Ramón Solari: historia de un hijo del sistema carcelario

En los ochenta pirateó el asfalto y en los noventa repartió botines con la policía bonaerense. Secuestró, mató por ajustes y mató por odios personales. También fue testigo falso de la causa AMIA, preparado por los mismos policías que comieron de su mano. Pasó los últimos 25 años purgando una pena a prisión perpetua, ocupado en denunciar los abusos del servicio penitenciario. Ramón Emilio Solari dice que no le quedó cárcel sin dormir. Ahora lleva ocho años en la Unidad 15 de Río Gallegos, el penal más austral de Argentina, y es uno de los detenidos con mejor conducta. Tanto, que logró salidas laborales y atiende su propio local de ropa en Río Gallegos.

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Ramón Solari se sienta en su banqueta y serpentea el cuerpo con el estribillo de las canciones empalagosas que se sabe de memoria. Su local muestra un conjunto de novedades para vestirse. Es el último de una galería de pisos de goma y ropas que cuelgan por todos lados vistiendo maniquíes. Sobre el mostrador hay una notebook, un equipo de música. Ese hombre de casi 60, con pantalones chupines, camisas entalladas y pashminas es un vendedor natural.

-Sí campeón, ¿qué andás buscando? Mirá que tengo camisetas nuevas. La del Bayern está recién llegada. Igual en estos días me entran más. Esto es calidad 100%. Probala sin compromiso, amigo.

Es un tipo robusto, tiene los músculos marcados, los pómulos prominentes, la frente ensanchada en las sienes y ojos diminutos. Siempre hay algo de soberbio en lo que dice con palabras que flotan espaciadas y precisas.

El inicio

Su carrera, dice, empezó a los quince en el norte de Santa Fe cuando salía a cazar para comer. Era la primavera del 76, época en la que las cabras del monte santafesino bajan a tomar agua al costado de los pajonales. Por la ruta, un camión del Ejército divisó a Ramón con una winchester 44-40. Buscaba un animal que le diera por lo menos dos semanas de estofados.

-Al suelo, al suelo pelotudo, Tirate. Dejá el arma!

Ramón obedeció de inmediato y balbuceó su nombre cuando se lo preguntaron.

-¿Así que estas con Perón? pedazo de idiota! Vas a ver…

-No señor, yo ando solo. Ando cazando guazuncho.

Hacía poco su padrastro se había suicidado tomando veneno. Fue por la culpa. Había atropellado con el auto a un pibe que terminó muerto y la consciencia no lo dejó tranquilo. La mamá, que antes había sido la mucama del padre, quedó al frente del campo que tenían en Villa Ocampo, con sus cuatro hermanos más chicos. Del padre biológico Ramón no tiene ni idea.

Los milicos le pusieron un trapo en los ojos sujeto con alambres, lo esposaron y lo subieron al camión. Culatazos de un lado y del otro, pero Ramón -que apenas hizo hasta cuarto grado- seguía sin saber quién era ese Perón. Kilómetros más adelante quedó en un calabozo de la Comisaría Tercera de Santa Fe.

Después de varios días, tres pibas le abrieron el candado y lo invitaron a escapar. Él las había visto ser torturadas y violadas por los oficiales para que dieran nombres de sus compañeros “subversivos”. Ramón llegó a la puerta, puso un pie en la vereda, vio que no aparecía nadie para retenerlo y huyó rumbo a Chaco. Al otro día, las chicas aparecieron muertas a balazos en un descampado.

Nueve días más tarde, una patrulla lo encontró deambulando por la calle sin documentos. Quiso dar un nombre y una dirección falsa, pero un lustrabotas de la terminal de ómnibus avivó a los militares. “¡Miente! Si este está parando en el hotel de la Pelusa”. El lustrabotas era buchón, Ramón después supo que los había diarieros, vendedores de naranjas o prostitutas.

