A mi mamá la mató un policía

Pasaron siete años del asesinato de Miriam Fronza, una docente que fue víctima de una bala policial en Moreno. Este verano, a través de la ONG Víctimas por la paz, su hija decidió visitar a los dos acusados del asesinato, que están presos por un crimen que no cometieron. Este es el relato de ese encuentro reparador.

A mi mamá la mató un policía

Por Cosecha Roja
22/01/2020

Por Aimé Silva

1.

Fue el domingo 30 de septiembre de 2012 a la tarde. Un grupo de hombres intentó robarle una cupé Hyundai Génesis a una pareja que paseaba por la colectora de la autopista del oeste y Graham Bell, a la altura de Moreno. El conductor era un policía de la Dirección Departamental de Investigaciones (DDI) de Mercedes, el teniente Claudio Fernando Vadalá, de 25 años en ese entonces.

Vadalá estaba de franco pero portaba su arma reglamentaria. Se resistió al asalto, dio marcha atrás a toda velocidad, sacó su pistola y disparó dos veces.

Entre medio de unos y otros quedó un Volkswagen Bora ocupado por mi mamá, Miriam Fronza, y su marido. Según los testigos, mi mamá y su pareja se bajaron del auto y cuando intentaban guarecerse ella fue alcanzada por uno de los disparos, que le ingresó por la nuca y salió por el lado izquierdo de la mandíbula. Murió en el lugar.

La principal hipótesis que se manejó, y que me confirmó la fiscal de la causa en forma personal, fue que mi mamá murió de uno de los disparos efectuados por el policía, ya que nadie había visto disparar a los asaltantes y la única evidencia balística secuestrada son las dos vainas servidas 9 milímetros, encontradas dentro de la cupé de Vadalá.

La causa penal terminó con el policía sobreseído y dos de los asaltantes condenados a 17 y 21 años de prisión por “homicidio en ocasión de robo”.

Previo llegar a este resultado, los familiares intentamos involucrarnos en la causa para buscar justicia para mi mamá. Pero, pese que soy abogada, sufrimos múltiples malos tratos y decepciones de quienes suponíamos nos iban a ayudar y acompañar, que finalmente nos hicieron desistir de estar en el juicio.

2.

Pasaron los años y a mi mamá la extrañamos todos los días. Algunos más insoportablemente que otros. Mi mamá era docente de vocación, una persona maravillosa, la querían mucho, sobre todo las personas más humildes, porque siempre estaba ayudando.

Al día siguiente de cumplidos los siete años de su asesinato me contactó un señor en nombre de una ONG que ayuda a familiares de víctimas de causas armadas. Me pidió  un encuentro para pedir justicia por Ariel y Jorge, que aún continuaban detenidos. Me reenvió un audio en donde uno de ellos explicaba su versión de los hechos.

Eso nos confundió. Mi hermana directamente dijo que si habían ido a robar de alguna forma habían generado la situación por la cual mataron a nuestra mamá y que debían pagar por ello. Casi decidimos dejar todo así.

Pero un buen día fui a una jornada sobre Justicia Restaurativa y sentí que era eso lo que teníamos que hacer, que eso nos iba a ayudar y ahí nomás le mandé un mensaje a quien yo tenía como referente en el tema. El director de la Asociación Pensamiento Penal y Víctimas por la Paz, el juez Mario Juliano, quien no sólo me respondió, sino que a partir de ese momento nos fue guiando y conteniendo, y que junto con Silvio Romero hicieron posible el proceso que quiero contar hoy.

La idea que comenzamos a desarrollar era que nosotres (los familiares) queríamos hacer algo por los muchachos que estaban presos desde hace más de siete años. Que, si bien habían participado en el hecho que le costó la vida a mi mamá, no habían sido los autores materiales del homicidio por el que fueron condenados. Lo que pensamos junto con los integrantes de Víctimas por la Paz era que previo hacer nada teníamos que encontrarnos cara a cara con Jorge y Ariel y hablar todo lo que tuviésemos que hablar.

Es así que se programó un primer encuentro con ellos en la cárcel de Junín (donde se encuentran actualmente detenidos) a la que concurrió Silvio Romero a explicarles la idea del encuentro, a la que accedieron gustosos. Dejando en claro que ese encuentro no debía tener el propósito de obtener un beneficio, sino que tenía que tratarse de un acto de recíproca reparación.

Superada esa instancia, llegaba el momento del encuentro personal de ellos y nosotros.

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3.

Y llegó el 11 de enero, la fecha indicada para el encuentro.

Habíamos organizado para ir con Manu (mi tío y hermano de mi mamá) y Flor (mi hermana). A la abuela no le quisimos decir nada, para evitar que se pudiera poner mal, lo que no es conveniente a esta altura de la vida.

Nos subimos al Punto y partimos rumbo a Junín. Por suerte nos tocó un buen clima de sol y el calor típico de esta época del año. El viaje se hizo un poco largo. Hablamos del laburo, de pavadas. Flor se durmió.

Al llegar nos sorprendió la cantidad de autos y micros. Estaba lleno porque era el día de visitas y quizá por eso hubo alguna confusión sobre nuestra autorización y nos tuvieron que improvisar un espacio.

Al cabo de un rato los penitenciarios trajeron a Jorge y Ariel. Ya los habíamos visto por fotos, pero me parecieron más sufridos en persona. Son dos pibes jóvenes pero están marcados por el encierro.

Luego de las presentaciones Silvio Romero rompió el hielo. Correcto y amable explicó cuál era la idea y de qué se trataba el encuentro. Inmediatamente tomé la palabra. Tenía tanto para decir que en la mitad del relato me di cuenta de que era mejor escuchar. Entonces, una a una las personas que estábamos allí dijimos lo que pensábamos. Preguntamos. Debatimos sobre cómo habían sido los hechos.

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Enseguida apareció la indignación. 17 y 21 años de prisión por algo que no hicieron (matar a mi mamá) no suena justo.

Confirmé que quería que salgan de ahí, de ese cuadrado en el permanecen encerrados su horas, sus vidas.

Les dije que los perdoné y que esperaba de corazón que este encuentro abra posibilidades, de que cosas maravillosas sucedan, que todo no puede ser muerte, corrupción, impunidad y mentiras. Nos abrazamos, nos fotografiamos y nos despedimos deseándonos suerte.

Mientras exista la cárcel, tenemos que encontrarle la vuelta para que no sea castigo.

El regreso se hizo largo, pero ya no éramos iguales. Nos dijimos que mamá estaría orgullosa. Siempre fue solidaria y compasiva y escuchamos canciones pensando en ella.

Coincidimos en que al policía también lo perdonamos y en que no se trata de que alguien vaya preso, sino de encontrar espacios como el que se generó en la Unidad 49. De poder mirarnos a los ojos y saber por qué y cómo pasó lo que pasó. Para nosotres conocer los últimos momentos de mi mamá fue más reparador que cualquier sentencia, cualquier condena.

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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales
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