Paraguay, no me mates: criminalizar la disidencia sexual

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Por Leonardo Gudiño*

Brunos Comas nació en Asunción, la ciudad de los veranos incipientes, en Paraguay, el país de las dictaduras largas. Vivió alguna vez en Buenos Aires. Estudió en el ex IUNA, habitó una casa con ventanales en el barrio de Congreso y volvió a Asunción. Bruno es artista y performer y es el epicentro actual de una persecución política llevada a cabo por el estado paraguayo.

Es mayo de este año. Estamos en la Plaza de Armas. Es el otoño en Asunción y en esta plaza están acampando las familias afectadas por las crecidas del río Paraguay. Han montado sus viviendas, han diagramado su vecindario itinerante, y desde entonces habitan la plaza pública a la intemperie de la transición estacional.

Ahora es jueves 17 de mayo. Un escenario desplegado con luces apunta a la catedral, sus altavoces anuncian que estamos en el Festival Besatón 2018. Seguimos, claro, en Paraguay, el país con el índice de homofobia más alto de América Latina. Justamente, el Besatón se organiza en el marco del Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia.

Es decir, estamos en la Plaza de Armas de Asunción, en el Festival Besatón 2018, en Paraguay, el mismo día que la OMS eliminó a la homosexualidad de su listado de enfermedades mentales, pero 18 años después.

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Es la primera vez que el festival se realiza de noche. Desde temprano, un par de pastores han irrumpido en la escena. Vendrían a representar la corporación conservadora pro familia, pro vida, pro algo. Con su parlante están ejecutando su discursividad reaccionaria.

Están incentivando a que lxs niñxs de las familias de los barrios ribereños instaladas en el espacio entorpezcan la grilla del Besatón. Este grupo de pastores con saña ha promovido que lxs niñxs prendan fuego una bandera multicolor. Le han fomentado que le tiren piedras a la población reunida por el festival.

“Paraguay, no me mates”. Ese el nombre de la performance de Bruno Comas y está ocurriendo ahora mismo en el corazón de la celebración. Bruno se autoflagela con un cinto. Suena un audio con comentarios de odio de autoridades, periodistas y pastores paraguayxs. Burla al patriotismo. Se rocía con sangre artificial que escupe de un corazón de plástico. Ahora rompe la narrativa y estalla el aire de purpurina en un grito de resistencia marika.

Es ahí, en esa secuencia artística, en donde reside la obsesión criminalizante del estado paraguayo. A la primera firma la puso Ricardo González, ministro de la Secretaría de la Niñez y la Adolescencia. A partir de un video grabado y viralizado por los pastores pro vida, el ministro denunció a Bruno por actos exhibicionistas. Diez días después, la fiscal Carmen Bogado tomó el caso y canalizó la imputación. No conforme, el pasado 26 de noviembre la fiscalía determinó llevar el caso hasta juicio oral.

Hay aún más. Esta misma fiscal ordenó al Jefe de la División de Criminalística del Departamento de Investigación de Delitos de la Policía Nacional que gestione la identificación de todas las personas que se besaron durante el acto principal del festival. Pidieron sus nombres completos, sus domicilios y si cuentan con antecedentes penales.

La intención política es clara. Suprimir al Festival Besatón de la agenda de Asunción. Disciplinar la disidencia sexual. Perseguir a lxs artistas. Amedrentar, hostigar y criminalizar a las personas LGBT.

Pero la intención de Bruno A. Comas (@vena.rota en Instagram) es distinta. Convertir en fiesta este odio desatado. Politizar la incomodidad. Insistir con la respuesta artística. Visibilizar la urgencia de una Ley Antidiscriminación en Paraguay. Transformar esta persecución. Y volver a estallar en purpurina.

*Docente y periodista
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Cosecha Roja es la Red Latinoamericana de Periodistas Judiciales

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