Salud Pública y COVID-19: una experiencia en el conurbano

Con una circulación restringida, áreas de aislamiento, máscaras, barbijos y trajes de “astronautas”, en este hospital del conurbano lxs trabajadorxs de la salud empezaron a pensar en estrategias de cuidado mutuo.

Salud Pública y COVID-19: una experiencia en el conurbano

Por Miriam Maidana
14/04/2020

Son las 9 AM de un lunes. Llegamos a nuestro sitio de trabajo, ese hospital materno infantil perdido en los confines del conurbano. San Francisco Solano. 

En estos ocho años allí, con un Programa de Género para embarazadas y mamás usuarias de sustancias psicoactivas y luego con una consulta general -porque a la gestión 2015/2019 el género no le interesó nunca-caminamos Neonatología e Internación. 

Hablamos con chicas que a los 30 años ya eran abuelas, y niñas que a los 12 eran madres. Vimos guardias explotadas de niñxs con afecciones respiratorias y panzas de teta y polenta. San Francisco Solano está como en un hoyo: cuenta la leyenda que en un momento hubo un Mc Donnald’s y Burger King, Musimundo, y negocios de ropa compradas en Once o en la calle Avellaneda revendida con alta ganancia, aunque en cuotas sin tarjeta. Su centro comercial fue la feria que se extendía por cuadras. Nunca asistí: no trabajo los sábados. Se vendían desde cubiertas de auto y celulares de dudosa procedencia hasta acelga y rabanitos de los patios caseros. Era una circulación de a miles: venían personas de todos lados. Fue cuando el mundo era otro, hace apenas dos meses.

Hace un mes que nuestrxs pacientes -niñxs, adolescentes, adultxs-saben que cuando los hospitales retomen sus ritmos habituales estaremos allí para seguir esos espacios de tratamiento sin tiempos en consultorios compartidos con balanzas, camillas, y la tele colgada en el pasillo general, a un volumen irracional siempre con noticieros, como si a la realidad le hicieran falta. 

El trabajo y el mundo han cambiado en estos días: hoy había adultos mayores dando vueltas en busca de la vacuna de la gripe, embarazadas con panzas a punto de explotar, una mamá cuya hija está internada en aislamiento con 39 de fiebre esperando el resultado de un hisopado, colas interminables esperando por un bolsón de comida en los colegios, la iglesia cerrada, los bomberos con su voluntariado acompañando personas que tosen, que estornudan, que no ven a sus familias porque viven lejísimos, y los cuatro alcohólicos habituales durmiendo la resaca del fernandito de $50 en la plaza donde ya no juegan lxs niñxs. 

Ya veníamos luchando con el dengue, ahora es el COVID-19 y prontamente serán las bronquiolitis, neumonías, todo aquello que en cuerpitos subalimentados desde la panza son una explosión, la bomba nuclear, la urgencia, la emergencia. 

Hace un mes, también, que como equipo de salud mental estamos de guardia abriendo espacios a la angustia, los miedos, la ansiedad, que genera el tránsito de lo que era un hospital donde niñas, adolescentes y adultas iban a parir su primer o vigésimo hijo, y que ahora transitamos con barbijos, frotándonos alcohol en gel, máscaras. Porque lxs niñxs siguen viniendo al mundo, y hay que cuidarlos del contacto con pacientes que ingresan a aislamiento. Así se transita el hospital hoy día: con cuidados. 

Se trabaja adentro: escuchando los miedos -ser personal de salud no nos exime de ser personas- y las sobrecargas. Nos ponemos el ambo en el hospi, luego antes de salir lo embolsamos y al llegar a casa limpiamos picaportes, superficies de contacto, ponemos toda la ropa que usamos a lavar, desechamos las bolsas, rociamos las carteras con alcohol diluído con agua, nos duchamos, nos cambiamos y entonces, recién, podemos interactuar con nuestros seres queridos, en caso que convivamos. 

¿Esto nos hace héroicxs? No. Un bombero apaga el fuego en un incendio, un cosechador se expone a plaguicidas y pestes varias, lxs maestrxs dan clases en aulas sin ventanas con 1 grado. Nosotrxs somos trabajadorxs de salud pública. 

Pero sí hay que tener en cuenta que nuestro trabajo cotidiano voló por los aires en apenas dos meses, como el mundo que conocíamos. 

En el Hospi perdido del conurbano hicimos dos videos cortitos, para poner en palabras algo de lo que nos pasa. 

Aquí se los dejamos como un aporte para que ustedes, lxs que leen, sepan que en este infierno de aislamiento y virtualidad, la salud pública -con una circulación restringida, áreas de aislamiento, máscaras, barbijos y trajes de “astronautas” cuando la ocasión lo requiere- sigue dando vacunas, siguen naciendo niñxs, se siguen interrumpiendo embarazos no deseados, escuchando la angustia, y todo lo que esté a nuestro alcance. 

La diferencia, quizás, es que ahora nos tomamos en cuenta. 

Hacemos lo que está a nuestro alcance para cuidarnos, también.

 

Miriam Maidana

Miriam Maidana

Psicoanalista, investigadora UBACyT en Consumos Problemáticos.
Miriam Maidana