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Una gorda en el escenario

El Paro Internacional y Plurinacional de mujeres, lesbianas, travestis y trans marcó un antes y un después para lxs cuerpxs gordxs: por primera vez una gorda se subió al escenario durante la lectura del documento.
Escribe Ana Larriel
Fotos de Victoria Gesualdi

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Saco del placard la cajita de maquillajes que amontona polvo desde el 8A y más decidida que nunca me tiro brillos verdes y me pinto los labios. Para un cuerpo gordo como el mío, que siempre evita mostrarse, la marcha es un carnaval, es libertad en la piel y alegría entre muchxs cuerpxs. Con ese aire me subo al subte A.

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Durante toda la noche fui siguiendo de cerca los mails y mensajes de las comisiones en las que nos organizamos durante las asambleas para poder armar y sostener esto que ya no es más un día para comprar flores y chocolates, sino un paro internacional y plurinacional de mujeres cis, trans, travas, bisexuales y no binaries.

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El último mes, como cada febrero desde el año pasado, un largo proceso asambleario se apodera de mis viernes. Pienso que no llegamos hoy a esta plaza sólo movidxs por ideales particulares: llegamos debatiendo, discutiendo y compartiendo la constante creación de un movimiento diverso, complejo, que no cesa de moverse.

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¿Qué es militar? ¿Qué es activar en un movimiento político? Pienso mientras pasan las estaciones. Bajo del subte y me encuentro con toda esa hermosa marea de pibis que me rodea. Y entonces lo sé: militar es crear mundos de existencias posibles, allí  donde antes sólo había soledad y violencia.

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Un mundo posible: eso es exactamente encontrarme con mis compañerxs del taller Hacer la vista gorda, abrazarnos,  pegotearnos, pero también debatir, pensar, tensionar, no ceder a las pretensiones homogeneizantes de creer que se puede definir un inmenso colectivo con un solo concepto.

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En la espera bailo, me pierdo, me encuentro y me emociono en medio de una marea de cuerpos donde sigo siendo la misma extranjera recién llegada de Asunción que se maravilla ante esta multitud que no siente al otro como una amenaza, sino que vive, late y se emociona atravesada por esa gran experiencia colectiva.

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Me doy cuenta de que me estoy acostumbrando a vivir así y que ya no quiero vivir en otro mundo. No quiero vivir en un mundo que vea mi cuerpo y vea en él un cuerpo enfermo. Ni en uno  que vea en mis compas el desvío de una norma no cumplida.

Vuelvo a mirar. Pero ahora me miro a mí. Miro mi remera y la de mi compañera: “Gordx es nuestra rebelión”, dice en fucsia.

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Juntas pasamos las vallas. La acompaño al escenario donde por primera vez una gorda, que se nombra gorda y que piensa colectivamente su cuerpo como un cuerpo político, subirá con panza y culo grande a decirle al mundo que estamos acá, que existimos y que no nos vamos a ir a ningún lado. Desde abajo la miro. Y lloro, esta vez, de emoción.