Sobrevivir para contar: de la RIBA a la ESMA

Nilda “Munú” Actis Goretta, Amalia Larralde y Miriam Lewin, tres sobrevivientes que vieron a Patricia Roisinblit en la ESMA, declararon en el juicio por la privación de la libertad de ella y su compañero José. Contaron cómo fue el parto y cómo se sentía ella durante el cautiverio. El Tribunal Oral Federal N° 5 de San Martín también investiga cómo operó la Regional de Inteligencia de Buenos Aires (RIBA).

Testigos RIBA

Pasaron más de 37 años desde que Patricia Roisinblit dio a luz a su hijo menor sobre una mesa de la Escuela de Mecánica de la Armada. La llevaron a parir ahí, semanas después de que la secuestraran, el 6 de octubre de 1978, junto a su marido José Manuel Perez Rojo y su beba de 18 meses, Mariana. Ayer, cuando tres sobrevivientes de la Escuela de Mecánica de la Armada contaron en los tribunales de San Martín cómo fueron esos días que compartieron cautiverio con Patricia, el modus operandi volvió a estremecer como si aún quedara demasiado cerca. El hijo robado después del parto, Guillermo Rodolfo Perez Roisinblit; la madre de Patricia, Rosa Roinsiblit; y su hija mayor, Mariana Eva Pérez; escucharon absortos a cada una de las tres testigos. Las escuchan desde hace años. Los tres querellantes estaban sentados uno al lado del otro, las cabezas en alto, atentos a cada palabra que se pronunciaba ante el Tribunal Oral Federal N° 5 de San Martín.  

En el banquillo, Omar Domingo Graffigna, Luis Trillo y Francisco Gómez -acusados por el cautiverio de Patricia y José, desaparecidos- miraban la pared. Detrás de ellos, se sentó la abuela de Plaza de Mayo Delia Giovanola. Ella y Graffigna – Jefe de la Fuerza Aérea al momento de los hechos, y luego integrante de la Junta Militar – tienen la misma edad: 90 años.  

La primera testigo en ocupar la silla frente al tribunal fue Nilda “Munú” Actis Goretta. La secuestraron el 19 de junio de 1978 y permaneció en ESMA hasta febrero de 1979: “pasé a tener un régimen de ‘libertad vigilada’, por ponerle un nombre legal”. En 16 de julio de 1979 pudo salir del país.

– ¿Conoció a Patricia Roisinblit en la ESMA?- le preguntó el fiscal Martín Niklison. Son tantos los delitos impregnados en los relatos que minutos antes el presidente del tribunal, Alfredo Ruiz Paz, pidió a las partes que al preguntar a las testigos y teniendo en cuenta que eran víctimas, se centraran en los hechos que se juzgan aquí: la privación de la libertad de Patricia y José. El juicio investiga también cómo operó la Regional de Inteligencia de Buenos Aires (RIBA), órgano de espionaje de la Fuerza Aérea. Uno de sus escenarios fue la casona de Morón donde la pareja estuvo cautiva. A Patricia la llevaron a parir a la ESMA.  

– Sí, conocí a Patricia en la ESMA el 10 u 11 de noviembre de 1978 – dijo Nilda. Yo “trabajaba” en el sótano pero me subían a dormir a “Capucha”. En el sótano estaba el lugar donde traían a los secuestrados, la sala de torturas, la enfermería y donde se atendían los partos en ese momento. Trajeron a Patricia al sótano y luego la pusieron en una piecita en el altillo, Capuchita, donde hacía mucho calor, con techo de chapa, a dos aguas, sin ventanas. Patricia estaba sola, se suponía que no podía ver a nadie, dejábamos la puerta un poco abierta. Yo dormía en Capucha, subía del sótano, tres pisos por escalera, encapuchada, a las 2, 3 o 4 de la mañana. Al otro día me volvían a bajar después de mediodía.

Una bella tarea   

En la ESMA, cada vez que llegaba alguien se armaba el runrún de ver quién era, qué se podía pedir, cómo se podía ayudar, acercar un caramelo o una mano. Había gente en la ESMA que conocía a Patricia de su militancia. Su esposo también estaba secuestrado, le decían “Matías”.

A los dos o tres días de que la trajeron, me bajaron al sótano y estaba Patricia en la cama de la enfermería, con el bebé en brazos. Había nacido horas antes. En el parto estuvo Magnacco y la habían ayudado otras compañeras, Amalia Larralde y Sara Osatinsky [también secuestradas y cautivas en la ESMA], y al final Miriam Lewin. La persona que me había torturado cuando llegué, Scheller [Raúl Enrique, teniente de Navío] me dijo que me ocupara de ella. Eso me permitió hablar con Patricia. Me lo había dado como tarea, una bella tarea. Me acuerdo algunas cosas y otras no.

