Ser un mastodonte

desayuno

Hacía muchos días que no nos veíamos. Lucas, mi mejor amigo, dormía absolutamente cubierto por frazadas. Casi como un vampiro. Cuando la exigencia del trabajo modula el tiempo del sueño, los sábados y domingos también me despierto a las 7.

Me quedé en la cama. Me puse auriculares, y empece a escuchar música al palo. No hay manera de que se despierte, pensaba. Leí el diario, leí dos artículos en inglés y respondí un mail pendiente. Eran las 9 y media. Me levanté, y de aburrido limpié el piso otra vez. Hace mucho que no nos veíamos.

“Quisiera que se despierte y se sorprenda” pensé. Voy a preparar un buen desayuno. Entonces me cambié de ropa. Lo más silenciosamente posible. Es difícil a veces para mi cuerpo ser suave, pienso. Por la desmesura de sus dimensiones, por el peso de mis manos, por el sonido de mis pasos. Logré enlistarme con tiempo. Hacer todo lo más lento posible me demostró que la suavidad es cuestión de trabajo y constancia.

Salgo contento, escucho un disco de heavy metal lo más fuerte posible. El día explota en mil direcciones guiadas por el susurro de un sol que dice presente. Me saco los auriculares, me tomo una foto en el reflejo de un vidrio roto que encuentro tirado en el piso. Un día hermoso y un reflejo quebrado. Las dos cosas son posibles y eso me tranquiliza. Entro al supermercado, elijo rápido qué voy a preparar de desayuno. Esos desayunos que son almuerzo. Es que tenemos que trabajar en nuestro libro. Un libro que venimos escribiendo hace muchos años. Me siento determinado a sorprenderlo. Es que lo extraño, hace muchos días que no nos veíamos.

Una vez en la caja, saco todo de mi bolsa: manteca, pan recién horneado, azúcar, cereales, dulce de membrillo, un jugo de naranja para mi y una coca cola bien fría para Lucas. Eso le gusta desayunar a veces. Coca cola, qué se yo. Como me canse de gastar plata en bolsas, siempre uso la misma. Una de tela, muy pequeña que hicieron unas amigas, con una serigrafia que dice: Esta panza es re gay. Me hace sonreír.

Conversando con la cajera, le entrego las monedas que junto durante la semana. Ella me agradece en su idioma. Sonreímos, hasta que nos interrumpe un grito. Un señor se acerca despacio y le grita: ¡Cuidado! ¡Tené cuidado con este!. Yo desorientado, bajo el volumen a cero. Ella mira hacia un punto vacío, renunciando completamente al entendimiento. “¿No te da miedo? ¡Mirá lo que es este pibe! ¡Un mastodonte!”. Sentí que mis ojos se iban para atrás. Se ponían completamente blancos. No supe qué significaba esa palabra un domingo a la mañana. Mastodonte. La ansiedad empezó a recorrer mi cuerpo a la velocidad de la luz. Traté de buscar imágenes para reponer el sentido de semejante grito, mientras me empezaba a faltar el oxígeno ahorcado por el juicio de un mundo que me enferma, me sentencia, me golpea y me lastima. Mastodonte. Un animal, salvaje, peludo. Mastodonte. Una bestia, peligrosa, hambrienta. Mastodonte. Una criatura solitaria, bruta, sucia. Mastodonte. Una monstruosidad extinta. Incluso, algo imposible de creer. Vuelvo a la situación. Veo la sonrisa de mi agresor acercarse. Abre la boca, y un coro casi ausente de dientes putrefactos me susurra: “¿Te viste pibe? Sos gigante, mirá todo el espacio que ocupas, ya asusta”. Lo empujo con los ojos. Siento que toda mi historia se condensa en mis labios. “¿Qué vas a decirle Nicolás?” Me pregunto. Los océanos que conocí se agolpan en mi ojos. Me sujeto de unas sogas a punto de cortarse, en este barco destruido en el que me siento flotando sobre lagrimas que tienen mi nombre. Miro mis manos, enrojecidas de impotencia. Mi sangre lleva un mensaje a través de la gordura de mi cuerpo. Miro mi cuerpo transformarse. Crezco sin parar, en toda dirección. Tan grande que rompo el techo del mercado. Mi piel se endurece por la frialdad rugosa de una nueva piel. La tristeza de mi rostro me regala dos armas filosas. Dos lagrimas que habían surcado mi rostros dibujan la fuerza intempestiva de mi presencia. Me volví ese animal. Un holograma de mi dolor. Como si fuera un fantasma invocado por un grito ahogado de justicia. Toda mi historia en mis labios. “Hacés bien en tener miedo. Este es mi cuerpo, y la verdadera amenaza es que sea lo que sea que digas, no pienso dejarlo para poder vivir”.

Camino solo a casa. Tiemblo desconcertado. Me siento escapando de una guerra sin fin. Empujo la puerta de mi edificio con fuerza, golpeo los botones del ascensor con desesperación. Quiero desaparecer en el silencio de mi casa. Quiero no ser visto jamás por nadie. Mientras abro la puerta temblando, lo veo a Lucas parado en la cocina. “¿Qué haces?” Le pregunto. Había usado lo poco que había en casa para preparar un desayuno, que con humildad me esperaba en la mesa. “No sabía a donde habías ido, pero te quería sorprender”.

Nicolás Cuello
Nicolás Cuello

Escritor e Investigador de CONICET.

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