto y le enseñó a manejarla, rápido y sin miedo. En una ocasión, padre e hija se cayeron en plena carretera. Le ordenó que se levantara y siguiera manejando. En la feria la subía al juego mecánico más fuerte. Cuando veía el miedo en su rostro, a señas le decía: “tú eres fuerte como yo”.

En la secundaria, los niños la invitaban a jugar futbol y las niñas se burlaban de su ropa. Llevaba la falda demasiado larga, mallas de colores o negras y usaba tenis -no soportaba los zapatos de mujer-. En cambio, Adela siempre fue muy femenina: arreglada y peinada, con zapatos muy bonitos.

Por septiembre de 2010, cuando iniciaron juntas segundo de secundaria, Adela habló seriamente con Estrella para que cambiara su imagen. Le regaló un par de zapatos. Le enchinó las pestañas, le dio brillo labial. A Estrella le gustó. En la escuela sus compañeros cambiaron de actitud: los niños dejaron de tratarla como uno más y las niñas se hicieron sus amigas.

–Si no hubiera cambiado mi identidad, a lo mejor no me habría pasado esto- piensa ahora.

A inicios de marzo Estrella fue a la PGR y preguntó por las otras muchachas que fueron rescatadas en abril de 2011.

–Me dijeron que las únicas menores de edad éramos mi prima y yo –dijo golpeando la mesa con el puño–. ¡No es cierto! Todas, menos una, eran menores de edad. Yo tenía credencial de elector falsa.

***

La oportunidad de escape llegó el 13 de abril de 2011. Esa tarde, las chicas no fueron al bar porque Jazmín se emborrachó con sus amigos. En un descuido, Estrella agarró el celular de Jazmín. No supo qué número marcar. No sabía los teléfonos de su casa. Jazmín la vio. Estrella lanzó el celular contra la pared y se rompió. Jazmín la arrastró hasta el cuarto más alejado.

–Tienes hasta las nueve de la noche para que dejes el celular como estaba. Si no, le voy a decir a Coquis–. Cerró con llave y se alejó.

Estrella se quedó sentada en el suelo. Se abrió la puerta. Era Mariana, la cuñada de Jazmín.

–Eres una loca, una cochina –le dijo. Mariana siempre la insultaba y después de arrepentía.

–¿Por qué si ya te dejan salir no te vas?–, le reprochó Estrella.

–Tú no sabes todo. No sabes que tengo un hijo– le dijo. Luego la miró con compasión y agregó:– si buscas bien, hay algo que te puede ayudar–. Y se fue.

Estrella revisó el cuarto. No tenía ventanas, sólo una mesa y un mueble grande y pesado contra la pared. En penumbras, aunque no pasaban de las 4 de la tarde. Se tiró al suelo y se encogió. “Si voy a morir que sea rápido”, pensó. “Y si es de un balazo, mejor. Así no sufro”. Apoyó la mejilla en el suelo. Por debajo del mueble, que había quedado frente a sus ojos, se colaba algo de luz. Con esfuerzo –tratando de no hacer ruido- lo movió. Era una puerta.

Escapó por los baldíos. Evitó la calle hasta estar segura de que no se encontraría con ninguna patrulla. Corrió hasta que una mujer le ofreció un aventón a Acatzingo, un poblado a 20 minutos de Acozac. Bajó del vehículo y caminó. Vio una feria que le pareció idéntica a la que había en su pueblo el día que las levantaron. Imaginó que todo había sido un sueño, que todavía era 27 de enero. Se miró a sí misma: llevaba una ombliguera escotada que sólo le cubría los pezones, un short recortado con el que mostraba la mitad de las nalgas, unas chanclas, el pelo teñido. Había perdido unos 10 kilos de peso y llevaba los pies sucios. Se sentó en una banqueta y comenzó a llorar. Unos muchachos que repartían propaganda religiosa se acercaron. Ella les dijo que necesitaba ir a México. Esa noche se quedó a dormir en su casa. Nadie la tocó. Le regalaron una cobija. A las seis de la mañana del día siguiente tomó el camión -los jóvenes pagaron el boleto-. Tras cuatro horas de viaje se bajó a la altura de Iztapalapa, en la periferia del Distrito Federal. En un parque, unas monjas le regalaron una biblia y le pagaron el pasaje para el trayecto que faltaba.

Llegó a su pueblo pasado el mediodía. Cuando bajó del camión se encontró con muchos conocidos que se le quedaron viendo. Estuvo a punto de irse y ya no regresar. Sintió mucha vergüenza de que la vieran así. Finalmente se armó de valor y fue a su casa. Esa misma tarde, en un operativo conjunto de las procuradurías estatales de México y Puebla, fueron rescatadas varias mujeres, entre ellas su prima Adela.

Epílogo

Estrella acaba de presentar sus primeras materias para terminar la secundaria. Quiere ser abogada especializada en derechos humanos. Hace poco las fue a buscar Daniel a su pueblo, por lo que Estrella ha tenido que irse de su casa. Actualmente se encuentra en un albergue para víctimas de trata.

Adela está estudiando para cultora de belleza. Con su timidez característica cuenta que no le salen las uñas de gel. Se irá de mojada con su padre. La abuela está muriendo. Padre e hija sólo esperan el desenlace para intentar el cruce nuevamente.

*La reconstrucción de la historia se basa en las declaraciones ministeriales y el testimonio de Estrella y Adela.

1 comentario

Responder

Su dirección de email no será publicada