Hace una pausa.

– Se me cruza la imagen del bebé.

“No podemos, pertenece a otra fuerza”

– Patricia contó que estaba secuestrada en Fuerza Aérea. También su esposo. La descripción fue que estaba atada a la pata de un escritorio, custodiada. A veces lo subían al marido y se veían. A él lo habían torturado mucho. A ella, embarazada de 9 meses, le dijeron que al volver de tener al bebé la esperaba la tortura física. Tenía pánico del retorno, me lo dijo muchas veces. Las demás conversaciones giraban alrededor del bebé y cómo quería criar a sus hijos.

En la ESMA, con algunos oficiales se podía hablar. El pedido era que a Patricia la dejaran y trajeran al esposo. “No podemos porque pertenece a otra fuerza”, nos repetían. Ella quería volver con él, estar con su familia. Hablaba de su futuro y de cómo quería vivir.

– ¿Le dijo cómo pensaba llamar al bebé?

– Rodolfo.

Tres días después del parto, cuando Munú volvió a bajar al sótano, Patricia no estaba más.

El futuro es la próxima hora

– Cuando estás secuestrado, el futuro es la próxima hora. Los compañeros pidieron que la guardaran a Patricia en la ESMA. Nosotros sabíamos que el “traslado” era la muerte, pero como estábamos “trabajando” creíamos que podíamos sobrevivir.

– ¿De qué trabajaba?- le preguntó la jueza María Claudia Morgese Martín.  

– Hice traducciones de diarios en francés, querían saber qué opinaban de la situación argentina. Mi trabajo principal fue hacer documentación falsa, cédulas, pasaportes, con una ampliadora de fotos. Yo era estudiante de Bellas Artes, recomponía la filigrana y el escudo. Los llevaban al edificio Libertad, frente a Comodoro Py, y se imprimían. Los represores circulaban con esos documentos falsos con otros nombres.

Cuando estaba afuera me pusieron a trabajar en “Inmobiliaria”: la administración de materiales de construcción para refaccionar casas de los secuestrados que ellos habían deteriorado. Decían que las iban a vender. Éramos un grupo, íbamos todos los días. Ellos sabían dónde vivíamos. Yo entonces vivía sola, me habían hecho alquilar un departamento, hasta julio de 1979, cuando me dejaron ir”.

*

En su testimonio, la primera testigo habló de Fragote, apodo del penitenciario Carlos Orlando Generoso, que trabajaba en El Dorado, la coordinación de Inteligencia de ESMA. Una de sus funciones era llevar y traer gente, hacer trámites. Munú tenía dos propiedades a su nombre y recordó que Fragote la acompañó a buscar las escrituras y después, a una escribanía a firmar un poder donde las cedía para la venta. “Tengo la idea de que Fragote era la persona que participó en el traslado de Patricia”.

Uno de los defensores de los acusados le preguntó si en aquellos días en la ESMA sabía qué fecha era. “Sí. Estaba la radio encendida a todo volumen, todo el tiempo, para tapar los gritos de la tortura. Y había televisión, porque traían las cosas que se robaban de las casas de los secuestrados. Además, traducía los diarios”.

Cuando pudo, cuando los militares le dieron permiso, Noemí se fue del país. “Monseñor Graselli sabía de nuestra situación. Me consiguió una visa a Venezuela”. Allí, entre 1981 y 1982, escribió por primera vez un testimonio donde incluyó el caso de Patricia. Lo presentó en 1984 en la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas).  

“Estaban en un campo de la aeronáutica”

En la sala de audiencias siempre hay estudiantes del programa La escuela va a los juicios. Ayer también había una intérprete en lengua de señas. Durante tres horas, sus manos dibujaron en el aire cada uno de los hechos. Amalia Larralde fue la segunda testigo. Llegó a la ESMA el 15 de agosto de 1978. La secuestraran en Suipacha y Diagonal Norte, cuando bajó a buscar el diario. Tenía hepatitis y su madre y su suegra se turnaban para ayudarla con su hijo. Su marido ya estaba desaparecido. Amalia y Patricia se conocían de antes.

– Conocía a Patricia y a José Manuel. Habíamos trabajado en un dispensario en Quirno, zona oeste, en 1975. Ella como médica y yo como enfermera. A él lo conocí como su marido. La última vez que la vi estaba embarazada de Mariana. La volví a ver en la ESMA.