Esa misma noche llegó al Regimiento 12 de Infantería de Santa Fe en un fokker de la Fuerza Aérea, esposado y tabicado. Ya “blanqueado” su causa por la posesión del arma de guerra quedó a cargo del juez de menores Luis María Vera Candioti.

A los 76, Vera Candioti se convirtió el año pasado en el segundo ex juez condenado por crímenes de lesa humanidad en el ejercicio de la magistratura. Fue por el caso de Paula Cortassa, hija de Blanca Zapata y de Enrique Cortassa, ella asesinada y él todavía desaparecido. Durante el ataque, los militares se llevaron a la beba de 13 meses envuelta en una sábana manchada con sangre y la dejaron en su Juzgado. Vera Candioti la entregó sin más trámite a un matrimonio de Venado Tuerto, a 350 kilómetros de Santa Fe.

Una mañana, después de largos días de torturas para que dijera a qué fracción pertenecía, después de incontables submarinos secos (como le llamaban a ponerte una bolsa de nylon en la cabeza para que en la desesperación por respirar dieras un nombre) y después de muchos submarinos mojados, en los que te metían la cabeza en un tacho de 100 litros, mientras un tercero, también verdugo, cantaba “dale más que aguanta”. Después de hambrearlo y dejarlo con una sonda en el pene por una infección que le provocó la picana, Vera Candioti llamó a Ramón a su despacho.

-Tomá pibe comete un caramelito, agarrá, con confianza. ¿Sabes que vamos a hacer por vos? Te voy a mandar a una cárcel, ahí te van a enseñar a ser un hombre de bien, un ciudadano.

Ramón agarró los caramelos y respondió con un abrazo.

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Vida carcelaria

Cerca de Navidad, entró a la cárcel de Coronda. No fue hasta ahí que le empezó a deber muertes a la Justicia. Una tarde en las duchas un preso entrado en años, huesudo y con una barba que tenía varios claros, lo mandó a lavarse bien porque ahora iba a ser “su mujer” a cambio de protección. Muerto de miedo, Ramón pidió ayuda a los guardias, le respondieron con una sonrisa socarrona y le dieron a elegir: ser amante del preso con aspecto enfermo o de todo el pabellón. Otro detenido que andaba por los pasillos le dio una opción diferente: una faca de doble punta con la que Ramón se metió en la celda del preso que lo esperaba desnudo sobre el catre y lo mató. Cree que de diez puntazos.

-En la cárcel a las muertes no las paga nadie. Son ajustes de cuentas. En Sierra Chica he visto morir a presos con 40 puñaladas y en el certificado ponían que fue por paro cardíaco no traumático.

A ese asesinato le siguieron dos más, los de los compañeros del primer muerto que se la tenían jurada. El castigo fueron el resto de su estadía en buzones: calabozos sin cama y una bolsita para hacer pis y caca. La comida por un pasador.:

-Desde el ‘85 al ‘90 -dice- vi morir muchísimos presos, y del 2000 para acá es incontable la cantidad de muertos dentro del servicio penitenciario. La cárcel se transformó en un centro de exterminio. En Buenos Aires es impresionante cómo se matan por nada, por una tuca de marihuana. Vi morir un preso por media cebolla, que se llevaran el cuerpo y se siguiera cocinando con la cumbia de fondo.

Vida bonaerense

En 1982 Ramón se fugó de Las Flores, en Rosario. Tenía 23 años. Esta vez la salida fue masiva y sangrienta. Se fue con un equipo de gimnasia Adidas azul, esos que se usaban para el colegio que se lo robó ahí mismo, pero le llegaba muy por arriba de los tobillos. Escapó hasta Buenos Aires.

Al poco tiempo entró en una cofradía de piratas del asfalto. Su primer camión fue uno de Grundig que venía de Ushuaia, en la zona sur González Catán. Eran robos por encargo. Camiones de bicicletas, de televisores, telas, medicamentos.

-Hasta a la hija de uno de los políticos más importante del país. Ella vendía motos y las quería de alta cilindrada. No le importaba de dónde venían. Ahí ya nos metimos con los containers.

