“No me maten”: crónica de la narcoviolencia en México.

no-mas-narcoviolenciaDavid Espino-. Alma salió enfadada de su grupo en la Unidad Académica de Derecho. Su novio Salomón no la esperó por irse a jugar futbol y tendría que regresar sola a su casa. Bajó las gradas de la facultad y se despidió de algunos compañeros que halló en el camino. Cruzó el estacionamiento a media luz por las farolas cetrinas y llegó al paradero de combis de Ciudad Universitaria, en la avenida Lázaro Cárdenas. Eran las ocho de la noche y hacía frío.

Todos los días Alma y Salomón procuran irse juntos, a pesar de que a veces sus horarios no empalmen. Ella cursa el primer semestre y él el tercero. Alma abordó una combi roja, sólo para llegar al centro de Chilpancingo. Pudo haber tomado una verde, bajarse en Zaragoza y caminar unos metros para llegar a su casa en Heroínas del Sur. Pudo haberlo hecho, pero decidió avanzar porque las verdes pasaban muy llenas. Además, no quería llegar tan pronto a su casa.

La combi aparcó semivacía y partió llena de estudiantes que también esperaban para irse. Conforme avanzaban Alma vio el césped recién podado de la avenida y vio en el Monumento a las Banderas a niños corriendo en la explanada mientras sus padres contemplaban el lago artificial. Vio el borbotón de agua de la fuente que está en la entrada de la colonia Viguri y el olor de las pizzas Vitor’s le llegó hasta su asiento. Luego entrecerró lo ojos para descansarlos y no vio más. El enojo de que su novio no la esperó había pasado.

Pidió la bajada en el centro. La combi se paró adelante del Oxxo. Caminó sobre la acera y percibió los olores de la calle: primero humo, clutch, aceite quemado, y luego elotes hervidos, tacos, salsa, y pollo frito. La música de los discos piratas y los claxon inundaban la avenida. Se paró en la esquina de Colón, en la entrada al paso a desnivel, a esperar a que el semáforo se pusiera en rojo y pasar hacia el zócalo de la ciudad, junto con otros transeúntes. No imaginó, dice que nunca imaginó, que ese jueves 24 que se enojó con su novio porque no la esperó para irse juntos en su motocicleta, sería testigo de una ejecución en pleno centro de Chilpancingo.

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Nahín subió corriendo la calle Colón, cruzó sin advertir el tráfico de la avenida Álvarez y empujó a Alma, que seguía en la acera en espera del rojo. Unos hombres lo seguían, Alma dice que desde calle abajo, aunque no puede recordar con precisión porque lo que siguió fue confuso y la llenó de pavor. Nahín tropezó en la grada de una tienda de ropa que estaba cerrada, se incorporó como pudo y avanzó unos pasos más. Los hombres, unos chicos flacuchos y desgarbados, empezaron a dispararle. Las detonaciones tronaron en las orejas de Alma. Ensordeció por unos segundos. Cuando el sonido regresó a ella todo era un estruendo de gritos y llantos de mujeres que corrían y hombres que se empujaban. Ella no pudo caminar, por más que quiso se quedó como estatua de sal. Pálida y pétrea.

Nahín comenzó a sangrar de la rodilla. Alma recuerda que vio cuando un disparo le dio arriba de la pantorrilla y un borbotón de sangre le brotó al instante. Nahín quiso pararse sosteniéndose en los carros aparcados, pero no pudo. Quedó hincado y a la merced de sus asesinos.

–¡No me maten! ¡No me maten! –suplicó.

Luego se oyeron otros disparos y Nahín Navarrete García, de 29 años, cayó agonizante boca abajo, con un balazo en la cabeza. Su esposa lo reclamaría en la morgue de la ciudad horas después y al siguiente día lo enterraría en el panteón municipal.

Alma nunca distinguió una cara por la miopía que padece desde niña. No usa lentes porque cree que la afean, pero esta vez, más que ninguna otra, estuvo contenta de no llevarlos puestos.

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A inicio de septiembre, cuando el ayuntamiento (municipalidad) ni siquiera mandaba colocar el alumbrado alusivo al mes patrio en las calles principales, la narcoviolencia volvió a la ciudad después de casi un año de que se concentrara sobre todo en Acapulco. Aunque días después esta tragedia se olvidó por otra: la traída por Manuel e Ingrid.

El 10 de septiembre, tres hombres y una mujer no identificados fueron descuartizados y sus restos dejados en un Sentra con placas del Estado de México, al norte de Chilpancingo.

El vehículo donde estaban los cuerpos desmembrados, con huellas de tortura y con disparos en la cabeza, fue reportado por vecinos del lugar a las nueve de la mañana. Estaba estacionado cerca de la aeropista donde las avionetas y helicópteros del gobierno del estado reciben mantenimiento y de donde por lo regular parten con los funcionarios estatales, incluido el gobernador. Y cerca, también, donde un día antes un convoy de un millar de soldados estuvo aparcado durante horas organizándose para entrar a la ciudad.

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El resurgimiento de la narcoviolencia en Chilpancingo ocurrió apenas unos días después de que la tormenta Manuel y el huracán Ingrid devastaran la ciudad, el 14, 15 y 16 de septiembre. El 22 de septiembre otro chico de unos 25 años, de identidad desconocida, fue asesinado y su cuerpo arrojado en la entrada 3 del zoológico Zoochilpan, por donde entran los vehículos de servicio, muy cerca de la escuela estatal de música Margarito Damián Vargas. Tenía dos disparos, uno en la cara y otro en el cuello, y vestía una playera tipo polo y bermudas beige; llevaba tenis Converse de bota.

Iniciado octubre, apenas el 2, el cuerpo del taxista Uriel Moncayo Cantú fue dejado en una bolsa de plástico negra, cercenado y con un mensaje que no dio a conocer la policía, aunque se supo que estaba firmado por el Cártel de Jalisco Nueva Generación. Los restos de Uriel, que vivía en la colonia PRD y tenía 34 años, fueron hallados por vecinos cerca del edificio de la Comisión de Defensa de los Derechos Humanos del Estado de Guerrero.

Cuatro días después, Raúl Alejandro Martínez Hernández fue ejecutado por tres hombres que se metieron a su casa a las 8:30 de la noche. Raúl se dedicaba a la albañilería y vivía en la colonia Lomas del Poniente. Tenía 36 años. Los peritos de la Procuraduría General de Justicia del Estado escribieron en su reporte que recibió cinco disparos calibre 9 milímetros y 38 súper.

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Alma subió como pudo por el corredor que conduce a la tienda Superla. Todo el mundo corría. Unos niños lloraban mientras eran cargados por sus padres que caminaban a grandes zancadas. Nadie de los que estuvieron cerca se arrimó al cuerpo de Nahín. Nadie se atrevió a hablarle a la policía. Como a Alma, el miedo y el instinto de supervivencia los hizo huir del lugar. Dice que no recuerda cómo subió por el andador, cómo llegó al paradero de la combi amarilla de la calle Altamirano y pagó. Estaba en shock y echa un llanto.

El chofer del vehículo, un chico, viejo conocido de ella, la reconoció y trató de tranquilizarla. Le pidió que se fuera con él de copiloto y que le contara lo que había pasado. Contó todo, pero no lograba tranquilizarse. Se bajó en la parada más próxima a su casa. Caminó la cuadra restante, casi corrió. Sentía que no avanzaba y que la iban siguiendo. Llamó a Salomón. Le reclamó que no la esperó por irse a su juego. Pero todo fue entre sollozos y él no entendía nada. Le reclamó que, por no esperarla, casi la matan a ella también.

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