A mediados de octubre de 1978, vino a verme un señor que era de Penitenciaría, Fragote, y me preguntó qué sabía de Patricia y su marido. Le dije que hacía mucho no los veía y se habían ido del país. Me dijo que los habían agarrado, estaban en un campo de la aeronáutica, y era posible que la trajeran a ESMA para tener a su bebé. Me pidió no lo contara. Le pregunté si en caso de que la trajeran, me la podían dejan ver.

A mediados de noviembre, la trajeron, la instalaron en una piecita mal airada en el tercer piso. Fragote me llevó a verla. Le pedimos si podía estar en el parto. El 15 de noviembre me bajaron al parto. Patricia estaba en la enfermería del sótano, sobre la mesa había una camilla. Estaba Magnacco, médico del hospital Naval y Sara Solarz -una secuestrada con experiencia en partos. Dio a luz a un varón. Estaba contenta pero asustada y angustiada, lloró mucho. El médico pidió si me podía quedar con ella, me tiraron un colchón en el piso. Pude ocuparme de Patricia y del bebé mientras estuvieron ahí. En un momento se pidió anotarlo. Dijeron no se podía, no dependía de ellos.

Patricia me contaba que donde había estado no había visto a otros detenidos. Ella en una pieza y en otra piecita más abajo, su marido. A él habían torturado mucho, suponía que en Campo de Mayo, volvía en un estado deplorable. A ella la amenazaban con la tortura física al volver; eso le daba mucho miedo. Por momentos le daban esperanza de que la liberarían y por momentos ella perdía las esperanzas.  

Los interrogatorios de otras fuerzas en ESMA

Cuando me secuestraron, me mostraron una lista con militantes de la zona oeste en manos del Ejército y Aeronáutica. Esas fuerzas pidieron a ESMA que me llevaran a otro lado, pero en ESMA dijeron que no. “Si te llevan ahí, no volvés más”, dijo alguien. Vinieron dos veces a interrogarme, siempre el mismo. Cuando Patricia me contó de la tortura del marido -lo golpeaban, lo picaneaban, lo colgaban-, llegamos a la conclusión que era la misma persona que lo había torturado en el cuartito [de la casa de Morón] y lo llevaba a torturar donde ella suponía era Campo de Mayo. Un tipo flaco, de ojos verdosos, cara de facciones muy marcadas, el “Gringo”.  

Patricia me contó que una vez la habían llevado a tomar sol, a un patio o jardín, con los ojos vendados. Lo habían dejado subir al marido a la piecita. Suponía que era los fines de semana. Hablaba de la hija, me contaba que habían podido entregar la nena a los tíos. Había hablado con su madre, la habían obligado a decir que no hiciera la denuncia.

Patricia vio que en la ESMA había condiciones un poco mejores. Los detenidos pedían que la dejaran. Estaba nerviosa, triste, desahuciada. Cuando el bebé perdió el cordón, el médico la apuró para que se moviera. Le dijo que la tenían que llevar a otro lugar. La vi salir del sótano de la ESMA con el bolso y su bebé en brazos. La llevaba un guardia”.

*

A Amalia la liberaron al 10 de setiembre de 1979. Tiempo después le escribió a Rosa, la madre de Patricia. En 1981 denunció los hechos ante el Grupo sobre desapariciones forzadas de Naciones Unidas, en Ginebra.

“Los conocía de la militancia en la zona oeste”

Miriam Lewin, la último testigo presencial del día, se sentó ante el tribunal y esbozó una sonrisa. Contó que llegó a ESMA en marzo de 1978, transferida desde otro campo, en la calle Virrey Cevallos (a dos cuadras del Departamento de Policía). En la ESMA supo qué fuerza manejaba aquel centro clandestino donde estuvo desde su secuestro. “En Virrey Cevallos insistían en decirme que eran de Policía Federal. En la cocina yo había visto un plato con el logo de la Fuerza Aérea. Pero la confirmación la tuve en la ESMA, donde me empezaron a identificar como ‘la chica de la Fuerza Aérea’”.

Los mismos represores se lo terminaron confirmando. Después de pasar los primeros días en el cuarto de los interrogatorios, donde se torturaba, fue integrada al grupo de trabajo esclavo.

– A Patricia y a José Manuel los conocía de la militancia en la zona oeste, una zona devastada. éramos un grupo muy chico. Él era “Matías”, funcionábamos juntos. Después conocí a su mujer, le decían “Mariana” (Patricia). En noviembre de 1978 alguien me dijo que en ESMA estaba una persona que conocía. Ella estaba en una camita en un lugar que no se usaba para alojar detenidos. A Patricia le sorprendió mucho verme: me habían secuestrado el 17 de mayo de 1977, pensó que estaba muerta. Estaba muy angustiada y quería volver con su marido. Tratamos de ver si habíamos estado en el mismo lugar pero era evidente que no. A ellos los tenían en una casa de la zona oeste, ella creía podía ser una quinta.