El grupo operaba en corredores seguros, liberados por la corrupción policial que les que aportaba datos precisos y reclamaba parte de los botines:

-Fui mutando, viendo que la gente se quedaba con migajas y que yo era un crisol que había aprendido de escuchar en la cárcel al narcotraficante, al fiolo, al pirata del asfalto, al que robaba casas. Fui sacando ideas de todos lados. Los autos que se robaban iban a parar a Brasil y Paraguay ¿Cómo los sacás si no es con ayuda?

Uno de sus contactos fuertes en la Bonaerense fue una mujer. La Sargento le entregaba camiones a la banda de Ramón, pero a él eso no le interesaba más. Los camiones ahora tenían seguimiento por radar, y habían muerto algunos delincuentes del asfalto.

-Necesitaba balas para mi Magnum 357 y ella me dijo que tiene alguien con esas balas, pero que ese alguien quería hablar conmigo.

Ese alguien era Víctor Alejandro Gallo, un militar retirado que todavía no estaba acusado de haberse apropiado de Francisco Madariaga, el nieto 101 recuperado por Abuelas. En 2015 lo condenaron a 15 años por eso, y en 2016 volvió a ser noticia cuando se convirtió en el primer genocida en pedir el 2×1 que ofreció la Corte con el cambio de época. El encuentro se produjo en un departamento que el ex carapintada tenía en San Miguel. Para entonces Ramón ya usaba uniforme de la Bonaerense con placa trucha y todo.

-Me presentaba como policía, les decía que venía por la coima. A veces me encontraba con que ya habían pagado, pero los obligaba a pagar de nuevo, les decía que yo era el nuevo jefe de calle. Era muy fácil y no había que tirar ni un tiro.

Tiempo después Gallo le dio el dato de N., un narco de Ciudadela que terminaba de vender 50 kilos de cocaína. Con la zona liberada, Gallo -que aprendió a torturar en el Ejército- y Ramón -que aprendió de ellos en la cárcel- entraron a la casa del narco.

– ¡Policía, N.!, adentro, vamos!

-Pero yo no vendí nada todavía. ¡Aguántenme por favor!

– ¿Cómo que no? ¡Sí que vendiste!

El narco de Ciudadela los llevó hasta la cocina, levantó un bajo mesada y ahí aparecieron los paquetes. El dato era falso.

-Todo fue un engaño. Ellos querían llevarse la droga, yo no, yo quería la plata. Cargaron la cocaína en un Escort blanco que era del narco y se llevaron los 50 kg, joyas y más. Yo les di 24 horas para que me dieran mi parte, unos 110 mil dólares.

Días más tarde balearon la casa de Ramón. Cree que querían matarlo para no pagarle. Adentro sólo estaba su mujer embarazada. La única que conocía su dirección era la sargento. Cuando se enteró, la fue a buscar, le voló la cabeza y la prendió fuego en un descampado de Bella Vista. Su chofer era dueño de una empresa de seguridad con garitas en San Isidro y amplios contactos policiales. Junto a él se fue en busca del gitano, al que acusó de descargar los tiros. El gitano y toda su familia fueron secuestrados y acribillados por Ramón y su cómplice la noche del 6 de septiembre de 1994. A ese hecho se lo conoce como la masacre de Benavídez.

-Cometieron un error. Primero subestimarme y después agarrar a tiros la casa donde vivía la madre de mi hijo. Está mal lo que hice con esta gente. Yo estoy muy bien condenado.

Ramón no solo robaba con la ayuda de las brigadas. Quizá por su vocabulario, sus perramus café con leche y el maletín los jueces creían que era abogado. Ramón trataba con ellos porque también era un saca presos. Su oficina eran los bares de la zona de Tribunales. Empezó pagando por la libertad de sus amigos y terminó montando estudios itinerantes en el Bajo Flores con abogados carancho.

-Me gustaba lo que hacía. Lo que pasa que después me iba de mambo y salía con un fierro a piratear el asfalto. No tenía término medio.

