Qué va a ser de tí lejos de casa

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La primera vez que sentí asco tendría no más de nueve o diez años. Un amigo de la familia -padre de dos niños- me abrazaba con énfasis cada vez que nos veíamos al canto de “qué linda estás”. Era apenas una nena, no me había desarrollado ni sabía que existían varones que pudieran abusar de niñas y adolescentes. Pero no podía quitarme la incomodidad que sentía cada vez que él me apretaba contra su cuerpo. A los doce mis compañeros de séptimo grado jugaban a tocarle la cola a las chicas. La remera adentro del pantalón “mostrando” la cola era una invitación, un puerta abierta a la picardía varonil. Una vez, a la que encasillaron como “mojigata”, la rodearon entre todos -siempre en más fácil en grupo- y la fueron encimando hasta tirarla al piso. Ella gritaba, las demás mirábamos paralizadas sin saber qué hacer, alguna hasta se habrá reído.

A los 16 un profesor creía tener un “amor platónico” conmigo. Otra vez el abuso de la fuerza, el abrazo adulto en el cuerpo adolescente. A los 17 el “pero hace cuánto nos conocemos” como justificación para el sexo. Mientras, el apriete en el boliche, el te-agarro-de-un-brazo para que bailes conmigo, el dame-un-beso-qué-te-cuesta y el acoso callejero disfrazado de piropo.

En la clase media profesional, urbana y hasta psicoanalizada los varones siguen siendo los reyes. Muchas veces padres, madres y abuelas babean por el primogénito, los excusan de las tareas del hogar y celebran haber “ubicado” a las mujeres al mejor candidato. Los aplausos resuenan después del brindis de casamiento.

Por eso, tal vez, en los viajes iniciáticos por América Latina (e incluso por el Sudeste asiático), las vacaciones con amigas y las travesías solitarias todo se potencia. Las que nos colgamos la mochila al hombro, aún viajando con varones, lo vivimos. Miradas incómodas en una playa peruana en la que no te querés quedar sola ni un minuto, la espera en una terminal de micros de un pueblo cordillerano en la que todo te parece peligroso, los gritos y chiflidos aún cuando caminás de la mano con un novio en un mercado mexicano o el dueño de un piso compartido que espía e interrumpe cuando estás por tener sexo.

Las escenas de micromachismo cotidiano pueden llegar a ser manejables en el área de confort de la ciudad. Pero ¿qué hacer cuando una está de viaje? ¿Hay que estar preparadas para lo peor? ¿Es posible defenderse? ¿Qué habrán sentido Marina Menegazzo y María José Coni, las jóvenes mendocinas, en ese pueblo costero de Ecuador? ¿Habrán tenido miedo o volteado la cara para esquivar la mirada de los tipos que las atacaron? No puedo dejar de preguntármelo. Si el problema de Daiana García era el largo del short que usaba y el de Melina Romero que le gustaba ir a bailar, el de Marina y Majo -según algunos medios y muchos lectores y foristas- es que “viajaban solas”. Mariana Sidoti escribió en el muro de Facebook: “Las mochileras asesinadas en Ecuador, para los medios masivos de comunicación, “viajaban solas”. Eran dos mujeres, mayores de edad, viajando juntas. Pero sin embargo estaban “solas”. ¿Solas de qué? ¿Falta de quién? Eran dos. Pero como nacieron mujeres, ser dos no les alcanzó. Para no ser “solas”, algo les faltaba… Adivinen qué”.

Culpar a las víctimas de su destino fatal es parte del rollo. Una mujer que se vuelve presa de caza, que no puede viajar sola, ser soltera, usar escote o minifalda. La escena en la no podemos quitarnos de encima las segundas intenciones, el miedo, la vulnerabilidad. Es algo que sobrevuela y se entromete en situaciones en las que no debería, me dijo una amiga. Se refería a los vínculos con los varones que ocupan cargos más altos en el ámbito laboral. Como si ser joven, linda y profesional habilitara a que una relación se inunde de aire sexual, a que una esté obligada a responder con su mejor sonrisa. No por nada las lecciones de femineidad que recibimos en los inicios del despertar sexual -aún de las madres, tías o mujeres más progres de la familia- nos enseñaban cómo cuidarnos de no quedar embarazadas, cómo ser y actuar para gustarles a los varones. Ya sonaba Qué va a ser de tí lejos de casa, nena qué va a ser de tí en el tocadisco y anticipaba una partida del hogar paterno llena de temores.

Casi todas mis amigas tienen anécdotas que las incomodan con el paso del tiempo: una cita equivocada, una visita a un departamento ajeno, un viaje en una trafic con extraños, una excursión en tierras desconocidas, un grupo de varones acosándolas. Ninguna de esas historias terminó en violencia explícita. Será una cuestión de clase o la inconsciencia del peligro y un poco de suerte. Porque un error de cálculo puede pagarse con el cuerpo. ¿Entonces debemos estar siempre en estado de alerta? ¿Los varones también temen ser violados y asesinados? Ayer en las redes Soledad Rodríguez Garnica contaba: “Me desespera un poco que muchos no entiendan el miedo que tenemos muchas mujeres cuando salimos a la calle. O cuando nos tomamos un taxi. O cuando caminamos solas. Cuando estamos fuera de casa, aunque a veces también sea una trampa mortal. Me encantaría no sentir miedo. Lamentablemente, no puedo. Y no es miedo a un robo. Es miedo a una agresión, a que te pongan una mano encima, a que grites y pegues y nada. Es terror a que te violen”.

Las respuestas que recibió son tan sorprendentes como que ningún medio haya hablado de femicidio. A nueve meses de la multitudinaria convocatoria #NiUnaMenos deberíamos haber aprendido a llamar a las cosas por su nombre. Todavía la tarea es monumental.  

Foto: Andean Global Studies

 

Leila Mesyngier
Leila Mesyngier

Periodista. Editora de Cosecha Roja.

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