“Estaba a cargo de la Fuerza Aérea”

Queríamos que se quedara en ESMA, teníamos un atisbo de que podíamos llegar a sobrevivir. Pero ella quería volver con José, hablaba de Mariana. Le pregunté a Scheller (teniente de Navío) si se podía y me dijo que no porque estaba a cargo de la Fuerza Aérea.

El día del parto, bajé al sótano cuando ya le habían cortado el cordón. El médico era Magnacco. Ella estaba contenta, con un sarpullido en la cara. Pregunté y me dijeron que por el esfuerzo. Entonces no teníamos la certeza de que los bebés eran entregados a otras familias. El grado de perversión hacía que las embarazadas prepararan su ajuar y escribieran cartas. A todas les decían que se lo iban a dar a la familia. Me dijo que lo iba a llamar Rodolfo. Me quedé con ella… y ya no la vi más”.

Miriam hace una pausa, un silencio que se estira, como si su relato la hubiera llevado demasiado lejos. Bebe un sorbo de agua. El tribunal le pregunta si quiere seguir. Ella dice que sí, claro.

Recuerda que un día Lila Pastoriza y Pilar Calveiro – que también estuvo en un campo de la Fuerza Aérea- habían tenido que limpiar Capuchita, un área que antes era sede de los interrogatorios de la aeronáutica. Hasta que un muchacho murió. Las dos mujeres debieron limpiar el lugar: encontraron un manual escrito a máquina, “Instrucciones para torturar”, y manchas de sangre por todos lados. La Fuerza Aérea ya no contó con ese espacio.

La foto partida

Muchos años después, Mariana, la hija mayor de Patricia y José, le mostró a Miriam una foto: “Era Rodolfo a upa de un señor”. Le preguntó quién era. “Un amigo del apropiador de mi hermano”, dijo Mariana. Miriam reconoció en esa foto, tomada en un cumpleaños y cortada por la mitad, a un guardia de su cautiverio en Virrey Cevallos: Cóceres.

Cóceres declaró como testigo el viernes pasado, junto a una lista de represores que los querellantes quisieran ver en el banquillo de los acusados. “Cóceres me contaba que su padre había sido socialista. Lo declaré en el juzgado de Rafecas. Trabajaba con Gómez en la RIBA”, dijo Miriam.

Al salir de la ESMA, pasó al régimen de “libertad vigilada”. Trabajó en casa de los padres del teniente de fragata Radice en Núñez, en la oficina de prensa de Massera, en el ministerio de Bienestar Social, bajo control de la Armada. En agosto, embarazada y después de casarse con autorización militar, pidió ir a Estados Unidos, a casa de un familiar. En Nueva York se reunió con el rabino Marshall Meyer. Regresó a la Argentina con su familia en agosto de 1984 y formalizó una denuncia ante la CONADEP.   

“Algunos de los que me torturaron estaban en la RIBA”

En una oportunidad, el hijo de Simón Lázara la llevó de recorrido a tratar de reconocer el centro de Virrey Cevallos. No lo encontraron. Lo identificó otra persona, siguiendo a un represor y tomó una foto. “Existían otros centros clandestinos de la Fuerza Aérea, además de Mansión Seré. Virrey Cevallos tenía características más parecidas a la RIBA: dos celdas, pocos secuestrados a la vez. Cuando se empezó a instruir la causa en el juzgado de Rafecas, supe que hubo gente que revistó en la RIBA y en Cevallos. Al reconstruir los hechos y ver las fotos, vi que algunas de las personas que me torturaron también estuvieron en la RIBA. Existió una conexión entre los dos centros clandestinos.

En Cevallos había una persona que se parecía al Teto Medina. El primo que recibió a Mariana cuando el secuestro, identificó a uno de los entregadores con un actor de apellido Green. Hablábamos de la misma persona, estuvo presente en mi tortura”.

Testimonios grabados

Durante el resto de la audiencia, el tribunal asistió a la proyección de dos testimonios de Ana María Martí, otra sobreviviente de la ESMA, y el de Sara Osatinsky, una de las primeras mujeres que le contó a la madre de Patricia acerca del parto de su hija. Por último, el tribunal hizo lugar a la inspección ocular de la RIBA. La próxima audiencia será el 13 de junio.

 

María Eugenia Ludueña
María Eugenia Ludueña

Periodista y escritora, autora de Laura. Vida y militancia de Laura Carlotto.

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