Testigo falso

El 25 de agosto de 1997 la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional de San Martín condenó a Ramón Solari o a Juan Carlos Torres -que es como lo hacían figurar los policías de las brigadas- a la pena de reclusión perpetua por robo calificado por uso de armas, homicidio simple, triple homicidio doblemente agravado criminis causa, y con alevosía en grado de tentativa y robo calamitoso, todos en concurso real entre sí. Fue el resultado de la acumulación de causas conexas en más de cuatro distritos bonaerenses. Sus últimas palabras ante el tribunal duraron más de media hora:

-No pueden negar que fuí un excelente aprendiz del sistema resocializador carcelario. Aprendí muy bien de los garrotes y la tortura. Si con ese tratamiento carcelario termine así, entonces a mí aplíquenme la pena de muerte. No queda otra conmigo.

A Ramón lo detuvo la Federal dos días después de la masacre de Benavídez y lo alojó en la Brigada de Vicente López. Desde ahí saltó a la tapa de los diarios, no por sus crímenes, sino porque se postuló como testigo clave del atentado a la AMIA. Desde su celda le escribió una carta al embajador de Israel en la que decía conocer datos relacionados con la voladura de la mutual, que había estallado dos meses antes.

-Fui víctima de la desesperación, de la coacción. Ellos pensaron que si estaba enfrentándome a una reclusión perpetua iba a hacerme cargo de cualquier cosa a cambio de fugarme, incluso de 85 muertos. Los policías de las brigadas de Vicente López, de Tigre, de San Martín era gente que había comido de la mano mía. A los jueces les faltaron huevos para condenarlos y hoy ves gente presa por un porro de marihuana o por una escucha. Sin embargo, los atentados no se esclarecieron ni se van a esclarecer con una policía corrupta metida.

Hasta ahora Ramón nunca contó su versión de cómo terminó involucrado en el encubrimiento del atentado terrorista más grave del país. Jamás le permitieron dar entrevistas sobre el tema. Antes de ponerse a hablar prepara una tanda de mates. Acostumbrado a estirar la yerba en la cárcel dejándola secar, economiza y nunca la cambia.

-¿Qué le decía al embajador en esa carta?

-Le decía que prefería escribirle a él y no al juez Galeano porque estaba llevando mal la investigación, no me merecía confianza. Después el resto eran datos puntuales, muy técnicos que me dieron los de la brigada.

No fue hasta que se dio cuenta de que no sólo la policía no iba a cumplir con la fuga, sino que además iba a terminar “suicidado” en la cárcel, que empezó a decirle la única verdad que conoce a Galeano: todo fue orquestado por Juan José Ribelli y compañía para que se sacara la lupa de la policía, acusada de proveer la traffic que le sacaron bajo extorsión a Telleldín, y que supuestamente se usó como coche bomba.

El 12 de julio de 1996 Galeano ordenó la detención de varios policías bonaerenses: Juan José Ribelli, Raúl Edilio Ibarra, Anastasio Irineo Leal y Mario Norberto Bareiro. En el 1997 la Cámara confirmó el procesamiento y en abril del año siguiente estalló en las narices de la prensa y del gobierno menemista un video en el que se ve al juez y al reducidor de autos negociar un pago a cambio de una declaración.

Si algo quedó claro después del juicio en el que se apartó a Galeano y sirvió para probar las mentiras sobre el atentado es que Telleldín podía reducir autos robados con complicidad de la misma policía a la que Ramón identificó, uno por uno.

-Me reía cuando alguno decía que yo era mitómano. ¿Cómo tuve acceso a la causa o al caso de los libaneses que fueron detenidos en Paraguay? En una Brigada no entra eso, no había televisión ni radio. En el Juzgado me ponían la foto de Moshen Rabbani para que lo reconociera, ese fue el primer pescado podrido. Yo le decía a todo que sí. Después Galeano me presentó a un tipo que hacía reconstrucción fisonómica, me dijo que hablara con libertad, que era su amigo. Desde el vamos ese era más chanta que yo, me decía cómo tenían que ser las caras que yo tenía que reconstruir.

