Nos odian, nos pegan, nos matan por putos

“¿Cómo algo que nos hacía tan felices a algunos pudo despertar en otro las ganas de matar?”. Claudio Eberle leyó la noticia de que a Hermann le pegaron una patada voladora en la calle por “ser puto”. Y se llenó de recuerdos. Y escribió este texto.
Por Claudio Eberle

En el año 2004, a mis 18 años, junté los 3 trapos locos que tenía en la casa de mis viejos y algún que otro objeto útil que pude robarles porque a pesar de molestarles/avergonzarles mi homosexualidad tampoco querían que me fuera de su casa poniéndome entonces todas las trabas que hubo a su alcance, y me fui a vivir a la ciudad.

Me fuí a vivir a una pensión que mis amigos y yo apodamos “Lo del Primo Humberto” porque era sobre la calle Humberto Primo.

Era una casa grande, de esas que se les dice “chorizo” porque son largas y finitas. La mitad del terreno era una patio y la otra mitad todas habitaciones cuyas puertas antiguas y altas con postigos daban a este patio. Hubo un montón de personajes pintorescos, incluso amigos que me quedaron al día de hoy, que pasaron y conocí en ese tiempo como compañeros de pensión. Uno de ellos era un pibe de La Plata. Un gordito lindo y simpático, profesor de inglés al que le encantaba vestirse con ropa cara (que no podía costear) y desfilar cuál modelo con tacos altos imaginarios por los pasillos de la pensión. Siempre muy desfachatado. Fanático de Alanis Morissette. Se llamaba DANIEL, nosotros le decíamos “La Dana” y más tarde cuando nos enteramos que la calle de su casa de la infancia en Los Hornos se llamaba Nueva York, finalmente los apodamos “La Dana de New York”.

En ese entonces yo vivía en la habitación frente a la cocina y él en la habitación de al lado. Me encantaba que viviera al lado mio porque a la mañana yo me levantaba y me ponía a preparar el desayuno, y por ahí al ratito ya se escuchaba que ponía el disco nuevo de Alanis “So-Called Chaos” (disco que escuchaba toodo el tiempo, una y otra vez) y aparecía él por la puerta de la cocina dando un concierto y bailando. Siempre se despertaba así (casi siempre, pero así me gusta recordarlo), con una sonrisa. Y me la contagiaba. Se la contagiaba a todos.

Era un poco la leyenda del payaso de circo, él alegraba a todos pero por dentro estaba contantemente dando una batalla durísima contra la tristeza obstinada que se negaba a dejarlo en paz. Venía de una historia familiar muy complicada, una niñez manchada de abandono y tragedia, la cual nunca dejó de pasarle factura. Esa lucha contra su cruda historia lo llevaba a ser inconstante en todo, en la vida, en su profesión, en los amores, en los trabajos y así iba y venía entre La Plata Y Buenos Aires. Conseguía trabajo y se venía a la pensión, y a los pocos meses lo echaban y entonces se volvía a La Plata, hasta que conseguía un nuevo trabajo. Una y otra vez.

En la pensión éramos todos pibes y pobres, habíamos formado un grupito de amigos súper lindo y entre todos más o menos nos cuidábamos. Había días que había hambre y no había con qué saciarla pero siempre había mates y risas. Aprendimos entre todos a reírnos de nuestra situación. Nos burlábamos de nuestra pobreza. Él siempre decía que no tenía joyas pero que su mayor posesión era su placa de titanio. Decíamos que era mitad hombre-mitad robot porque tenía una placa de titanio en la cabeza, trofeo que le había quedado de una anécdota un poco shockeante, que se las voy a contar porque viene a colación de este post:

Era de madrugada, estaba amaneciendo en La Plata. La Dana, en ese entonces adolescente, y un amigo habían salido de un boliche gay y estaban volviendo a la casa de su amigo. Iban cruzando Plaza Italia riéndose y mariconeando cuando aparecieron unos pibes en bicicleta, los cuales le pasaron por el costado. Cuando los estaban cruzando uno sacó un caño metálico y al grito de “¡PUTO!” le pegó con el caño un golpe en la cabeza a Daniel. La Dana se cayó, los pibes siguieron su camino y su amigo lo ayudó a pararse. Apenas sangraba y más que el dolor del golpe y el susto no había pasado nada grave.

Siguieron camino, llegaron a la casa de su amigo y se acostaron a dormir. Su amigo en la cama y La Dana en un colchón en el piso. A las horas su amigo se despertó porque La Dana estaba haciendo ruidos raros, y al girarlo para despertarlo se dió cuenta de que se había hinchado todo, estaba deformado y con espuma en la boca. Llamó a urgencias, lo internaron y quedó en coma por un tiempo, no recuerdo cuánto la verdad, pero sí recuerdo que cuando se despertó lo había operado y le habían tenido que quitar un pedazo de craneo para descomprimir el cerebro, hueco que luego se lo taparon con la famosa placa de titanio. Esta anécdota no solo le dejó su condición de “cyborg” (mitad humano-mitad máquina) sino también una obesidad incurable y una dependencia farmacológica. El golpe le había generado un derrame y una inflamación del cerebro, y la posterior compresión cerebral le dejó una condición clínica poco agradable: la epilepsia.

Tenía que estar siempre medicado porque sino convulsionaba y esas convulciones lo podía llevar a la muerte. Lamentablemente esa misma inestabiliadd que les contaba que La Dana tenía con su vida en general también la tenía con su medicación. Y hace unos poquitos años un día me llamaron para contarme que un episodio epiléptico finalmente se lo había llevado.

Hubo un montón de condiciones que se tuvieron que dar para que muriera, pero hoy solo puedo pensar en una cosa y es que a La Dana lo mató el odio.

Esta mañana leí esta noticia y se me llenó el cuerpo de recuerdos:
https://www.infobae.com/…/brutal-ataque-homofobico-en-la-p…/

Años después todavía hay pibes con caños con ganas de salir a cazar putos y Danas volviendo de bailar a la madrugada con ganas de llegar a una cama calentita después de haberse divertido toda la noche.

Yo no pienso que nadie deba tratarme mejor que a cualquier otra persona por el solo hecho de ser puto porque eso sería discriminarme, pero sí pretendo que nadie pueda tratarme mal por el solo hecho de ser puto, y mucho menos atentar contra mi vida, y mucho menos no querer defenderme de ese ataque como hizo en este caso esta agente policial.

La Dana ya no está para corroborármelo pero cuando pienso en lo que le pasó me lo imagino caminando por la plaza, desfilando en tacos altos imaginarios, ustedes no saben lo gracioso que era verlo desfilar así… ¿cómo algo que nos hacía tan felices a algunos pudo despertar en otro las ganas de matar?

Lo escribí hace poco en un post y hoy lo repito: NOS MATAN POR AMAR.

Cosecha Roja
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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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