Conducta ejemplar

Para el primer juicio AMIA, Ramón ya había pasado por Sierra Chica y Caseros. Los carceleros eran los mismos de la época más oscura o al menos tenían las mismas mañas, y las bandas que operaban dentro y fuera de la cárcel tenían su origen en el ámbito carcelario.

No sólo lo dice Ramón. El Comité contra la Tortura viene denunciando la corrupción estructural del Servicio Penitenciario. Este año la Procuración Penitenciaria manifestó preocupación por “la práctica recurrente de la tortura y el maltrato en los diferentes ámbitos de las fuerzas de seguridad así como en las rutinas del personal penitenciario, que arrastra el peso histórico de una estructura militarizada y corporativa”. También el CELS dijo en su informe del año pasado que el sistema bonaerense de encierro “está bajo la órbita de dos fuerzas de seguridad con altos niveles de corrupción” y que el Poder Judicial no hace nada frente a las violaciones a los derechos humanos en las cárceles, básicamente porque no las investiga.

Con el cambio de milenio lo trasladaron a la Unidad 6 de Rawson. “Mi nombre es Ramón Emilio Solari, estoy calificado como un preso irrecuperable” es su primera frase en el documental Ojos que no Ven que hizo la Comisión por la Memoria. Allí lo muestran en tiempos de aislamiento absoluto, confinado a un patio, sentado como bicho bolita.

Un año antes de esa filmación le había escrito una carta de seis páginas A4 al camarista Fernando Maroto de San Isidro para decirle por qué eran hipócritas las reformas penales que venían de la mano del dolor del empresario textil Juan Carlos Blumberg, al que le habían matado el hijo secuestrado.

“Quienes salen a pedir penas más duras, a exigir cambios son precisamente quienes colaboran en la realización de delitos cada vez más violentos, que trabajan con bandas adiestradas dentro de las cárceles bonaerenses. Fueron policías como Mario Naldi los que crearon las bandas, liberaron las zonas, amasan fortunas con automotores y piratas del asfalto. No hay un solo delincuente de más de 40 años que no lo sepa”.

Luego del documental en Rawson ya no lo querían. Cuando llegó a Río Gallegos después de un viaje de 12 horas esposado, fue derecho a buzones. Sin ninguna expectativa más que esperar lo de siempre, Ramón convivía con total normalidad en el predio de muros que ocupa una manzana entera, justo frente a la Cámara del Crimen. Al poco tiempo, un dolor de muelas insoportable lo llevó al hospital: no fue con media docena de carceleros, sino con dos. En el pasillo de la Guardia, Ramón estaba encorvado, la cabeza hundida mirando al piso y las manos detrás de la espalda. Uno de los guardias se le acercó por detrás y le dijo “soltate, ponete normal que no tenés las esposas puestas” y se lo llevó a caminar por el hall.

-Ahí, por primera vez en muchísimos años me di cuenta de que la gente no me miraba a mí, sino yo a ellos. Ahí me di cuenta de que eso quería para mi vida.

Su legajo dice que tiene conducta “ejemplar, 10” y un concepto “muy bueno, 8” y no registra sanciones disciplinarias. Desde 2011 está incorporado al régimen de salidas laborales. Exhibe múltiples diplomas y documentos oficiales por su colaboración activa en la Cruz Roja y después de una larga batalla logró su CUIT con el que pudo comprarse el fondo de comercio en la galería. Administra los gastos para enviarle plata al hijo que nunca vio y pasa sus horas entre la vida libre y el encierro. En eso se le van los días a Ramón, ese producto de fabricación penitenciaria.

Esta nota fue escrita en el marco de la Beca Cosecha Roja y también será publicada en el diario Tiempo Sur.-

Sara Delgado

Periodista - Santa Cruz. Becaria de Cosecha Roja

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